Waugh | Un puñado de polvo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 272 Seiten

Waugh Un puñado de polvo


1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8764100-9
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 272 Seiten

ISBN: 979-13-8764100-9
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una farsa con ecos de tragedia clásica. Un retrato feroz y elegantemente cruel de una sociedad en decadencia, una mezcla magistral de sarcasmo, melancolía y brutalidad narrativa, donde cada línea se revela un dardo envenenado.

Tony Last siempre ha vivido en el campo. De hecho, está enamorado de Hetton Abbey, la mansión ancestral de su familia en la campiña inglesa, edificada en falso estilo gótico victoriano. Su vida transcurre con tranquilidad en su papel de caballero rural a la vieja usanza. En cambio, su esposa, Lady Brenda Last, obsesionada con la reputación social y el brillo de los bailes, padece de un aburrimiento terminal. La aparición de John Beaver, parásito y comensal profesional, desencadena el desastre familiar. Cautivada por su labia metropolitana, Brenda empieza un affaire de lo más mundano con él y hasta se compra un apartamento en Londres. Resignado a la nueva situación y tristemente abocado al divorcio, Tony recurre a un explorador al que acaba de conocer y se une a una expedición en busca de una ciudad perdida en la selva brasileña. En tierras americanas, en vez de la redención, se topará con la desgracia.

Un puñado de polvo es una descarnada sátira de la decadente aristocracia británica de entreguerras, una obra maestra de la narrativa inglesa del siglo XX, que presentamos en nueva traducción.

CRÍTICA

«La novela más madura y mejor escrita de Evelyn Waugh.» -The New Stateman

«Una historia trágica e hilarantemente divertida que parece avanzar sin ayuda de su autor... Sin duda, el mejor libro que ha escrito el Sr. Waugh.» -Saturday Review

«Waugh trata la sociedad como un país de las maravillas en el que interpreta el papel de una Alicia grosera, libertaria, y sin embargo, doméstica.» -V. S. Pritchett

«El más genial escritor satírico de nuestro tiempo.» -Gore Vidal

«El único genio cómico de primer orden desde Bernard Shaw.» -Edmund Wilson

«Un autor infinitamente fascinante.» -Elloise Millar, The Guardian



Evelyn Waugh nació en Londres en 1903. Estudió en Oxford y con veintisiete años se convirtió a la fe católica. Viajó como corresponsal a diferentes países de África y Sudamérica, y durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el Cuerpo Real de Marines y en la Royal Horse Guard, experiencia que inspiraría su trilogía Espada de honor (1952-1961, de próxima publicación en Impedimenta). Entre sus novelas cabe destacar Un puñado de polvo (1931), ¡Noticia bomba! (1938) y Los seres queridos (1948). En 1945, con la publicación de Retorno a Brideshead, dio comienzo su periodo de mayor éxito, durante la que publicaría la novela semiautobiográfida La odisea de Gilbert Pinfold (1957; próximamente en Impedimenta). Falleció en 1966 en Combe Florey, en Somerset.
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UNO

DU CÔTÉ DE CHEZ BEAVER

¿Ha habido algún herido?

—Nadie, por suerte —dijo la señora Beaver—, salvo dos criadas que perdieron el juicio y saltaron al patio por el techo de cristal. Pero no corrían peligro. El fuego no llegó a alcanzar los dormitorios, me temo. Aun así, van a necesitar reformas, está todo tan negro y empapado, y por suerte tenían una de esas antiguallas de extintores que lo arruinan todo. No se puede una quejar, la verdad. Las habitaciones principales se han echado a perder por completo, y todo estaba asegurado. Sylvia Newport tiene los contactos. Tengo que localizarlos esta mañana antes de que la abominable señora Shutter me los arrebate.

La señora Beaver permanecía en pie de espaldas al fuego, saboreando su yogur matutino. Sostenía el envase justo debajo de la barbilla y engullía su contenido con una cuchara.

—Cielos, qué cosa tan repugnante. Ojalá te aficionaras, John. Últimamente pareces muy cansado. No sé cómo aguantaría yo el día entero sin esto.

—Pero, mami, yo no tengo tanto que hacer como tú.

—Eso es cierto, hijo mío.

