Tommasi | Filósofos y mujeres | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 29, 216 Seiten

Reihe: Mujeres

Tommasi Filósofos y mujeres

La diferencia sexual en la Historia de la Filosofía
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-277-3053-3
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La diferencia sexual en la Historia de la Filosofía

E-Book, Spanisch, Band 29, 216 Seiten

Reihe: Mujeres

ISBN: 978-84-277-3053-3
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



En un recorrido desde la antigüedad hasta nuestros días, la autora presenta el discurso de filósofos sobre la diferencia sexual, oscilante entre androcentrismo y misoginia, y da voz a mujeres que han tratado de afirmar una perspectiva femenina en la filosofía, desde Hildegarda a María Zambrano, pasando por Margarita Porete, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt y Luce Irigaray, entre otras.

Wanda TOMMASI, profesora de Historia de la Filosofía contemporánea en la Universidad de Verona, es autora de diversas obras sobre mujeres en el ámbito de la Filosofía.
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1. El ser no es neutro


La diferencia de ser hombre/mujer en el pensamiento


En 1938, Virginia Woolf, en Tres guineas –obra fundamental para la toma de conciencia feminista de nuestro último siglo–, a instancias del secretario de una asociación antifascista que le pedía hacer algo para que acabase la guerra y para oponerse al avance del fascismo en Europa, respondía invitando a sus semejantes, las mujeres, es decir, a la mitad de la humanidad que se había visto excluida desde siglos de los quehaceres públicos, ya fueran de guerra o de paz, a una radical toma de conciencia de sí mismas, de su relación con las demás mujeres y con los hombres, con la enseñanza, con el dinero y con el trabajo, con la política, en resumen, con el mundo.

Con el fin de prevenir la guerra, Virginia Woolf ante todo invita a las mujeres a ejercitar el pensamiento, no tanto en el sentido de acumular conocimientos, sino, mucho más importante, en el de darse cuenta de que la diferencia sexual informa todos los aspectos de la existencia e incluso la vida de la mente: “Hay que pensar, pensar… Mientras estamos en la oficina; en el autobús; mientras contemplamos entre la gente la coronación e investidura del alcalde de Londres; mientras pasamos junto al Monumento a los Caídos; mientras recorremos Withehall; mientras nos sentamos en la tribuna reservada para el público en la Cámara de los Comunes; en los tribunales; en los bautizos; en las bodas; en los funerales. Pensemos sin cesar: ¿qué “civilización” es ésta en la que estamos viviendo? ¿Qué significan estas ceremonias y por qué hemos de tomar parte en ellas? ¿Qué son estas profesiones y por qué hay que hacerse ricas ejerciéndolas? En resumen, ¿adónde nos lleva ese desfile de hijos varones de hombres con educación?”1

Es una extraña clase de pensamiento –realmente, un auténtico pensamiento filosófico– aquel que, según el deseo de Virginia Woolf, se practica en cada momento de nuestra existencia, unido con las actividades diarias, aquel en donde el pensar es indisoluble del hacer. Pensamiento viviente, experimentador, trama indisoluble de práctica y teoría, así es el pensamiento de la diferencia sexual.

En definitiva, es a esta diferencia sexual a la que Virginia Wolf invita a sus semejantes, la mitad de la humanidad a la que ha tocado nacer de sexo femenino. Es un pensamiento que corresponde a todas y a todos, mujeres y hombres, aunque se han hecho cargo de él, históricamente, sobre todo las primeras, porque precisamente en la historia ha sido el movimiento de las mujeres el que ha puesto en cuestión la cultura y la política emancipatoria y ha hecho valer el punto de vista de la diferencia. Por lo tanto, hay que hablar de diferencia sexual sobre todo en femenino. Es éste un desequilibrio teórico, fruto de un desequilibrio histórico, es decir, de la opresión que ha sufrido la parte femenina de la humanidad y de la insignificancia en la que se ha dejado a la diferencia femenina, durante siglos.

Todavía muchos piensan hoy, y a mí también me han educado para pensarlo, que la diferencia de ser mujeres/hombres no cuenta para la actividad mental, aunque la verdad es que esta convicción se ha modificado un poco en estos últimos años.2 Es precisamente la filosofía la que tiene que encargarse de ello; la filosofía, en su sentido originario, porque relaciona con el hombre todos los demás aspectos del saber; salvo el de que el hombre no existe para el pensamiento de la diferencia. Existen mujeres y hombres.3 El pensamiento de la diferencia todavía está en sus comienzos, pero son comienzos tan consolidados ya, que prometen alterar los contenidos y las formas del conocimiento, del lenguaje y de la política.

