E-Book, Spanisch, Band 244, 464 Seiten
Reihe: Impedimenta
Ugresic El Museo de la Rendición Incondicional
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18668-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 244, 464 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-18668-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Esta luminosa novela, un clásico de la literatura europea de las últimas décadas, narra la vida de unos personajes que se ven atrapados entre varias culturas, a medio camino entre el pasado de su propia tradición y el futuro de lo que les depara la Historia, de la que, sin pretenderlo, formarán parte.
Tras la guerra de los Balcanes, la ciudad de Berlín cobra vida gracias a la llegada de los expatriados, que luchan por preservar lo que les queda de su cultura y de una nación que ha sido eliminada del mapa, mientras sustituyen todo lo que una vez conocieron por lo nuevo y desconocido. Para aquellos cuya vida ha de caber en una maleta, los recuerdos pasan a ser su posesión más importante, pero a veces adoptan un significado extraño. Dubravka Ugre?i? recompone así la vida de su madre a través de las fotos halladas en el fondo de un armario, en un antiguo bolso de piel. Y, a la vez, también su propia historia: sus años de profesora en Berlín, donde compartió apartamento con tres jóvenes indias; los encuentros nocturnos con sus amigas para cenar y echar las cartas del tarot; un viaje a Lisboa, adonde fue cargada de equipaje, pero sin llevarse absolutamente nada, dependiendo de cómo se mirase... Un collage de recuerdos que la autora fusiona para lograr un sublime retrato de la soledad del desterrado.
CRÍTICAS
«Si el mundo fuera un lugar justo, Dubrakva Ugre?i? ganaría el Premio Nobel.» -Publishers Weekly
«Las novelas, ensayos e historias de Ugre?i? merecen ser leídos, especialmente El Museo de la Rendición Incondicional, nutrido de grandes formas literarias.» -Publishers Weekly
«Uno de los mejores libros que existen.» -Publishers Weekly
«Un libro mágico. Imposible de describir, pero apasionante de leer.» -The Guardian
«Una de las más profundas reflexiones sobre la cultura, la memoria y la locura que jamás leerás.» -The Independent
«Un libro perturbador y bellísimo, nada convencional, que conmocionaba sobre todo por el enorme e infinito catálogo de rastros de vida.» -RTVE
«Hay que leerla, como una terapia colectiva, desde la hondura de la conmoción.» -Diario de Sevilla
«Una brillante muestra de narraciones y reflexiones de alta velocidad. Es una escritora a la que seguir. Una escritora a la que apreciar.» -Susan Sontag
«No conozco a nadie que escriba mejor o piense con mayor lucidez sobre estos tiempos difíciles. Una novela original, hermosa y extremadamente inteligente.» -Charles Simic
«Ninguna novela ha evocado con tanta agudeza los costes personales del cambiante mapa político mundial.» -Marina Warner (Historiadora)
«Dubravka Ugre?i? ha escrito una obra maestra que explora el conflictivo espíritu de la Europa de finales del siglo XX.» -Larry Wolff (Historiador)
«Dubravka Ugre?i? despliega una prosa cargada de pólvora y dinamita.» -La Razón
«Dubravka Ugre?i? es imprescindible.» -La Vanguardia
Se graduó en Literatura Comparada y Literatura Rusa. Tras estallar la guerra de los Balcanes, se posicionó en contra del conflicto, por lo que tuvo que exiliarse en 1993. Desde entonces ha enseñado en numerosas universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín. Entre sus obras, que han sido traducidas a numerosos idiomas, destacan El Museo de la Rendición Incondicional (1996), Baba Yagá puso un huevo (2008), Zorro (2017) y La edad de la piel (2019); la colección de ensayos Ficcionario americano (1993) y el ensayo Karaoke Culture (2010), que quedó finalista del National Book Critics Circle Award. Ha recibido el Premio Europeo de Ensayo Charles Veillon y el Premio Austríaco de Literatura Europea, galardón que han distinguido a otros autores como Stanislaw Lem, Marguerite Duras o Mircea C?rt?rescu. En 2009 fue finalista del Premio Man Booker a toda una trayectoria literaria. Actualmente reside en Ámsterdam.
Nació en 1949 en Kutina, un pueblo cercano a Zagreb.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
1
«Ich bin müde», le digo a Fred. Su cara pálida y melancólica se estira con una sonrisa. Ich bin müde es la única frase que por ahora sé decir en alemán. En este momento tampoco quiero aprender más. Aprender más significa abrirse. Y yo, durante algún tiempo, todavía quiero seguir encerrada en mí misma.
