Vélez de Guevara | El diablo está en Cantillana | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 442, 124 Seiten

Reihe: Teatro

Vélez de Guevara El diablo está en Cantillana


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-055-5
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 442, 124 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-055-5
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El diablo está en Cantillana se inspira en sucesos del siglo XV: Un capitán bajo las órdenes de Jofre Tenorio, almirante de Castilla durante las turbulencias de la minoría de Alfonso XI, recorre las cercanías de Sevilla sembrando el pánico. El capitán ejercía especialmente sus desafueros en Cantillana, por lo que los arrieros y caminantes se alejaban del lugar y acostumbraban a decir: 'Vámonos por otra parte, porque el diablo está en Cantillana'. El diablo también podría ser en el imaginario popular el maestro Juan Pacheco, que acompañó al rey Enrique IV en su viaje a Sevilla en 1469. Pacheco era una persona muy odiada en la capital sevillana, por lo que no se atrevió a entrar en ella y se hospedó en Cantillana. Hasta allí tenía que desplazarse el rey cada vez que quería despachar algún asunto con el aborrecido maestro. Luis Vélez de Guevara cambió los personajes y parte de la trama pero mantiene como trasfondo de su obra la leyenda de Cantillana.

Luis Vélez de Guevara (Écija, Sevilla, 1579-Madrid, 1644). España. Nació en una familia acomodada, se licenció en artes en 1595 por la Universidad de Osuna y poco después entró al servicio del cardenal-arzobispo de Sevilla. En 1600 se fue a Italia y se alistó en la milicia del conde de Fuentes, después estuvo bajo el mando de Andrea Doria y Pedro de Toledo. Tras una corta estancia en Valladolid, vivió en Madrid y, al servicio del conde de Saldaña, se dedicó al ejercicio de la abogacía y de las letras. El cargo de ujier de cámara del rey, que consiguió en 1625, no le permitió mantener con holgura a su numerosa familia.
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Jornada primera


Salen el Rey Don Pedro, Lope Sotelo, Don Sancho, Don García y Don Álvaro, todos de noche.

Rey Ninguno quede conmigo,

si no es don Lope Sotelo.

LopeAlgo de nuevo recelo.

ReyLope.

Lope Señor.

Rey ¿Sois mi amigo?

LopeEsclavo de vuestra Alteza

apenas merezco ser.

ReyDon Lope, yo he menester...

Lope¿Qué, señor?

Rey Vuestra cabeza.

Lope¿Mi cabeza?

Rey No os turbéis,

que en vuestros hombros la quiero,

porque de esta suerte espero

que mejor me serviréis.

Que mejor brazo y espada

de Galicia no ha salido,

honrando contra el olvido

vuestra dulce patria amada,

y la cristiana cuchilla

contra el moro eternizando.

Pero, esto aparte dejando,

¿cómo dejáis a Sevilla?

LopeBuena, señor; y quejosa

de que la favorezcáis

mucho menos que estimáis

su fábrica generosa

y aquel río en quien mirando

su vistosa majestad

es Narciso la ciudad,

pues sin razón despreciando

la maravilla africana

del alcázar que vivís,

los veranos os venís

a pasar a Cantillana.

Aunque os puede disculpar

esta casa de placer,

que llegan a enriquecer

Guadalquivir y Viar,

esos caudalosos ríos

en cuyo sitio dichoso

vuestro abuelo generoso

trasladó al Cielo los bríos

del alarbe sevillano,

habiendo vencido ya,

porque a propósito está

para pasar el verano;

pero con todo, Sevilla

siente vuestra ausencia así.

Rey¿Cómo estas noches, decid,

don Lope, está la Almenilla?

LopeLlena de barcos y gente.

Rey¿Bravas damas?

Lope Muchas hay

entre Estopilla y Cambrai,

mas pobre del que esté ausente

con la más firme mujer,

aunque su amor más le importe.

ReyEsa es ya plaga de Corte.

LopeLíbreme Dios de querer

mujer ninguna que tenga

el amor por granjería.

ReyAndar desnudo solía

en tiempo de Bras y Menga,

mas ya le quieren vestido

y lleno de oro las damas,

perdonen las castas famas

de Penélope y de Dido.

LopeHan dado en tal desatino.

Rey¿Y la niña sabia?

Lope Está

en el Candilejo ya.

ReyAlgo vendréis del camino

(aunque es tan corto) cansado,

y es razón que descanséis,

pues vuestra posada veis

donde hablando hemos llegado.

