E-Book, Spanisch, 174 Seiten
Vale Enredada
1. Auflage 2018
ISBN: 661-000011085-8
Verlag: Vanessa Vale
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 174 Seiten
ISBN: 661-000011085-8
Verlag: Vanessa Vale
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Cricket no suele confiar en nadie más que en sí misma. Tiene dos empleos para pagarse la escuela de enfermería, no tiene tiempo para nada más que no sea estudiar y pagar las cuentas. Cuando tres vaqueros calientes le dan una noche inolvidable, ella cree que solo es una aventura.
Sin embargo, para Sutton, Archer y Lee, Cricket es la indicada. Punto. Después de haber huido esa primera vez, el destino la pone de vuelta en sus brazos, y ya no hay nada que los detenga para conquistarla definitivamente.
Este es el tercer libro en la serie del Rancho Steele. Si te gustan los vaqueros calientes, tendrás a tres en este libro dedicados exclusivamente a Cricket. Ellos son ardientes, saben exactamente lo que quieren y nada se interpondrá en su camino. En esta divertida lectura, todo el menage es para la protagonista.
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1
“Tienes diez minutos”, gruñó Schmidt, arrojándome un atuendo. “Ponte esto y vuelve acá. Consigue unos zapatos que te queden”. Señaló el suelo detrás de mí. El sonido de fondo de la canción que sonaba en la habitación hizo vibrar el piso y las paredes delgadas. El aroma a cerveza rancia y a humo prevalecían aún. Miré mi nueva realidad. El espacio era pequeño, contaba con un armario gigante, una barra de luz fluorescente, fijada al techo, de resplandor áspero y dos estantes colgantes movibles que me rodeaban. Había lencería y un bikini estrecho colgando de ellos. Lencería roja, tela metálica brillante, faldas de colegiala y de porrista que hacían juego con tops cortos. En el piso, había una variedad de zapatos vulgares que gritaban “fóllame” a quien los viera, con tacones de, al menos, cuatro pulgadas, de cuero sintético, en todos los colores. Miré lo que me había puesto. Un atuendo de enfermera. Era un vestido blanco —si eso podía llamarse así, con mangas cortas y un borde, incluso, más corto— con cierre de velcro adelante en vez de botones. Debajo de eso, tenía que ponerme un top blanco de bikini, hecho de dos triángulos pequeños, y un hilo a juego, blanco también, el cual tenía una cruz roja adelante como si mi entrepierna fuera un recurso para proporcionar ayuda médica. Mi estómago se revolvía al pensar en lo que ellos esperaban. ¡No podía salir y desnudarme! Ni siquiera podía ponerme el traje. “No puedo hacer esto”, dije, suplicando una última vez. Había estado haciéndolo en las últimas dos horas, desde que me sacaron de mi apartamento. “No tienes otra opción, dulzura”. Schmidt —asumía que era su segundo nombre, pero eso era todo lo que sabía de él— tenía unos cincuenta años, era corpulento como un barril de whisky y un cigarro colgaba de su labio. Había visto la pistola en la pretina de sus pantalones. Nada fuera de lo normal ya que estábamos en Montana y todos llevaban una, incluso las ancianas pequeñas, pero no creía que la suya fuera tanto para protección como para cumplir sus deseos e intimidar. A pesar de que no me había puesto un dedo encima, sabía que no dudaría en hacerlo si quisiera. Al igual que su socio, Rocky. Especialmente, porque Rocky me agarró y me sacó de mi apartamento hasta llevarme a mi coche. No tuve otra alternativa que ser traída involuntariamente a este lugar mugriento en las afueras del pueblo. Pensé en escaparme cuando se detuviera en un semáforo, pero sabía que me atraparía de nuevo, cabreado. Quizás hubiese sido mejor haber saltado en una intersección en vez de estar donde estaba ahora. No podía escaparme de Schmidt porque era tan ancho como la puerta, pero, incluso, si pudiera, Rocky estaría acechando detrás de él. Y con los dos armados no me iba a arriesgar. No creía que fuesen asesinos, pero no dudaba de que pudiesen violarme. Su forma de persuadirme, probablemente, me involucraba a mí de rodillas o de espaldas. “Te pagué la cantidad que te debía”, le recordé nuevamente. La desesperación se notaba en mis palabras. Se rio, sus ojos vagaban sobre mí, sobre mis pantalones y camiseta. “No pagaste el interés”. “También te pagué eso. El veinte por ciento”. Él sonrió, negó con la cabeza lentamente como si estuviese hablando con una idiota. Quizás yo era una, porque estaba de pie en la habitación trasera de un mugroso club desnudista. “Cariño, yo te lo dije, es interés compuesto. ¿No aprendiste nada sobre eso en las clases en la universidad lujosa para la que pediste dinero prestado?”