2
El rostro de Fred me recuerda a una fotografía antigua. Fred parece un joven oficial dispuesto a jugar a la ruleta rusa por un amor infeliz. Las noches las pasa en vela en las tabernas de Budapest. El triste gemir de los violines gitanos no provoca ningún temblor en su pálido rostro. Solo de vez en cuando su mirada centellea con el brillo de uno de los botones metálicos de su uniforme.
3
La vista desde mi habitación, desde mi residencia temporal en el exilio, está cubierta de altos pinos. Por la mañana descorro las cortinas y descubro la vista de una escenografía romántica. Los pinos primero se encuentran inmersos en la niebla, como si se tratase de fantasmas, luego la niebla se disipa en mechones y el sol rompe a brillar entre ellos. A veces cae una llovizna ligera. Hacia el final del día la oscuridad cae sobre los pinos. En el ángulo izquierdo de la ventana se ve un pedacito de lago. Al atardecer corro las cortinas. La escenografía es igual todos los días, algún que otro pájaro perturba la inmovilidad del paisaje, básicamente cambia solo la iluminación.
4
Mi habitación está llena de un silencio que parece de algodón. Si abro la ventana, el trino de los pájaros rompe el silencio. Al atardecer, si salgo de la habitación hacia el vestíbulo, oigo el rumor de un televisor (de la habitación de la señora Kira, en la misma planta) y el sonido de una máquina de escribir (el escritor ruso de la planta de abajo). Un poco después, se puede oír el irregular golpeteo de un bastón y el arrastrar de los pequeños pasos del invisible escritor alemán. A los artistas, una pareja rumana (de la planta de abajo), los veo a menudo, se mueven en silencio, como sombras. A veces, el silencio se ve perturbado por Fred, nuestro conserje. Fred corta el césped del jardín de la casona con una ruidosa cortadora eléctrica que ahuyenta sus penas amorosas. Su mujer lo ha abandonado recientemente. «My wife is crazy», me explicó Fred. Es la única frase en inglés que sabe.
5
En la cercana Murnau hay un museo, la casa de Gabriela Münter y de Vassily Kandinsky. Siempre me entran náuseas al pensar en las huellas de las vidas ajenas, son tan personales y tan impersonales a la vez. Allí compré una postal en la que se reproduce la imagen de una casa, Das Russen-Haus.[2] A menudo me quedo mirando esta postal. A veces me parece que la menuda figura humana en la ventana, ese puntito rojo intenso, esa soy yo.
6
Sobre mi escritorio hay una fotografía amarillenta. En ella hay tres bañistas desconocidas. De la fotografía no sé mucho, solo que fue tomada a principios de siglo en el río Pakra. El riachuelo corre cerca del pequeño lugar en el que nací y pasé mi infancia.
Me doy cuenta de que siempre llevo conmigo la fotografía como un pequeño fetiche del que desconozco su verdadero significado. Esa superficie de color amarillo turbio atrae de forma hipnótica mi atención. A veces me quedo mirándola mucho rato sin pensar en nada. A veces ahondo con atención en los reflejos de las tres bañistas en el espejo del agua, en sus rostros que miran directamente al mío. Me sumerjo en sus caras como si fuera a descifrar un secreto, descubrir alguna grieta, un pasadizo escondido.
A menudo suelo apoyar la fotografía en el ángulo izquierdo de la ventana, ahí donde se ve un pedacito de lago. La fotografía me tranquiliza, igual que el agua.
7
De vez en cuando tomo café con la señora Kira, de Kiev, profesora de Literatura jubilada. «Ja kamenshchitsa»,[3] dice la señora Kira. La pasión de la señora Kira son las piedras, todo tipo de piedras. Me cuenta que todos los años veranea en Crimea, donde el mar expulsa a la orilla piedras semipreciosas. Y la señora Kira pasea por la orilla durante horas en busca de piedrecitas. No va sola, dice, allí también va otra gente, kamenshchiki.[4] A veces se reúnen todos, encienden una hoguera, se preparan un borsh[5] y comparten sus «tesoros». Aquí, en la casona, la señora Kira mata el tiempo copiando distintos motivos. Hizo una copia del ángel Miguel, aunque, dice, le gusta más hacer collares. Me pregunta si tengo algún collar roto, «Podría —dice—, arreglarlo, ensartar de nuevo las perlas». «Sabe —dice la señora Kira—, ja l’ubl’u nanizivat.»[6] Lo dice como disculpándose.
