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Tremblay | La cabaña del fin del mundo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Tremblay La cabaña del fin del mundo


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-08-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

ISBN: 978-84-18440-08-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Cuando la pequeña Wen y sus padres se van de vacaciones a una cabaña junto a un lago recóndito, no esperan recibir visitas. Por eso resulta tan sorprendente la aparición del primer desconocido. Leonard es el hombre más corpulento que Wen ha visto jamás, pero también es tan amable que se gana su simpatía enseguida, por mucho que a la niña siempre le hayan prohibido hablar con extraños. Leonard y Wen hablan y ríen y juegan, y el tiempo pasa volando. Hasta que él dice unas misteriosas palabras: «Nada de lo que va a pasar es culpa tuya. Tú no has hecho nada malo, pero los tres vais a tener que tomar unas cuantas decisiones difíciles. Espantosas, me temo. Tus padres no querrán dejarnos entrar, Wen. Pero tendrán que hacerlo». La cabaña del fin del mundo es la nueva novela del autor de Una cabeza llena de fantasmas, una historia cargada de tensión y con un ritmo frenético sobre la supervivencia y, quizás, el fin del mundo. La productora FilmNation ha comprado sus derechos cinematográficos. Cita de reseña crítica: «Un libro extraordinario, aterrador y que invita a la reflexión». Stephen King «Tremblay consigue con destreza que sus lectores duden sobre si es real o no la oscura advertencia de Leonard a medida que va desarrollándose la espeluznante trama». The Guardian «Una novela profundamente perturbadora». Publishers Weekly «Una deslumbrante historia de supervivencia y sacrificio». Kirkus «Un thriller absorbente que te dejará con una simple pregunta: ¿qué harías tú en su lugar?». J. D. Barker

Paul Tremblay nació en Aurora, Colorado, en 1971 y se crio en Massachusetts. Tras licenciarse y hacer un máster de Matemáticas en la Universidad de Vermont, se dedicó a dar clases en un instituto de Boston y publicó varios libros. En 2015 escribió sobre un exorcismo televisado en Una cabeza llena de fantasmas (Nocturna, 2017), que ganó el Premio de Novela Bram Stoker (concedido por la Asociación de Escritores de Terror) y del que Focus Features está preparando una adaptación cinematográfica. En 2016 se pasó al misterio con toques de terror en Desaparición en la Roca del Diablo (Nocturna, 2018). Su nueva novela, La cabaña del fin del mundo (2018; Nocturna, 2021), es otro thriller muy elogiado por la crítica y también va a ser llevado al cine.
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UNO

Wen

La niña del pelo negro baja las escaleras de madera del porche y se sumerge hasta los tobillos en la amarillenta laguna de hierba. Una brisa cálida se desliza ondulante entre las briznas, las hojas y los pétalos con forma de cangrejo de las flores de trébol. Estudia el patio, atenta a los sincopados movimientos mecánicos y los brincos frenéticos de los saltamontes. El tarro de cristal que acuna contra su pecho desprende una tenue fragancia a mermelada de uva y está pegajoso por dentro. Desenrosca la tapa agujereada.

Wen le había prometido a papá Andrew que soltaría a los saltamontes antes de que se asaran en el terrario casero, aunque no iba a pasarles nada porque ella se aseguraría de evitar que le diera directamente el sol a su bote. Le preocupa, eso sí, que se puedan lastimar ellos solos estrellándose contra los bordes aserrados de los orificios de la tapa. Su intención es capturar saltamontes pequeños, para que no salten ni tan alto ni con tanta fuerza; además, lo compacto de su tamaño les permitirá disponer de más espacio para estirar las patitas dentro del frasco. Les hablará en voz baja, tranquilizándolos; quizá así consiga que no sucumban al pánico y se empalen contra las peligrosas estalactitas metálicas. Satisfecha con su plan actualizado, arranca un puñado de hierba, con raíces y todo, dejando un pequeño cráter en el mar ocre y verdoso del patio. Deposita la hierba en el fondo del bote, la distribuye con esmero y se limpia las manos en su camiseta gris de Wonder Woman.

