E-Book, Spanisch, 528 Seiten
Waltari Marco el romano
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-350-4907-8
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 528 Seiten
ISBN: 978-84-350-4907-8
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Waltari es uno de los escritores fineses más conocidos internacionalmente, sobre todo por su serie de novelas históricas entre la que destaca Sinué el egipcio (1945), que fue adaptada al cine. Cursó estudios de Teología y Filosofía y participó en grupos de pensamiento de corte izquierdista, una tendencia que invirtió tras la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como propagandista del gobierno. Su obra, entre la que destacan El etrusco (1955), El ángel sombrío (1952) también publicada bajo el título El ángel sombrío, S.P.Q.R, el senador de Roma(1964), Marco el romano (1951), Aventuras en oriente de Mikael Karvajalka (1949) o Vida del aventurero Mikael Hakim (1948), se ha traducido a más de 30 idiomas.
Weitere Infos & Material
Segunda Carta
Marco a Tulia
Te escribo el día de la Pascua de los judíos, desde el fuerte de Antonia, en la ciudad sagrada de Jerusalén. Me ha sucedido algo que jamás hubiera imaginado, aunque aún no sé exactamente qué. Estoy sumamente desorientado, Tulia, y escribo para intentar explicarme a mí mismo lo que ha ocurrido.
Ya no desdeño los presagios, y quizá nunca los he desdeñado en el fondo de mi corazón, aunque haya escrito y hablado de ellos con desdén. Ahora estoy completamente seguro de que no elegí emprender este viaje y que me habría sido imposible evitarlo aunque hubiera querido. Pero desconozco qué fuerzas me han guiado. Comenzaré, pues, por el principio.
Alquilé un burro en el mercado de Jaffa, rechazando todas las restantes y seductoras ofertas que se me brindaban para hacer el camino más cómodo. Inmediatamente emprendí el ascenso hacia Jerusalén desde la costa, formando entre los últimos viajeros. Mi burro estaba bien adiestrado y era un animal dócil y apacible, de modo que no tuve ningún problema con él en todo el viaje. Según me pareció, había andado de Jaffa a Jerusalén y de Jerusalén a Jaffa tantas veces que conocía cada pozo y lugar de descanso, cada pueblo y cada posada a lo largo del camino. No había podido elegir mejor guía, y creo que el animal me guardaba verdadero cariño, puesto que ni siquiera en las bajadas monté encima de él, sino que me contentaba con caminar a su lado.
De Jaffa a Jerusalén apenas si hay dos jornadas, aunque el terreno montañoso cansa más que el llano al caminante. Pero no importa. Judea es una hermosa y fructífera tierra, y el viaje resulta así más agradable. Y, si bien es cierto que en los valles los almendros ya habían perdido sus flores, los matorrales aún conservaban las suyas a lo largo del trayecto, y su aroma era dulce y penetrante a la vez. Había descansado, me sentía rejuvenecido y experimentaba al caminar el mismo placer que había sentido durante los entrenamientos deportivos de mi juventud.
Como tú sabes, debido a la educación que he recibido y a mi natural prudencia, siempre evito hacerme notar. Prefiero no distinguirme de la masa ni por mi conducta ni por mi indumentaria. No necesito criados o mensajeros que anuncien mi llegada. En el camino, cuando los señores pasaban raudamente hostigando a sus animales y a sus esclavos, yo apartaba con humildad mi burro a un lado de la carretera. Prefería contemplar los inteligentes movimientos de las orejas del burro cuando me miraba, que hablar con los personajes que se detenían para saludarme y rogarme que les acompañase.
Los judíos llevan borlas en las puntas de sus mantos que hacen que se los reconozca en todo el mundo, aunque por lo demás visten como el resto de los mortales. Pero este camino, que Roma ha transformado en una excelente carretera militar, es tan antiguo y ha visto gente de tantas razas, que nadie reparó en mí, a pesar de que mi manto carecía de borlas. Donde pasé la noche me dieron, como a los demás, agua para que lavara mis pies y para que bebiera el burro. Con la aglomeración, los criados de la posada no tenían tiempo de hacer distinciones entre judíos y extranjeros. El ambiente era festivo, como si todos los pueblos, al igual que los judíos, se hubieran puesto en camino para celebrar que los hebreos se hubiesen librado de la esclavitud de Egipto.
Si me hubiera dado prisa, habría llegado a Jerusalén la segunda noche. Pero, siendo forastero, no podía compartir el fervor de los judíos. Me entusiasmaba el aire puro de las montañas de Judea, y la abundancia de flores en las laderas de las montañas deslumbraba mis ojos. Después de la vida disoluta de Alejandría, me sentía flotar y gozaba de todos y cada uno de aquellos momentos. El pan me sabía mejor que todas las golosinas de Egipto. Con el fin de no obnubilar mis sentidos, no añadí vino al agua durante todo el trayecto; el agua sola era para mí la mejor de las bebidas.
Me entretenía deliberadamente por el camino. Así, la melodía del caramillo de los pastores, cuando llamaban a su ganado por la noche, me tomó por sorpresa lejos de Jerusalén. Habría podido descansar un rato, y luego, a la luz de la luna, proseguir viaje. ¡Pero me habían hablado tanto de lo maravillosa que era para el peregrino la vista de Jerusalén al otro lado del valle, con su templo en lo alto del monte, reluciendo al sol la blancura de su mármol y el resplandor de su oro!
