E-Book, Spanisch, 350 Seiten
Ward Fuego en el cuerpo
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-39-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 350 Seiten
ISBN: 978-84-17683-39-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
J. R. Ward es el pseudónimo de la escritora americana Jessica Bird. Es mundialmente conocida por ser la autora de la prestigiosa serie de novelas La hermandad de la Daga Negra. A lo largo de su carrera ha sido galardonada con numerosos premios, como el RITA o el de Romantic Times. Además, sus novelas han aparecido en múltiples ocasiones en la lista de los libros más vendidos del New York Times. Actualmente vive en el sur de Estados Unidos con su familia.
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1
Cruce de Harbor Street con 18th Avenue
Centro urbano de New Brunswick, Massachusetts
Alarma. Uno-nueve-cuatro-siete. Respondiendo, un coche de la estación 499 provisto de bomba y escala giratoria.
O, dicho de otra manera, la cita del viernes por la noche de Anne Ashburn había llegado a tiempo y la iba a llevar a un buen espectáculo. De acuerdo, «a tiempo» era el momento preciso en el que se había sentado a comer algo en la comisaría con el resto del equipo, y el «espectáculo» consistía en un incendio en un almacén en el que tendrían que ser mucho más que un miembro del coro. Pero si debía juzgar la salud de una relación en función de la constancia, el propósito y el significado que aportaba a la vida, entonces la lucha contra los incendios era el mejor compañero al que una mujer como ella podía aspirar.
Cuando el Engine Co.17 dobló la esquina hacia Harbor con la sirena y las luces encendidas, Anne echó un vistazo a la zona de asientos del vehículo. Había cuatro detrás de la cabina, dos orientados hacia delante y dos hacia atrás, separados por un pasillo lleno de engranajes. Emilio Amy Chavez y Patrick Duff Duffy estaban a un lado; Daniel Dannyboy Maguire y ella estaban en otro. En la cabina, Deshaun Doc Lewis, el ingeniero, iba detrás del volante, y el capitán Christopher Chip Baker —el hombre que se hallaba al frente del equipo—, en la parte trasera.
A ella le correspondía el apodo de «Sister», algo que tocaba sufrir cuando eras la hermana del gran jefe de bomberos Thomas Ashburn hijo, e hija del venerado íntegro —aunque luego resultara ser «no tan íntegro»— Thomas Ashburn padre.
Aunque no todo el mundo la llamaba así.
Se concentró en Danny, que miraba por la ventanilla abierta mientras el frío aire de noviembre le echaba el pelo negro hacia atrás, con los agotados ojos azules clavados en la nada. En los numerosos vaivenes del vehículo, sus rodillas se rozaban cada vez que pasaban por encima de tapas de alcantarillas, baches o intersecciones de raíles.
«Vale, vale… —quería decirle ella al destino—. Ya sé que él está allí. No tienes que seguir recordándomelo».
Aquel puto cabrón era un montón de cosas, la mayoría de las cuales no podría decir delante de su abuela, pero Danny sabía que odiaba que la llamaran «Sister», por lo que para él era solo «Ashburn». También la había llamado «Anne» una vez, una noche hacía tres semanas.
Sí, en aquel momento habían estado desnudos. ¡Oh, Dios…! ¿Por fin lo habían hecho?
—Voy a ganarte —le dijo él sin mirarla—. En cuanto volvamos.
—No existe la más mínima posibilidad de que ocurra eso. —Odiaba que él supiera que lo había estado mirando fijamente—. Todos lo saben, Dannyboy.
—De acuerdo. —Se volvió a mirarla—. Entonces te dejaré ganar, ¿qué te parece?
La sonrisa que acompañó las palabras fue lenta, sabia y pícara. Y el temperamento de ella se encendió al momento.
—Y una mierda. —Anne se inclinó hacia delante—. No pienso jugar contigo si haces trampa.
—¿Incluso aunque salgas victoriosa?
—Eso no es ganar.
—Mmm… Bueno, tendrás que explicármelo bien cuando volvamos. Mientras, seguiré con la idea de darte una paliza.
Anne sacudió la cabeza y clavó la vista en la ventanilla abierta.
El primer golpe en la pierna lo atribuyó a una curva. El segundo, el tercero y el cuarto no, evidentemente.
Miró a Danny de nuevo.
—Para…
—¿Qué pasa?
—¿Es que todavía no has crecido? —Cuando él se puso a sonreír, Anne supo exactamente en qué estaba pensando—. Me refiero a mentalmente, idiota.
—Estoy seguro de que he crecido por algunas partes. —Bajó la voz—. ¿En qué estás pensando?
Entre las sirenas y las ventanillas abiertas, nadie más podía escucharlos, y Danny nunca bromeaba si podían correr el riesgo de que los descubrieran. Pero, sí, Anne conocía ahora íntimamente su musculosa anatomía y sus tatuajes. Claro, que solo había sido una vez.
Por otra parte, para que algo resultara inolvidable solo hacía falta que ocurriera en una ocasión.
—Creo que estás loco —murmuró ella.
