Wassmo | La habitación muda | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: Letras Nórdicas

Wassmo La habitación muda


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16440-33-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: Letras Nórdicas

ISBN: 978-84-16440-33-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La habitación muda es la segunda parte de la Trilogía de Tora que comenzó con la fantástica y exitosa novela La casa del mirador ciego. Si la primera parte recibió el Premio de la Crítica de Noruega, esta segunda parte recibió el prestigioso Premio de los Libreros. En esta novela asistiremos a la adolescencia de Tora. La primera parte terminaba con el ingreso en prisión de su padrastro, Henrik, y poco a poco Tora empezará a deshacerse de su miedo, empezando a vivir con normalidad y renovando el contacto con su madre. Pero Henrik saldrá de la cárcel... Con un estilo narrativo que nos atrapa desde la primera página, Wassmo nos lleva de nuevo a la Isla y a la vida de sus habitantes en la Noruega de los años cincuenta y sesenta. Los habitantes de la isla apenas hablan, ocultando sus sentimientos bajo un caparazón de hielo. Todo sucederá en el interior, dentro de las casas y de las personas.

Herbjørg Wassmo. Escritora noruega. Trabajó como profesora en el norte del país. Es una de las narradoras más importantes de los países nórdicos y el éxito le llegó con su primera novela, La casa del mirador ciego, primera parte de la Trilogía de Tora, que ahora publicamos y a la que seguirán las otras dos entregas. Este libro fue nominado al Premio de Literatura del Consejo Nórdico y obtuvo el Premio de la Crítica. Con la segunda parte ganó el Premio de los Libreros y, finalmente, en 1987 consiguió el premio del Consejo Nórdico con el último libro de la trilogía. Wassmo, además, recibió en 1998 el Premio Jean Monnet. Entre sus obras destaca también la Trilogía de Dina, que fue llevada al cine en 2002.
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I

¡Estruendo! ¡Estruendo y más estruendo! Su corazón era un monstruo que la engullía.

Intentó incorporarse. Quiso recolocarse la almohada detrás de la espalda para ayudar al cuerpo a adoptar una postura erguida. Pero no encontró ninguna almohada.

¡Aire! Se reclinó contra el cabecero de la cama para acelerar la inhalación.

Creía que estaba en el dormitorio del desván de Bekkejordet, en casa de la tía Rakel y el tío Simon. En la cama blanca. Con la lámpara rosa en la mesilla a su vera. ¡Sin duda! Reconocía el sitio. Pero no...

La boca se le abrió del todo. Jadeó. Se sintió un poco mejor. Qué raro que la lamparilla rosa luciera esta noche de modo tan inquieto. Se agitaba como una aurora boreal... o...

¿Dónde se encontraba? Cara y garganta. Sudor. Un olor agrio y sofocante. Y resultó que no estaba en Bekkejordet y que tampoco era la lamparilla. Era la caja. La caja junto a la pared del almacén de Tobias. Se había deslizado de la caja. Y junto a la puerta estaba la cara de él, que crecía hacia ella y se filtraba hacia el interior de su corazón estruendoso. Crecía más y más. Notó que estaba a punto de rendirse, que simplemente se iba a entregar. Pero no, no podía hacer eso.

¿Sería entonces que estaba muerto? ¡Eso! Lo levantaron y lo tumbaron sobre la puerta que habían descolgado de las bisagras, intentaban reanimarlo. Intentaban sacarle el agua salada. ¡Pero no lo conseguían! Nadie lo conseguía. Porque Tora había dejado que flotara entre los racimos de algas. Había dejado que se ahogara. Nunca volvería a bañarse en el mar. Si tan solo pudiera recuperar la respiración...

—Querido Dios, recuerda que no llevaba más que calcetines. Avanzaba muy despacio... por eso no llegué a tiempo...

Él había recuperado la cara y esta relumbraba azulada hacia ella; viejas raíces de barba oscura. Tenía los ojos cerrados, pero abiertos. Tora veía claramente sus dientes blancos y fuertes entre los labios azulados y medio abiertos. ¡Así que estaba muerto!

