E-Book, Spanisch, Band 55, 224 Seiten
Reihe: Ficción
Valgañón Fidela
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-18998-50-8
Verlag: Pepitas ed.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 55, 224 Seiten
Reihe: Ficción
ISBN: 978-84-18998-50-8
Verlag: Pepitas ed.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Elvira Valgañón nació en Logroño, en 1977. Es licenciada en Filología Hispánica e Inglesa. Luna Cornata, su primera novela, escrita a caballo entre Irlanda, Inglaterra y España, se publicó en 2007. En 2014 publicó Nonsense, una antología de la poesía del escritor y dibujante inglés Edward Lear traducida mano a mano con Ángel María Fernández. Su segunda novela, Invierno (Pepitas ed.), una personal visión de la vida y las historias del mundo rural, apareció en octubre de 2017. En septiembre de 2020 publicó Línea de penumbra (Pepitas ed.), una colección de ficciones que giran en torno a diferentes obras de arte. Fidela es su última novela.
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EL MUERTO
DÍA 1
ESO NO ES UNA VACA
—¿Y dónde dices que lo encontraron?
—Ahí, en el jardín. Donde la fuente.
Segis abrió mucho los ojos y asintió lentamente, sin decir más.
El otro, acodado en la barra, bebió un sorbo de café. Llevaba ropa de faena. Antes, al verlo entrar, se había fijado él en los pantalones vaqueros, blancos de yeso, y en el jersey manchado con salpicaduras de cemento. Desde la mesa de la estufa, el cartero de Cerveda, que solía almorzar en el bar antes de subir a las aldeas, levantó la cabeza.
—¿Entonces es verdad que habéis encontrado un muerto?
—Sí. Anteayer salió.
—¿Y quién es?
—No se sabe. Tumba no tenía, ni caja.
—Eso es que lo mataron.
—Pues no se sabe tampoco. Los guardias dirán.
El cartero giró un poco la silla para quedarse mirando hacia la barra y bajó la voz al preguntar:
—¿Y solo quedan los huesos?
—Solo.
—Qué cosas hay que ver —murmuró Segis buscando el mando de la tele para bajar el volumen.
El albañil asintió jugueteando con el sobrecito de azúcar vacío.
—Los años que llevará ahí… —dijo el cartero.
—Y más que se podía haber quedado.
—¿Y eso?
—Pues porque salió de milagro. Porque la fuente ni se iba a tocar…, pero hubo que cavar para mirar las tuberías y allí estaba.
—Ya ves.
El albañil chasqueó la lengua encogiéndose de hombros y se terminó el café.
—El que está hasta los cojones es el guardia, que no hace más que espantar a la gente. Todo el mundo a ver el sitio donde estaba el muerto. Ayer hasta lo sacaron en la tele.
—¿Al muerto?
—No, al guardia.
—Pero ¿cómo lo encontraron? ¿Estabas tú?
La obra se empezó, como siempre, en primavera.
Ya se había oído algo aquel invierno. Que si últimamente se veían coches aparcados frente a la verja, que si habían venido unos a ver la casa, que si a lo mejor volvían a vivir, que si no sería para hacerla hotel… Entonces, ¿se vende El Espinar?, le preguntaban a Segis los fines de semana en el bar. No me digas…, yo no sé nada. Pues por ahí van diciendo que la vende don Andrés. Y Segis terminaba de poner los vinos o salía a echar leña a la estufa o serrín al suelo, por la nieve que entraba sin querer pegada a los zapatos, y se encogía de hombros. Y no hacía mucho caso, porque esas cosas se decían de vez en cuando y al final siempre quedaban en nada.
Pero esta vez resultó que los rumores que se oían en el pueblo y en Cerveda sí traían algo de verdad.
En cuanto mejoró el tiempo, entraron los albañiles.
Aparecieron una mañana por la carretera, con un par de camiones cargados de andamios, una grúa, una desbrozadora. Y se abrió la verja de la puerta de carros.
Por lo menos tienen a tres cuadrillas trabajando, decían en el pueblo.
Los de Cerveda, decían, y otros que venían de fuera. Los de Cerveda eran Emilián y los suyos, que los conocían todos porque ya llevaban años arreglando casas en los pueblos de por allá y también en las aldeas; tapando goteras, retejando tejados, convirtiendo pajares en merenderos, cambiando bañeras por duchas y cocinas económicas por otras de butano… Pero esto es otra cosa, claro, decían en el pueblo. Esto... Y, sin terminar la frase, abrían las manos en el aire como si quisieran abarcar con ellas el tamaño de la casa y la enormidad de la cosa.
Por lo menos tienen para un año, decían en el pueblo muy convencidos. O más.
Algunos días los albañiles subían a comer al bar y así se enteraba Segis de cómo iba la obra.
—¿Eso? Eso es el cuento de nunca acabar.
A Segis le hacía gracia que Emilián dijera esas cosas que decía: «el cuento de nunca acabar» o «viendo la caseta ya está visto el perro». Mucho trabajo, contaba mientras se tomaba el café en el bar antes de volver a la faena, imagínate. Es una casa antigua.
Y de mucho mérito, decían en el pueblo. Eso también.
Si no llega a ser por la fuga, a la fuente ni se hubieran arrimado, les contó Emilián esa mañana a Segis y al cartero de Cerveda. Fue por el barrizal que se formaba cada vez que tocaban la llave del agua, les dijo. Y lo que tardaron en darse cuenta… Porque como también el jardín de atrás estaba lleno de zarzas y ortigas, al principio no vieron que el suelo se encharcaba. Hubo que desbrozar y esperar a que se secara. Y luego ir cavando poco a poco para revisar los tubos.
