Tuculescu | Las asombrosas peripecias del murciélago Vico | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 342, 144 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Tuculescu Las asombrosas peripecias del murciélago Vico


1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8768850-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 342, 144 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 979-13-8768850-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Una novela iniciática con personajes originales, muchas aventuras y grandes dosis de reflexión, humor e imaginación. Vico nació en una familia de murciélagos-vampiros y desde pequeño ha sido diferente: prefiere dormir tumbado y no colgado cabeza abajo como los demás miembros de su especie, se alimenta solo de fruta y por eso se declara ¡orgulloso frutariano! También se cuestiona muchas cosas sobre su entorno y es, por naturaleza, inconformista y muy curioso. Cuando el profesor de música descubre en Vico un talento excepcional, lo anima a tocar el saxofón, y el blues se convertirá en su estilo favorito. Un buen día, Vico se despide de su familia y, llevando su saxofón reluciente como único equipaje, emprende un viaje para recorrer el mundo. Así, llegará a Mirabelia, un país a orillas del mar, lleno de huertos y bosques, donde conocerá a la serpiente Sarisa, que curiosamente es cantante de blues. De la mano de su peculiar nueva amiga, Vico visitará a algunos animales del reino, incluidos el emperador, un rinoceronte colosal, y la reina, una graciosa gacela.  Vico y Sarisa vivirán aventuras disparatadas, llenas de imprevistos, misterio y mucho humor, que los llevarán a reflexionar acerca de su verdadera identidad. 

Radu Tuculescu (Târgu Mure?, 1949-Sighet, 2025) fue un reconocido novelista, dramaturgo y traductor de alemán. Estudió violín en el Conservatorio Gheorghe Dima de Cluj. Escribió numerosas novelas, cuentos para niños y obras de teatro. Recibió varios premios nacionales e internacionales en sus distintas facetas profesionales. Sus libros han sido publicados en Alemania, Italia, Francia, Hungría, Austria, República Checa, Israel, Serbia y Ucrania, y sus obras de teatro han sido representadas en lengua checa, húngara, inglesa, hebrea, italiana y francesa.
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¡MIRABELIA!


Un país a la orilla del mar. Huertos infinitos rebosantes de fruta perfumada. Extensos bosques con árboles de todas las edades. Algunos llegan hasta la playa salpicada por las olas.

El grito de las gaviotas es horrible, pero estoy demasiado cansado como para prestarles atención. Descanso un poco en una piedra lisa, entre otras de formas diferentes, junto a la orilla. He volado día y noche. Con las garras he sujetado todo el tiempo la caja del saxofón dorado. Una carga que me ha exigido un esfuerzo añadido.

Es mediodía. La piedra está caliente, casi quema. Me tumbo de medio lado. Cubro la caja con las alas para esconderla de posibles miradas curiosas. Cierro los ojos y me quedo dormido, acariciado por la brisa marina.

Nosotros, los murciélagos, podemos percibir el peligro incluso durante el sueño. Nuestros oídos permanecen despiertos. Funcionan como embudos que amplifican los movimientos de alrededor. Como lentes acústicas que le transmiten al cerebro señales de alarma. ¡Bip, bip!

Recibo avisos. Me despierto. No abro todavía los ojos. Acecho, con las orejas, cada ruido. Es un silbido continuo. Una amenaza sutil, camuflada…

¡Culebra!

Como proyectado por un muelle, salto unos metros hacia el cielo y luego abro las alas. Me quedo así, inmóvil, en el aire. Abro los ojos y descubro la forma serpenteante a un paso de la piedra donde me había quedado dormido.

—No te asustesss. Sssoy inofensssiva.

¡Ajá! ¡Lo que faltaba, una serpiente! Todavía peor. Una pérfida que te seduce con palabras escogidas y miradas tiernas… ¡Madre mía, qué ojos! Son grandes, tienen forma de almendra y el color de las algas marinas. Pueden hipnotizar a cualquier presa. ¡Pero a mí no!

—Lanzas esas palabras como anzuelo. No me engañas…

—Esss normal que evites las culebrasss. Pero yo soy una ssserpiente essspecial…

—¿Ah, sí?

