Tubau | Recuerdos de la era analógica | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 331 Seiten

Tubau Recuerdos de la era analógica

Una antología del futuro
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-938901-5-5
Verlag: Ediciones Evohé
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Una antología del futuro

E-Book, Spanisch, 331 Seiten

ISBN: 978-84-938901-5-5
Verlag: Ediciones Evohé
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



¿Puedes leer en el presente un libro escrito en el futuro? Recuerdos de la era analógica. Una antología del futuro es un libro sorprendente. No porque se publique en este volumen un conjunto de textos y de relatos que en realidad se reunirán en un futuro y que se están escribiendo ahora, o dentro de pocos años. No porque sea una heterogénea unión de cuentos y relatos, ensayos o artículos, ni por lo homogéneo de su temática. Por lo que sorprende es por estar vivo. Por ser real. Lo que nos parece en estos momentos ciencia ficción, en un futuro... ¿parecerá realismo? Quizá incluso en Internet latan ya los gérmenes de las ideas que dentro de varios siglos se encontrarán nuestros antólogos. Términos como 'arqueored', 'era digital', 'mundo analógico'..., que nos ofrecerán en cualquier buscador pistas de estas ideas, de sus secretos, de sus posibilidades. Quizá mucho antes de lo que pensamos. ¿Ya mismo, tal vez...? Los problemas de la identidad, la realidad virtual, la genética, la ciencia, el mundo analógico y el digital... De todo ello y mucho más han de dejar constancia diversos autores. En una pirueta temporal o, haciendo alusión a uno de los relatos de la antología, en una 'larga memoria de los siglos', aquí os los mostramos. Que os inquieten y que lo disfrutéis.

Daniel Tubau es escritor y guionista. Aparte de ejercer juntando palabras, también da clases desenmarañando todos los secretos del guión y mostrando las nuevas tecnologías aplicadas a los medios de comunicación. Ha publicado cuatro libros. El primero, con ese mismo tema: Las paradojas del guionista ; el segundo, un texto que podría enmarcarse como de filosofía-ficción que no deja indiferente, todo un descubrimiento: Recuerdos de la era Analógica. Una antología del futuro. El tercero, dedicado a su otra gran pasión junto a la de los mitos, el conocimiento de lo oculto: La verdadera historia de las sociedades secretas.El cuarto, un ensayo 'ligero' acerca del amor, o de la infidelidad:Elogio de la infidelidad.
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- VIDAS VICARIAS -

Me acerqué a ella, acaricié sus piernas bajo las sábanas y le di un último beso en el cuello. No se despertó y pude salir de la casa sin despedirme.

Esperé tres cuartos de hora en la habitación del hospital y, al mismo tiempo, tomé un taxi para ir a mi encuentro. Al verme frente a mí mismo, me miré con lástima y pedí que me desconectaran.

De este modo terminó mi primera experiencia vicaria.

Mi hermana sonrió cuando abrí los ojos y ayudó a los médicos a colocarme de nuevo en la silla de ruedas. Todos me preguntaron si me había gustado; cerré un ojo para indicarles que sí. Al salir de la habitación, vi por última vez al hombre que yo había sido. Me miró y dijo: «Espero no haberle defraudado». Cerré los dos ojos para indicarle que no, pero no sé si me entendió. Después me sacaron de la clínica y volví a casa.

Le pedí a mi hermana que me conectara al ordenador e intenté recordar todo lo que había hecho en las últimas veinticuatro horas: el largo paseo por el Parque Central, el automóvil, las cuatro horas que bailé sin parar y el momento en el que conocí a aquella muchacha. Y su cuerpo y el mío haciendo el amor. Quise escribir todo eso, pero apenas pude dictar dos o tres líneas, pues cada vez me resulta más fatigoso escribir con el pensamiento.

Ahora que conozco la diferencia entre escribir con un cuerpo y hacerlo a distancia, ya no puedo acostumbrarme a dictar con la mente. De hecho, estoy escribiendo este texto con el cuerpo de uno de mis enlaces: una muchacha que se llama Lucía.

He leído muchos informes y confesiones de personas que han experimentado los enlaces vicarios, pero hasta ahora no me había decidido a contar mi propia experiencia y hacerla pública. Del mismo modo que para mí fue una gran ayuda conocer lo que otras personas en mi situación habían sentido, espero que esto os sirva a vosotros.

Creo que a todos los que disfrutamos de vidas vicarias acaba pasándonos más o menos lo mismo: al principio estamos fascinados por todo lo que signifique acción y movimiento, pero al final acabamos disfrutando más de los momentos de inactividad, sin duda porque hay una gran diferencia entre no hacer nada pero saber que podrías hacer cualquier cosa y no hacer nada porque no tienes otro remedio.

En cuanto a los problemas psicológicos, tampoco soy muy original: padezco la esquizofrenia o corporalidad múltiple habitual. Pero de eso hablaré después. Primero me gustaría contar lo que fue mi vida antes de los enlaces, y añadir algunas informaciones curiosas y poco conocidas que he encontrado en la Red acerca del origen de la existencia vicaria.

Soy tetrapléjico desde los seis años. Apenas conservo recuerdos del tiempo anterior a mi enfermedad. Fui sometido a tratamiento constante, pero mi situación no mejoró, sino que empeoró de año en año, hasta alcanzar el estado actual, en que ya sólo puedo mover los ojos. Los médicos intentaron implantar en mi cerebro microchips que me permitieran recuperar el control de mi cuerpo, pero padezco una degeneración celular que impide la llegada de las señales desde los neurotransmisores hasta los nervios, al menos sin que ello produzca coágulos, ulceraciones y gangrenas. Como la mayoría de vosotros, soy alérgico a mí mismo: mi cuerpo es mi enemigo.

