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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: eMilenio
Vallbona Sallent La casa de la frontera (epub)
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19884-11-4
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: eMilenio
ISBN: 978-84-19884-11-4
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
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Rafael Vallbona (Barcelona, 1960). Es escritor y periodista. Autor de sesenta libros de todos los géneros: novelas, ensayos, poemarios y libros de viajes, algunos de los cuales han sido traducidos. Ha sido galardonado, entre otros, con los premios Amat Piniella y Néstor Luján de novela histórica, Ernest Udina de periodismo, Columna Jove y Ramon Muntaner de novela juvenil, Ferran Canyameres de novela negra y Jocs Florals de Barcelona de poesía. Con La casa de la frontera recibió en 2017 el premio de novela BBVA Sant Joan, uno de los principales de la literatura catalana. Colabora en diversos medios de comunicación y ejerce de profesor en la Facultat de Comunicació Blanquerna (Universitat Ramon Llull).
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Decir que lo conocí de mayor sería una trivialidad de esas para quedar bien. No, yo a Ricard Grau lo conocí de viejo. Había nacido en el año 1905, como Joan Coromines o Jean-Paul Sartre, y lo vi por primera vez en la cocina de su casa un martes de Semana Santa del año 2000. Sentado a la mesa, leía meticulosamente las páginas internacionales de La Vanguardia desplegada ante él siguiendo el texto con el dedo, como un niño cuando aprende a leer. Me pregunté si lo hacía para ayudar a su cansada vista o para intentar comprender algo del nuevo desorden global que, por tercera o cuarta vez en su ya longeva vida, le estaba desbaratando la idea del mundo que había ido conformándose.
Aquel día de mediados de abril, había salido en bicicleta con Miquel, su nieto mediano, y Gemma, una amiga común, ambos bastante buenos deportistas. Recorrer las carreteras de Cerdanya un día laborable, sin el tránsito constante de esquiadores, era una delicia. A pesar de estar bien entrada la primavera, en las zonas más elevadas la calzada era apenas una lengua larga y reluciente que se abría paso entre claros de nieve que moteaban unos prados que, tan solo unas semanas después, en pleno estallido de un verdor que daña a la vista y nos ablanda el espíritu a la gente de la tierra baja, acogerían a los rebaños de vacas y caballos de raza hispanobretona típicos del paisaje de la comarca.
Pero aquel día aún tranquilo de barceloneses, el paisaje era completamente blanco y gélido, y me pasé toda la mañana repartiendo el esfuerzo entre pedalear con la máxima energía posible para seguir a mis dos compañeros, más acostumbrados a estas altitudes y, todo sea dicho, más jóvenes, y mantener la bicicleta dentro de la estrecha tira de asfalto. Y, por mucho que la labor hiciera sudar, el viento helado se me caló hasta los huesos.
Entre una cosa y otra, mi aspecto debía de ser de lo más deplorable cuando llegamos a la casa. Tras el inagotable subir y bajar de las carreteras de montaña, las piernas me sostenían con dificultad. Estaba agarrotado y tenía los ojos llorosos y la cara cortada por el aire que nos sacudía a los tres como maracas mientras descendíamos el puerto de la Perxa a toda velocidad. Probablemente, no era el momento idóneo para entablar relaciones, y, de hecho, Ricard no se mostró demasiado alterado por la ruidosa presencia del trío de deportistas. Puesto que Carme, la madre de Miquel, insistió en que nos quedáramos a comer, agotado y aterido como estaba, no tuve fuerzas para negarme.
—Esta porrusalda os va a dejar como nuevos —aseguró.
Desconocía aquel plato, pero en casa de los Bort-Grau, conocida de toda la vida como Cal Miquelet, comer esta sopa en Pascua y cuaresma es una tradición familiar que implantó el propio Ricard en el año 1938.
La porrusalda es un guiso de puerros, patata y bacalao tradicional de la cocina vasca: se escalda el bacalao desalado unos minutos, se le retiran las espinas y se corta en dados. Se rehogan los puerros con un diente de ajo y aceite en abundancia. Se cubre el sofrito con el agua de hervir el bacalao o caldo sobrante de verduras, se agregan las patatas y, en el último momento, el pescado. Es un plato de resistencia, de montaña y de cuando el bacalao era comida de pobres. No tiene ningún misterio gastronómico. Pero con aquel frío glacial que me recorría el cuerpo de la cabeza a los pies, me pareció un manjar exquisito.
—Este plato me lo enseñaron los vascos —dijo de pronto Ricard sin apartar los ojos del periódico.
Recuperado del frío por la sopa y los dos vasos de vino de la bota superviviente de los tiempos de penurias, mi espíritu sabueso se activó. Interrogué con la mirada a Carme, que entraba y salía de la cocina sin parar porque la reclamaban constantemente en la tienda, a pesar de ser la hora de comer, y asintió con la cabeza. Pero también me hizo un gesto de espantar moscas con la mano, que me indicaba claramente que no siguiera por aquel camino pues no sacaría nada en claro. No obstante, cuando uno lleva dentro el espíritu de la contradicción, como me decía la abuela, basta que le digan que lo deje estar para que se meta hasta el fondo. Pregunté qué quería decir el abuelo con aquello de los vascos a Miquel y a su hermano, Josep, que acababa de entrar a comer tras cerrar la tienda de esquís y bicicletas que ambos regentan en el local contiguo al de su madre.
