E-Book, Spanisch, 350 Seiten
Torre El amor que llegó de Hollywood
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-28-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 350 Seiten
ISBN: 978-84-17683-28-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Las novelas de Alessandra Torre son todas best sellers en las listas de más vendidos de The New York Times, USA Today y The Wall Street Journal. Ha sido firma invitada en publicaciones como las revistas Elle o Cosmopolitan o el diario The Huffington Post. En 2017 se estrenó en PassionFlix la película de El amor que llegó de Hollywood, primera novela que publicamos de la autora en Phoebe. Desde su casa, en la Costa Esmeralda (Florida), dedica la mayor parte de su tiempo a sus numerosos proyectos literarios y a interactuar con sus seguidores en Facebook, Twitter y Pinterest. Felizmente casada y con un hijo, le encanta pasar su tiempo libre viendo partidos de fútbol americano de la liga universitaria, montando a caballo, leyendo y viendo películas.
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15
Sí; para una chica como yo, veinte mil dólares eran mucho dinero. La mayor cantidad que había visto en mi cuenta corriente. Suficiente para irme de ese pueblo, suficiente para formar un hogar lejos de allí, en un lugar donde no se coronara a una Princesa del Cacahuete cada agosto. Veinte mil dólares me llegaban para comprarme un coche en buen estado y algo de ropa nueva y para cursar estudios. Pero después de hacer cuidadosos cálculos financieros, concluí que no era suficiente para acomodar a mi madre en otro sitio, un piso que obligara a abonar un alquiler y una fianza previa. Me quedé parada en la cocina y la miré mientras planchaba, preguntándome si podría realmente dejarla. Si sería capaz de hacer las maletas, darle un beso de despedida en la mejilla y salir por la puerta. Me cuestioné si el apoyo que ella mostraba sería real o una farsa.
Necesitaba un poco más de dinero de Hollywood. Tanto como pudiera conseguir. Saqué las llaves del bolso y una Cherry-Cola de la nevera.
—Me largo al pueblo —le dije a mi madre—. Tengo que hablar con Ben. Volveré tarde.
Ella me hizo un gesto de despedida con una sonrisa antes de volver a bajar la vista al complicado cuello de encaje que tenía en el regazo.
Ya casi había terminado el trabajo con Ben. Había seleccionado todos los escenarios, habían despejado todos los campos para construir los decorados, y el viejo aparcamiento de Piggly Wiggly estaba ya apalabrado para colocar los remolques. Quincy no tenía suficientes plazas de hotel, por lo que el equipo técnico y el elenco tenían habitaciones reservadas en las cinco ciudades más cercanas. Tallahassee, por ejemplo, quedaba a solo cuarenta y cinco minutos. Sin embargo, según Ben, era demasiado lejos, por lo que el aparcamiento de Piggly Wiggly tenía ahora el aspecto de una ciudad en miniatura, con caravanas y remolques apiñados tan cerca unos de otros que parecía un campo de refugiados, si había alguno con casas rodantes de un millón de dólares. Había sido divertido, entretenido y emocionante. Muy emocionante. Había trabajado mano a mano con Ben y había examinado los horarios, los presupuestos; las cifras de los alquileres y los pagos me habían dejado boquiabierta. Era un mundo que nunca había conocido, que no esperaba conocer, pero de repente estaba inmersa en él, obstinadamente pegada a Ben como una garrapata que no iba a soltarse. Y él no intentaba alejarme. Necesitaba mis contactos tanto como yo ansiaba la emoción. Y así habíamos preparado todo para agosto, algo que anticipaba con una emoción febril, aunque también temía que llegara el momento, porque eso significaría que nuestro trabajo terminaría y volvería a ser una extraña, alguien que con la nariz pegada al cristal miraba el baile sin entrada con la que asistir.
Quedaban cinco semanas, y necesitaba esa entrada. Había llegado el momento de recurrir a Ben.
En ese instante, abrió la puerta del cuarto de baño en bata; cuando se anudó el cinturón, mi mirada se clavó en el monograma que tenía en el pecho y me eché a reír.
—Cállate —me dijo, girando sobre los talones para entrar en la habitación, donde tomó asiento delante del escritorio. Cerré la puerta a mi espalda con cuidado; Ethel Raine era la propietaria de Raine House, una matriarca que consideraba que los estornudos son ruidos molestos dignos de desalojar a su emisor.
—Me parece divertido que, al hacer la maleta para venir a Quincy, consideraras que era necesaria una bata tan elegante. —Sonreí antes de dejarme caer sobre la cama, pulcramente estirada.
—Y yo que pensaba que una de las reglas del Sur era llamar a la puerta antes de entrar… —señaló, arqueando una ceja en mi dirección.
—Bueno, fuiste tú el primero que se saltó esa tradición —le recordé mientras cogía una de las almohadas para colocarla detrás de mi cabeza—. No quería que te quedaras solo en el delito.
—Qué amable por tu parte… —soltó, imitando bastante bien el acento sureño.
—Cierto, soy toda una dama. —Agaché la cabeza—. Hablando de eso, ¿cómo va el casting local?
Tomó con calma el brusco cambio de tema.
—¿Ya te has gastado todo el dinero?
Me encogí de hombros y luego rodé sobre la espalda.
—Solo quiero ganar más.