. Las clases de anatomía y fisiología que había tomado me habían enseñado cómo su articulación estaría estropeada si lo golpeaba en la rodilla de la forma en que quería, pero no había tenido ningún examen sobre cómo ser follada por un prestamista sospechoso. Había sido demasiado estúpida por pedirle dinero a él. Prácticamente, podía ver el diploma para el que había luchado tanto por obtener, excepto por un nuevo requisito que me había dejado atrás, sin importar cuántos turnos extra había trabajado. Él sonrió mostrando sus dientes amarillos, torcidos. Él me tenía a mí y yo tenía la sensación de que el interés compuesto nunca iba a desaparecer. Estaba jodida. Demasiado jodida. “Ese atuendo es especial, perfecto para ti, porque estás estudiando para ser enfermera y todo”. Tenía náuseas, dándome cuenta de que él se acordaba de por qué le había pedido dinero prestado en primer lugar. No había sido para pagar un vicio de drogas, ¡maldición! Era para la universidad, ¡para mejorarme a mí misma! ¿Por cuánto tiempo me había tenido puesto el ojo encima? “No sé cómo desnudarme”, dije, lamiendo mis labios secos, exponiendo lo obvio. Apenas podía bailar; mis amigos siempre se burlaban de que yo no tenía ritmo. “Tú te quitas la ropa cada maldito día”, contestó. “No es difícil y, mientras muestres esos senos grandes y provoques a los chicos, al final con una ojeada a esa vagina ajustada, nadie va a saberlo”. Las lágrimas me quemaban detrás de los ojos. “Nunca antes he hecho esto”. “Cariño, eres la enfermera virgen. Todos van a amar mirar cómo desnudas tu cereza allá afuera. Solo tienes que desnudarte las veces necesarias hasta que pagues tu deuda”. “¿Dos mil dólares?”, respondí. “Eso es un ciento por ciento de interés y un montón de desnudos”. Levantó un hombro fornido. “Puedes tomar a los clientes en la habitación trasera. Los bailes en el regazo pagan más, especialmente si les das un final feliz”. Ja. Sabía a lo que se refería. Follar a extraños y chupar sus penes por dinero extra. Un final feliz para mí sería salir de aquí y no volverlo a ver nunca más. “Puedes mostrarme lo buena que eres después de cerrar”. Me guiñó un ojo y vomité un poco dentro de mi boca. Yo no era virgen y me gustaba el sexo, pero de ninguna manera iba a hacer algo con él o con alguien más en este lugar. Negué con la cabeza lentamente, mis ojos se ensancharon. “Puedo ir a la policía”, añadí, aunque sabía que la amenaza estaba vacía. Su sonrisa cambió a una expresión letal. “Díselo a alguien y chupar penes por veinte no va a ser lo único que vas a estar haciendo. Espero que te haya gustado ese semestre en la universidad”. Él solo sonrió. “Diez minutos”. Dio un paso atrás, cerró la puerta de golpe, haciendo que sonaran los colgaderos de metal. Tragué saliva, dejé que las lágrimas cayeran. Mierda, ¡mierda! No podía hacer esto. No podía ponerme de pie en una habitación llena de hombres extraños y bailar o dejar que me quitaran la ropa. Ya había estado desnuda en frente de chicos, pero esas ocasiones habían sido completamente diferentes. Consensuadas. Divertidas. Un poco salvajes. No, bastante salvajes. Pero ¿esto? Tenía mucho dinero. Ahora. No era así al comienzo del semestre de verano cuando le pedí prestado a Schmidt. La semana pasada, cuando recibí la carta oficial en el correo, no lo podía creer. Mi padre, a quien nunca había conocido, falleció y me dejó dinero. Un montón de dinero. Sin embargo, si le contaba a Schmidt sobre la herencia, iba a querer más que los dos mil. Nunca me dejaría en paz y por eso lo mantenía en secreto. Quería decirlo, desesperadamente, para poder salir de aquí, pero en este punto aun dudaba que me creyera. Soy la heredera de la fortuna Steele. Sí, claro. Él había visto mi apartamento, mi antiguo coche. Demonios, le había pedido dinero prestado a él. Ningún millonario necesitaba pedirle dinero a un prestamista. La puerta se abrió y salté; el hilo se deslizó del colgadero y se cayó al suelo. “No te has cambiado”. Schmidt definitivamente estaba a cargo y siempre estaba ocupado. No ponía en duda que se haya follado a las mujeres que trabajaban en este club, pero él no era como Rocky. Rocky era todo un enfermo. Manoseador. Me tomaría ahora mismo si pudiera salirse con la suya. Y él me asustaba más que el jefe. Se agachó, agarró el hilo que se quedó colgando de uno de sus dedos. “Yo puedo ayudar”. Su sonrisa resbaladiza hizo que se me revolviera el estómago. “Voy a vomitar”. Me puse una mano sobre la boca. Quizás fue por la mirada de mi rostro o, probablemente, por la forma en que me puse de color verde, que él dio un paso atrás y señaló la puerta del pasillo. Corrí hacia el baño y hacia el puesto trasero, me incliné sobre el retrete y levanté la tapa. Se cambió la canción y supe que mi turno estaba por comenzar. Con una mano sobre la pared blanca, manchada, mi respiración se detuvo. Terminé, me dolía el estómago, me puse de pie, dándome cuenta de que todavía estaba sosteniendo el colgadero con el traje de enfermera. De ninguna jodida manera me iba a poner eso. “Cinco minutos”, gritó Rocky golpeando la puerta. Puede que él hubiera querido ayudarme a ponerme el traje de enfermera sexy, pero parecía que marcó una línea al sostenerme el cabello hacia atrás mientras vomitaba. Se quedó en el pasillo. Estaba agradecida por eso. Tenía que salir de aquí, de esto. Había pedido dinero prestado, sí. Cuando lo hice, supe que,...




