E-Book, Spanisch, 620 Seiten
Waltari El etrusco
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4897-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 620 Seiten
ISBN: 978-84-350-4897-2
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MIKA WALTARI ( 19-09-1908 / 26-08-1979 ) Waltari es uno de los escritores fineses más conocidos internacionalmente, sobre todo por su serie de novelas históricas entre la que destaca Sinué el egipcio (1945), que fue adaptada al cine. Cursó estudios de Teología y Filosofía y participó en grupos de pensamiento de corte izquierdista, una tendencia que invirtió tras la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como propagandista del gobierno. Su obra, entre la que destacan El etrusco (1955), El ángel sombrío (1952) también publicada bajo el título El sitio de Constantinopla, S.P.Q.R, el senador de Roma(1964), Marco el romano (1951), Aventuras en oriente de Mikael Karvajalka (1949) o Vida del aventurero Mikael Hakim (1948), se ha traducido a más de 30 idiomas.
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CAPÍTULO IV
Sucedió en el camino de Delfos, que discurre entre montañas.
Después de alejarnos de la orilla del mar, el cielo se iluminó en el este distante, sobre los picos de las montañas. Cuando llegamos a la aldea, sus moradores nos advirtieron de la conve-niencia de no seguir viaje. Ya era otoño, dijeron, y estaba a punto de desatarse un temporal. Podíamos topar con desprendimientos de tierra en el camino o por torrentes que arrastrarían al imprudente viajero.
Pero yo, Turmo, iba a someterme al juicio del oráculo de Delfos. Los soldados atenienses me habían rescatado para concederme asilo en una de sus naves a fin de protegerme de la ira de los habitantes de Éfeso, que trataban de lapidarme por segunda vez en mi vida. Así, no esperé que cesara la tempestad. Aquellos aldeanos vivían a costa de los peregrinos, deteniéndolos a la ida o a la vuelta con diversos pretextos. Les ofrecían grandes festines y cómodos lechos, y les vendían amuletos de madera, hueso y piedra que ellos mismos fabricaban. Ignoré sus advertencias, pues no temía a los rayos ni a las tempestades.
Impulsado por mi sensación de culpabilidad, proseguí solo mi viaje. Refrescó, las nubes se extendieron por la ladera del monte y los cegadores relámpagos empezaron a brillar a mi alrededor. El ensordecedor vozarrón del trueno resonaba sin cesar de uno a otro valle. Los rayos partían las rocas y yo caminaba azotado por la lluvia y el granito, a riesgo de verme precipitado al abismo por las impetuosas ráfagas de viento, mientras mis codos y rodillas sangraban a consecuencia de mis caídas sobre la dura roca.
Pero no sentía ningún dolor. Mientras los rayos relucían delante de mí, como si desearan mostrarme su hórrido poder, fui presa del éxtasis por primera vez en mi vida y, sin saber lo que hacía, comencé a danzar en el camino que conducía a Delfos.
Levantaba los pies y movía los brazos en una danza que surgía de mi interior y sólo vivía en mí. Todo mi ser se agitaba como consecuencia de aquel gozoso estado de éxtasis.
Fue entonces cuando me conocí a mí mismo por vez primera. Estaba libre de todo mal, nada podía dañarme. Mientras danzaba en el camino de Delfos, de mi boca brotaron palabras en una lengua extraña que desconocía por completo. Incluso el ritmo de la canción era extraño, y extraños también los pasos de mi danza; en aquel estado en que me hallaba, todo lo que surgía de mí era mío, aunque yo mismo ignorase la causa.
Más allá de la cumbre de la montaña descubrí el óvalo ennegrecido por la lluvia que formaba el valle de Delfos. Por último, la tormenta cesó, los nubarrones se alejaron y el sol brilló sobre los edificios, los monumentos y el templo sagrado. Sin que nadie me guiase, encontré la sagrada fuente, deposité mi hato en el suelo, me despojé de mis sucias vestiduras y me sumergí en las aguas purificadoras. La lluvia había enturbiado el circular manantial, pero el agua que brotaba de la boca de los leones limpió mis cabellos y mi cuerpo. Avancé desnudo bajo los tibios rayos del sol, dominado aún por el éxtasis. Mis miembros parecían ser de fuego y no sentía frío alguno.
Levanté la mirada y vi correr hacia mí a los servidores del templo, cuyas ropas flotaban al viento, lo mismo que las sagradas cintas que ceñían sus cabezas. Más arriba, dominándolo todo y con un aspecto aún más imponente que el templo mismo, se alzaba el negro acantilado de lo alto del cual eran arrojados los culpables de algún delito. Una bandada de negras aves se cernía sobre el desfiladero por el que acababa de pasar la tempestad.
Eché a correr por las terrazas en dirección al templo, pasando entre las estatuas y los monumentos, sin seguir el sendero sagrado.
Una vez que me hallé ante el templo, puse mi mano sobre el macizo altar y grité con toda la fuerza de mi voz:
–¡Yo, Turmo de Éfeso, invoco la protección de la divinidad y me someto al juicio del Oráculo!
Levanté la mirada y en el friso del templo vi a Artemisa corriendo con su perro y a Dionisio en actitud orgiástica. Comprendí entonces que debía seguir adelante. Los servidores intentaron detenerme, pero los rechacé y entré corriendo en el templo.