La información que tenían era algo nebulosa, pero bastante atractiva.
Según les había contado su abuelo, hacia finales de 1938, unas personas del gobierno vasco se hospedaron en las habitaciones del piso de arriba, habilitadas para los huéspedes unos años antes. Eran altos funcionarios e iban acompañados de sus esposas. Pese a las deplorables circunstancias del momento, todos iban impecablemente vestidos y eran extremadamente educados y corteses. El abuelo aseguraba que, en el comedor principal de la familia, una amplia sala del primer piso que solo se utilizaba en ocasiones muy especiales, dado que siempre hacían vida en la cocina donde estábamos comiendo, instalaron un despacho en el que atendían a los ciudadanos vascos que necesitaban ayuda o un salvoconducto para pasar a Francia.
Un mediodía de extraña calma en el torbellino constante de personas de toda clase y condición en que se había convertido el barrio de la aduana de Puigcerdà en aquella época, los vascos invitaron a Ricard a comer con ellos. Aquella mañana al despuntar el alba, habían salido a dar un paseo por los huertos asilvestrados que quedaban en la trasera de la casa, como gustaban de hacer si el día era tranquilo y claro, y habían cogido un manojo de puerros que crecían salvajes en un tejado abandonado. Con aquel hallazgo inesperado y exquisito, unas patatas y un pedazo de bacalao de origen desconocido para él, querían darle a probar un plato típico de su tierra.
Sentado a la mesa del comedor convertido en oficina, Ricard probó aquel manjar a medio camino entre la sopa y el estofado, y lo encontró exquisito. Don Ignacio le contó que aquel plato se llamaba porrusalda, que en vasco quería decir, literalmente, «caldo de puerros». Había quien le añadía zanahorias, cebolla o calabaza, y en algunas zonas, hasta costillas o carrilleras de cerdo. Y el poderoso carácter evocador de los sabores incitó a aquella buena gente a contarle cosas de su tierra, de cuánto la añoraban y de cómo sufrían al pensar en el tiempo que tardarían en poder regresar, ahora que había caído definitivamente en manos de los fascistas. Y la melancolía acabó en cantos hasta que Roseta, enfurruñada, asomó la cabeza para ordenarle a su hijo que bajara a ayudarla a la tienda, y el orfeón calló en seco.
Tanto le gustó a Ricard el potaje, que al día siguiente les pidió la receta y le suplicó a su madre que se lo preparara. Y así, de la abuela a la nieta, aquella especialidad vasca había arraigado en una familia de Cerdanya y yo acababa de comerme dos buenos platos. Lo que nunca supo Ricard fue de dónde habían salido las dos grandes marmitas en las que la porrusalda borboteaba un día frío y claro de 1938, cuando faltaba de todo.
—Don Ignacio y don Aguirre —apuntó Ricard con una voz temblorosa por la edad, pero clara por la determinación, cuando sus nietos hubieron terminado la explicación que yo les había pedido.
—Don Aguirre, ¿el lehendakari vasco? —pregunté al aire denso de la cocina, a sabiendas de que no recibiría respuesta.
El lehendakari José Antonio Aguirre había pasado a Francia el día 4 de febrero de 1939 por El Pertús con el presidente Companys. Fue él quien, viendo al presidente catalán abatido por el desamparo de sus compatriotas, le dijo: «Los pueblos no mueren como las personas, luchan y siguen adelante». ¿Era posible que, en aquel deambular por Cataluña en busca de un lugar donde establecer una sede de gobierno provisional, el lehendakari vasco hubiera pasado una temporada en Puigcerdà? La respuesta era tan clara —no— como confusos los argumentos. ¿Por qué no? Porque la fiabilidad de la información en momentos convulsos como los de aquellos días de guerra en que el gobierno vasco tuvo que dejar Bilbao para trasladarse a Turtzioz, después a Santander y, finalmente, a Cataluña no aporta una certeza rigurosa a muchas de las cosas que han sido escritas. Ha quedado demostrado en otros casos. Y la intención final de su autor también puede generar dudas. Ahora bien, en lo que concierne a los movimientos del jefe de gobierno se supone que no debería planear sombra ninguna. ¿O sí?
Las palabras «Aguirre» y «gobierno vasco» no dejaban de resonar dentro de mi cabeza. La nariz me decía que estaba ante un buen titular. El problema era que no tenía ni una palabra más. No había historia. Eso sí, el delicioso regusto de la porrusalda y el incremento de la temperatura corporal hasta una razonable zona de confort no me los quitaba nadie. Carme me trajo un café. Miquel y Josep habían vuelto a la tienda y Gemma se había marchado a su casa. El único que no tenía prisa era yo; tenía ganas de seguir preguntando. Quería creerme aquella historia, ya ves.
—Lo que te han contado Miquel y Josep es cierto, pero no sabemos nada más, ni ha venido nunca nadie a preguntar nada. Es una historia que quedará para siempre en la intimidad de nuestra familia. Mi padre me la ha contado desde que era jovencita, pero con los años, él mismo confunde las fechas y las personas, mezcla los recuerdos y ya no se sabe por dónde agarrarla. Para sus más de noventa y cinco años, tiene la cabeza muy fresca, pero no puedes tomarte al pie de la letra lo que cuenta sobre...