LopeVolveré con vuestra Alteza.

ReyNo tenéis a qué volver,

que aquí es donde he menester,

don Lope, vuestra cabeza.

LopePues vuestra Alteza comience

a mandarme.

Rey De vos fío

que me sirváis.

Lope ¿Qué albedrío,

qué imposible el Rey no vence,

porque es dueño soberano?

ReyEn esa palabra espero

que haréis como caballero.

LopeEsta espada y esta mano,

esta sangre y este pecho,

a vuestro servicio están.

ReyVuestro huésped Perafán,

don Lope, según sospecho,

tiene una hija, y se llama

doña Esperanza, tan bella,

tan cuerda y sabia doncella,

que es espejo de la fama.

Sé que la tenéis amor

y que ella no os quiere mal,

y que por seros igual

en la sangre y el valor,

pretendéis casar con ella.

Esto ha de cesar aquí,

porque habéis de hacer por mí,

don Lope, más que por ella.

Y no sólo eso ha de ser

porque no me canse en vano,

que del cristal de su mano

un papel tengo de ver

en que admita mis deseos,

que los reyes es razón

que gocen la posesión

de tan divinos empleos.

De suerte que venga a hacer

toda la voluntad mía

sin que de Doña María

ni el cielo (si puede ser)

venga a entenderse jamás,

que lo que a hacer os obligo

se suele por un amigo

ofrecer, y un rey es más.

LopeSeñor, mire vuestra Alteza...

ReyNo hay que replicarme ya,

y advertir que en esto os va

no menos que la cabeza.

(Vase.)

Lope¿Inventó la tiranía

más riguroso tormento,

ni vio humano entendimiento

desdicha como la mía?

¿Qué Dionisio atormentó

con celos, mal de que muero,

que a Nerón, por ser más fiero

tormento, se le olvidó?

¡Ah poder! ¿Tanto has de ser

que llegues al albedrío,

siendo imperio y señorío

que al cielo negó el poder?

Vive Dios, que aunque me dé

mil veces la muerte injusta,

que no he de hacer lo que gusta,

de mi honor contra la fe,

que mayor rey es amor,

y le debo más decoro

mientras a Esperanza adoro,

que la vida y el honor

son para ocasiones tales;

piérdase todo primero

que yo pierda el bien que espero

de sus ojos celestiales.

En un laberinto he entrado

que no podré salir de él,

porque Don Pedro es cruel,

mozo, rey y enamorado,

y yo su vasallo soy.

¡Hay rey!, pero con la ley

del amor, ¡no hay rey, no hay rey!

¡Sí hay rey, sí hay rey! ¡Loco estoy!

Sale Rodrigo, de camino, cantando

Rodrigo ¡Ay, que desde Vienes

a Cantillana,

hay una legüecita

de tierra llana!

Cantando y medio dormido

he llegado a la posada

con bota y sin camarada,

notable milagro ha sido,

que bien debió de picar

después que en aquella venta

me dejó haciendo la cuenta,

pues no le pude alcanzar.

Don Lope yo apostaré

que descansa, porque agora

todos duermen en Zamora,

si no es quien camina a pie.

¿Qué hará a estas horas Leonor,

mientras vela mi cuidado?

¿Quién va?

Va a entrar, y encuentra a Don Lope

Lope Un hombre desdichado.

RodrigoEs don Lope, mi señor.

Mosca de celos tenemos;

respingo habrá temerario.

LopeQuien tiene un rey por contrario,

¿hará mayores extremos?

Rodrigo ¿Un rey? Guarda fuera, y más,

esta buena pieza.

Lope Aquí

estoy, Rodrigo, sin mí,

adiós, adiós.

Rodrigo ¿Adónde vas?

LopeNo sé, por Dios, dónde voy.

¡Hay rey!, pero con la ley

del amor, ¡no hay rey, no hay rey!

¡Sí hay rey, sí hay rey! ¡Loco estoy!

(Vase.)

Rodrigo ¡Oh enamorado don Lope,

cual no he visto jamás,

loco y temerario vas

tras tu cuidado al galope!

De doña Esperanza son

celos, que es discreta y bella,

y querrá por dicha hacella

el Rey, Doña Posesión.

En la posada se ha entrado

por un postigo que halló

abierto, si no bajó,

pienso, a abrirle algún criado.

Y si no me engaño, a fe,

mi...



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