Casi cincuenta años después de la exhortación de Virginia Woolf a pensar en el sentido de la diferencia sexual, nos llega otra invitación análoga de otra pensadora feminista, Luce Irigaray: “La diferencia sexual representa uno de los problemas o el problema en el que ha de pensar nuestra época. Según Heidegger, cada época tiene una cosa en la que pensar. Una solamente. Probablemente, la diferencia sexual es la de nuestro tiempo”.4

Recuerdo esta segunda invitación, esta repetición de la misma necesidad, la de dejar traslucir el sentido de ser mujeres/hombres también en las actividades propias de la mente, porque la ampliación del horizonte de la diferencia sexual ha hecho conscientes en estos últimos años a las mujeres que se han comprometido a arriesgarse, haciendo valer un punto de vista femenino en el mundo; esto, en realidad, se ha repetido muchas veces en la historia, aunque sin llegar a consolidarse nunca en una tradición estable: desde Hipatia de Alejandría a Hildegarda de Bingen, a Margarita Porete, a Mary Wollstonecraft, es cada vez más larga la lista de las mujeres que han intentado proponer una perspectiva femenina en el pensamiento y en el saber.5

En este libro, algunas de estas voces femeninas contrastarán con las de filósofos que, de distintos modos y desde lugares distintos de los de sus obras, han expresado su pensamiento respecto a la diferencia sexual. La perspectiva de estos últimos se parece un poco a la de un observador que ve bien al otro, porque lo tiene enfrente, pero no logra verse a sí mismo, porque no tiene delante un espejo en el que pueda reflejarse su imagen. Aunque él, el filósofo, el hombre, sí tiene ese espejo delante: la mujer. Según lo que nos sugiere Virginia Woolf han sido las mujeres las que han servido de espejo al hombre, un espejo que les devolvía su imagen aumentada6. Precisamente para aumentar la imagen de una identidad humana que formaba un todo con la masculina, los filósofos se han empeñado, casi sistemáticamente, en minusvalorar la diferencia femenina.

Realmente, hay dos cosas que saltan a la vista al recorrer la tradición clásica occidental desde la perspectiva de la cuestión de la diferencia sexual: en primer lugar, el hecho de que los filósofos, al afrontar esta cuestión, en realidad no han tratado de la diferencia de los sexos, sino solamente de uno de ellos, el femenino. En segundo lugar, el hecho de que siempre han hablado de este sexo femenino en términos de desvalorización. Yo creo que las dos cosas está relacionadas entre sí: el predominio de un punto de vista androcéntrico, cuando no misógino, bien arraigado en la tradición que llevamos a cuestas, ha hecho que se pusiese simbólicamente en el centro al hombre, al macho (esto significa androcentrismo) y que, inevitablemente, se pensase que la mujer era un ser inferior, defectuoso, imperfecto respecto al modelo más alto de humanidad. En este horizonte no se consideraba la diferencia masculina en su parcialidad, puesto que constituía la medida, el criterio de valoración. Para el filósofo el problema estaba en la diferencia femenina. La consideraba en su deficiencia, en su imperfección, en su deformidad respecto al ideal humano más alto.

Si tenemos en cuenta las explícitas reiteraciones de los textos de los filósofos acerca de “las mujeres” o “el sexo débil”, por lo general, encontramos en nuestra tradición una evidente disparidad en el tema de la diferencia sexual. Casi nunca ha habido en la historia libre juego entre los dos sexos sobre la base común de la identidad humana. Generalmente ha habido la centralidad de la diferencia masculina, aunque no se pensara como tal, sino que se asumía como unidad de medida y como criterio de valor para juzgar a la otra, la femenina. Precisamente en esta forma dispar, con el masculino como medida de valor y el femenino como lo medido, la diferencia sexual ha actuado profundamente como significante que estructuraba las otras diferencias culturales y las jerarquías sociales.

Ha sido el pensamiento femenino contemporáneo el que ha reconocido que la diferencia sexual es un significante que organiza la esfera social y la simbólica, que proporciona a las dos su centro de orientación, a partir del cual lo social y lo simbólico se estructuran a nivel profundo, y todas las otras diferencias se organizan y articulan dentro de él, partiendo de la más originaria, la diferencia de ser mujer/hombre. Según Françoise Héritier, antropóloga y filósofa contemporánea, la diferencia sexual constituye la estructura diferencial profunda, desde la cual se organizan las distintas formas sociales con sus complejas articulaciones. Sin esta diferencia, situada a un nivel profundo, no tendrían sentido las oposiciones dicotómicas –calor/frío, seco /húmedo, activo /pasivo, etc.– en las que está inserta nuestra cultura.7

Con estas indicaciones de Héritier he construido un criterio metodológico que me han sugerido también los estudios histórico-filosóficos de Geneviève Fraisse, una competente estudiosa...



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