E-Book, Spanisch, Band 279, 226 Seiten
Reihe: Narrativa
Valera Morsamor
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-957-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 279, 226 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9897-957-2
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Juan Valera y Alcalá-Galiano (Cabra, Córdoba, 1824-Madrid, 1905). España. Político y diplomático, fue un hombre culto y refinado, con numerosas aventuras amorosas y amistades literarias.
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Las aventuras
Cesse tudo o que a Musa antiga canta,
Que outro valor mais alto se alevanta.
Camoens, Os Lusiadas, Canto 1.
Alter erit tum Tiphys, et altera quae vehat argo
Delectos Heroas: ............................
Virgilii, Égloga IV.
I
En el año 1521 era Lisboa la más espléndida, animada, pintoresca y original ciudad de Europa. Fundada sobre varias colinas, se extendía ya por la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Los palacios y jardines de dicha margen hacían delicioso el camino que iba y va hasta el sitio donde el rey don Manuel el Dichoso había erigido graciosa y elegante torre, en conmemoración de que allí se embarcó Vasco de Gama para ir por vez primera a la India, y no lejos el magnífico templo y claustro de Belén, obra de singular y bellísima arquitectura. Frente del más populoso centro de la ciudad, en la opuesta orilla del río, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado promontorio. Y desde allí, mirando en dirección contraria a la que trae el agua, ésta se extiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa bahía, capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio que surcaban los mares.
Aquella bahía estaba concurridísima. En ella había naves inglesas y francesas, de Holanda y de las ciudades anseáticas, de Aragón y de Castilla, de Génova y de Venecia y de otras Repúblicas y, Principados de Italia. Todas acudían allí para traer telas, alhajas, primores y otros objetos de arte, producto de la industria europea con que satisfacer el amor al fausto de los portugueses y para llevar, en cambio, clavo y pimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas del Catay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces de Cachemira, perlas, diamantes y rubíes de las montañas y de los golfos de la India, bambúes y cañas y tejidos de algodón y de nipa de Bengala, monos, paraguayos y otras aves de vistosas plumas, y mil exóticas curiosidades del Extremo Oriente.
La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y paseos, calles y plazas de Lisboa tenía extraño y pasmoso aspecto por la variedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que iban hablando. Por dondequiera se notaban movimiento y bullicio, pero más que en ninguna parte, en la calle Nueva y plaza del Rocío, donde estaban las tiendas de los más ricos mercaderes, y a lo largo de la orilla, casi hasta Belén, donde a la par de las quintas y de los parques había grandes almacenes o depósitos para las mercancías que se embarcaban o desembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas del puerto y en otros trabajos, discurrían solícitos por dondequiera. Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo paseaban o formaban grupos para charlar y reír, tratar de amores o promover pendencias, Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie, ya a las ancas de una mula que montaba y dirigía respetable escudero, ya en soberbios y dorados palanquines, solían llevar lucido séquito de dueñas, lacayos y pajes para mayor autoridad y decoro. Los magnates y señores ricos se mostraban cabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitiva de criados y familiares de sus casas. Y el señor rey, que gustaba como nadie de la pompa y del aparato, salía con frecuencia en público formando con su lujoso y raro acompañamiento una procesión admirable. No semejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino déspota oriental, soberano de cuentos de hadas o de Las mil y una noches, merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedían a veces elefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigres domesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los más brillantes señores de la corte, sus favoritos y validos, todos con muy elegantes y vistosas sopas y con airosas y blancas plumas en las birretes. Don Manuel, que era regocijado y festivo, también se hacía acompañar a menudo de juglares y bufones, que le divertían con sus chistes y burlas, y casi nunca prescindía de los músicos, que iban tocando sonoros instrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los sitios por donde transitaba.
Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso júbilo en Lisboa, en la hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521, en que el rey don Manuel cumplía los cincuenta y dos de su edad, celebrando con gran pompa su natalicio. Terminada, además, la soberbia fábrica del templo de Belén, el monarca lusitano le abría y le mostraba por vez primera a su pueblo haciendo cantar en él un solemne Te Deum.
Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina doña Leonor, hermana del César Carlos V, con más ricas y pomposas galas que nunca, y circundado de brillante y vistosa comitiva, había acudido a la iglesia para presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.
Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en él a los convidados, porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre, no pocos se hubieran maltratado allí dentro, a causa de los miles y miles de personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sino de otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.
La muchedumbre, pues, se agitaba y bullía fuera del templo, extendiéndose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo, como enorme mosaico de cabezas humanas.
La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos descollaban no pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en sillas de manos por esclavos o sirvientes.
A la puerta del santuario, en el atrio y también a la puerta del convento, guardaban los caballos de los reyes y de su séquito, custodiados por pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de la guardia del rey.
A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran número de gentes, que reían, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del órgano y el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bóvedas del templo, salía a veces de él y se difundía en ráfagas sonoras sobre los asistentes que se hallaban más cerca.
Apenas estaría mediada aquella fiesta, que parecía absorber enteramente la atención del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dicha atención, excitando la curiosidad general.
Por el camino de Lisboa, abriéndose paso por entre el apiñado gentío, aparecieron en sendos y magníficos caballos, ricamente enjaezados, dos muy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala.
Parecía uno de ellos hombre de veinticinco años de edad, de barba y ojos negros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostro hermosísimo. En todo él había, además, algo de noble, raro y peregrino, como procedente de tierras extrañas, y en el gesto y en los ademanes un no sé qué de soberbia e imperativo que infundía involuntariamente respeto.
Era el Otro jinete mozo barbilampiño. Su blanco y sonrosado rostro, sus ojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta de un lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caían dichos cabellos en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentil extranjero la apariencia de una disfrazada andante damisela, si no hubieran mostrado que era muy hombre la energía insolente de su mirar, su briosa apostura y el desahogo y la destreza con que manejaba y dominaba su fogoso caballo, que, retenido por él, hacía piernas, se encabritaba impaciente y tascaba el freno, cubriéndole de espuma.
Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a otras quiénes eran aquellos dos galanes. Y como no faltó allí quien los hubiera visto en la gran posada de la calle Nueva, donde ellos habían venido a parar y donde habían declarado su condición y sus nombres. Pronto pasaron éstos de boca en boca, y por dondequiera se oía decir:
—Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el más grana o se llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor, y el jovencito, que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda.
II
La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de la guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese pasar holgadamente por entre la muchedumbre, que a un lado y a otro se apiñaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser visto del rey, de la reina o de los señores y damas de la corte y alcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de la calle que se iba abriendo, y, como estaban a caballo, bien podían verlo todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es que no se molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.
No salió el rey por la puerta del templo, sino por la del atrio, cercado de magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos le acompañaban.
Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la admiración general dio muestras de sí en murmullos exclamaciones y vítores. Aquello era verdaderamente espléndido; un derroche de sedas, randas, plumas, oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos. Los rayos del Sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, las joyas, los metales preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo la vista con fúlgidos destellos. El rey llevaba aquel día el bonete y el estoque de honor, que le había regalado el Padre Santo, y que sólo sacaba en las más solemnes ocasiones. La reina doña Leonor, muy bizarra y lujosamente vestida y...




