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E-Book, Spanisch, 430 Seiten
Tremblay Desaparición en la Roca del Diablo
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17834-07-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 430 Seiten
ISBN: 978-84-17834-07-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Paul Tremblay nació en Aurora, Colorado, en 1971 y se crió en Massachusetts. Tras licenciarse y hacer un máster de Matemáticas en la Universidad de Vermont, se dedicó a dar clases en un instituto de Boston. Autor de novelas de misterio como The Little Sleep (2009) y No Sleep Till Wonderland (2010), así como de la colección de relatos In the Mean Time (2010), en 2015 publicó Una cabeza llena de fantasmas, que ganó el Premio de Novela Bram Stoker (concedido por la Asociación de Escritores de Terror) y de la que Focus Features está preparando una adaptación cinematográfica. Con su nueva novela, Desaparición en la Roca del Diablo (2016; Nocturna, 2018), juega de nuevo con los convencionalismos del género a través de una pequeña población en la que desaparece un adolescente.
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Elizabeth y la llamada
Elizabeth no está soñando. Se oye un tintineo lejano, procedente de algún rincón de la casa; no es el sonido de unas campanillas de verdad, sin embargo, sino el timbre digital del teléfono fijo. El aparato, inalámbrico y barato, está descuidado, se deja sin cargar a menudo y suele encontrarse, la mayoría de las veces, encajonado entre los cojines del diván junto con una colección de cáscaras de pistacho, bolígrafos y gomas para el pelo. Elizabeth siente una repulsión visceral contra la ineficiencia de la línea fija por lo que al devenir de su día a día respecta. Las únicas llamadas que recibe ese teléfono son de ofertas de tarjetas de crédito, vacaciones ganadas en falsos sorteos, organizaciones benéficas o colectivos políticos minoritarios que buscan dinero y el ocasional mensaje colectivo grabado en la localidad de Ames con el que se anuncia el cierre de los centros de enseñanza cuando se desencadena alguna ventisca.
Cuando sus hijos eran pequeños, Elizabeth decidió conservar la línea para que pudieran marcar el 911 «si sucede alguna desgracia». Esa era la frase que utilizaba con sus encandilados retoños mientras se esforzaba por describirles el nebuloso y trepidante protocolo de emergencia del hogar de los Sanderson. Dejados ya atrás esos primeros años, más difíciles de lo que a ella le gustaría reconocer, cada uno de los tres Sanderson es dueño de su propio teléfono inteligente. Lo cierto es que la línea fija se ha convertido en una reliquia obsoleta. Sobrevive por la sola e inexplicable razón de que le resulta más económico conservar el teléfono junto con el lote que incluye Internet y la tele por cable. Es de locos.
Se oye un tintineo lejano, procedente de algún rincón de la casa, y no es el móvil que está debajo de su almohada. Elizabeth se quedó dormida esperando el tono de las pistolas láser de Star Trek que la avisa cada vez que recibe algún mensaje de texto de su hijo Tommy, que tiene trece años y está a punto ya de cumplir los catorce. Un simple mensaje de texto es la única cláusula innegociable de su acuerdo para quedarse a dormir en la casa de cualquiera de sus amigos, incluso en la de Josh. En el transcurso de este verano ha detectado ya una evolución, o involución, en la tendencia de Tommy a comunicarse con ella, reflejada en los mensajes que el muchacho se digna enviarle cuando duerme fuera: a mediados de junio era «Voy a acostarme ahora, mamá», lo que semanas después se redujo primero a «buenas noches, mamá», después a «buenas noches» y por último a «bn», y si Tommy hubiera podido mandarle un gruñidito irritado (su forma de expresión no verbal predilecta en esos momentos, sobre todo cada vez que Elizabeth o su hija Kate, quien tiene once años y está a punto ya de cumplir los doce, le piden algo), así lo habría hecho. Y ahora, a mediados de agosto, cambiada la fecha exacta al día 16 hace tan sólo una colección de minutos, los mensajes de texto brillan por su ausencia.
La una y veintiocho minutos de la madrugada. El teléfono fijo deja de sonar. El silencio subsiguiente está impregnado de temibles posibilidades. Elizabeth se sienta y comprueba el móvil dos veces, tres; ningún mensaje reciente. Tommy y su amigo Luis iban a pasar la noche con Josh. Llevan ya un mes turnándose para dormir en una casa u otra. Tommy, Josh y Luis: los tres amigos1. Ese es el apodo que ella misma les puso a principios de verano, cuando los chicos se habían reunido bajo su techo para pegarse una maratón con todas las películas de la trilogía de Batman. Tommy reaccionó emitiendo un gemido, abochornado. «Oye, ¿eso es un chiste mexicano o algo por el estilo?», preguntó Luis, y Tommy se puso más colorado que una señal de stop mientras los demás se mondaban de risa.
Elizabeth se ha levantado ya de la cama. Tiene cuarenta y dos años y unos grandes ojos marrón oscuro en los que siempre da la impresión de pesar la falta de sueño; su cabello castaño, liso y largo hasta los hombros, comienza a agrisarse en las sienes. Lleva unos pantalones cortos de tela muy fina y una camiseta de tirantes. Ahora que ha salido de debajo de la manta, el frío le pone la carne de gallina en los pálidos brazos y piernas. El entrometido aire acondicionado cobra vida con un chasquido, escupiendo remolinos de aire rancio y helado. Kate debe de haber puesto el termostato a escondidas por debajo de los veintiún grados, lo cual es absurdo, ya que duerme con sudadera y tapada con dos edredones. Pero una debe elegir sus batallas.
