Varela Y Morales | Obras III | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 412, 324 Seiten

Reihe: Historia

Varela Y Morales Obras III


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-639-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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La filosofía de Félix Varela forma parte de las primeras corrientes del pensamiento filosófico cubano integrado además por José Agustín Caballero y José de la Luz y Caballero. Desde fines del siglo XVIII y hasta la segunda década del siglo XIX, en Cuba prevaleció el reformismo filosófico de José Agustín Caballero, el cual se encontraba en correspondencia con el reformismo político imperante en esa etapa. A diferencia de la etapa precedente netamente escolástica, esta se caracterizó por el incremento del interés por temas filosóficos, que sin romper aun definitivamente con el escolasticismo, abrieron con la crítica a este tipo de pensamiento, las puertas al pensamiento moderno. Las primeras obras de Varela ya revelan la proyección ascendente de su pensamiento. En su primera obra Instituciones de Filosofía Ecléctica, publicada entre 1812 y 1814, se aprecia la huella de las enseñanzas de su maestro, el padre José Agustín Caballero. En Elenco Filosófico (1816), se percibe la influencia del empirismo francés del siglo XVIII. Las Lecciones de Filosofía y Miscelánea Filosófica corresponden a un período posterior y en ellas se evidencia la madurez y originalidad del pensamiento vareliano. Las Lecciones fueron consideradas por mucho tiempo una de las mejores obras filosóficas escritas en español durante esta etapa. Pero la grandeza de las lecciones fue superada en madurez y profundidad política por sus Cartas a Elpidio (recogidas en este tercer volumen), de suerte y trascendencia muy distintas a sus trabajos anteriores. Esta fue la obra que marcó la completa madurez del pensamiento político-social de Félix Varela. Su publicación comenzó en el 1835, año en que vio la luz el primer tomo, que trataba de la impiedad. El segundo tomo, dedicado a la superstición, se publicó en el año 1838, y el tercero, que debía referirse al fanatismo, no llegó a ver la luz, pues la indiferencia primero y la mala voluntad después, conque fueron recibidos los dos tomos iniciales de la obra, disuadieron a Varela de entregar a la imprenta el último. En este tercer volumen de las obras varelianas también publicamos las cartas entre los dos grandes pensadores que abrieron la puerta al pensamiento moderno cubano: José de la Luz y Caballero y Félix Varela.

Félix Varela y Morales (teólogo, sacerdote, investigador cubano).  Hijo de un militar español. A los seis años vivió con su familia en La Florida. Allí cursó la primera enseñanza. En 1801 regresó a La Habana y entró en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. En 1806 obtuvo el título de Bachiller en Teología y tomó los hábitos. En 1810 se graduó de Licenciado en Teología y en 1811 hizo oposición a la cátedra de Latinidad y Retórica y a la de Filosofía en el Seminario de San Carlos. También en 1811 se ordenó de sacerdote. En 1817 fue admitido como socio de número en la Real Sociedad Económica, que más tarde le confirió el título de Socio de Mérito. Por estos años aparecieron sus discursos en Diario del Gobierno, El Observador Habanero y Memorias de la Real Sociedad Económica de La Habana. Cuando en 1820, a raíz del establecimiento en España de la constitución de 1812, fue agregada la cátedra de Constitución al Seminario de San Carlos, la obtuvo por oposición mas solo pudo desempeñarla durante tres meses en 1821, porque fue elegido diputado a las Cortes de 1822. El 22 de diciembre del mismo año presentó en éstas una proposición pidiendo un gobierno económico y político para las provincias de ultramar. También presentó un proyecto pidiendo el reconocimiento de la independencia de Hispanoamérica y escribió una Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la Isla de Cuba, que no llegó a presentar a las Cortes. Votó por la regencia en 1823, y poco después fue condenado a muerte. El 17 de diciembre de ese año llegó a Estados Unidos. Vivió en Filadelfia y después en Nueva York, donde publicó el periódico independentista El Habanero y redactó, junto a José Antonio Saco, El Mensajero Semanal.  En 1837 fue nombrado vicario general de Nueva York y en unión de Charles C. Pise editó la revista mensual The catholic expositor and literary magazine (1841-1843).  Murió en los Estados Unidos.
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SEGUNDA PARTE. Cartas a Elpido sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad por el presbítero don Félix Varela


Tomo segundo Superstición Nueva York En la imprenta de G. P. Scott y Ca. Esquina de la Callde John y Gold 1838

