E-Book, Spanisch, Band 268, 256 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Ward Quedan los huesos
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-15937-72-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 268, 256 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-15937-72-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Jesmyn Ward nació en 1977 en DeLisle, Misisipi, EE. UU. Cursó el Master of Fine Arts en la Universidad de Míchigan, donde ganó cinco premios Hopwood de ensayo, teatro y narrativa. Entre 2008 y 2010 consiguió la beca Stegner en la Universidad de Stanford, y en 2010-2011 la Universidad de Misisipi la nombró Escritora Residente Grisham. Con Quedan los huesos, su segunda novela, ganó el National Book Award en 2011, máximo galardón de las letras americanas, y el prestigioso ALEX Award en 2012.
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Día primero:
Nacer bajo una bombilla desnuda
arremete contra sí misma. Si no supiera lo que pasa, pensaría que intenta comerse las patas. Pensaría que está loca. Y lo está, en cierto modo. Solo se deja tocar por Skeet. Cuando era una cabezona cachorra de pitbull, robaba todos los zapatos que había por casa, aquellas deportivas negras que nos compraba mamá porque disimulan la suciedad y resisten hasta que se quedan raídas de tanto uso. Las sandalias olvidadas de mamá, con sus tacones gastados y teñidas de rosa por el barro rojo que rezumaban, eran las únicas distintas. los escondía todos debajo de los muebles, detrás del váter, hacía montones y se echaba a dormir encima. Cuando la perra ya tuvo edad para correr y bajar brincando por los escalones sin ayuda, sacaba los zapatos y los metía debajo de la casa en zanjas poco profundas. Se ponía tiesa como un pino cuando se los intentábamos quitar. Ahora está dando de la misma manera en que antes quitaba, obsequiando donde antes robaba. Está pariendo cachorros.
Lo que hace no se parece nada a lo que hizo mamá cuando tuvo al menor de mis hermanos, Junior. Mamá dio a luz en la casa en la que nos tuvo a todos, aquí, en este hueco del bosque que su padre despejó y en el que edificó, y que ahora llamamos el Hoyo. Yo, la única chica y, a mis ocho años, la menor, no pude ayudar, aunque papá nos contó que ella le dijo que no necesitaba ayuda. Papá nos contó que Randall, Skeetah y yo llegamos deprisa, que mamá nos tuvo a todos en su cama, bajo la ardiente bombilla desnuda, así que cuando le llegó el momento a Junior pensó que podría hacer lo mismo. No fue así. Mamá se puso en cuclillas, chilló casi al final. Junior salió morado y azul como una hortensia: la última flor de mamá. Y así fue como tocó a Junior cuando papá se lo puso encima: suavemente, con las yemas de los dedos, como si temiese sacudirle el polen y malograr la floración. Dijo que no quería ir al hospital. Papá la llevó a rastras desde la cama hasta su camioneta, dejando a su paso un reguero de sangre, y jamás la volvimos a ver.
Lo que hace es pelear, que es para lo que nació. Pelear contra nuestros zapatos, contra otros perros, contra estos cachorros que se estiran para llegar al exterior, ciegos y mojados. suda y los chicos resplandecen, y a través de la ventana del cobertizo veo a papá, que tiene el rostro brillante como el destello de un pez en el agua cuando pega el sol. Hay silencio. Pesadez. Es como si debiera estar lloviendo, pero no llueve. No hay estrellas, y las desnudas bombillas del Hoyo arden.
–Apártate de la entrada. La estás poniendo nerviosa. –Skeetah es la viva imagen de papá: oscuro, bajo y delgado. Tiene un cuerpo nudoso, con músculos como cuerdas. Es el segundo, tiene dieciséis años, pero para es el primero. Solo tiene ojos para él.
–Si no nos hace ni caso –dice Randall. Es el mayor, diecisiete años. Más alto que papá, pero igual de oscuro. Tiene los hombros estrechos y unos ojos que parece que quieren saltar de su cabeza. En el instituto le toman por imbécil, pero cuando está en la cancha de baloncesto se mueve como un conejo, todo él veloz elegancia y largas ancas. Cuando papá caza, siempre animo a los conejos.
–Necesita espacio para respirar. –Las manos de Skeetah se deslizan sobre el pelaje de , y se inclina para escuchar su barriga–. Tiene que relajarse.
–Pues de relajada no tiene un pelo. –Randall está a un lado de la entrada abierta, sosteniendo la sábana que Skeetah ha clavado a modo de puerta. Skeetah ha estado durmiendo toda esta semana en el cobertizo, esperando el momento del parto. Yo, cada noche, me he quedado esperando a que apagase la luz, y cuando sabía que estaba dormido he ido al cobertizo por la puerta trasera, me he plantado donde estoy ahora y le he echado un vistazo. Siempre me lo encontraba dormido, su pecho pegado al lomo de . Se enroscaba alrededor de como una uña alrededor de la carne.
