Tucker | Un amanecer de dioses y furia | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 832 Seiten

Reihe: TBR

Tucker Un amanecer de dioses y furia


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-80-1
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 832 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-80-1
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Nunca he sido el tipo de persona que se pliega a las normas, y no estoy dispuesta a empezar ahora. Una reina dispuesta a todo por su pueblo. Un rey exiliado con ganas de volcar el tablero. Un Destino desesperado por jugar a ser monarca. Un rey usurpador dispuesto a enmendar sus errores. Una guerra sin precedentes. El destino de todos los reinos está en juego. La batalla final está a punto de comenzar. Ya no hay marcha atrás#

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Capítulo 1


Annika

–¿Es que no hay nada remotamente apetecible en este barco dejado de la mano de los Destinos? –Examino una manzana picada al resplandor del candil de aceite antes de arrojarla de nuevo a la cesta de desperdicios.

El cocinero del Tempestad, un hombre fornido con una tupida barba gris, para de filetear la pesca del día para mirarme. Eso es lo único que hacen los marineros: miran fijamente a su princesa, pero no le dirigen la palabra.

–¿Y bien? –le espeto–. ¿Es que aquí nadie tiene lengua, salvo vuestro encantador capitán? –A quien tiraría gustosamente por la borda si no estuviera convencida de que su tripulación me arrojaría a mí detrás.

–Cómete las raciones del día cuando te las den, u otro lo hará encantado –responde finalmente, con la voz bronca y sin mostrarme ninguna muestra de respeto.

–¿Esa bazofia de avena aguada y cerdo en salazón? ¿A ti te parece que eso es adecuado para un miembro de la familia real de Islor? –Si Corrin estuviera presente, le daría una paliza con una cuchara de madera a este mortal, y yo disfrutaría viéndolo.

–Disculpad mi grosería. ¿Os puedo ofrecer otra cosa? –pregunta con fingida sinceridad, levantando la mano y mostrando la palma. El radiante tatuaje de las lunas crecientes relumbra como una burla provocadora en la penumbra de la cocina del barco.

–Tendría que estar en mi lecho de muerte para alimentarme de tu vena, incluso sin esa marca –replico con sorna. Este hombre no ha visto el jabón en semanas. Muy pocos marineros del barco lo han catado. Es imposible soportar la peste bajo cubierta.

–Puede que eso suceda pronto. –A juzgar por su sonrisa, no parece lamentarlo lo más mínimo.

Jamás un mortal me ha hablado con tanto desprecio en mi vida.

–¿Cómo te llamas, marinero?

–¿Por qué?

–Para decírselo a mi hermano, el rey, la próxima vez que lo vea. Estoy segura de que le encantará oír lo mucho que disfrutabas con mi sufrimiento.

Resopla.

–Me llamo Sye, y todos vimos perfectamente lo que dejamos atrás cuando huimos de Cirilea. Poco rey se puede ser sin un trono en el que sentarse. Además, probablemente esté muerto, o muy pronto lo estará.

Su insensibilidad me provoca un estremecimiento. Puede que mi hermano gemelo me abandonara en Cirilea en medio de una rebelión, y sí, es cierto que apenas nos toleramos, pero... lo único que me queda son mis hermanos. Eso, y una ciudad en llamas sobre la que una gigantesca bestia proyectaba una sombra que no se parecía a nada que hubiera visto antes.

–Puede que yo sea la única persona de la familia real que sigue viva: en tal caso, eso me convertiría en la reina.

–Bueno, reina, cómete una galleta si quieres y deja de incordiarme. Tengo trabajo. –Señala con el cuchillo el estante con la cesta de obleas como piedras y le corta la cabeza a un pescado.

Me tienta la cuchillera de la cocina, a mi izquierda. Probablemente podría atravesarle la yugular a este sucio mortal con uno de los cuchillos antes de que tuviera oportunidad de gritar. Pero me serviría de muy poco matar al cocinero. Seguiría atrapada en este barco y, encima, rodeada de marineros hambrientos.

–No se te ocurra ninguna tontería –me advierte Sye, fijando los ojos en la cuchillera–. Somos muchos y tú una sola.

–No soy ninguna bárbara. –Decido llevarme dos galletas, el doble de la ración del día, y una manzana magullada.

Sye frunce el ceño.

–¡Anda, largo de aquí!

Tengo cerca una garrafa de hidromiel. Por impulso, la rodeo con el brazo. Subo las escaleras con la cabeza alta, intentando no tropezar con el peso mientras abrazo el incómodo recipiente y lo aprieto contra mi pecho.

La luz plateada de la luna de Hudem brilla contra el océano, resaltando la ausencia de tierra hasta donde alcanza la vista.

–¿Es necesario navegar tan lejos de la costa? –me quejo a nadie en particular.

–Sí, si no queremos perforar el casco e irnos a pique y morir –responde el capitán Aron desde el timón.

–Doy por sentado que moriremos en cuanto nos encuentren las sirenas.

–Si no se levantan los vientos, no llegaremos tan lejos.