Ahora se encontraba en lo alto del andamio del edificio del muelle del tío. El viento le acariciaba la piel, por todas partes. Y las botas caían y caían. ¿Caían? No, era ella la que caía. Caía hacia el interior del arco iris, hacia el interior de los sonidos de la flauta, hacia el fuego. Pero era él quien estaba muerto.

¿Sería que las personas no podían ver morir a alguien sin deshacerse de lo malo que se interponía entre ellas?

¡Entonces no podía estar muerto!

Por fin pudo mirarle a la cara sin volverse hacia otro lado. Era una cara normal de hombre, como las que veía en el Pueblo todos los días. La cara de un hombre cualquiera. Completamente normal... y de esas de las que había que defenderse.

Y por fin recuperó la respiración. Poco a poco su corazón se fue calmando. Todo desapareció en una oscuridad rotante y vaporosa.

Entendió que se encontraba junto a la encimera de la cocina. Su madre mantenía un paño sobre su cara. Las náuseas no suponían un problema. Ya las había sentido antes. Agarró la mano de su madre y no quería soltarla. Tenía la sensación de que en la habitación flotaban muchas palabras que nadie había pronunciado. La oscuridad del exterior era como una pared contra la ventana abierta. Sentía una corriente bendita. Fresca. Saludable.

La madre estaba pálida, pero no desconcertada. Tenía algo que hacer. Se había enfrentado a cosas peores que un desmayo.

Ese fue el día en que vinieron a buscar a Henrik Toste y se lo llevaron a presidio por incendiar la factoría y los dormitorios para pescadores de Simon Bekkejordet. Fue el día en que Tora le contó a Ingrid que las bayas de Veten estaban maduras.

Los almacenes de Simon no estaban en llamas y ella no se encontraba en la alcoba de Bekkejordet, sino junto a la desgastada encimera de la cocina del Hormiguero. Tora se apoyó pesadamente contra el mueble. En torno a los tiradores de las puertas de los armarios ya no quedaba pintura. La madre prefería restregarla y dejar la madera desnuda antes que ver la suciedad vieja.

Hasta ese momento Tora no entendió lo que había sucedido. Aquello le reventó la realidad. Durante media hora fue incapaz de hablar. Ingrid se lo tomó con calma e iba y venía. En tres ocasiones cogió agua fría y fresca del grifo y se la dio a beber a su hija aunque ella no lo pidiera.

Sobre las seis, la mujer empezó a prepararse para el turno de noche en la fábrica de fileteado. Fue cogiendo sus cosas con calma y su voz sonó normal cuando le pidió a Tora que se quedara tumbada hasta que volviera. Tora asintió con la cabeza. Tenía las mejillas coloradas. A Ingrid le inquietaba tanto color. No era propio de Tora. ¿Quizá debería llamar al médico a pesar de todo?

¿Debería mandar recado a la fábrica para que buscaran a alguien que la sustituyera esa noche? Pero no, esa noche no. Tenía que pasar el trago. ¡Precisamente esa noche! Así tendría que ser y Tora tendría que apañarse por su cuenta. Era fuerte.

—¿No tendrás fiebre?

—¿Fiebre? ¿Por qué? —la voz de Tora sonó apagada, pero no como para pensar que fuera algo realmente serio.

—Bueno, porque entonces debería quedarme en casa, ¿no?

—No, no tengo fiebre.

Tora comprendía.

Elisif la del desván había mandado a Sol con una nota para Ingrid. Decía que si Ingrid necesitaba edificarse, esa misma noche estaba invitada a arrodillarse en el templo. Ingrid no contestó y acudió al turno de noche de la fábrica al que estaba apuntada.

Bajó tan aprisa al Pueblo que llegó sudando, pese a que no había lugar al que tuviera menos ganas de ir. Se puso el delantal blanco y el pañuelo. Solo le tembló un poco la mano cuando se sentó ante la mesa con las cajas y el celofán. Todos los ojos se fueron volviendo hacia ella a medida que las chicas se fueron sentando.