* * *
8
En esa misma Murnau se encuentra el museo de Ödon von Horváth. Ödon von Horváth nació el 9 de diciembre de 1901 en Rijeka, a las 16:45 (según otros testimonios a las 16:30). Cuando llegó a pesar unos dieciséis kilos, sus padres y él se mudaron de Rijeka y vivieron un poco en Venecia y un poco en los Balcanes. Cuando alcanzó la altura de un metro y veinte centímetros se mudaron a Budapest y vivieron en esa ciudad hasta que midió un metro y veintiún centímetros. Eros despertó en Ödon von Horváth, según su opinión, al alcanzar un metro y cincuenta y dos centímetros. El interés de Von Horváth por el arte, sobre todo por la literatura, apareció al alcanzar un metro y setenta centímetros. Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Ödon von Horváth dejó de crecer, medía un metro y ochenta y cuatro centímetros. La biografía de Von Horváth medida en kilos, centímetros y puntos geográficos estaba abundantemente atestiguada por las fotografías del museo.
9
Sobre el general Ratko Mladic, criminal de guerra, que durante meses aniquiló Sarajevo desde los montes cercanos, se cuenta que una vez tuvo en su punto de mira la casa de un conocido suyo. La historia sigue: entonces, el general telefoneó a su conocido informándolo de que le concedía cinco minutos para recoger sus «álbumes», porque precisamente, dijo, tenía la intención de volarle la casa por los aires. Diciendo «álbumes» el general pensó en los libros de las fotografías familiares. El criminal, que durante meses estuvo destruyendo la ciudad, las bibliotecas, los monumentos, las iglesias, las calles y los puentes, sabía que estaba destruyendo la memoria. Por eso le regaló «magnánimamente» a su conocido una vida con derecho a la memoria. Una vida desnuda y algunas fotografías familiares.
10
«Los refugiados se dividen en dos clases: aquellos con fotografías y aquellos sin ellas», dijo un refugiado bosnio.
11
«Lo que más necesita una mujer es el aire», dice mi amiga Hannelore mientras caminamos hacia el cercano monasterio de Andechs.
«Lo que más necesita una mujer es un mayordomo», le respondo a Hannelore mientras en la tienda de souvenirs de Andechs compro una bola de plástico barata con un ángel de la guarda. Hannelore se ríe. Cuando la bola se agita un poco, sobre el ángel de la guarda cae la nieve. La risa de Hannelore cruje como la nieve de corcho blanco.
12
Antes de venir aquí, pasé algunos días en la costa adriática, en una casa junto al mar. A la pequeña playa venían pocos bañistas. Se podían ver y oír desde la terraza. Un día una risa femenina pronunciadamente fuerte atrajo mi atención. En el mar vi a tres bañistas de cierta edad. Nadaban con los pechos desnudos, en la misma orilla, en un pequeño círculo, como si estuvieran alrededor de una mesita redonda tomando café. Eran bosnias (por el acento), probablemente refugiadas, y enfermeras. ¿Que cómo lo sabía? Estaban recordando los viejos tiempos del instituto y cotilleaban sobre una cuarta muchacha que en el examen final había confundido las palabras «anamnesis» y «amnesia». La palabra «amnesia» y la historia del examen se repitió varias veces y cada vez provocaba nuevas salvas de risa. Mientras, agitaban las manos como si estuvieran limpiando las migas de una mesa inexistente. De repente cayó un chaparrón, de esos de verano, súbitos y breves. Las bañistas se quedaron en el agua. Desde la terraza estuve observando las brillantes y gruesas gotas de lluvia y a las tres mujeres. Sus carcajadas se iban haciendo cada vez más fuertes, con pausas cada vez más cortas, al final ya se ahogaban de risa. A intervalos, podía oír la machacona palabra, «amnesia», que dejaban caer y repetían tenazmente, pensando probablemente en la lluvia. Abrían los brazos, golpeaban el agua con las manos, entonces sus voces parecían graznidos de pájaros, era como si compitiesen para ver quién lo hacía más alto y más fuerte, y la lluvia, como si hubiera enloquecido, era cada vez más gruesa y estaba más caliente. Entre la terraza y el mar se levantó una cortina de niebla y sal que absorbió todo sonido, y en un silencio luminoso pudo verse el magnífico revolotear de tres pares de alas.
Hice un clic interior y grabé la escena para siempre, aunque no sé por qué.
13
«Lo que más necesita una mujer es el agua», dice Hannelore....