—De la parte de los extras se encarga una empresa de Atlanta. Están eligiendo individuos que se ajusten perfectamente a la idiosincrasia del Sur.
Hice una mueca.
—Debería haberlo aclarado. Necesito un trabajo, no un papel.
—¿Tienes alguna experiencia en el tema? ¿Iluminación? ¿Filmación? ¿Vestuario? —Gimió cuando negué con la cabeza—. ¿Ni siquiera has trabajado en una obra escolar?
—No. —Seguí rodando hasta sentarme—. Sigue pensando.
—Dame tiempo para llamar a Eileen Kahl esta tarde, cuando se levanten en California y empiecen a mover el culo. A ver qué tiene ella.
—¿Quién es?
—Una ad. —Lo miré sin saber de qué hablaba—. Ayudante de dirección —añadió al ver mi expresión—. Pero creo que va a ser demasiado tarde para encontrarte nada, Summer.
—Ir a por el café, lavar la ropa, lo que sea —supliqué, bajando los pies de la cama.
—Te pienso recordar esto cuando me llames para quejarte de haber recogido la ropa interior usada de Cole Masten.
Lo miré con la nariz arrugada.
—Vale, olvídate de lo de lavar la ropa, aunque… —me interrumpí, pensativa— me apuesto lo que quieras a que me pagarían más de cien dólares en eBay por un calzoncillo usado de Cole Masten. Podría comenzar un negocio de segunda mano: «Ropa interior de Cole Masten. ¡Envío gratis en todos los pedidos!». —Imité los gestos que Ben hacía con las manos, y él arqueó las cejas mientras me observaba lleno de dignidad, como si él fuera un hombre sofisticado y yo una adolescente—. Oh, vamos… —Puse los ojos en blanco—. Sabes que me vas a echar de menos en Vancouver, ¿verdad? —Odiaba sacar el tema, había evitado pensar en que Ben se iba a ir, que nuestro tiempo juntos era cada vez más escaso. Ya casi habíamos terminado. Cuando comenzara el rodaje, no sería necesaria su presencia allí. Recordé nuestro primer encuentro, la conversación que habíamos mantenido en la cocina. Cinco meses, había dicho. Y casi habían pasado ya.
Me sorprendió acercándose para abrazarme, estrechándome con mucha fuerza.
—Prométeme que te bañarás a diario. Que te limpiarás la cara. Y que usarás esa mascarilla de Dior que te he regalado.
Lo empujé con una risita.
—Todavía nos quedan cinco semanas. Un tiempo más que suficiente para que elabores una lista de promesas mucho más eficaz.
Sonrió y se apretó el cinturón de la bata.
—¿Quieres que vayamos a almorzar donde Jimmy?
Me levanté.
—Claro. Me adelantaré y reservaré una mesa. Así dejaré que… —Señalé su atuendo con una mano— te vistas.
Hizo una mueca burlona.
—Trato hecho.
Lancé la lata de Cherry-Cola a la basura y me largué. Sí, iba a echar de menos a Ben. Extrañaría el trabajo que realizábamos juntos, la energía y la emoción que suponía hacer algo nuevo y diferente. No quería volver a una vida en la que los instantes más emocionantes eran la publicación de la nueva novela de Baldacci.
Bajé corriendo las escaleras y sonreí cuando pasé ante Ethel Raine, que se mostraba mucho más cálida después de que Ben y yo hubiéramos reservado todas las habitaciones de su Bed & Breakfast durante los cinco meses siguientes. Allí se alojarían los directores, ayudantes de dirección, productores y gerentes de producción, así como los diseñadores. Personas clave que se merecían algo más que una litera pero menos de una casa completa como Cole Masten o Minka Price, para los que habíamos alquilado las casas de los Kirkland y los Wilson. Minka Price, si seguía formando parte del proyecto, traería consigo a su familia, por lo que se sentiría más cómoda en una casa. Habíamos esperado con ansiedad que Cole Masten trajera a Nadia Smith, pero después de lo que había salido publicado en el último número de Star, ya no contábamos con ello. Eran historia, como la franquicia de Waffle King después del incidente con la vaca en el 97.
—¿Es normal? —pregunté a Ben, mordiendo uno de los bocatas que servía Jimmy. El secreto para tener una buena experiencia con Jimmy era ser colega de su mujer. Casi me había ahogado con ella cuando fumamos el primer cigarrillo, había ocupado la carroza del desfile del 4 de julio con ella, y le había prestado y pedido tampones cuando fue necesario. Había estado a su lado, sin vacilar. A Ben… le llevó unos meses entrenarse para saber hacer la pelota adecuadamente, pero en estos últimos días de su estancia en Quincy, se había convertido en el mejor. Podía hacer el pedido de camino y se le permitía sentarse en una de las mesas junto a la ventana. Una pasada.
—Si es normal ¿qué? —repuso Ben, sorbiendo ruidosamente el té por la pajita. Sí, té helado. Sin duda lo había convertido en un ser humano.
—Que una estrella intente abandonar una película con la producción tan avanzada. Empezamos a rodar dentro de menos de un mes, ¿no te parece que…? —La frase se apagó lentamente ante las miradas que Ben lanzaba a su alrededor. Parecía que estuviera tratando de espiarnos un agente de la cia.
—Aquí no —siseó.
Me dediqué a sorber por mi pajita, revolviendo el...




