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E-Book, Spanisch, 176 Seiten
Watzlawick El lenguaje del cambio
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-254-2929-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Nueva técnica de la comunicación terapéutica
E-Book, Spanisch, 176 Seiten
ISBN: 978-84-254-2929-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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Las características esenciales del lenguaje de la comunicación terapéutica, ya conocidas por los presocráticos, han sido objeto, a lo largo de las últimas décadas, de penetrantes investigaciones en diversos aspectos de la vida y de la experiencia humanas. Lo que aflora a la superficie, procedente de aquellos ámbitos que por su singular y extraño carácter se consideran zonas profundas de nuestra mente, se traduce posteriormente en la conversación terapéutica al lenguaje de la razón y de la conciencia. Según Watzlawick, es este oscuro y, a menudo, extravagante lenguaje el que ofrece la llave hacia aquellas zonas en las que verdaderamente puede producirse el cambio terapéutico. El autor, una de las figuras clave en el desarrollo de la Teoría de la comunicación humana y referente imprescindible en el campo de la terapia familiar y sistémica, ofrece al lector una gramática introductora que permite captar la esencia de este lenguaje del cambio y aplicarlo posteriormente a aquellos pacientes que sufren bajo el peso de su concepción del mundo.
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A TÍTULO DE INTRODUCCIÓN
Se puede quitar a un niño las verrugas, mediante el recurso de «comprárselas». Para ello, se le da una moneda por su verruga y luego se declara que ya es de la persona que la ha comprado. Generalmente, el niño pregunta, divertido o extrañado, cómo se le puede quitar la verruga y entonces se le responde simplemente que no tiene que preocuparse, que la verruga misma se irá pronto, y por sí misma, al nuevo propietario.
Aunque es bien conocida, desde tiempos remotos, la eficacia de toda clase de tratamientos mágico-supersticiosos de las verrugas, no existe —y en concreto para el mencionado ejemplo— una explicación científica. Retengamos esto: sobre la base de una interacción simbólica absolutamente absurda, se produce un resultado totalmente concreto. Se contraen los vasos sanguíneos que irrigan esta excrecencia de origen viral y en definitiva se reseca el tejido, como consecuencia de una insuficiencia de oxígeno. Es decir, la aplicación de una comunicación interpersonal específica lleva aquí no a un cambio de opinión, de intenciones o sentimientos del compañero de diálogo, tal como puede observarse y conseguirse miles de veces en la vida cotidiana, sino a un cambio corpóreo que «normalmente» no puede producirse de forma voluntaria.
Y a la inversa, es bien sabido que los fenómenos psíquicos nos causan enfermedades físicas, que pueden, por así decirlo, inducirnos la enfermedad por hipnosis propia sin saber —al igual que nuestro Monsieur Jourdain— que dominamos y hablamos esta «prosa» patológica en la comunicación con nosotros mismos. Lo cual equivale también a decir que —fieles al principio similia similibus curantur— tiene que ser posible poner este mismo lenguaje al servicio de la curación.
O, para expresar esta reflexión con palabras algo diferentes: existen innumerables ejemplos que muestran la eficacia — determinante, amenazadora o salvadora— que pueden tener las emociones, concepciones, esperanzas y, sobre todo, las influencias de otros hombres. No es preciso aducir aquí los casos excepcionales y exóticos, tales como las consecuencias concretas de maldiciones dramáticas que se dan, por poner un ejemplo, en el fenómeno de la muerte vudú, o los resultados, muchas veces increíbles, conseguidos por los curanderos, para comprender que tiene que existir un «lenguaje» que causa estos efectos. Es, por consiguiente, razonable admitir que este lenguaje puede investigarse y aprenderse, al menos dentro de unos ciertos límites1.
En consecuencia, este aprendizaje y su aplicación pasa a convertirse en objetivo evidente y urgente de una terapia que concede importancia al poder concreto, casi diríamos manual, y que saluda con escepticismo los entusiasmos esotéricos de algunas modernas doctrinas psicoterapéuticas. Y, yendo todavía más lejos, me atrevería incluso a afirmar que, a la hora de aplicar este lenguaje, es secundario que el terapeuta se adscriba a esta o aquella teoría terapéutica, y más aún, que probablemente la mayoría de los asombrosos e inesperados resultados del tratamiento, para los que las correspondientes teorías no ofrecen explicación suficiente y que, en cierto modo no «deberían» propiamente haberse producido, deben atribuirse al empleo impremeditado y casual de este tipo de comunicación.
Se sabe desde hace mucho tiempo que la comunicación es conditio sine qua non de la existencia humana. Así por ejemplo, el padre Salimbene de Parma, cronista de Federico II, nos informa de un experimento, llevado a cabo por orden personal del emperador, con la intención de hallar una respuesta a la pregunta de cuál sería el lenguaje primitivo y natural de los hombres. Con este fin, ordenó que se pusiera un cierto número de recién nacidos bajo los cuidados de nodrizas a las que se dio la orden estricta de atender con esmero a los niños, de modo que nada les faltara, pero cuidando mucho de no dirigirles nunca la palabra ni hablar con otros en su presencia. Mediante la creación de este vacío lingüístico esperaba Federico poder comprobar si los niños comenzaban a hablar espontáneamente griego, latín o hebreo. Lamentablemente, el experimento no llevó a ninguna conclusión. En palabras de Salimbene, «fue un esfuerzo inútil, porque todos los niños murieron» [87]. Como es sabido, siete siglos más tarde René Spitz aportó, gracias a sus estudios sobre marasmo y hospitalismo [99] la explicación moderna del catastrófico final de aquel excurso imperial en la psicolingüística2.
