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E-Book, Spanisch, 960 Seiten
Waltari S.P.Q.R. El senador de Roma
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4894-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 960 Seiten
ISBN: 978-84-350-4894-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Waltari es uno de los escritores fineses más conocidos internacionalmente, sobre todo por su serie de novelas históricas entre la que destaca Sinué el egipcio (1945), que fue adaptada al cine. Cursó estudios de Teología y Filosofía y participó en grupos de pensamiento de corte izquierdista, una tendencia que invirtió tras la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como propagandista del gobierno. Su obra, entre la que destacan El etrusco (1955), El ángel sombrío (1952) también publicada bajo el título El sitio de Constantinopla, S.P.Q.R, el senador de Roma(1964), Marco el romano (1951), Aventuras en oriente de Mikael Karvajalka (1949) o Vida del aventurero Mikael Hakim (1948), se ha traducido a más de 30 idiomas.MIKA WALTARI ( 19-09-1908 / 26-08-1979 ) Waltari es uno de los escritores fineses más conocidos internacionalmente, sobre todo por su serie de novelas históricas entre la que destaca Sinué el egipcio (1945), que fue adaptada al cine. Cursó estudios de Teología y Filosofía y participó en grupos de pensamiento de corte izquierdista, una tendencia que invirtió tras la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como propagandista del gobierno. Su obra, entre la que destacan El etrusco (1955), El ángel sombrío (1952) también publicada bajo el título El sitio de Constantinopla, S.P.Q.R, el senador de Roma(1964), Marco el romano (1951), Aventuras en oriente de Mikael Karvajalka (1949) o Vida del aventurero Mikael Hakim (1948), se ha traducido a más de 30 idiomas.
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LIBRO PRIMERO
ANTIOQUÍA
El veterano Barbus me salvó la vida cuando yo contaba siete años. Aún recuerdo perfectamente cómo logré burlar la vigilancia de mi nodriza Sofronia para poder llegar hasta la orilla del río Orontes. La impetuosa corriente eran tentadora y me incliné en el embarcadero para observar los remolinos del agua. Barbus se acercó y me preguntó amablemente:
–¿Quieres aprender a nadar, muchacho?
Le respondí que sí. Entonces lanzó una rápida mirada a su alrededor, me cogió por la nuca y por entre las piernas, y me arrojó con fuerza al río. Después, profirió un potente grito, invocó a Hércules y a Júpiter vencedor de Roma, tiró sobre el embarcadero su capa andrajosa y se zambulló en el río, detrás de mí.
Alarmada por el grito, la gente corrió a reunirse en el lugar del suceso. Todos vieron y declararon luego al unísono cómo Barbus, con riesgo de su propia vida, me salvó del río, me trajo a la ribera, me hizo rodar en el suelo y consiguió hacerme vomitar el agua que había tragado. Al llegar Sofronia llorando desconsoladamente y tirándose de los cabellos, Barbus me cogió en sus fuertes brazos y me llevó hasta casa, a pesar de la resistencia que le opuse por la repugnancia que me producía su astrosa ropa y su aliento que apestaba a vino.
Mi padre no me quería, pero al verme sano y salvo obsequió con vino a Barbus y creyó su explicación de que me había resbalado en la orilla y que por ese motivo caí al río.
No contradije su relato porque había aprendido a permanecer callado en presencia de mi padre. Al contrario, me quedé fascinado escuchándole contar detalladamente cómo en sus tiempos de legionario había nadado, tanto a través del Danubio como del Rin, y además del Éufrates, con todo el armamento a cuestas. Mi padre también bebió vino para recobrarse del susto y se entusiasmó al revelar como, siendo estudiante de la Escuela de Filosofía de Rodas, en cumplimiento de una apuesta había nadado desde la isla hasta el continente. Él y Barbus decidieron unánimemente que ya era hora de que yo aprendiese a nadar. Mi padre le dio ropas nuevas a Barbus, de modo que éste, al ponérselas, tuvo la oportunidad de enseñar numerosas cicatrices. Las peores las tenía en la espalda, dijo que se las habían hecho en Armenia cuando estuvo cautivo de los partos, que lo azotaron antes de intentar crucificarlo a la usanza romana. Afortunadamente, sus fieles camaradas de guerra lo habían salvado en el último momento llevando a cabo un ataque por sorpresa.
A partir de entonces Barbus se quedó en nuestra casa y comenzó a tratar a mi padre como si éste fuera su amo. Me acompañaba a la escuela e iba a buscarme para volver al hogar, cuando no estaba borracho en demasía. Ante todo, hizo de mí un romano, pues él había nacido y se había criado en Roma y había servido treinta años en la 15.ª legión. De esto se aseguró muy bien mi padre, pues aunque era hombre distraído e introvertido, no por ello era estúpido y nunca hubiera tenido en su casa un legionario desertor.
Gracias a Barbus aprendí a nadar y, además, a montar a caballo. Por su intervención, mi padre me compró uno para que pudiera ingresar, cuando cumplí los catorce años, en la orden ecuestre de los jóvenes de Antioquía. Por cierto que el emperador Cayo Calígula había borrado personalmente el nombre de mi padre de la lista de caballeros de Roma, pero en Antioquía esto resultó para mi padre más un honor que una vergüenza, puesto que allá se recordaba bien lo ruin que ya desde pequeño había sido Calígula. Después lo asesinaron en Roma, en el gran circo, cuando intentaba nombrar cónsul a su caballo favorito.