Cuando oí hablar de los primeros experimentos de vida vicaria, tenía veintidós años y mi enfermedad avanzaba rápidamente; era capaz de mover mi mano derecha, los ojos y la boca, pero ya no podía tragar, así que era alimentado mediante sondas. A menudo también precisaba de respiración asistida.

A ninguno os sorprenderá saber que la idea de quitarme la vida me resultara cada vez más tentadora. Ya había elegido médico para que me aplicara la eutanasia, y fue precisamente él quien, sin pretenderlo, me devolvió las ganas de vivir. Mi médico, además de un gran profesional, en cuya neutralidad insisto, era muy aficionado a la biotecnología. Gracias a él descubrí que, aunque perdiese el movimiento de la mano, todavía podía escribir en el ordenador, navegar y, por tanto, comunicarme con los demás.

En efecto, mi eugenista me explicó que desde finales de siglo existía la posibilidad de transmitir al ordenador instrucciones mentales. El método, como sabéis, es muy sencillo: basta con conectar al cerebro unos electrodos que registran la actividad neuronal en forma de impulsos eléctricos. De este modo, los diversos patrones eléctricos del cerebro son enviados al ordenador y éste puede reconocer pensamientos simples como «arriba/abajo», «derecha/izquierda», «abrir/cerrar», que nos permiten desplazar el cursor por la pantalla y escribir en el teclado virtual.

Se requiere, sin embargo, demasiada memoria por parte del sistema cibernético, y un gran esfuerzo psicológico para que la persona que lo utiliza pueda relajarse, pues si los pensamientos son complejos o confusos resulta difícil localizar y aislar los impulsos neuro-eléctricos para traducirlos en órdenes y palabras. A pesar del entusiasmo inicial, la conexión cibermental fue cayendo en desuso. Nadie que pueda escribir en un tablero electrónico o dictar mediante la voz se toma hoy en día la molestia de utilizar el dictado mental, que resulta terriblemente lento, pues obliga a detener tu pensamiento para no colapsar el sistema o hacer ininteligible la trasmisión. Sin embargo, para nosotros, para quienes sufrimos algún tipo de parálisis avanzada, es algo más que una herramienta: es lo que nos permite comunicarnos con el exterior y seguir vivos. O al menos lo era hasta que llegó la existencia vicaria.

Fue también mi médico eugenésico quien me habló por primera vez de los experimentos vicarios. De eso hace ya quince años. No sé cuantos de vosotros recordáis las primeras noticias sobre el asunto, y es posible que algunos os hayáis enterado sólo en los últimos meses de que existía algo así.

A todos nos han contado esa historia de que los enlaces vicarios se empezaron a desarrollar en los últimos diez años, pero no es cierto. Hubo varios intentos previos, incluso antes de la época en la que mi eugenista me habló por primera vez de las conexiones interpersonales. Supongo que cuando los resultados de la investigación de la que formamos parte se hagan públicos, los rastreadores escarbarán los archivos en busca de información acerca de cómo se inició todo, pero lo que os voy a contar es en cierto modo una primicia. Por otra parte, muchas de las reglamentaciones que nos afectan en el uso de los enlaces se explican por las primeras experiencias de vida vicaria.

Aunque actualmente sólo pueden disfrutar de los enlaces interpersonales quienes padecen una grave insuficiencia física, al principio no era así, pues los enlaces estaban destinados al ocio. En un mundo en el que la existencia virtual resultaba ya repetitiva y fatigosa, los enlaces interpersonales ofrecían la posibilidad de vivir una segunda vida, pero no virtual, sino absolutamente real. Ya a principios del siglo 21 algunos pioneros trabajaron con enlaces interpersonales rudimentarios. Al sujeto donante, el que alquilaba su cuerpo, se le implantaban micro-receptores de televisión en los ojos. De este modo, el receptor podía ver y oír todo lo que percibía el donante. Incluso se utilizaron transmisores olfativos y gustativos para enviar al receptor toda la información del ambiente en el que se movía su enlace.

Sin embargo, no existía entonces la posibilidad de establecer una verdadera conexión entre los dos cerebros, por lo que el receptor transmitía sus instrucciones al donante a través de un microaltavoz que éste tenía implantado en el oído interno. El donante, simplemente intentaba llevar a cabo las instrucciones que le transmitía su enlace cerebral: «Entra en ese bar», «Pide una cerveza», «Acércate a ese chico rubio», «Pregúntale su nombre», «Invítale a bailar», etcétera.

El único placer que se podía obtener con esa rudimentaria conexión consistía en «ver» qué hacía el cuerpo que obedecía las instrucciones. Los dos cerebros conservaban su autonomía, a pesar de que el donante (el cuerpo controlado) intentase, con mayor o menor torpeza, seguir las directrices del receptor (el cerebro controlador).

Estaréis de acuerdo en que aquello tenía más que ver con el voyeurismo que con un verdadero enlace vicario; incluso se hizo un programa de televisión (Vidas prestadas) en el que el público podía ver a un donante dirigido a distancia y participar incluso en el control del mismo.

El sistema fue perfeccionándose poco a poco y se pudieron implantar los primeros microchips inhibidores de la voluntad, que gradualmente fueron concediendo más y más control al cerebro del receptor y restándoselo al del donante. Según parece, esta fase intermedia fue la más rica en implicaciones sociológicas, éticas e incluso políticas, pero también la más peligrosa, tanto desde el punto de vista físico como psíquico.

El conflicto entre dos voluntades que intentaban manejar un mismo cuerpo era demasiado peligroso. Aunque se inhibía el control del donante sobre su cuerpo, no se podía anular su conciencia y su percepción de lo que sucedía. Una vez desconectado, era frecuente que el donante experimentase sentimientos negativos...



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