Vian | Otoño en Pekín | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Vian Otoño en Pekín


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4789-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-350-4789-0
Verlag: EDHASA
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Esta mañana Amadís Dudu ha perdido el autobús. Tal inconveniente, lejos de resolverse normalmente, supone para Dudu el comienzo de una serie de extraordinarias aventuras que no tardarán en conducirle al gran desierto de Exopotamia. Allí, precisamente porque se trata de un desierto, Dudu entabla conocimiento con una multitud de personajes pintorescos, al tiempo que se ve involucrado en el extravagante proyecto de construcción de una línea ferroviaria. Naturalmente, ni Pekín ni el otoño tienen nada que ver con todo esto. De hecho, aquí casi nada tiene que ver con nada, y no se hace necesario que nadie saque conclusiones. No obstante, si el lector se empeña en ello, no será difícil que, a través de la delirante y cómica peripecia de Dudu, llegue a ese centro secreto en torno al cual gira la obra entera de Boris Vian y en el cual, entrelazados, se esconden el amor y la muerte. Edhasa recupera de uno de los autores míticos del siglo XX, símbolo de la bohemia y la intelectualidad, con la traducción revisada de Juan García Hortelano.

Boris Vian ( 10-03-1920 / 23-06-1959 ) fue ingeniero, cantante, trompetista, inventor, locutor, escenógrafo y traductora. Gran aficionado a la música de jazz, también se dedicó al teatro, la ópera y el cabaré. Vivió casi con furor sus cortas inquietas e intensas vidas paralelas, todas ellas en el efervescente escenario parisino de la posquerra. Vian firmó una decena de obras de literatura, la letra de cientos de canciones y varios libretos de ópera. Dentro de su producción literaria, que se caracteriza por un estilo insólitamente violento de imágenes revulsivas, cabe destacar las novelas La espuma de los días, La hierba roja, El arrancacorazones, Escupiré sobre vuestra tumba y Todos los muertos tienen la misma piel y también Las hormigas, El Lobo-Hombre y Otoño en Pekín.
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Un prólogo interrumpido

El destino de la obra literaria es múltiple como la literatura misma, esa otra vida de la vida. En ocasiones, el destino de la obra coincide plenamente con el destino de su autor. A veces, poco; a veces, nada. La obra tiene su propia existencia y, como decía aquel amigo de Boris Vian, hay existencias, pero no hay esencias. Encontramos destinos de obras literarias faustos y encontramos destinos infaustos, los hay patéticos y trágicos, ridículos, injustos, pomposos, circunstanciales o eternos, normalitos; por eso, hay historia literaria. Ningún amor (a una mujer o a la libertad) y ninguna muerte son iguales; por eso, hay novelas. La historia de los autores es biografía y no guarda mayor relación con la historia literaria que la hagiografía con la teología.

La obra literaria de Boris Vian tuvo un destino de novela, que solo parcialmente coincidió con la existencia de su autor, quien llevó la vida de señorito inteligente que le correspondía. Es aventurado aceptar la conocida tesis de que a Vian lo mató su obra, pero quizá sí le ayudó a morir. En todo caso, la obra no tuvo el acontecer que le correspondía. La narración literaria sobre la obra de Boris Vian, que aquí empieza, pretende eludir las confluencias subterráneas de ambos destinos, el psicologismo y las cuestiones metodológicas. «Obra incomprendida de un autor apreciado» no sería mal título para contar los hechos y plantear las consabidas interrogantes.

–Un momento, un momento... –se oye exigir, en este preciso instante, a una voz vagamente conocida–. ¿Adónde pretende ir usted a parar?

La crítica, filológica o estructuralista, ha iluminado en los últimos diez años la obra de Vian con la suficiente suficiencia, eficiencia y luminotecnia, espoleada por un suplemento de mala conciencia. En rigor, que suele ser el talante de la crítica especializada, la obra de Vian no parece ofrecer demasiados problemas formales. Rigurosamente hablando, las ideas de Vian pueden reducirse a cuatro (y tres de prestado), como no podía ser menos tratándose de un novelista de calidad. Pero esto no ha sido obstáculo para que tardíamente intente desmenuzarse una obra que se escurre viscosamente de las pinzas analíticas. Así pues, parece más sensato tratar de llegar a esta literatura tan literaria, tan transparente, relatando los avatares a los que estuvo sujeta. La obra de Vian exige apenas ser descifrada, no necesita incitaciones a su lectura, es una obra fundamentalmente para lectores y, fundamentalmente, plantea misterios a los que poco afectan las respuestas académicas.

–Ya le veo a usted engolfándose en la indeterminación –acusa la voz–, regodeándose en la ambigüedad de lo que usted llama literatura (y que deja usted reducida al placer de leer), disponiéndose a una gira anecdótica con la mochila cargada de esas noticias biobibliográficas que el paciente lector puede encontrar en cualquier contracubierta de un libro de Vian. ¡Qué desdichada manera –añade la voz, con admonitoria severidad– de desperdiciar la ocasión que generosamente se nos ha ofrecido de prologar El otoño en Pekín...!

No cabe duda de que 1947 fue un año en que la sociedad culta y los medios profesionales de la ciudad de París denotaron una sorprendente falta de olfato y una insensibilidad pasmosa. La guerra estaba muy reciente, y debe recordarse a favor de aquellos insensibles que toda posguerra genera el convencimiento de que una nueva era ha comenzado. Esta predisposición mesiánica suele equivocar en cuanto a los signos premonitorios de los nuevos tiempos. Por lo pronto, en este año IX después de La náusea, se publican Murphy, de Samuel Beckett, El otoño en Pekín y La espuma de los días (¡qué doblete...!), de Boris Vian.