Faltan seis días para el octavo cumpleaños de Wen. Aunque sus padres albergan la no demasiado secreta sospecha (los ha oído hablando de ello) de que esa fecha, más que señalar el día exacto de su nacimiento, podría haberle sido asignada al azar por el orfanato de la provincia china de Hubei. Para su edad, se encuentra en el percentil 52 de altura y 42 de peso, o al menos así era hace seis meses, la última vez que la vio la pediatra. La doctora Meyer le había explicado el contexto de esas cifras con todo lujo de detalles. Se alegraba de superar la media de altura, pero al mismo tiempo le irritaba estar demasiado delgada. Wen, tan directa y decidida como espigada y atlética, se impone a menudo a sus padres tanto en los duelos de voluntad como en los combates de lucha libre coreografiados que libran con su cama como cuadrilátero. Sus ojos castaños son muy oscuros, y sus finas cejas parecen patitas de oruga cuando se contonean como si estuviesen dotadas de vida propia. Atraviesa su surco nasolabial la sombra de una cicatriz que sólo resulta visible en función de cómo le dé la luz y si uno se fija (o eso le han dicho). Esa sutil línea blanca es el recordatorio de un labio leporino reparado tras múltiples operaciones quirúrgicas que le habían practicado entre los dos y los cuatro años. Se acuerda del primer viaje al hospital y del último, aunque no de los otros. El hecho de que esas visitas y operaciones intermedias se hayan perdido, por así decirlo, es algo que le molesta. Wen es cordial, extrovertida y tan bromista como cualquier otra niña de su edad, pero no se prodiga con sus sonrisas reconstruidas. El que quiera una se la tendrá que ganar.

Hace un día de verano despejado en Nuevo Hampshire, a escasos kilómetros de la frontera con Canadá. La luz del sol baña las hojas de los majestuosos árboles que se alzan sobre la pequeña cabaña, un solitario punto rojo en la orilla meridional del lago Gaudet. Wen deja el tarro en un parche de sombra junto a las escaleras del porche y se adentra en la hierba con los brazos extendidos, como si estuviese vadeando un curso de agua. Utiliza el pie derecho para barrer la punta de los tallos adelante y atrás, como le enseñó papá Andrew. Se crio en una granja de Vermont, así que es el experto de la familia en encontrar saltamontes. Le ha dicho que su pie debería imitar los movimientos de una guadaña, pero sin llegar a cortar de verdad la hierba. Como ella no sabía a qué se refería con eso, papá Andrew le explicó en qué consistía la herramienta y cómo se usaba. Sacó el móvil para buscar imágenes de guadañas antes de que los dos se acordasen de que en la cabaña no había cobertura. En vez de eso, le dibujó una en una servilleta; una cuchilla con forma de medialuna en la punta de un palo muy largo, como un arma de las que podría usar cualquier orco o guerrero en las películas de El señor de los anillos. Tenía un aspecto amenazador y Wen no entendía por qué necesitaba la gente alto tan aparatoso y extremo para segar, aunque le encantaba la idea de hacer como si su pierna fuese el mango y su pie, la larga hoja curvada.

Un saltamontes marrón, tan largo como ancha era la palma de su mano, se eleva volando desde debajo de su pie y, con un estridente chirriar de alas, rebota en su pecho. El impacto provoca que Wen se tambalee de espaldas y esté a punto de caerse.

—Vale, tú eres demasiado grande —dice con una risita.

Reanuda los barridos exploratorios con su pie convertido en guadaña. Otro saltamontes, este mucho más pequeño, pega un brinco con tanta fuerza que lo pierde de vista en algún punto de su trayectoria elíptica hacia el cielo, pero le sigue la pista cuando aterriza a escasa distancia, a su izquierda. Es del mismo verde fluorescente que una pelota de tenis y su tamaño es perfecto, no mucho mayor que los racimos de semillas que hay en la punta de los tallos de hierba más altos. Si pudiera atraparlo… Sus movimientos son rápidos y difíciles de predecir, y se aleja de un salto en cuanto la niña acerca la temblorosa trampa de sus manitas. Wen se ríe y lo persigue trazando un zigzag desenfrenado por todo el jardín. Le asegura que no quiere hacerle daño, que acabará liberándolo, que sólo quiere estudiarlo para aprender y poder ayudar a todos los demás saltamontes a ser igual de ágiles y felices que él.