Por lo demás, ya quince siglos antes de Federico II se sabía que el lenguaje puede influir en estados de ánimo, opiniones, comportamientos y, sobre todo, en las decisiones. Basta recordar la alta estima que los presocráticos sentían por la retórica y por los recursos sofísticos que empleaba. Tiene aquí particular interés el hecho de que la retórica, en cuanto sistema conceptual cerrado3, fuera una notable precursora de la moderna investigación de la comunicación, en cuanto que no se refería a un tema, un contenido o una doctrina determinados, sino que formaba una disciplina por sí misma; del mismo modo que el estudio de la pragmática de la comunicación [107] no se concibe como supeditada al contenido y el significado de un intercambio de información, sino como referida al fenómeno de la comunicación en sí 4. Pero justamente esta aparente falta de contenido es considerada —entonces, y a veces también en nuestros días— como elemento perturbador. La imposibilidad de subordinar la retórica a una disciplina concreta superior y las afirmaciones de sus representantes de que el hombre versado en retórica puede entablar una controversia con cualquier especialista de una materia determinada y salir victorioso de ella, tenían, por fuerza, que suscitar profunda desconfianza. Aquí podría encontrarse una de las razones principales de por qué un Sócrates por ejemplo se pronunció radicalmente en contra de los retóricos y los sofistas. Aristóteles, en cambio, mostró alta estima por la retórica y la consideraba —como diríamos hoy día— una forma de comunicación entre un hombre de prestigio, de elevada posición y alta credibilidad y el destinatario de sus manifestaciones, cuyo espíritu queda transformado por ellas. Esta forma de influir, tan libre de todo reproche ético, es la que expone prácticamente Aristóteles, con notable amplitud, en su Retórica a Alejandro, en la que se encuentran pasajes de sorprendente impertinencia y de maquiavélico cinismo.
Pero de entre todos los pensadores de aquella época, el que más se acercó al moderno concepto de comunicación terapéutica fue tal vez Antifonte de Atenas (480-411). Cierto que es muy poco lo que se sabe sobre su vida y su persona. Ni siquiera consta con certeza que Antifonte el sofista y Antifonte el terapeuta fueran la misma o distintas personas. En cualquier caso, han llegado hasta nosotros fragmentos según los cuales Antifonte fue el inventor de un «arte consolatorio» y consideró posible la elaboración de un sistema conceptual cerrado para influir, mediante el lenguaje, en los hombres. Fue, pues, el precursor de nuestra moderna pragmática, en cuanto que, al parecer, su objetivo principal consistía en conseguir la comprensión conceptual y la aplicación terapéutica de las reglas de la interacción lingüística. Con esta finalidad, dejaba primero que los enfermos hablaran de sus padecimientos y luego les ayudaba con una forma de retórica que utilizaba tanto la forma como el contenido de las manifestaciones del enfermo, de tal modo que en un sentido absolutamente moderno, las ponía al servicio de la reestructuración de lo que el enfermo tenía por «real» o «verdadero», es decir, al servicio de una modificación de aquella concepción del mundo que le hacía sufrir. Sobre él nos informa Plutarco:
Mientras se hallaba ocupado en el estudio de la poética, descubrió un arte para liberar de los dolores, del mismo modo que existe un tratamiento médico para los enfermos. Se le asignó una casa en Corinto, junto al ágora, en la que puso un anuncio, según el cual podía curar a los enfermos por medio de palabras [79].
De parecida forma. Platón en su conocido diálogo nos presenta a Gorgias, que se gloría:
Muchas veces visité con mi hermano y otros médicos a un enfermo que no deseaba tomar alguna pócima, o que no quería que los médicos le sajaran o cauterizaran, y aunque el médico no lograba convencerle, conseguía yo persuadirle, sin otra ayuda que la de la retórica [76].
A Platón mismo se le considera el padre de la catarsis, es decir, de la purificación y convicción del alma mediante el lenguaje. Es indudable que ya Platón y los médicos hipocráticos explotaban aquí básicamente el efecto de la descarga producida por la reacción de los sentimientos. En el siglo III a.C. los estoicos especialmente aceptaron este principio y lo situaron en el centro de la teoría según la cual todas las perturbaciones del alma y los oscurecimientos de la luz eterna de la razón, inherentes a ellas, deben atribuirse al efecto —opuesto a la razón— de los sentimientos.
En el siglo I d.C. aporta Quintiliano, en sus Instituciones oratorias una importante —y también aquí muy moderna— contribución mediante la introducción del concepto de retórica somática, es decir, de oratoria corpórea. Se refiere con esta expresión a los «recursos estilísticos», tanto ópticos como acústicos, del orador, cuyo exacto conocimiento aumenta su capacidad de persuasión y que han vuelto a ser, por así decirlo,...




