E-Book, Spanisch, 764 Seiten
Reihe: TBR
Tucker Una reina de ladrones y caos
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-61-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 764 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-61-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
K.A. Tucker es una autora superventas internacional que ha escrito varias novelas de romance contemporáneo y suspense. En Un destino de ira y fuego, Tucker se atreve por primera vez con el género de la fantasía y lo hace con una saga mágica y adictiva en la que mezcla el mundo actual con uno de fantasía en el que la magia elemental y las enemistades ancestrales rigen el destino de todos sus habitantes.
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Capítulo 2
Romeria
—
Una carcajada estridente dentro del castillo compite con el ruido de nuestros pasos y provoca que Jarek frunza el ceño.
Miro al formidable legionario que se cierne sobre mí. Su cuerpo esculpido está forrado de cuero, tiene el cabello castaño recién rapado a los lados de la cabeza y el mechón central se sujeta en tres gruesas trenzas recogidas en la nuca.
–Venga ya. No es posible que te desagraden los niños.
–¿No? –Arquea una ceja y su atractivo rostro refleja diversión–. Si vierais lo que hacen cuando sufren por primera vez la sed de sangre, no os parecerían tan encantadores esos salvajes monstruitos.
Pongo una mueca al recordar la inquietante descripción que hizo Zander de los inmortales islorianos cuando aprenden a alimentarse.
–Niños mortales –corrijo.
–Son un pelín menos salvajes. Igual de molestos. –Examina el entorno, como si esperara que una amenaza se materializara en las paredes en cualquier momento–. Y este no es su sitio –añade en un murmullo.
Estalla otra risa infantil que rebota con un eco estremecedor en este reino hueco que vibra con magia ancestral.
–¿Y el nuestro sí?
Abrí el muro de la montaña hace tres días y, desde entonces, hemos recorrido todos los rincones de Ulysede y hemos encontrado señales de que es una ciudad próspera –hay tiendas de alimentación, de ropa, flores que decoran los alféizares–, pero carente de vida más allá del ganado, los pájaros cantores y algún que otro gato callejero. Elisaf halló una armería repleta de piezas relucientes, donde había metal suficiente para equipar a un pequeño ejército. Cada coraza blasonada llevaba el emblema de dos lunas crecientes de Ulysede. También hay una cámara del tesoro repleta de monedas de oro estampadas con el mismo escudo, pero no hemos visto a nadie que lleve armadura alguna ni que cobre por su trabajo.
Es como si Ulysede se hubiera construido y después se hubiera congelado en el tiempo y estuviera esperándonos. Para qué, aún lo ignoramos.
Es una ciudad desierta, bordeada de muros montañosos escarpados e imposibles de escalar. Pero solo un estúpido se creería que nos encontramos dentro de la montaña, y habría que ser aún más estúpido para pensar que seguimos en Islor. Cuando aquella antigua muralla cubierta por la escritura de las ninfas, la llamada Fortaleza de Piedra, se abrió y atravesamos las puertas, dimos un paso más allá de nuestra realidad. El detalle de que todas las noches haya dos lunas en el cielo lo confirma.
Estudio el fresco del techo del corredor: la pintura muestra un mercado abarrotado con gente vendiendo su mercancía. Están rodeados de carros, de caballos y de soldados con el escudo de Ulysede en las corazas. El castillo de arenisca blanca, con sus agujas color azul regio y sus imponentes almenas, está lleno de frescos que muestran escenas llenas de vida, pero no ofrecen ninguna pista de quiénes son esas personas ni de a qué época pertenecen.
¿Representan el pasado?
¿O tal vez muestran un prometedor futuro?
Supongo que este sí es mi sitio, ya que lo que desveló el secreto de Ulysede fue mi sangre: una inexplicable combinación de la princesa Romeria, heredera del trono de Ybaris e hija de Aoife, diosa del agua, y Romy Watts de Nueva York, una ladrona de guante blanco humana que ignoraba su naturaleza como invocadora clave. Además, sobre un trono lleno de púas descansaba una corona de espinas a la espera de que me la colocara en la cabeza.
La pregunta es: ¿y ahora qué?
Cuando Jarek y yo entramos en el gran salón, pasa corriendo una niña –una de las humanas de Norcaster rescatadas de las jaulas donde las tenían sus guardianes–, perseguida por Eden. Parecen estar jugando al pillapilla.
–¡Te pillé! –declara Eden, abrazándola y obteniendo a cambio un estridente chillido de alegría.
Jarek sube levemente la comisura de la boca, y dudo que sea por la niña. Mi doncella es la única que parece capaz de suavizar las duras aristas del guerrero.
Al vernos, Eden suelta a la niña y hace una reverencia.
–¡Majestad! –exclama antes de pasear sus inocentes ojos azules por mi atuendo. Llevo unas calzas negras y una túnica que saqué del amplio y surtido armario. Arruga la frente–. ¿No era de vuestro agrado el vestido que os preparé?
–No puede entrenar con falda –zanja Jarek antes de darme oportunidad de contestar.