Y ahí apareció.
—¿Tú has visto alguna vez un muerto? —preguntó Emilián.
—Un muerto muerto, no —dijo el cartero.
—Pues yo antes tampoco había visto.
Si se acercó él a la fuente fue porque vio a Sancho poner la cara que puso. Así lo contaba Emilián. Que lo vio dejar el pico y agacharse a coger algo del suelo. Y en lugar de apartarlo a la orilla y seguir, como se hacía cuando salían piedras o raíces grandes, desde donde estaba él, en el camino de gravilla, lo vio quedarse un momento en cuclillas, como mirando algo, y luego cogerlo y levantarse con aire titubeante, como si no supiera qué hacer con ello. Hasta le pareció, lejos como estaba, que se le había ido el color de la cara. Por eso dejó sola la hormigonera y se acercó a la fuente. Cuando lo tuvo casi al lado, Sancho lo vio y estiró hacia él el brazo con el hueso en la mano para enseñárselo. Antón, que iba con la carretilla cargada, paró en seco y soltó un silbido.
—Será de algún caballo que tuvieran aquí —oyó decir a uno.
—O de vaca.
Pero a él le pareció que no.
Así que lo pensó un momento, chasqueó la lengua, mandó a Sancho cambiar el pico por una pala y llamó a dos más para que cavaran en el mismo sitio, solo que con más cuidado. Él se quedó allí, con los brazos cruzados y los labios apretados, y esperó.
Al rato, uno tocó algo con el filo de la pala. Quietos, dijo, y la dejó en el suelo para agacharse en el agujero. Los demás le hicieron corro. Cuando se puso de pie, vieron lo que llevaba en la mano. Lo sacudió un poco, le limpió con la manga el barro que tenía y soltó un juramento. Los hombres se miraron unos a otros.
—Eso no es una vaca —dijo él desde el borde del agujero, con la vista clavada en los ojos huecos y la frente pulida de la calavera—. Hay que llamar a la Guardia Civil.
—Pero ¿es un muerto de ahora o de antes? —preguntó el cartero.
—De antes, parece. Pero ellos lo tendrán que mirar.
—Claro…
—Entonces ahora lo tenéis todo parado —intervino Segis.
Emilián se encogió de hombros.
—No nos dejan hacer nada hasta que terminen los guardias con lo suyo. Llevamos día y medio perdido. Desde que salió. Y hoy igual, ya ves. Hace un rato acabo de mandarlos para casa a todos. Total, para que estén mano sobre mano…
El albañil se quedó callado un instante, pensativo.
—¿No será de cuando la guerra?
—No, de la guerra parece que no es —dijo al tiempo que se levantaba y sacaba unas monedas del bolsillo para dejarlas en la barra.
—¿Y es hombre o mujer?
Los tres giraron la cabeza a la vez para mirar al que había hablado. Del pueblo no era. O por lo menos el cartero no lo reconoció. Estaba sentado en uno de los taburetes de la barra y tenía delante el periódico abierto, pero llevaba ya un rato mirando la misma página sin leerla.
—¿Qué? —preguntó Emilián.
—Que si es hombre o mujer el muerto.
—No se sabe. —Lo miró como si hasta entonces no hubiera caído en eso—. Eso tendrá que decirlo la policía.
El de la barra asintió. Emilián, ya en la puerta, se despidió con un gesto de la cabeza. Él hizo una seña al camarero para que le cobrara el café y salió del bar detrás del albañil.
¿No es ese tu pueblo?, había preguntado esa mañana Julia, asomada a la puerta de su despacho. Sí. O era. Antes. Hacía mucho.
—Sí —respondió él.
—Pensaba mandar a Román para allá —continuó su jefa, ahora ya avanzando hacia su mesa con papeles en la mano—, pero si quieres ir tú...
—Mmmm. —No parecía muy convencido. ¿Cuánto hacía que no iba a casa de sus padres? Ya no decía «a casa»—. ¿Quién es el muerto?
—No se sabe. Lo han encontrado unos albañiles en una obra. En el jardín de una casa de esas tan grandes que tenéis por allá. ¿Cómo se llamaba? Si lo han dicho ahora mismo…
—El Espinar —dijo Emma desde su mesa, sin quitar los ojos de la pantalla del ordenador.
Fue, sobre todo, la curiosidad.
Al oír el nombre de la casa, se olvidó de la excusa que había empezado a inventarse. Recordó los muros altísimos de la finca, que llegaban hasta la carretera, y la verja pintada de negro, siempre cerrada. ¿Cuánto hacía? Muchos años, se dijo. Desde el entierro de su madre. Mucho tiempo.
Julia se había plantado frente a él y lo miraba con la pregunta en los ojos, sin disimular el gesto de impaciencia. Por fin se decidió.
—Voy —dijo levantándose de su silla.
Ella asintió satisfecha y le tendió los papeles que traía en la mano.
Al subirse al coche, apartó como pudo el paraguas plegable, la libreta, varios bolígrafos, un botellín de agua, un cargador de móvil, y dejó la carpetilla abierta en el asiento del copiloto.
Descartó los mapas y un par de páginas con datos sobre la comarca y los pueblos de la zona y fue leyendo lo demás a saltos, mirando los papeles de reojo cada vez que paraba en un semáforo. … La palabra «fuente» estaba subrayada dos veces. Él siguió la flecha roja que...