Wen termina capturando al acróbata en miniatura en la linde del césped y el camino de grava. Alojado en la pequeña cueva que forman sus manos, es el primer saltamontes que caza en su vida.

—¡Bien! —exclama, entre susurrando y gritando.

El pequeño insecto pesa tan poco que sólo nota su presencia cuando intenta escaparse saltando entre sus dedos cerrados. El deseo de entreabrir las manos para echarle un vistazo es casi irresistible, pero tiene la prudencia de contenerse. Cruza el patio corriendo, lo deposita en el tarro y cierra enseguida la tapa. El saltamontes rebota como un electrón, tintineando contra el cristal y el latón, hasta que se detiene de repente, se posa en las briznas de hierba y descansa.

—De acuerdo —dice Wen—. Serás el número uno. —Saca una libretita del bolsillo de atrás, con la primera hoja dividida ya en ondulantes filas y columnas con encabezados, y anota sus observaciones sobre el número uno: tamaño estimado («5 centímetros», escribe, incorrectamente), color («verde»), si es chico o chica («chica, Caroline»), y nivel de energía («halto»). Deja el tarro en su sitio, a la sombra, y vuelve a deambular por el patio delantero. No tarda en capturar otros cuatro saltamontes, todos de parecido tamaño: dos marrones, uno verde, y el último de un tono a medio camino entre ambos. Les pone el nombre de algunos de sus compañeros de clase: Liv, Orvin, Sara y Gita.

Está buscando un sexto saltamontes cuando oye a alguien paseando o corriendo por la interminable carretera de tierra que se curva junto a la cabaña y discurre en paralelo a la orilla del lago antes de internarse en el bosque cercano. Cuando llegaron, hace dos días, tardaron veintiún minutos y cuarenta y nueve segundos en recorrer esa carretera de tierra en toda su extensión. Wen lo había calculado. Papá Eric, por supuesto, conducía demasiado despacio; como siempre.

El sonido de aquellos pies que batían y trituraban la superficie de tierra y piedrecitas era cada vez más fuerte, más próximo. Algo grande está avanzando pesadamente por la carretera. Algo muy grande. A lo mejor es un oso. Papá Eric le había hecho prometer que los llamaría a gritos y se apresuraría a regresar adentro en cuanto viese cualquier animal mayor que una ardilla. ¿Debería estar emocionada o asustada? El cúmulo de árboles le impide ver nada. Wen se levanta en el centro del césped, lista para correr si hace falta. ¿Será lo bastante rápida como para llegar a la cabaña si se trata de un animal peligroso? Espera que sea un oso. Le gustaría ver uno. En caso necesario, podría hacerse la muerta. El oso en potencia está en la entrada del camino que ocultan los árboles. Su curiosidad da paso a la irritación por tener que ocuparse de lo que sea o quien sea que haya venido hasta allí, inmersa como estaba en un proyecto importante.

Un hombre dobla el recodo y toma el camino con paso vigoroso, como si estuviera en su casa. A Wen no se le da muy bien calcular a ojo lo que mide la gente, puesto que todos los adultos existen en ese espacio nebuloso que está por encima de ella, pero es obvio que es bastante más alto que sus padres. Podría ser más alto que cualquier otra persona que ella conozca, y tan corpulento como dos troncos juntos.

El hombre saluda a Wen con una mano que bien pudiera ser la zarpa de un oso y sonríe. Debido a sus múltiples operaciones de reconstrucción labial, Wen siempre se ha concentrado en las sonrisas; las estudia. Demasiada gente sonríe sin que eso signifique lo que debería. A menudo las sonrisas pueden ser mordaces y crueles, como las de los abusones del cole, que son como puñetazos. Peor aún son las sonrisitas tristes y desconcertadas de los adultos. Wen recuerda preoperatorios y posoperatorios en los que no le hacía falta...



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