Crucé el atrio, pasé junto a las gigantescas urnas de plata, las ricas estatuas y los exvotos. Cuando hube llegado a la cámara interior, vi la llama eterna que se alzaba en un pequeño altar y, a su lado, el Ónfalo, el centro u ombligo de la Tierra, ennegrecido por el humo de los siglos. Posé la mano sobre aquella piedra sagrada y me confié a la protección divina.
De la piedra emanaba una indescriptible sensación de paz.
Miré alrededor, sin sentir temor alguno. Vi la sagrada tumba de Dionisio, las águilas de la gran divinidad del templo que me cubrían con su sombra, y comprendí que nada malo podía ocu-rrirme allí. Los servidores no se atrevían a entrar. En aquel lugar, yo sólo encontraría a los sacerdotes, a aquellos que ha bían sido consagrados, a los intérpretes de la palabra divina.
Advertidos por los sirvientes, los cuatro sacerdotes acudieron a toda prisa, ajustándose las bandas que les ceñían la cabeza y recogiendo los faldones de sus túnicas para no caer. Sus semblantes estaban contraídos, y sus párpados, hinchados, como si acabaran de despertar de un profundo sueño. El invierno estaba muy próximo y ya esperaban a muy pocos peregrinos. Aquel día suponían que no vendría ninguno a causa de la tempestad, y mi llegada fue para ellos motivo de sorpresa y alarma.
Mientras yo permaneciese desnudo y tendido en el suelo del santuario interior, sujetando el Ónfalo con ambas manos, no podían comportarse conmigo de manera violenta. Tampoco parecían muy deseosos de hacerlo antes de saber quién era yo.
Deliberaron en voz baja y por fin uno de ellos preguntó:
–¿Están tus manos tintas en sangre?
Me apresuré a responder que no, y mis palabras produjeron en ellos un alivio evidente. Si me hubiesen hallado culpable de homicidio, se habrían visto obligados a purificar el templo.
–¿Acaso has pecado contra los dioses? –preguntaron a continuación.
Medité unos instantes y respondí:
–No, no he pecado contra los dioses helénicos. Por el contrario, la sagrada virgen, la hermana de vuestro dios, vela por mí.
–¿Quién eres, pues, y qué deseas? –inquirieron con voz agria–.
¿Por qué has venido danzando en medio de la tempestad, para bañarte en las aguas sagradas sin nuestro permiso? ¿Cómo te atreves a turbar el orden y las costumbres del templo?
Por fortuna no tuve necesidad de responder, pues en aquel mismo instante entró la pitonisa sostenida por sus servidoras.
Era una mujer joven aún, de rostro horriblemente contraído, ojos espantosamente abiertos y andar vacilante. Me miró como si me conociera desde siempre, y cuando comenzó a hablar, un rubor tiñó sus pálidas mejillas:
–¡Por fin has llegado, tú, a quien tanto esperaba! Desnudo has venido mientras tus pies danzaban, para ir a purificarte luego a la fuente. Hijo de la Luna, la concha y el hipocampo, te conozco.
Llegas de occidente.
Me disponía a decirle que estaba equivocada, pues yo venía de oriente, del punto más lejano al que podía llegar un hombre impulsado por el remo y la vela. Sin embargo, sus palabras me conmovieron.
–Así pues, ¿me conoces, oh, santa señora?
Ella soltó una salvaje carcajada y se acercó más a donde yo estaba.
–¡Claro que te conozco! Levántate y mírame a la cara.
Dominado por su mirada, solté la sagrada piedra y miré fijamente a la mujer. Ante mis ojos, la pitonisa se transfiguró en Dione, la de sonrojadas mejillas, la que grabó su nombre en una manzana antes de ofrecérmela. Luego Dione se desvaneció y en su lugar apareció el negro rostro de la estatua de Artemisa, que cayó del cielo en Éfeso. A continuación, aquel rostro se transformó en el de una gentil doncella, que apenas pude entrever antes de que se desvaneciese de nuevo. Por último, me hallé contemplando el semblante contraído de la pitonisa, que me fulminaba con la mirada.
–Yo también te conozco –repliqué.
Si sus servidoras no lo hubiesen impedido, me habría abrazado. Tendió hacia mí su mano izquierda y tocó mi pecho; su contacto me infundió nuevas fuerzas.
–Este joven me pertenece –declaró– aun cuando no haya sido consagrado. Que nadie lo toque. Sean cuales fueren las acciones que haya cometido, las ha llevado a cabo impulsado por la voluntad divina y no por la suya. Por lo tanto, está limpio de toda culpa.
–Estas palabras no son divinas –murmuraron los sacerdotes–, pues no las ha pronunciado sentada sobre el trípode sagrado.
Simula estar en éxtasis. Lleváosla.
Pero ella era más fuerte que sus servidoras y comenzó a debatirse, desafiante.
–Veo el humo de muchos incendios al otro lado del mar.
Este hombre ha venido con las manos tiznadas, con ceniza en el rostro y quemaduras en los costados, pero yo lo he purificado.
Ahora es libre de ir y venir a su antojo.
Después de estas palabras, pronunciadas con voz clara y firme, fue presa de una convulsión, empezó a echar espumarajos por la boca y cayó inconsciente en manos de sus servidoras, quienes se la llevaron a toda prisa.
Los sacerdotes me rodearon, temblorosos y alarmados.
–Es necesario que hablemos a solas de esto –dijeron–. Pero no temas. Gracias al Oráculo eres libre. Es...