El aire es cálido y pesado, y las velas cuelgan flojas. Apenas hay ondas sobre el agua.

Me echa un vistazo antes de fijarse en mi botín.

–Veo que has encontrado la cocina.

–Y a tu asqueroso cocinero.

Sonríe.

–Sye es muy estricto con las raciones; le has debido de incordiar mucho para que te permitiera salirte con la tuya.

Me siento en el suelo y le quito el corcho a la garrafa.

–Se me ocurrió que, cuando vaciara esto, todos mis problemas desaparecerían.

–¿No habéis encontrado lo que buscabais, alteza? dice esa desagradable voz.

Cuento hasta cinco antes de rebajarme a prestar atención a Tyree, y me encuentro con unos ojos azules cristalinos clavados en mí. No hace falta que el príncipe ybarisano explique a qué se refiere. Al menos la cuarta parte de los marineros de este barco portan tatuajes resplandecientes, y no pondría la mano en el fuego por los que no tienen ninguna marca. Pero llevo días sin alimentarme. De haber sabido que se estaba avecinando la rebelión, no habría perdido un minuto siendo educada con Dagnar: le habría hundido los colmillos de inmediato.

–Tienes un aspecto horrible –le suelto. Está peor que antes: su tez aceitunada ahora tiene una palidez enfermiza.

–Por qué será –bufa, girando en la mano la daga con la que lo apuñalé. Aprieta en el puño el mango de bronce forjado del cuerno de Aminadav–. No es solo una hoja forjada con merth, ¿verdad?

–Supongo que mi padre consideró que algún día necesitaría un arma especial. –Tenía dieciséis años cuando me la regaló y me advirtió que no la usara nunca, salvo que estuviera en una situación extrema, ya que el más mínimo rasguño podía resultar fatal.

Tyree se revuelve con una mueca de dolor. El fajín que le arrancó a mi vestido está empapado en sangre. Su herida sigue chorreando aunque haya pasado más de un día.

–¿Qué me está haciendo exactamente?

Me encojo de hombros.

–Ni idea: nunca había apuñalado a nadie. Aunque me alegro de que hayas sido el primero.

Vuelve a girar la hoja.

–Tal vez debería devolverte el favor.

La verdad es que es sorprendente que Tyree no me haya apuñalado todavía.

–Sigo siendo más valiosa para ti viva.

Me dedica esa sonrisa tan suya, fanfarrona y exasperante, y extiende una mano; el brazalete liso de ónice que lleva en la muñeca es un precioso grillete. Atticus le puso los dos para impedir que el enemigo ybarisano tuviera acceso a su afinidad élfica. Al final, fue inútil: consiguió escapar, matar a varios guardias y secuestrarme.

–Ten un poco de compasión por un moribundo y dame algo de beber.

Le quito el corcho a la garrafa, lleno la taza metálica y la apuro de un trago, salpicando de hidromiel mi vestido destrozado.

Él sonríe.

–Eh, capitán, ¿a que mi futura esposa tiene carácter? ¿Te imaginas cómo será nuestra noche de bodas?

–¡Eso jamás sucederá! –siseo, lanzándole la taza vacía a la cabeza.

Tyree la atrapa al vuelo con unos reflejos que sigo subestimando. Son increíbles, a pesar de continuar desangrándose lentamente.

Ahora me he quedado sin taza.

–Tomaré ahora ese trago, muchas gracias. –La agita en el aire–. Es lo menos que puedes hacer después de que te salvara de la turba.

–Me las habría arreglado perfectamente. Conozco todos los escondites del castillo.

Sus ojos están desnudos de su malignidad habitual cuando suspira hondo y prueba con un tono más conciliador:

–Por favor, Annika. Estoy agotado y sediento, y agradecería algo que me calmara el dolor.

Una punzada de culpabilidad se agita en mi interior. Podría haberse cobrado venganza cientos de veces, pero no me ha hecho ningún daño.

–Mira, incluso voy a guardar la daga aquí. –Se gira con una mueca y desliza la hoja dentro del cajón de madera donde está subido, dejándola fuera de su alcance.

Me pongo de pie de mala gana y arrastro la garrafa.

Jadeo bruscamente al inhalar una vaharada abrumadora de la dulce esencia de neroli. Me arden los colmillos, suplicándome que les permita salir. Es muy mala idea estar tan cerca de él cuando llevo tanto tiempo sin alimentarme, pero sé que su sangre es tan tóxica como la de los mortales marcados del barco y me provocaría una muerte agónica con idéntica rapidez.

Tyree se queda callado mientras le lleno la taza y miro cómo bebe. La marcada nuez de su escultórica garganta sube y baja a cada trago que da. Es una lástima que sea tan odioso. Hasta yo soy capaz de admitir que es atractivo: su espesa melena oscura se riza en una onda sensual en la nuca y su mandíbula cuadrada contrasta con sus labios carnosos.

¿A qué sabría su sangre ybarisana?

Dicen que es eufórica.

Orgásmica.

–Entonces, ¿cómo funciona? –Tyree se queda mirando la brillante luna de Hudem, casi en su...



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