SUPERSTICIÓN
Carta primera


Naturaleza de la religión y de la superstición. Efectos de ésta. Paralelo entre ambas Dormían todos, Elpidio, y un profundo y majestuoso silencio robó a mi espíritu la edad presente y dio nueva existencia a las pasadas. Sin los delirios del sueño, parecíame ver, no ya los trofeos de la muerte, sino su derrota, como un simulacro de la futura resurrección; y entre la espesa muchedumbre, que agitada por un soplo de vida ondulaba en un espacio inmenso, veía elevarse los grandes maestros de la ciencia y la virtud, después de tan largo reposo, cual se elevan entre las olas suavemente movidas por el aura los brillantes astros de la mañana, rasgando las densas tinieblas de una noche dilatada. Superior a la muda naturaleza, considerábala como nada, y mi ser parecía desprenderse de ella, absorto en la contemplación de un orden de cosas más excelsas. Veía el término de la ignorancia y de la miseria en la fuente de la salud y de la sabiduría; veía rotas las cadenas de las pasiones y el espíritu libre y unido al único ser que puede acusar su felicidad. ¡Qué armonía! ¡Qué paz! ¡Oh! ¡Pudiera yo expresar las sublimes emociones de mi alma en aquella noche memorable, que derramó sobre mí un raudal de fortaleza y de consuelo! ¡Noche que bendecirán todos mis días!; noche en que el insomnio, como para burlarse de la muerte, destruía su imagen, presentándome siempre la hermosísima de una eterna vida; noche, Elpidio, que ojalá jamás hubiera pasado.

Yo me transportaba al augusto momento en que abierto el seno de la eternidad, dio origen al tiempo y la más perfecta criatura, reflejó la imagen de su Creador. Resultaron entonces relaciones que no pueden ser alteradas sin que lo sean los objetos referidos; y como éstos no pueden serlo, porque el uno es infinito y ambos son espirituales, aquéllas deben ser eternas. Hállase, pues, el hombre eternamente obligado a obediencia, gratitud y amor, al paso que el Ser Supremo es siempre clemente y justo, sin estar obligado, porque no es capaz de obligación, que siempre arguye inferioridad. La obediencia, la gratitud y el amor, suponen un conocimiento, que si no es exacto, hace ridículos aquellos homenajes, por ser tributados realmente a un objeto imaginario. Tenemos, pues, que el conocimiento que forma el hombre de su Creador, debe ser exacto, para que lo sea su religión y no quede reducida a una farsa. Pero la exactitud de un conocimiento es la conformidad con su objeto, y siendo éste uno e inalterable, debe aquél también ser uno inalterable; si no, es que pasa a ser error. De aquí resulta, que la religión natural es una e inalterable. Mas el hombre percibe la inmensa distancia entre su facultad cognoscitiva y el infinito a que la aplica y ansía por excederse a sí mismo y profundizar aun más la sublime idea de un ser tan perfecto; y he aquí cómo advierte la insuficiencia de la religión natural para hacerle feliz. Percibe al mismo tiempo, que el Ser Infinito puede comunicarle, como don gratuito, conocimientos que él no puede adquirir con esfuerzo natural; y aquí la posibilidad de la revelación, la cual desde que es necesaria y posible, debe suponerse existente, a menos que no se blasfeme contra la bondad divina. Pero Dios no puede comunicar sino una sola e inalterable idea de sí mismo y así es que la religión revelada no puede ser sino una e inalterable. Resulta pues, que la religión, ora natural, ora revelada, no puede ser sino una e inalterable y que la pluralidad de religiones es el mayor absurdo filosófico.

¡Ah! ¡Mi Elpidio! ¡Qué tristes reflexiones formó mi espíritu, comparando estas doctrinas con la historia de las vicisitudes religiosas de los pueblos! ¡Qué horrible me pareció en aquellos momentos el monstruo de la superstición! Ella ha separado a los hombres de su Dios y de sí mismo, ella ha acibarado el corazón humano; ella ha inquietado las familias, incendiado las ciudades, asolado las naciones y cubierto el orbe de víctimas de su crueldad. Apenas puede abrirse una página de la historia sin notar sus estragos. Ella ha hecho gemir al saber, gloriarse la impiedad, desmayar la energía, elevarse la impudencia, decaer la religión y erigirse la infame hipocresía.

Ya sea que se adore una divinidad fingida o que se tribute un culto absurdo a la verdadera, es claro que el edificio no puede ser consistente y que su ruina debe oprimir a sus autores. La verdad que se oculta, o mejor dicho, no es percibida en algunos momentos, recobra siempre su imperio y el error exasperado destruye cuanto encuentra. De aquí las venganzas, de aquí las calumnias, de aquí las injusticias de todas clases, que muy pronto incendian la sociedad, y los hombres llegan a creer tanto menos en Dios, cuanto más lo invocan. Para el supersticioso, la idea de Dios es un tormento, pues habiéndose fingido uno a su capricho, no encuentra en él los sublimes atributos que distinguen al verdadero; y si la ficción consiste en el culto, no conviniendo éste con su objeto, sirve siempre de inquietud y de martirio.