–Quiero ver. –Junior está abrazado a las piernas de Randall, asomándose para ver pero sin atreverse a meter nada más que la nariz. Por lo general, pasa del resto de nosotros, y Junior por lo general pasa de ella. Pero tiene siete años, y siente curiosidad. Cuando el chico aquel de Germaine trajo su pitbull macho al Hoyo hace tres meses para cruzarlo con , Junior se puso en cuclillas encima de un bidón de aceite que daba sobre la perrera improvisada, una vieja plataforma de camioneta suelta hincada en la tierra y cubierta con alambrera, y miró. Cuando los perros se quedaron acoplados se tapó la cara con los brazos, pero aun así se negó a moverse cuando le grité que se metiera en casa. Se chupaba el brazo y jugaba con el colgajo de piel de su oreja, como hace cuando ve la televisión o justo antes de caer dormido. Una vez le pregunté por qué lo hace, y lo único que me dijo fue que suena como el agua.
Skeetah pasa de Junior porque está volcado con como se vuelca un hombre con una mujer cuando siente que es suya, y lo es. Randall no dice nada, pero extiende la mano sobre la puerta para bloquearle el paso a Junior.
–No, Junior. –Estiro la pierna para completar la valla que le impide acceder a la perra, al amarillo cordón de moco que se va encharcando en el suelo debajo del trasero de .
–Déjale ver –dice papá–. Ya tiene edad para enterarse de estas cosas. –Su voz es una voz en la oscuridad y orbita por el cobertizo. En una mano tiene un martillo, en la otra, un puñado de clavos. le odia. Yo me relajo, pero Randall no se mueve y Junior tampoco. Papá se aleja girando como un cometa en la oscuridad. Se oye el ruido de un martillo que golpea metal.
–Con él se pone tensa –dice Skeetah.
–Quizá deberías ayudarla a empujar –digo. A veces pienso que eso fue lo que mató a mamá. La veo ahí, la barbilla pegada al pecho, esforzándose por expulsar a Junior y Junior enganchado a sus entrañas, agarrándose a todo lo que pillaba para quedarse dentro y sacándolo todo fuera al nacer.
–No necesita ayuda para empujar.
Y así es. Sus costados se estremecen. Gruñe; su boca, una raya negra. Tiene los ojos rojos; el moco empieza a salir rosa. se tensa toda entera y hay un millón de canicas bajo su piel, y de pronto parece que se está volviendo del revés. En su abertura veo un bulbo purpúreo. está floreciendo.
Si alguno de los colegas de borrachera de papá le hubiese preguntado qué está haciendo esta noche, le habría dicho que se está preparando para el huracán. Es verano, y en verano siempre hay un huracán que llega o se marcha de aquí. Se abren paso por el llano del Golfo hasta llegar a los más de cuarenta kilómetros de la playa artificial del Misisipi, donde chocan contra las viejas mansiones de verano, con sus galeras de esclavos convertidas en casas de huéspedes, antes de cruzar el 1 a través de los pinos y perder fuelle, soltar lluvia y morir en el norte. La mayoría ni siquiera nos azota ya de frente; casi todos giran a la derecha hacia Florida o a la izquierda hacia Texas, pasan y nos rozan como la manga de una camisa. No venía uno derecho hacia nosotros hacía años, tiempo suficiente para olvidar cuántas garrafas de agua debemos llenar, cuántas latas de sardinas y carne en conserva tenemos que almacenar, cuántas cubas de agua necesitamos. Pero en la radio que papá tiene puesta a todas horas en la camioneta aparcada, les he oído hablar de esto hoy mismo. Cómo, según los meteorólogos, en el Golfo se acababa de disipar la décima depresión tropical, pero que al parecer se está formando otra alrededor de Puerto Rico.
Así que hoy papá me despertó dando golpes por la pared de fuera del dormitorio que comparto con Junior.
–¡Despertad! Tenemos trabajo.
Junior se dio media vuelta en su cama y se acurrucó contra la pared. Yo me quedé sentada lo suficiente como para que papá creyese que iba a levantarme, y luego volví a acostarme y me adormilé. Cuando me desperté al cabo de dos horas, la radio de papá sonaba en la camioneta. La cama de Junior estaba vacía, su manta, en el suelo.
–Junior, ve a por el resto de las garrafas de aguardiente.
–Debajo de la casa no hay ninguna, papá.
Al otro lado de la ventana, papá arrojó su lata de cerveza contra la panza de la casa. Junior le tiró de los pantalones cortos. Papá hizo otra seña, y Junior se acuclilló y se deslizó por debajo de la casa. Los bajos de la casa no le asustaban como me habían asustado a mí de pequeña. Junior desaparecía durante tardes enteras entre los bloques de hormigón que la sostenían, y solo salía cuando Skeetah amenazaba con mandar a a buscarle. Una vez le pregunté a Junior qué hacía ahí debajo, y lo único que me dijo fue que jugaba. Me lo imaginaba cavando como un perro agujeros donde dormir, tumbándose boca arriba en la arenosa tierra roja y escuchando el trasiego de nuestros pies por las tablas del suelo.
Junior tenía un buen brazo, y de los bajos de la casa salían rodando botellas y latas como bolas de billar. Se detenían al chocarse contra la herrumbrosa tina para vacas que papá había rescatado del vertedero en el que desguaza metal. La había traído a casa el año pasado para...




