E-Book, Englisch, Band 99, 352 Seiten
Reihe: Pensamiento
Urdaneta Cervantes y la crítica
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9007-650-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Englisch, Band 99, 352 Seiten
Reihe: Pensamiento
ISBN: 978-84-9007-650-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
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Amenodoro Urdaneta
Autoren/Hrsg.
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Capítulo I. OJEADA GENERAL SOBRE EL QUIJOTE
Este libro es el comento de la historia humana. Su universalidad alcanza a todas las épocas, su grandor abarca todas las acciones y su colorido se refleja en todas las figuras, desde el más eminente potentado hasta el ser más despreciable e invisible, desde el sabio hasta el indocto y desde la más encumbrada hipocresía, hasta el interés más bajo y humillante. Es, en una palabra, el cuadro sintético de la vida y el análisis de la humanidad.
No es solamente la historia política la que entra en su plan y se pone al alcance de su filosofía: es también la historia social, el drama y la novela; es decir, el mundo real y el fantástico en toda su extensión. No es únicamente aquella historia adulterada y cubierta de sombras, donde se cuentan solo las virtudes de los grandes y las faltas de los pequeños; esa historia escrita con la sangre y el sudor de los pueblos para halagar las bajas pasiones de altas categorías;... esa historia lisonjera y brilladora, adornada con todas las galas de la imaginación, con todos los atavíos del arte y con todos los esfuerzos del talento: no. Es la historia imparcial y verídica; la historia real de los grandes y de los pequeños, de los sabios y [de] los ignorantes, de los cuerdos y de los locos: la que no adula a los unos ni deprime a los otros, para satisfacer vanos o criminales deseos: ... que no ladra contra el honor, ni da incienso a la bajeza. Ésa es la que forma el plan y el fondo del Quijote, de ese ente moral que vino a señalar y descubrir aquellas culpables divisiones y a delatar las faltas y las debilidades del hombre; así como vino después el Telémaco a hablar a los pueblos y a los reyes en nombre de la Providencia.
Ésta dicta las escenas de la historia, de ese libro inmenso donde ha de formarse el gran proceso de los acontecimientos humanos y esclarecerse el juicio de las generaciones justas, que sobre él han de fallar en nombre de la moral y la inocencia. Pero el hombre tuerce la pluma, se hace el sordo, y solo escribe páginas engañadoras, páginas que hacen un héroe de un bandido, un hombre honrado del que es falsario y un traidor del buen patriota.
Es, pues, bajo este punto de vista que debe ser ante todo considerado ese gran libro, que vino a poner de relieve los secretos de nuestras flaquezas y la moral del Evangelio; esa moral que las naciones ocultan en el misterio de las antecámaras y los hombres en el abismo de sus corazones, para que yazga allí sin calor y sin vida... en tanto que la virtud farisaica y la licencia desenfrenada son los heraldos y garantes de su fidelidad; esa moral que llena los libros, y que solo el Quijote, entre los héroes humanos, ha practicado, y hecho practicar a su único y verdadero amigo, al solo que no le era desleal ni desagradecido; esa moral, en fin, que en este nuevo triunfo hizo ver una vez más que la honradez y la perfección social no son privilegio de clases ni jerarquías.
¿Qué héroe, qué capitán, qué protagonista de novela o comedia, no tiene puntos de contacto, y aun de parentesco, con el ilustre hijo de la Mancha ¿Qué título, qué dueña, paje o poetastro, no tiene que hacerle la venia con desprendimiento y cortesía? ¿Qué injusticia, qué intriga de tribunal, qué adulación o ridiculez, no refleja su imagen en las hojas de ese incomparable libro? ¿Qué desventura, en fin, qué falsía, qué escena de amor, no ha de ir a hacer compañía y llanto a aquellos tristes que buscan la de las estrellas blandas y la de las peñas duras?
¿Quién, al ver un militar fanfarrón, caballero en su rocín y al cinto la tizona, no lo señala con el dedo y dice: «ese... o no conoce al Quijote, o si lo conoce lo imita»? ¿Y quién, al ver un asno humilde y pensativo; o un letrado de esos muchos que por ahí se usan, encajando latines y refranes como llovidos, no hace grata y risueña reminiscencia del gran Sancho y su inseparable rucio? ¿Quién, al recorrer la escala de los seres sociales, de sus compatriotas, de sus vecinos, no dice: «ése es tal o cual figura; ése el loco Neptuno, ésa la Grijalva, ése el Bachiller o el Canónigo de los duques», y demás lindezas que se le ocurran, y que no dejará de ver en los días que viviere? ¿Quién es aquél que en sus ratos de ocio y complacencia, cuando gravemente piensa en su figura, en su primer papel de galán, de matachín, y aun de cuerdo y razonable, no ve de improviso delante de sí la emblemática figura de Don Quijote, adusto y estirado, que viene a pedirle cuenta de sus ideas estrafalarias?