Destruida la unidad de sentimientos religiosos por la superstición, que no solo difiere de la verdadera creencia, sino que es muy varia en sí misma, como siempre lo ha sido el error; queda totalmente destruida aquella armonía y santa paz que causan las delicias de la sociedad verdaderamente religiosa. Tienen los hombres que apelar a la tolerancia, que si bien es una medida de prudencia, también es un signo de división y desconsuelo. Sufre, dice el hombre prudente, que otros no piensen como yo, mas este mismo sufrimiento indicará que lejos de unirme a ellos en ideas, prefiero disgustarlos marcando abiertamente mi desaprobación. Ahora bien, mi Elpidio, nadie ignora que es una propensión casi innata de la naturaleza humana, el deseo de simpatizar, o mejor dicho de que todos sientan, gusten y piensen como nosotros. De aquí las disputas, y ya sabes que de cada mil individuos, uno no es disputador y aun ese deja de serlo por estudio y con violencia. Infiérese, pues, que la superstición, dividiendo los ánimos en lo más esencial, cual es la creencia religiosa, produce necesariamente un descontento general, un trastorno de la sociedad y una guerra interna, tanto más molesta y peligrosa cuanto más disimulada.

¡Oh! Si cubriese la tierra una sola familia unida en una sola y pura creencia, ¿no presentaría la imagen del cielo? Allí, sin duda, no hay más que una familia, allí no hay divisiones, allí reina la verdad, que siempre es una y pura. ¡Qué poderosa sería política y moralmente esta feliz familia! ¡Cuánto ganaría la sociedad en todos sentidos si se restableciese esta santa unidad y pureza de principios religiosos! Cesaría el disimulo, restablecida la confianza, y los hombres se ocuparían del bien común y recíproco, como miembros de una misma familia. Las pequeñas diferencias en el modo de pensar sobre puntos de poca importancia solo producirían disgustos momentáneos, muy conciliables con la buena armonía y el verdadero aprecio, y así las miserias humanas nunca llegarían a ser un germen de verdadera división. Tan persuadido estoy de estas verdades, que opino que un político que no quiera sacrificar el bien común a sus sentimientos particulares, deberá propender siempre a la unidad de creencia, como vínculo de la paz social, aun prescindiendo de todas las consideraciones religiosas.

No sé si me atreva a decirte, Elpidio, que la superstición hace más daño a las naciones, que la misma impiedad y que la herejía. Estos son enemigos bien conocidos y por lo regular parten de frente como suele decirse, aunque a veces se disfracen; mas la superstición siempre es baja, infame y alevosa. Pónese una máscara sagrada para hollar todo lo justo y destruir todo lo recto, seduciendo de un modo casi irresistible por ser casi incógnito. El infiel no cree en la religión, el hereje es un cristiano nominal,1 que cree muchos de los dogmas, pero obstinadamente niega uno o algunos otros; el supersticioso pretende creerlo todo, aunque en realidad no cree en cosa alguna, pues adorar un falso dios, o tributar al verdadero un culto falso, todo equivale a una verdadera infidelidad. El simple recuerdo de estas doctrinas te convencerá, mi Elpidio, de que la superstición sin ceder a la impiedad y a la herejía en punto a errores, las supera en bajeza.

Quiero exponerte algunas de las reflexiones que hice sobre esta materia en la noche a que ya me he referido. Comparaba la religión con la superstición, considerándolas bajo dos puntos de vista, como creencia y como sentimiento. No es preciso advertirte que esta distinción es necesaria; pues una misma creencia puede estar acompañada de distintos y aun contrarios sentimientos y unos mismos sentimientos pueden asociarse con distintas creencias. Pueden las falsas y la verdadera religión hallarse en pechos filantrópicos y, por consiguiente es claro que la identidad de sentimientos no arguye identidad de creencia. Sin embargo, me decía yo a mí mismo, es preciso examinar la relación de las creencias con los sentimientos y observar la tendencia de cada una de ellas. Es claro que la religión en sí misma, no puede ser sino una; mas la religión en el entendimiento humano puede ser varia, según cada uno ve las cosas o se figura verlas. Por consiguiente, la superstición es la religión humana, o la religión en el entendimiento, cuando no es conforme con la religión verdadera o en sí misma y pura. Traducidos de este modo los términos, reduje toda la cuestión...



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