Entonces llegaron al escenario. El antiguo almacén era de principios del siglo xx, y se había convertido en una cáscara antigua e inútil; seis mil metros cuadrados de paneles de cristales rotos y vigas en estado de descomposición, donde el viento había hecho desaparecer los paneles del tejado. Las paredes exteriores eran de ladrillo, pero, dada la antigüedad del inmueble, los suelos y los tabiques interiores serían de madera. El incendio se había originado en la esquina noreste del segundo piso: desde allí salía un penacho de humo que inundaba el aire nocturno antes de ser arrastrado por el viento del sur.
Cuando sus botas tocaron el suelo, Anne se cerró la parte superior de la chaqueta. Se quitó la coleta que llevaba en lo alto de la cabeza y se reorganizó de otra forma el pelo, de forma que le quedara pegado a la nuca. El tono castaño todavía conservaba algunos mechones más rubios por efecto del sol del verano, pero tenía que cortárselo ya, así que esa luminosidad desaparecería bajo el filo de las tijeras.
Por supuesto, si fuera una mujer que se cuidara —como le gustaba decir a su madre—, matizaría el tono de su pelo durante los meses de invierno. Pero ¿quién demonios tenía tiempo para eso?
—Sister, tú y Amy seréis los encargados de limpiar el lugar de toxicómanos —ordenó el capitán Baker—. Mantenedlos alejados de ese rincón. Danny y Duff, ocupaos de las mangueras.
Mientras el capitán Baker seguía ladrando órdenes, ella se dio la vuelta. Ya tenía una misión y, hasta que la completara, no habría obstáculos insuperables ni cambios. Se le exigía que ejecutara esa orden en concreto, y ninguna otra.
—Ashburn, allí estarás a salvo.
Las palabras fueron dichas en voz baja, solo para sus oídos. Y cuando miró por encima del hombro, los ojos irlandeses de Danny no sonreían.
Un mal presentimiento hizo que se frotara la nuca.
—Sí, Maguire, y tú también.
—Pide tarta. Estaremos de vuelta antes de las diez.
Se alejaron a la vez en sentidos opuestos. Danny fue hacia las mangueras de la parte de atrás y ella se unió a Chavez. Le gustaba que la pusieran con Emilio. Tenía más de cuatro años de experiencia, la constitución recia de un todoterreno y el cerebro de un concursante de Jeopardy! Además, hacía todo lo que le ordenaban sin cuestionar nada. Una bendición, en serio.
Se acercaron al compartimiento que había en el exterior del vehículo, levantaron el panel protector de metal y sacaron las bombonas de aire. Después de cubrirse la cabeza con la capucha, Anne se la cerró con velcro, se abrochó la chaqueta y cargó la bombona de oxígeno a la espalda. A continuación, dejando que la máscara quedara colgando, se colocó el casco.
Avanzando junto a un lado del camión, abrieron otro compartimiento y ella se ató un hacha a la cadera, y se colgó también la radio y una linterna. Cuando Emilio estuvo listo a su vez, se pusieron los guantes y corrieron sobre la hierba llena de escarcha, saltando sobre un montón de escombros formado por desechos oxidados de automóviles, piezas de edificios variadas y basura. Las intermitentes luces rojas de los camiones formaban sombras voluminosas con aquellos movimientos sin gracia, pero el aire limpio que entraba y salía de su garganta era una de esas cosas que se aseguraba de disfrutar siempre. Pasaría un tiempo antes de poder respirarlo de nuevo.
Cuando llegaron a la puerta lateral, la cerradura estaba bloqueada, pero los paneles estaban tan sueltos como los dientes de un luchador de segunda.
—Yo me ocupo —dijo ella.
Se abalanzó sobre la puerta con todo su peso, tirando la frágil barrera con el hombro y abriéndola por completo. Cuando las astillas cayeron con estrépito, encendió el haz de luz del casco y echó un vistazo al interior. No vio lo que esperaba, algo que solía ocurrir, por lo general. Jamás se podía prever lo que se encontraría hasta que entraba, y esta vez, en lugar de con un espacio cavernoso, se habían topado con un pasillo. A ambos lados se abrían oficinas, estrechas y de techos bajos; el almacén había sido reutilizado para despacho de administrativos o, quizá, teleoperadores… Lo que fuera había sido una preocupación unos diez años atrás, pues ahora era un lugar inhabitable.
Emilio y ella tomaron direcciones opuestas y, a medida que avanzaban, Anne se encontró con equipos de oficina antiguos, de la época de Ally McBeal. Todo estaba roto, manchado de agua y cubierto de mierda, lo que explicaba que no hubiera sufrido ningún saqueo.
Allí no se veía fuego; no notaban calor, y el aire estaba limpio, sin humo. Por el contrario, el olor a podredumbre, orina y moho era tan denso que casi podía tocarse.
Hicieron un recorrido rápido por el laberíntico lugar mientras mantenían actualizada su posición a través de la radio según avanzaban y mientras iban oyendo ese tipo de cosas que se asimilan sin ser conscientes de haberlas escuchado bien.
—… cambio de viento. Sopla desde el noroeste.
—… acabo de lograr que se abra la ventilación del techo…
Lo primero lo registró con el fondo de su mente, pero no se preocupó por ello. El incendio era pequeño, el camión...