John Beaver vivía con su madre en la casa de Sussex Gardens a la que se habían trasladado tras el fallecimiento de su padre. Casi nada en ella recordaba a los interiores de austera elegancia que la señora Beaver ofrecía a sus clientes. Allí se amontonaban, procedentes de dos casas más grandes, muebles invendibles y sin pretensiones de época, mucho menos de la presente. Los mejores, y los que tenían valor sentimental para la señora Beaver, se habían guardado en el salón en forma de L del piso superior.

Beaver ocupaba una oscura salita (en la planta baja, detrás del comedor) con su propio teléfono. Una anciana sirvienta se encargaba de su ropa. También limpiaba el polvo, abrillantaba y mantenía en orden simétrico, en su mesita y sobre la cómoda, la colección de sombríos y voluminosos objetos que su padre había guardado en el vestidor: regalos indestructibles con ocasión de su boda y su vigésimo primer cumpleaños, objetos de marfil rematados en cobre, forrados en piel y con sellos dorados que evocaban una costosa masculinidad eduardiana; petacas para ir a las carreras o a cazar, estuches de puros, tarros de tabaco, frascos de perfume, sofisticadas pipas de sepiolita, abotonadores y cepillos para sombreros.

Tenían cuatro sirvientas, todas mujeres y todas ancianas, salvo una.

Cuando le preguntaban a Beaver por qué seguía en casa en lugar de independizarse, a menudo respondía que pensaba que su madre apreciaba tenerlo cerca (a pesar de su actividad comercial, se sentía sola); otras veces, que así se ahorraba, como mínimo, cinco libras a la semana.

Sus ingresos totales oscilaban en torno a las seis libras semanales, así que se trataba de un ahorro considerable.

Tenía veinticinco años. Después de terminar su etapa en Oxford, había trabajado en una agencia de publicidad hasta que comenzó la recesión. Desde entonces, nadie había sido capaz de encontrarle ocupación alguna. Así que se levantaba tarde y se sentaba junto al teléfono casi todo el día, esperando a que alguien le llamara.

Cuando podía, la señora Beaver se tomaba una hora libre a media mañana. Llegaba a su tienda a las nueve, puntual, y a eso de las once y media necesitaba un descanso. Entonces, si no esperaba la llegada inminente de algún cliente importante, se montaba en su biplaza y conducía hasta su casa en Sussex Gardens. Beaver solía estar vestido para entonces, y su madre se había llegado a aficionar a su intercambio matutino de cotilleos.

—¿Cómo te fue anoche?

—Audrey me llamó a las ocho y me invitó a cenar. Éramos diez en el Embassy. Un horror. Después nos fuimos todos a una fiesta que daba una tal De Trommet.

—Ya sé quién dices. Norteamericana. Todavía no ha pagado las fundas de toile de Jouy que le hicimos en abril. Yo también me aburrí bastante; no me salió una sola carta buena y perdí cuatro libras con diez.

—Pobre mami.

—Voy a almorzar en casa de Viola Chasm. ¿Tú qué vas a hacer? Me temo que aquí no he encargado nada.

—No tengo plan de momento. Siempre puedo ir al Brat’s.

—Pero es muy caro. Estoy segura de que si se lo decimos a Chambers, te podrá preparar algo. Pensaba que ibas a salir.

—Bueno, todavía es posible. Aún no han dado las doce.

(La mayoría de las invitaciones le llegaban en el último momento; a veces incluso más tarde, cuando ya había empezado a tomarse su solitaria comida en una bandeja… «John, cielo, se han complicado las cosas y Sonia ha llegado sin Reggie. ¿Tendrías el detalle de echarme una mano? Pero date prisa, porque vamos a empezar ya…» Entonces se lanzaba de cabeza a un taxi y llegaba, disculpándose, después del primer plato… Una de las pocas disputas recientes con su madre se había producido cuando él abandonó de este modo un almuerzo que daba ella.)

—¿Tienes algún plan para el fin de semana?

—Hetton.

—¿Quién es? No lo conozco.

—Tony Last.

—Ah, sí, claro. Ella es encantadora, él es un muermo. No sabía que los conocías.

—Bueno, en realidad no. Tony me invitó la otra noche en el Brat’s. Igual se le ha olvidado.