¿Qué escritor paniaguado y prevaricador del lenguaje, qué traductor desatentado; poeta relumbrón o venal, qué gracioso insípido o qué estúpido panegirista, no ha de ver a su presencia la del siniestro Hidalgo, con el brazo levantado y en la mano la férula? Y finalmente, ¿qué truhán mentecato, qué arbitrista mañero fastidioso, o qué gobernador mal nacido, no oye zumbar en sus oídos las reprensiones y los consejos del honrado Don Quijote?
Nadie es grande para su ayuda de cámara, ha dicho no sé quién y no sé dónde: pero es lo cierto que tal dicho revela una alta filosofía. En efecto, la vida pública es, puede decirse, una farsa, una medalla, cuyo reverso es la vida privada, donde el hombre se despoja la vestidura del papel que representa en la sociedad. ¿Qué ayuda de cámara no ve entonces en toda su deformidad la de su señor, desnudo de los oropeles del teatro, sin máscara, sin el yeso del rostro, sin la tintura de los bigotes, sin los trancos levantados, y sin la gravedad y las ceremonias serviles que son el símbolo más patente de la flaqueza humana y los papeles obligados del cortesano? ¿Qué ayuda de cámara no ve entonces los puntos de las medias, que son las ridiculeces que oculta el fingimiento? ¿Quién no ve entonces a las espaldas del señor el cartel de la cifra del Quijote? ¿Y qué hombre, para terminar, no es otro en las tablas, si, cediendo a las preocupaciones sociales, tiene que reír cuando lleva un áspid en el seno, y llorar y hacer pucheros cuando el contento retoza en su espíritu; a la manera de aquellos dos filósofos19 que iban al templo a rendir adoraciones a lo mismo de que en su interior se burlaban?
Pues bien: Don Quijote es el ayuda de cámara de todos los hombres y el consueta, si se quiere, de la comedia o tragedia que representan. El está presente a todo, como la imagen del espejo que tenemos delante, como la sombra que proyecta nuestro cuerpo en el muro: nada se le escapa, nada desatiende, y sigue todas las debilidades, todas las intrigas de los actores, repitiendo sus palabras y ademanes, para que no se pierdan; asiste a los salones, a las cortes, a las plazas y a las calles; ve y contempla las cortesías, las monadas y las falsas promesas o las promesas leales de engañadores y engañados... Todo lo acepta, lo contesta todo, como discreto y cortés; y, ya en figura real y efectiva, o ya como ente moral, todo lo consulta, dando cuenta de ello al tribunal de la razón.
Este libro, es, en consecuencia la historia, la comedia, la epopeya de la vida humana; y abraza lo visible y lo invisible; digo, lo escrito y lo no escrito. Hay más: él conjura todas las preocupaciones y avanza con las edades, siempre delante, presente a todas las acciones, como la sombra de Demócrito, que, saliendo de entre los sepulcros de Abdera, viene a reír de las locuras de los hombres.20
No es el Quijote una vana copia de las acciones humanas, una estéril crítica de nuestros vicios y pasiones. Es más: él llena el verdadero, el más elevado fin de la poesía; y es por esto que nunca será viejo y sí siempre nuevo en las sociedades: corrige, tiende a mejorar el ser racional, encaminándolo por la senda del honor, de la hidalguía y de la libertad; así como la poesía debe mejorar lo real, revestir la verdad de bellas formas, ennoblecerla, para que se presente halagadora al corazón y a los sentidos, desdeñando, empero, las monstruosidades y las bajezas de la naturaleza moral, así como las artes plásticas desdeñan las de la naturaleza física, que son, éstas y aquéllas, excepciones ajenas de la Estética. No debe la poesía pintar el mundo tal cual es, sino como debe ser;21 no debe ser el espejo fiel de la sociedad, como para uno de sus ramos, el drama, lo consigna Víctor Hugo; porque entonces no correspondería a su fin, que es, como he dicho, encaminar las naciones, perfeccionarlas y apartarlas del estacionamiento y sus errores.22 Si la primera ley de las artes es la imitación de la bella naturaleza, esto se entiende en la naturaleza física, y salvando las excepciones atrás mencionadas: no en la humana, que no es como debe ser; que está caída, degradada, y no llena la misión a que la destinó el Eterno. He aquí el más noble fin del arte del poeta: rehabilitarla y darle su esplendor y su dignidad primordiales. Para ello usa, lo trágico y lo cómico, haciendo horribles los crímenes y ridículos los vicios, aumentando, agravando las circunstancias de cada uno, y haciendo triunfar la racionalidad aquí y la virtud allí. En estos géneros entran el drama, la comedia, la sátira, la novela, la epopeya, que los abraza a todos,23 la lírica, que es la primera escala de la poesía, y que no es arte, ni ciencia, sino intuición, sentimiento, naturaleza, resuelto todo esto en los raptos del entusiasmo por lo grande y por lo...