Cualquier noticia que se reciba pasada la medianoche no puede ser buena. Elizabeth lo sabe por experiencia. Aun así, en vez de zambullirse en el encrespado mar de las más ominosas posibilidades, se atreve a pensar que quizá la llamada se deba a que alguien se ha equivocado de número o a que alguien le quiere gastar una broma; a Tommy se le podría haber pasado enviarle un mensaje, sin más, y ya le regañará ella mañana por egoísta y olvidadizo. Enfadarse es preferible a la alternativa. Hay otras opciones, por supuesto. Y habrá miles más.
Vuelve a sonar el teléfono. Elizabeth sale corriendo al pasillo y pasa por delante de las habitaciones de los niños. La puerta de Tommy está cerrada a cal y canto. Kate, que la ha dejado entreabierta, aún sigue dormida. Los timbrazos no la despiertan ni consiguen que se menee siquiera.
Cabe la posibilidad de que el teléfono de Tommy se haya quedado sin batería, que haya perdido el cargador y que esté portándose como un buen chico, utilizando el fijo para llamar a casa y darle las buenas noches a su madre. Pero, si tuviese el teléfono apagado, ¿no habría preferido mandarle un mensaje desde el móvil de Josh o Luis para no despertarla a estas horas tan intempestivas? Le extrañaría que Tommy se acordase de cuál es el número de su propia casa. Con lo distraído y absorto en sí mismo que está desde que empezó a explorar el recién descubierto mundo de la adolescencia, resulta imposible saber en qué ocupa sus pensamientos.
Ha llegado a la sala de estar, cuyo suelo de madera se revela frío y granuloso bajo sus pies. Se suponía que Kate iba a pasar la aspiradora para eliminar la arena que su amigo Sam y ella habían metido en casa al volver del estanque. Elizabeth se acerca por fin al aparador y extiende una mano en dirección al teléfono, cuya diminuta pantalla reluce con un color verde enfermizo. El identificador de llamadas reza «Griffin, Harold». Es de la casa de Josh. Así que no están intentando localizarla desde el hospital, ni desde la comisaría, ni…
—Hola, sí, ¿diga? —farfulla atropelladamente Elizabeth.
—¿Señora Sanderson? Hola. Soy Josh.
Tras haber visto el nombre de su padre en la pantalla, Elizabeth esperaba escuchar la jovial voz de barítono de Harry. Es como si el teléfono le hubiera hecho una promesa y estuviese rompiéndola. No se esperaba ni a Josh ni el modo en que suena su voz, tan indecisa y dubitativa.
—¿Qué ocurre, Josh? ¿Ha pasado algo malo?
—Pues, esto… ¿Está Tommy ahí? ¿Ha vuelto ya a casa?
—¿A qué te refieres? ¿Por qué no está contigo? —Elizabeth se apresura a volver sobre sus pasos y se dirige al cuarto de Tommy.
—No lo sé, no sé adónde ha ido. Esta noche salimos a Borderland. Por pasar el rato. Y se metió en el bosque… ¿Está ahí? ¿Está con usted? Esperaba que se hubiese ido a casa, a lo mejor…
Las palabras de Josh, que está hablando como una ametralladora, brotan en oleadas torrenciales, atropellándose las unas a las otras.
—Tranquilízate, Josh. No te entiendo. Voy a asomarme ahora a su habitación. —Elizabeth abre la puerta de Tommy sin llamar, cosa que no ha hecho en todo el verano, mientras piensa «Por favor, que esté en casa, por favor, por favor» y manotea el interruptor de la pared con torpeza. Entorna los párpados frente al molesto resplandor; la cama de Tommy se ve sin hacer y vacía—. Aquí no está.
Sale corriendo al pasillo, encendiendo todas las luces sobre la marcha por si Tommy fuese a aparecer en algún rincón arbitrario e insospechado de la casa, como un par de zapatillas abandonadas de cualquier manera. No está en el cuarto de Kate. Ni en el suyo, ni en la cocina, ni en la sala. Activa los focos del porche de la parte de atrás, pero tampoco hay nadie allí.
—No. No. Aquí no está.
—¿No? ¿Está usted segura?
—Que no está aquí, Josh. —Lo dice sin levantar la voz, pero bajo sus palabras subyace el mismo «qué tonto eres» del que Tommy ha empezado a abusar con su hermana últimamente. De nuevo a la carrera, Elizabeth baja las escaleras que conducen al sótano cargado de humedad y llama a su hijo, pero allí tampoco hay nadie. ¿Qué iba a estar haciendo allí, de todas formas? Quién sabe. En alguna parte tiene que estar.
—Ay, lo siento, señora Sanderson. Ay, Dios… —Josh exhala un hondo suspiro contra el auricular, provocando un estallido de estática. Está llorando o a punto de hacerlo. Elizabeth se aferra con uñas y dientes a la irritación y el enfado que siente contra el mejor amigo de Tommy, tan ingenioso y extrovertido, que ahora inexplicablemente se ha metamorfoseado en un mocoso gimoteante. Un mocoso que, de la forma más tonta, se las ha apañado para perder a su hijo.
—Vale, espera. Rápido, vuelve a contármelo todo. A ver si conseguimos solucionar esto. ¿Estabais en Borderland? ¿Y qué hacíais allí?
Josh repasa a toda velocidad la accidentada historia de su excursión por los bosques, desde el porche trasero de su casa hasta el Parque Nacional de Borderland, donde Tommy decidió...