Pongo los ojos en blanco. Jarek no admite réplica; se ha obcecado en que debo ejercitarme a diario en la pista de entrenamiento del castillo. Teniendo en cuenta todo lo que me queda por aprender, lanzar una daga no me parece tan vital, pero estoy mejorando: la hoja ya no rebota contra el blanco.
–El vestido era precioso. –Los armarios de los aposentos de la reina rebosan de ropa y toda me queda como si estuviera hecha a medida, justo pensando en mí–. Pero –añado, señalando lo que llevo puesto– con esto es mucho más fácil moverse, en general.
–Sí, supongo que sí. –Eden se muerde el labio y fija la mirada en Jarek. No sabría decir en qué ha acabado su mutuo interés porque el único momento en que el legionario se aleja de mí es cuando estoy en mi habitación con Zander, y ni siquiera entonces; Elisaf lo ha visto vagando por los pasillos hasta altas horas de la noche.
La niña, oculta tras las faldas de Eden, nos mira a Jarek y a mí. Recuerdo haberla visto asomarse por los huecos del carromato a las afueras de Kamstead, el pequeño pueblo que apestaba a carne quemada. Antes iba vestida con harapos sucios de hollín, pero ahora está recién bañada y lleva un vestidito amarillo.
Me pregunto cuál de los dos la asusta más: ¿el legionario con incontables espadas sujetas a su cuerpo forrado de cuero, o la princesa ybarisana, ahora reina de Ulysede, con veneno en la sangre y una magia inconmensurable corriendo por su cuerpo?
Le dedico una sonrisa amable.
–¿Cómo te llamas?
–Betsy, alteza. –Intenta hacer una reverencia, pierde el equilibrio y tropieza. Puede que sea por la edad; no creo que tenga más de cinco años. O puede que no esté versada en las formalidades al proceder del norte, donde no está extendida la costumbre de inclinarse ante la realeza. Sea como sea, estoy convencida de que Corrin estaría escandalizada.
–¿Te gusta estar aquí?
Asiente con la cabeza de forma ferviente, pero vacila antes de señalar hacia arriba con el dedo.
–¿De verdad eso es una ninfa?
Miro hacia donde señala: la estatua de piedra en el centro de la gran sala. La criatura mide al menos tres metros de altura y lleva puesta una armadura de púas, como si estuviera lista para la batalla. Sus alas dentadas parecen diseñadas tanto para volar como para atravesar a sus enemigos, y tiene garras en las manos dispuestas a destrozar la carne de sus oponentes. La primera que vi la estatua me creí que era un daaknar.
–Creemos que sí.
Hay innumerables versiones de estas criaturas aladas por todo Ulysede: desde gárgolas temibles hasta delicadas figuras humanas y un millar de formas intermedias. De entrada, supuse que las humanas eran las representaciones auténticas de las ninfas que me hablan a través de risas infantiles que solo yo oigo, pero Gesine me advirtió que no debía darlo por sentado. Los videntes han visto la aterradora versión que se cierne sobre nosotros y, hasta ahora, sus visiones no nos han llevado por mal camino.
Betsy inclina la cabeza hacia atrás para estudiar a la amenazadora criatura.
–¿Cómo es posible que una cosa tan horrible pueda crear una ciudad tan bonita?
Eden le chista y echa una mirada cautelosa hacia arriba, como si la piedra pudiera oír la dura crítica.
Tal vez lo haga.
Aunque desde que atravesamos las puertas me invadió una sensación de seguridad y esperanza, soy incapaz de ignorar la escalofriante sensación de que no estamos solos y de que este lugar no es lo que parece.
Respiro hondo para calmar los latidos agitados de mi corazón, que se me acelera cada vez que pienso en ese problema constante. Sonrío para que no se dé cuenta de mi aprensión.
–No lo sé, pero me alegro mucho de que la construyeran.
Es el refugio que necesitábamos desesperadamente mientras Zander decide cuál es la mejor estrategia para salvar Islor y yo profundizo en mis nuevas habilidades como invocadora clave.
Unas pisadas atraen nuestra atención; por la enorme escalinata trota ágilmente Elisaf. Nadie adivinaría jamás que mi guardia nocturno fue despedazado por una bestia hace apenas una semana y estuvo a punto de cerrar los ojos y no abrirlos más. Se detiene en el rellano cuando nos ve, hace una leve inclinación de cabeza y sé que Zander le debe de haber mandado que viniera a buscarme.
–¿Necesitáis alguna cosa más, majestad? –pregunta Eden.
–Nada, gracias. –No importa lo mucho que le insista para que deje las formalidades; se sumerge en el protocolo con la misma facilidad con la que yo respiro.
–En ese caso, he oído que Mirren ha encontrado ingredientes para hacer un budín de pan –comenta Eden, y la cara de Betsy se ilumina ante la perspectiva de comer algo dulce–. Majestad. –Hace una reverencia y sus ojos se posan brevemente en los de Jarek–. Comandante –añade, antes de guiar a la niña hacia el pasillo que conduce a las cocinas del castillo.
Jarek la observa abismado durante unos instantes antes de volver a...