Años antes, aun en contra de su propia voluntad, mi padre había logrado tanta influencia en Antioquía que, con gusto, habría sido aceptado en la comisión de recepción de la ciudad, que estaba encargada de felicitar al emperador Claudio con motivo de su ascensión al poder. Entonces, al mismo tiempo, es seguro que le hubiera sido reintegrado su rango de caballero. Pero mi padre se negó rotundamente a ir a Roma. Sin embargo, más tarde quedó demostrado que tenía sobradas razones para ello. Por esto él afirmaba que sólo deseaba ser un hombre pacífico y humilde y que no echaba de menos la condición de caballero romano.
De la misma manera casual que llegó Barbus a nuestra casa, así creció la fortuna de mi padre. Acostumbraba decir con amargura que la suerte no le era propicia, pues al nacer yo, había perdido la única mujer que verdaderamente había amado. Ya en Damasco adquirió el hábito de ir al mercado el aniversario de la muerte de mi madre y comprar un esclavo de baja condición. Después de tenerlo algún tiempo en casa y de alimentarlo y cuidarlo solícitamente, mi padre se presentaba ante las autoridades, pagaba el derecho de manumisión y lo dejaba en libertad. A sus libertos les permitía usar el nombre Marcio, no Maniliano, y les entregaba la suficiente cantidad de dinero para que cada uno de ellos pudiera practicar el oficio que había aprendido. De este modo, uno de ellos se convirtió en el sedero Marcio y otro en el pescador Marcio. Marcio el peluquero ganó una fortuna al poner de moda las pelucas de mujeres, pero el que más se enriqueció fue Marcio el minero, que obligó a mi padre a comprar una abandonada mina de cobre, en Cilicia.
Mi padre se lamentaba con frecuencia del hecho de que bastaba que hiciera una pequeña obra de caridad para que le produjese un beneficio y le proporcionara más reputación.
Sin embargo, creo que, manteniéndolo en secreto, distribuía diversas clases de ayudas tanto a los útiles como a los inútiles, y en todo sentido era más generoso con respecto a los extraños que con respecto a mí, su propio hijo.
Después de siete años de residencia en Damasco, se estableció en Antioquía, donde, como hombre imparcial y versado en lenguas que era, actuó de consejero del procónsul, especializándose en asuntos judíos, en los que se había iniciado en sus viajes por Judea y Galilea. Como hombre de carácter blando y apacible, proponía siempre soluciones conciliatorias en vez de medidas drásticas. De esta manera obtuvo el favor de los habitantes de Antioquía. Perdido su rango de caballero, después de algún tiempo fue elegido para el Concejo de la ciudad, desde luego no por su energía ni por su fuerza de voluntad, sino porque cada uno de los partidos creía poder aprovecharse de él.
Cuando Calígula exigió la erección de su estatua divina en el templo de Jerusalén y en las sinagogas de todas las provincias, mi padre comprendió perfectamente que una medida de esta índole conduciría a una rebelión armada y aconsejó a los judíos que ganaran tiempo en vez de llevar a cabo vanas y desagradables protestas. Así, los judíos de Antioquía dieron a entender al Senado de Roma que deseaban costear por sí mismos las estatuas, dignas del emperador Cayo, para sus sinagogas, pero sucedió que mientras eran esculpidas sufrían daños o su colocación prematura impedía el vaticinio de los males. Cuando el emperador Cayo fue asesinado, mi padre logró un gran prestigio por su visión del futuro. Sin embargo, no creo que supiera que se preparaba aquel asesinato. Estoy convencido de que solamente deseaba ganar tiempo, como de costumbre, con el fin de evitar los tumultos judíos que tanto hubieran perjudicado los intereses comerciales de la ciudad.
Pero mi padre sabía ser obstinado también. Como miembro del Concejo, se negó rotundamente a costear fieras ni combates de gladiadores, y hasta se opuso a que se organizaran representaciones teatrales. Sin embargo, por recomendación de sus libertos, hizo construir en la ciudad un pórtico que llevó su nombre. De las tiendas de aquel pórtico obtuvo tan abundantes rentas que también aquella empresa le produjo, además de fama, beneficios económicos.
Los libertos no podían comprender por qué mi padre me miraba con desagrado y deseaba que me adaptase a su propio y sencillo estilo de vida. Competían en darme dinero para mis necesidades, me obsequiaban con hermosas ropas, engalanaban mi montura y las bridas de mi caballo y trataban de ocultar de la mejor manera posible mis actos licenciosos. Joven e insensato, yo tenía el prurito de sobresalir en todo y de querer ser superior a los jóvenes más distinguidos de la ciudad.
Los libertos estimaban, con cierta estrechez de miras, que esta circunstancia elevaba su propia condición a la vez que aumentaba el prestigio de mi padre.
Por la intervención de Barbus mi padre comprendió que el conocimiento del latín era indispensable para mí. El rudimentario latín de legionario de Barbus no bastaba y me hizo leer a Virgilio y los libros de historia de Tito Livio. Noche tras noche, Barbus me hablaba de las colinas de Roma, de sus curiosidades y sus tradiciones, de sus dioses y sus generales, de tal modo que un febril deseo de ir a la gran ciudad invadió mi espíritu. Ciertamente que yo no era sirio, sino un romano nativo, del linaje de Manilio y de Mecenas, a pesar de que mi madre era griega. Es evidente que no descuidé el aprendizaje del griego, pues a los quince años ya conocía varios poetas. Durante dos años mi preceptor fue Timaios de Rodas, que había sido comprado por mi madre después de los desórdenes de Rodas y que lo hubiese manumitido, pero éste se opuso a ello con acritud, manifestando que entre esclavo y libre no hay ninguna diferencia real porque la libertad se halla en el mismo corazón del hombre.
El amargado Timaios me enseñó filosofía estoica como complemento de los poetas que yo ya conocía. Menospreciaba mis estudios de latín porque, a su juicio, los romanos eran bárbaros y le guardaba...