—Mándales un telegrama para recordárselo. Es mucho mejor que llamar por teléfono. Les da menos oportunidades de poner excusas. Mándalo mañana, justo antes de salir. Me deben una mesa.

—¿Qué sabes de ellos?

—A ella la veía mucho antes de que se casara. Su nombre de soltera era Brenda Rex, hija de lord St Cloud, muy rubia, con aspecto de ninfa. Volvía loca a la gente de joven. Hubo un tiempo en que todo el mundo pensaba que se acabaría casando con Jock Grant-Menzies. Se ha echado a perder con Tony, es un creído. Yo diría que ya debe de estar aburrida. Llevan unos cinco o seis años casados. Tienen dinero, pero todo se les va en el mantenimiento de la casa. Nunca la he visto, pero me imagino que debe de ser enorme y espantosa. Tienen por lo menos un hijo, quizá más.

—Eres increíble, mami. Conoces a todo el mundo.

—Resulta de gran ayuda. Es cuestión de prestar atención cuando la gente habla.

La señora Beaver se fumó un cigarrillo y luego condujo de vuelta a su tienda. Una mujer norteamericana compró dos colchas de patchwork, a treinta guineas cada una; lady Metroland llamó por teléfono para encargar un cielo raso para el baño; un joven desconocido pagó un cojín en efectivo. En los intervalos entre estos eventos, la señora Beaver pudo bajar al sótano, donde dos chicas desganadas empaquetaban pantallas de lámparas. Allí abajo hacía frío, a pesar de la estufita de aceite, y las paredes siempre estaban húmedas. Las chicas iban adquiriendo cierta destreza, observó con placer, en particular la más bajita, que manejaba las cajas como un hombre.

—Así se hace —exclamó—. Lo estás haciendo muy bien, Joyce. Pronto te encargaré cosas más interesantes.

—Gracias, señora Beaver.

Mejor sería que siguieran en la sección de embalado un poco más, decidió la señora Beaver, mientras aguantaran. Ninguna de ellas era lo suficientemente chic para trabajar arriba. Ambas habían pagado unas buenas primas para aprender el oficio de la señora Beaver.

John estaba sentado junto al teléfono. Este sonó de pronto y una voz exclamó:

—¿Señor Beaver? No se retire, por favor, la señora Tipping quisiera hablar con usted.

El silencio que medió se llenó de dulces expectativas. Sabía que la señora Tipping daba un almuerzo ese día; habían pasado un rato juntos la tarde anterior y había tenido especial éxito con ella. Alguien le habría fallado…

—Oh, señor Beaver, siento mucho molestarle. Me preguntaba si me podría dar el nombre de ese joven que me presentó anoche en casa de madame de Trommet. El del bigote pelirrojo. Creo que es parlamentario.

—Supongo que se refiere a Jock Grant-Menzies.

—Sí, exacto. ¿No sabrá por casualidad dónde puedo localizarlo?

—Viene en el listín, pero no creo que ahora esté en casa. Lo podrá encontrar en el Brat’s sobre la una. Casi siempre está allí.

—Jock Grant-Menzies. Club Brat’s. Muchísimas gracias. Es usted muy amable. Espero que venga a verme algún día. Adiós.

Después de esto, el teléfono permaneció en silencio.

A la una, Beaver perdió la esperanza. Se puso el abrigo, los guantes, el bombín y, con el paraguas bien enrollado, se dirigió a su club, tomando un autobús de los baratos hasta la esquina de Bond Street.

El aire antiguo tan característico del Brat’s, gracias a su elegante fachada georgiana y a sus salas delicadamente artesonadas, resultaba totalmente espurio, pues era un club de origen reciente, fundado a raíz de la explosión de bonhomía que se desató poco después de la guerra. Fue concebido como un lugar donde los jóvenes pudieran repantigarse frente al fuego y pasar un buen rato jugando a las cartas sin que miembros más veteranos fruncieran el ceño. Pero los fundadores ya habían alcanzado la madurez; estaban más gordos, calvos y rubicundos que cuando se licenciaron, aunque su jovialidad persistía, y ahora les había llegado el turno de incomodar a sus sucesores, deplorando su carencia de hombría y caballerosidad.

Seis amplias espaldas separaban a Beaver de la barra. Se acomodó en uno de los sillones del salón exterior y hojeó las páginas del New...



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