Wild | Libertad y límites. Amor y respeto | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 216 Seiten

Wild Libertad y límites. Amor y respeto

Lo que los niños necesitan de nosotros
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-254-2935-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Lo que los niños necesitan de nosotros

E-Book, Spanisch, 216 Seiten

ISBN: 978-84-254-2935-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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'Cuando hablo por primera vez con alguien sobre el tema de una 'educación libre ', es lo más común que enseguida surjan objeciones más o menos apasionadas sobre la 'necesidad de límites'. Pero las preguntas sobre este tema tampoco disminuyen cuando los padres o cuidadores se aventuran a dar sus propios pasos hacia un trato respetuoso con los niños. Más bien al contrario: En sinnúmero de situaciones nuevas y en cada nueva etapa de desarrollo asoman también nuevas dudas e incertidumbres. Para nosotros -adultos que a menudo hemos sido educados y restringidos por límites- no es fácil comprender que en realidad los límites pueden tener la función de definir un espacio en el cual se puede actuar con independencia y libertad y en el cual se pueda dar un verdadero desarrollo humano. Pero en la medida en que logramos hacer esta distinción, nos damos cuenta de que los límites no definen el ser del otro, sino -por el contrario- sirven para mantener el entorno relajado, de manera que todos -niños y adultos- se sientan cómodos en él, vivan nuevas experiencias gracias a la toma de decisiones personales y aprendan a diferenciar entre necesidades auténticas y sustitutivas'. Rebeca Wild

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LÍMITES Y ENTORNO PREPARADO


–¿No has pensado nunca escribir una novela de verdad?

Hace poco uno de nuestros invitados me sorprendió con esta pregunta a modo de saludo matinal cuando me encontraba exprimiendo naranjas para el desayuno.

Preocupada por no perder la concentración durante mi rutina de la mañana respondí con aire distraído:

–¿Una novela? ¿Por qué iba a escribir una novela?

–He leído en la cama tu primer libro, Educar para ser. Y he pensado que si has sido capaz de tratar un tema tan árido como la educación con tanta vivacidad, ¿no te atraería la idea de adornar tus vivencias con fantasía y del resultado sacar una novela?

¿Y por qué no? La idea empezó a tomar forma en mi mente entre el desayuno y la comida. Sería algo completamente distinto al sinfín de tareas que, visto lo visto, aun tras veinte años de Pesta, no puede decirse que sean menos que al principio: trabajar permanentemente en el entorno preparado [1] constituye la base de una educación alternativa; acompañar a los niños y a los adolescentes en sus actividades; charlas con las familias, reuniones de padres, asambleas de profesores, cursos, seminarios, economía alternativa, excursiones en bicicleta; sin olvidar los asuntos domésticos, los intereses personales, ese constante deseo de estar en todos los sitios… ¡Una novela! ¿No podría conjurar el pasado, encantarlo junto con el presente y con el futuro, y crear nuevos espacios y vínculos?

En ese momento, la familia se sentó a desayunar. Tenía que darme prisa para ir a la entrada de la escuela antes de que llegaran los autobuses y estar allí para recibir a los niños. En cuanto el lugar se llenó de sus saludos, preguntas, llamadas y de su búsqueda de actividades, volví a centrarme en mi ocupación. Observé cómo los niños, rodeados por nuestro soberbio paisaje andino, construían con devoción aviones de madera de balsa, cómo después los de primaria hacían las pruebas de vuelo desde la torre de seis metros, desde el borde de la quebrada. Era testigo de cómo construían sus «clubes» y casas en los árboles entre plantas de agave utilizando para ello tablones viejos, neumáticos y otros materiales de desecho. Veía cómo a lo largo de una mañana aprovechaban a fondo todo el espacio y todas las oportunidades, cómo repartían su tiempo con autodeterminación, cada uno a su ritmo, entre actividades tranquilas y agitadas, exigentes y relajantes. También aquella mañana, después de tantos años, volvía a sorprenderme la viveza de los niños. Entonces se desvaneció toda duda: ¿qué necesidad tenía de inventar una novela, si ésta transcurría cada día ante mis propios ojos?