Luego llegaron los hombres, también ellos tenían ojos. Ingrid no levantaba la vista. Simplemente esperaba, con la mirada clavada en la plancha de acero.

Su rostro era una máscara.

Si hubiera levantado la vista, quizá habría encontrado alguna mirada que ni era hostil ni se regodeaba en su desgracia. Pero Ingrid había colocado una cápsula a su alrededor.

Esperaba sentada, con la espalda encorvada, y entonces llegó el pescado.

Y ella aceleró el ritmo y se transformó en un demonio. Ya en la primera pausa de cinco minutos le pidieron de malas maneras que bajara el ritmo. Una chica joven y sin experiencia sustituía a Grete. Anlaug se llamaba. Pero Ingrid pensó: Que se apañe sola. Que se espabile. Que aprenda ella también las leyes del Pueblo.

Una vez pasadas las cinco horas del turno, Ingrid cogió su abrigo junto con las otras tres mujeres de su cuadrilla de empaquetado. Hansine se tambaleó un poco al ponerse los botines de goma. Estaba bastante pálida.

—¿Estás enferma? —le preguntó Anlaug.

Ingrid notó que Frida la miraba de reojo. Se dio prisa al ponerse el pañuelo y enroscó la tapa al termo con los dedos rígidos. Había algo en el ambiente.

—No, enferma exactamente no estoy. Solo cansada —Hansine se apoyó contra la pared. Ingrid vio que le corrían lágrimas por sus mejillas grises; fue como si eso la despertara. Algo se le removió por dentro. Algo que llevaba mucho tiempo aplastando.

Claro que había visto la tripilla redondeada de Hansine. Estaba ya de cinco o seis meses y tenía otros tres críos de antes. Los había tenido muy seguidos. Apenas hacía un año que se había incorporado tras su último parto. Ingrid recordaba que, al principio, se había sacado leche del pecho en las pausas de cinco minutos. Hansine estaba llorando.

—Ven conmigo, anda, que te llevo a casa en bicicleta —dijo Frida cogiendo las cosas de Hansine y metiéndolas en su bolsa de redecilla.

Las severas miradas se clavaron en la nuca de Ingrid. Notó su escozor. Quiso volverse y decirles que era verdad que había acelerado el ritmo gratuitamente. Quiso tenderles la mano. Pero no fue capaz. Nunca había sido una de ellas. Tampoco se entrometía. Quería demostrarles que podía estar fuera y apañarse igualmente. Luego cayó en la cuenta de que era así como las dividían, aquellos que siempre ganaban con todo. La gente como el Dahl.

En cuanto los buques zarpaban con un número determinado de toneladas de filetes a bordo, cerraban el monedero. Era verdad lo que predicaba Grete: ¡empaquetabas por un sueldo de mierda a no ser que trabajaras con la lengua fuera!

Eran ellos los que impedían que las amistades sobrevivieran en la angosta sala de café llena de humo, con su mesa de Respatex desnuda y su cenicero de metal calcinado con el dibujo de la Fábrica de Cerveza de Bodø. Eran ellos los que procuraban que faltara tiempo para dedicarse alguna palabra amable. ¡Solo dejaban lugar para la lucha por mantener el ritmo! ¡Ay, Ingrid!, decía una voz en su interior. ¿De verdad se trata de eso esta noche? ¿Estás siendo honesta? ¿No será más bien que te encierras en tu propia y espléndida amargura y haces sufrir a las demás? Si no hubieras subido el ritmo, quizá habrían puesto el pescado a refrigerar y habría dado para dos turnos, y Hansine se habría podido ir a casa para hacer la colada y después descansar su espalda.

Tenía tan poca importancia que acelerara el ritmo. Tenía tan poca importancia...

Ingrid se fue hacia casa. No miró hacia atrás... para ver cómo iban las otras tres. Sabía que estaban hablando, con sus voces nocturnas, bajas y oxidadas,...



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