—No me alimento de ratonesss ni de murciélagosss…

—¡Ja, ja, ja! ¡A ver si vas a ser… frutariana!

—Sssoy vegetariana.

—¿En serio?

La serpiente utiliza una táctica muy hábil. Quiere engatusarme.

—He venido a la playa para zanganear al sol, para calentarme, para essscuchar el canto de la olasss. Mira lo que he traído.

La serpiente lleva en la espalda una mochilita azul. Se la quita y vacía el contenido sobre la piedra lisa.

—¡Aquí tienesss!

Entorno los ojos para ver mejor. Desciendo unos centímetros… ¿Será otro truco? ¿Será un anzuelo? ¡Hace que me acerque para poder atacarme y no fallar! ¡Sobre la piedra ruedan algunas frutas y verduras! ¡Estoy atónito!

—¿Acaso piensasss que sssoy una hechicera que ha adivinado este encuentro y ha metido comida en la mochila a propósssito? ¡Ja, ja, ja! Como puedesss ver, son dosss piezas de fruta y dosss de verdura. ¡Una pera jugosssa, una granada, además de un nabo y una zanahoria dulce! Comida para una sssola persssona… ¡que cuida su sssilueta! Tengo algo más, sssolo para mí.

Y saca, de un bolsillo de la mochila, una caja. Abre la tapa. En su interior distingo dos… ¡huevos!

—Essstán crudos. Los he robado, lo reconozco. Huevosss de gallina… de una granja…

—¿Te gustan los huevos crudos?

—Son excelentesss para las cuerdasss vocalesss.

—¿Las cuerdas vocales?

—Tengo que cuidarlasss. ¡Soy solisssta!

—¿Qué dices?

—Cantante, para que me entiendasss mejor.

Compruebo que la caja donde guardo mi saxofón no se ha vuelto transparente. Habrá adivinado que es un instrumento y que soy músico, ahora está probando con otra treta. Pero la caja negra es como el alquitrán, no se ve nada de su interior.

—Sé lo que significa solista.

—Quizá no te gussste la músssica.

—¡Claro que me gusta!

—Yo interpreto una músssica essspecial.

—¿Y qué música especial es esa?

Jazz… sobre todo bluesss

Me deja sin respuesta.

¡Madre mía, qué ojos tiene la serpiente! Ondulan en ellos las olas del mar.

—¿Puedo hacerte también yo algunasss preguntasss?

—Hazlas.

—¿Cómo hasss llegado hasta aquí, a la orilla del mar? Noto que eresss extranjero…

—Notas bien. Vengo de un país lejano.

—Y en el país de donde vienesss, ¿no se alimentan los murciélagosss con sssangre?

—Ajáaa. Quieres chincharme. Sí, algunos se alimentan con sangre. Mi familia, por ejemplo. ¡Todos menos yo! Por eso me he marchado. ¡Yo soy frutariano!

—¿En ssserio?

La serpiente lanza una carcajada como un trino. A mí me está pasando algo. Esta criatura me desconcierta.

—En serio. Acabo de llegar. Me he parado a descansar un rato.

—Entoncesss baja sin miedo. Tendrásss también hambre. Te invito a comer.

Indeciso, desciendo planeando hasta la piedra donde están extendidas las frutas y las verduras. Huelen bien, están frescas, apetitosas.

—Yo me llamo Vico.

—Yo me llamo Sssarisssa.

Un nombre como el susurro de un manantial que corre entre árboles cargados de frutas fragantes y huertos de verduras y colmenas con miel perfumada. Mi imaginación divaga. ¿Será por culpa de la fatiga del viaje?

Muerdo con apetito y avidez la pera, luego la granada. Sarisa casca, uno tras otro, los dos huevos y sorbe su contenido con delicadeza, como si fuera un licor mágico. Luego me mira y se ríe.

—¡Tienes jugo de granada en la comisura de los labios! ¡Parece sangre!