Así quería ver por primera vez la ciudad sagrada de los judíos. Por ello, para sorpresa de mi burro, me desvié del camino acercándome a un pastor, que por la noche condujo su rebaño de ovejas al amparo de una cueva de la montaña. Hablaba un dialecto campesino, pero comprendía mi arameo y me aseguró que en aquel lugar no había lobos. Ni siquiera tenía un perro que protegiera su rebaño contra las fieras, si bien él dormía en la entrada de la cueva por temor a los chacales. En su zurrón sólo llevaba un poco de pan negro de cebada y una bola de queso de cabra. El hombre se alegró cuando partí con él mi pan de trigo y le di melcocha e higos secos.
Pero, al reparar en que yo no era judío, no quiso comer la carne que llevaba, aunque no por eso se apartó de mí. Cenamos juntos a la entrada de la cueva y mi burro comenzó a mordisquear los arbustos de nuestro alrededor. El mundo se tiñó con el violeta intenso de las anémonas de la montaña, oscureció, y las estrellas brillaron en el cielo. La noche trajo consigo una brisa fresca, y hasta mí llegó el calor de las ovejas. Aunque el olor de la lana era intenso, no me resultaba desagradable. Más bien era acogedor, como la atmósfera íntima de la infancia y del hogar. Se me humedecieron los ojos; sin embargo, no lloraba por ti, Tulia. Eran seguramente lágrimas de cansancio, ya que el viaje había agotado las reservas de mi cuerpo debilitado.
Probablemente lloré por mí mismo, por todo mi pasado, por todo lo que estaba fatalmente perdido, y también por lo que aún me esperaba. En aquel instante me habría inclinado sin el menor temor para beber en la fuente del olvido.
Dormí a la intemperie, delante de la cueva, con el cielo estrellado como techo, cual si fuera el más humilde peregrino. Mi sueño era tan profundo, que cuando desperté el pastor ya había conducido su rebaño al monte. No recuerdo haber tenido en sueños ningún presagio, pero al despertarme, todo, la atmósfera y la tierra, me pareció distinto. La falda de la montaña daba al oeste y permanecía en penumbra cuando el sol iluminaba ya las laderas de las colinas opuestas. Era como si me hubieran azotado el cuerpo. Sentía una gran languidez y no deseaba moverme. El burro se rascaba la cabeza con aire aburrido. Yo no acertaba a comprender qué me sucedía, pues no me creía tan débil como para que una caminata de dos días, y una noche a la intemperie, me hubieran quebrantado hasta aquel extremo. Pensé que el tiempo iba a cambiar, pues siempre he sido sensible a sus alteraciones, lo mismo que a los sueños y augurios.
Me sentía tan deprimido que no tuve ganas de comer. Era incapaz de tragar un bocado. Tomé un par de sorbos de vino de mi bota de cuero, pero ni siquiera eso consiguió animarme. Temí que hubiera bebido agua mala o que estuviese a punto de enfermar.
Lejos, en el camino, vi algunos viajeros que ascendían por la ladera de la montaña. Pero aún tardé bastante en vencer mi pasividad. Al fin cargué el burro y volví al camino. Con gran esfuerzo llegué hasta la cumbre, y allí comprendí lo que me había sucedido. Un viento seco y abrasador golpeó mi rostro, el insistente viento del desierto que sopla sin tregua, día tras día, hace enfermar a la gente, produce dolor de cabeza y hace vomitar a las mujeres, silba en las rendijas de las casas y golpea los postigos por la noche.
De pronto el viento secó mi rostro y produjo un intenso ardor en mi garganta. En lo alto, el sol se redujo a una bola roja. Al fin, vi surgir al otro lado del valle la ciudad sagrada de los judíos rodeada por las murallas. Con los ojos irritados y el sabor amargo del viento en la boca, divisé las torres del palacio de Herodes, los grandes edificios sobre las laderas de las colinas que rodean la gran capital, los edificios del teatro y del circo y, por encima de todo, el templo, con sus muros, edificios y pórticos, brillando de blancura y oro.
Pero la cegadora luz del sol impidió que viera el templo en todo su esplendor. El mármol no deslumbraba ni el oro centelleaba. Sin duda era majestuoso, sólido, una maravilla incomparable de la arquitectura moderna. Pero no sentí el entusiasmo de los judíos. Lo contemplé con atención, aunque también con indiferencia. Era casi una obligación, después de un viaje tan largo. Habían pasado varios años desde que por primera vez admiré el templo de Éfeso. No sentí la misma veneración hacia el eterno milagro de la belleza ante aquel viento caliente que introducía polvo salino en mis ojos.
El burro me miró de un modo extraño, pero lo arreé, para que caminara más deprisa. Después de alcanzar la cumbre de la montaña, se había detenido por propia iniciativa en el lugar donde la vista era mejor, y seguramente esperaba que yo dejase pasar el tiempo entre exclamaciones de asombro y júbilo, canciones de gloria y oraciones. Me acusé de soberbia y de insensibilidad delante de una visión que para tanta gente era la más sagrada de todas, a causa de una simple fatiga corporal y de un viento molesto. Agitando sus orejas, el burro comenzó a descender por el tortuoso camino. Yo marchaba a su lado agarrado a la correa del ronzal, pues sentí flaquear mis rodillas.
A medida que descendíamos, la furia del viento fue disminuyendo, y en...