Un oscuro secretario (de James Joyce) decide afrancesarse y consigue publicar Chez Bordas, una novela que ya había sido editada nueve años antes en Londres y cuya edición casi íntegra fue pasto de las bombas alemanas. De Murphy, primera novela francesa de Beckett, se venden en este año de 1947 dos docenas de ejemplares y menos de cien unidades hasta 1951, fecha de aparición de Molloy. Lo relevante es que Murphy no suscitó ni una reseña crítica. Ahora bien –por los cuentos de hadas sabemos que sucede–, veintidós años más tarde –que suele ser lo que tarda el príncipe en encontrar el pie de Blancanieves–, en 1969, Samuel Beckett recibe el Premio Nobel de Literatura, en unos años en que los suecos del Nobel, no habiendo descubierto todavía el refinado truco de premiar a estonios que escriben en arameo medieval, coronaban preferentemente a escritores de fama establecida.

–¿Y qué?

Las Editions du Scorpion (que tampoco eran un imperio editorial exactamente) publican la primera edición de El otoño en Pekín (¡condenación!, ni siquiera con ese título se percataron...), a puro riesgo y ventura, que fue mínima, pero no tan poca en comparación con las otras novelas de Vian, pues esta alcanzaría una segunda edición al cuidado de Editions de Minuit en 1956.

–Permita una precisión. Esta segunda edición de El otoño en Pekín apenas aporta variaciones sustanciales con respecto a la primera de 1947, aunque sí muy interesantes, pero imposibles, presumo, de comentar en su prólogo. Ha sido esta edición, que el autor revisó cuidadosamente, la que ha servido para la presente traducción al castellano.

Antes de 1947, Vian había publicado ya Vercoquin y el plancton y, bajo el seudónimo de Vemon Sullivan, una maravillosa novela negra, Escupiré sobre vuestras tumbas. Aún publicaría dos novelas más; la última estremecedora: La hierba roja y El arrancacorazones. Un libro de relatos, Las hormigas, y otra recopilación hecha por su viuda, El lobo-hombre, indican que, a falta de críticos y lectores, a Vian no le faltaron relaciones y amistades en las revistas, por lo general minoritarias, aunque también publicó en alguna del fuste de Combat o de Les Temps Modernes, cuyo famosísimo director no era otro que el Partre de La espuma de los días. Consta la fascinación que la literatura de Vian causó a Raymond Queneau, lo que no resulta extraño, si bien, como veremos, no faltó tampoco alguna curiosa incomprensión.

Lo más conocido de su producción teatral, que no fue escasa, siguen siendo Les bâtisseurs d’Empire y L’Equarrissage pour tous, obra esta última de la que Queneau cuenta que llegó a ser «interpretada por auténticos actores sobre un auténtico escenario». De los cientos de canciones que escribió, Le déserteur habría ganado algunos discos de oro, de haberse medido en aquellos años la popularidad por esas redondeces. Poemas y unas crónicas de jazz, además de notables traducciones, deben añadirse a la lista para tener una idea somera de la grafomanía que sacudió permanentemente a este polígrafo.

–Prolífico y no grafómano, sería más exacto decir –dice la voz, que, por su aspereza y engolamiento, revela la sórdida sabiduría bachillera de quien se ha deteriorado el caletre en la traducción de El otoño en Pekín–. Probablemente, aquella facilidad de escritura, aquella velocidad de redacción, aquella no voluntad de estilo, fueron causas determinantes del escaso aprecio de sus contemporáneos. La prosa narrativa de Boris Vian ofrece la peculiaridad de un léxico riquísimo y de una sintaxis paupérrima, si se me permite la distinción. Por lo que se debe concluir...

Como del silogismo literario no se ha de inferir necesariamente una conclusión, lo curioso de esa «peculiaridad» de la escritura de Vian es que correspondía con alguna exactitud a los presupuestos estilísticos y al gusto de aquella década de los cuarenta. La escritura de Vian fue acorde, demasiado acorde, con la recurrente moda estilística que rechaza la escritura elaborada y propugna la (supuesta) autenticidad de la escritura espontánea, descuidada. Pues ni aun así... La explicación, según cánones formales, de la desatención por estas novelas no explica nada e, incluso, lo que hace es espesar la intriga. Pero, modas aparte, lo evidente es que Vian murió a los treinta y nueve años. Lo matase el proverbial desprecio por la letra impresa de la gente del cine, su curiosidad o su corazón, la leyenda narra que siempre tuvo la certidumbre de que no llegaría a cumplir los cuarenta años.

–Desde el trampolín de la ambigüedad y la anécdota está usted a punto de zambullirse, de hoz y coz, en la metafísica –advierte el traductor, con el rencor del retórico frustrado–. Engañoso camino el de la leyenda, tratándose de una persona que practicó una actividad legendaria de trompetista, ingeniero, cantante, pintor, sátrapa patafísico, actor, alocado conductor de coches deportivos, obsesivo aficionado a las máquinas y a los mecanismos... Obsesión que, por cierto, además de estar patente en sus obras, manifiesta la influencia de Raymond Roussel en...

Lo que su obra puede manifestar es una frecuentación muy íntima de la muerte. En El otoño en Pekín encontraremos los estremecedores episodios de la zona oscura, donde se entra para morir y de cuyas tinieblas solo veremos salir vivos a una pareja de niños, y vivo, pero no incólume, a Angel (trasunto, dicho burdamente, del autor). Esas páginas únicamente pueden haber sido escritas por alguien que penetró en la muerte antes de quedarse para siempre en ella. Lo cual no es extraño tratándose, como...



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