—Claro, así engañaba a mi familia. Concretamente a mi padre cuando revoloteaba con mi familia de noche por los corrales de los animales. Picábamos a los que dormían sin que se despertaran. Mi madre sabía que yo… de hecho… con las granadas…

—Asssí son las madresss. Asssí son las mujeresss, mucho másss comprensivasss. Lo sé por mi propia experiencia…

—¿Qué quieres decir?

—Mira, Vico, te propongo que seamosss sincerosss desde el principio, aunque acabemosss de conocernosss.

—De acuerdo.

—Yo también me he ido de casa. Y por los mismosss motivosss.

—Estoy empezando a creerte…

—No podía engullir ranas, ratones, lagartijas ni… murciélagosss. ¡Pero frutasss y verduras sí! Para asssombro de todo el mundo. Insectosss algunas vecesss…

—¡Como mi madre!

—¡Soy una verdadera excepción! ¡No he oído que exista otra ssserpiente vegetariana! Murciélagosss que se atiborran de frutasss y néctar puedes encontrar bastantesss por aquí.

—Por eso mismo he venido.

—En Mirabelia tenemosss solo dosss estacionesss. Verano y otoño.

—¡Qué maravilla!

—¡Y hay huertosss hasta donde se pierde la visssta! ¡Ay, perdona! Ya sé que los murciélagosss tienen una vista débil.

—Incluso en ese sentido soy distinto a los míos. Veo muy bien. Y no tengo pelo en las patas, como tienen mi padre y mis hermanos, tampoco las alas blancas.

—¡No es bonito tener pelo en lasss patasss!

—Ni tampoco garras.

—¡Y yo tengo dosss brazos delgaditosss! Losss saco cuando quiero, como hacen los caracolesss con los cuernitos. Una auténtica rareza que no le hacía mucha gracia a mi familia, sobre todo a mi padre…

—¡Tampoco a mi padre! ¡Qué coincidencia! ¿Aquí viven solo vegetarianos?

—Viven también carnívorosss y animalesss de presa en las montañasss. Son pocos. La mayoría somos vegetarianosss, herbívorosss y, como dices tú, frutarianosss. ¡Sssuena… bien esa palabrita que hasss inventado!

¡Madre mía, qué sonrisa tiene la serpiente! ¡Y qué voz! Al final va a conseguir embelesarme. Se ha esfumado el miedo y todo me da igual. Si me he arriesgado a volar hasta Mirabelia, puedo seguir arriesgándome. Porque yo también tengo una sorpresa fascinante.

—Así pues, aquí también acechan los peligros.

—Menosss que en otrasss tierrasss. Es un pueblo mucho másss acogedor.

—Más tolerante.

—Bien dicho. ¡Eresss lisssto!

—¡Y talentoso!

—¿De verdad? Siento curiosssidad por descubrir tu talento.

—¡Adivina lo que tengo en el estuche!

—¿En esa maleta triangular? ¿Qué vasss a tener? Tus cosasss guardadas a toda prisa antesss de abandonar la casa de tus padresss. Eso esss lo que hice también yo.

—No has acertado. En el essstuche sssolo hay un objeto. Ay, perdona, no quería imitarte, me ha salido así, en serio, sin querer.

—Déjate de disculpasss. Me hace gracia, ¿por qué iba a molestarme? ¡Considero inclussso que ha sido un cumplido!

Abro la tapa. El saxofón despliega todo su brillo, como liberado tras un largo cautiverio. Sarisa permanece inmóvil unos instantes con la mirada clavada en el interior de la caja.

—¡No me lo puedo creeeer!

Su cuerpo se vuelve casi transparente por la emoción. Se inclina sobre el saxofón. Se desliza arriba y abajo por su superficie, una caricia serpenteante, con una sonrisa radiante en los labios. Es encantadora. Luego levanta la cabeza como una cobra. Se eleva despacio y se detiene ante mí. Me mira fijamente. ¡Qué ojos tan espléndidos! ¡Verdes con reflejos amarillo dorado! Siento cómo me derrito, cómo me escurro en ellos.

—¿Tocasss el sssaxofón?

—Sí…, lo toco. Sobre...



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