¿No es bastante novela que los niños –siempre que sus padres se lo permitan, y siempre que ellos así lo deseen– puedan ser niños de verdad? ¿Que ellos, al revés que en casi todo el mundo, tipificados y adaptados a aquello que los adultos consideran «por su bien», puedan saber día a día lo que significa «dedicarse con cuerpo y alma» a crecer con sus propias aventuras, juegos, proyectos e ideas, con sus propias alegrías y sufrimientos?

Cuando hablé por última vez de estos niños –en mi libro Kinder im Pesta [Niños del Pesta]– tuve la sensación de que ya había dicho lo suficiente sobre nuestra experiencia en educación alternativa. Pero ahora tengo nuevos motivos para dedicar especial atención a un aspecto de nuestra relación con los niños. Sin duda alguna, el primero de ellos es que hoy en día, tras veinte años de Pesta y tras inagotables reflexiones, vemos la relación existente entre libertad y límites con más claridad que entonces.

Otra razón que me lleva a escribir es el enfrentamiento continuo a situaciones concretas que requieren constantemente nuevas posturas, pero que al mismo tiempo procuran nuevas comprensiones. En efecto, no hay una asamblea de profesores, una conversación con familiares o una reunión de padres que tengan relación con el jardín de infancia, con la primaria o con los adolescentes, donde no se plantee la problemática de la marcación de límites. Observamos este mismo fenómeno en cada uno de los seminarios que celebramos con adultos que no pertenecen al Pesta. Así es como creció en mí la necesidad imperiosa de tratar una vez más este tema, pero ahora de forma más minuciosa que en ocasiones anteriores.

La lectura del libro de Jan-Uwe Rogge Kinder brauchen Grenzen [Los niños necesitan límites] fue un aliciente más para mi propósito, ya que refleja el enorme desamparo en que se encuentran los adultos que buscan nuevas vías contrarias a los modelos de educación tradicionales y, cansados de experimentar sin ton ni son, preferirían regresar a las antiguas pero seguras normas. Obviamente, este libro ofrece información práctica sobre cómo los padres y los profesores encuentran una vía entre los métodos autoritarios y los antiautoritarios para de este modo ahorrarse a ellos mismos, y en consecuencia también a los niños, un derroche de energía y unos nervios destrozados. El autor muestra con convencimiento que es preciso poner límites a los niños para que puedan crecer rodeados de cierta paz. Y cuando los padres se atreven a comportarse con ellos con claridad y respeto, obtienen un beneficio que favorece a todos aquellos que intervienen en una situación. No obstante, cuando terminé el libro, me invadió una desagradable sensación. No basta con marcar unos límites, y el alivio que se experimenta por la osadía de hacerlo sólo será pasajero si no tomamos conciencia de la problemática real y nos enfrentamos a ella. Esta problemática tiene dos caras y en último término sólo podrá mitigarse o disiparse si tenemos ambas en consideración.

El primer problema, que aunque no es nuevo no deja de tener hoy en día graves repercusiones, es el hecho de que apenas existen entornos adecuados para los niños que están creciendo, y que éstos se ven cada vez más limitados por el «progreso». Por desgracia existen pocos indicios de que esta circunstancia sea considerada como un problema básico para un desarrollo sano de los seres humanos. Aun así, es cierto que nos rodea cierta añoranza por los viejos tiempos en los que todavía quedaba sitio para jugar en la naturaleza o en los que los niños podían estar en las calles de ciudades y pueblos sin prácticamente peligro alguno. Y con toda seguridad, en algunos lugares sigue considerándose la idea de proyectar estos espacios vitales para niños en algunas poblaciones. Pero si observamos el conjunto de la situación, estos ejemplos no son más que un grano de arena en el desierto de una civilización que pone a disposición recursos exorbitantes para carreteras, fábricas, oficinas, etcétera, mientras que apenas se preocupa de lo que necesitan las personas que están creciendo para que puedan darse procesos de desarrollo realmente humanos.

Esta situación precaria no hace referencia únicamente a las barriadas del Tercer Mundo donde reinan situaciones indignas para el ser humano. Ni a los bloques de viviendas de los llamados países «desarrollados», donde las personas que habitan los pisos inferiores apenas reciben el calor del sol, donde niños con caras pálidas andan desalentados por la acera de carreteras transitadas y, visto el panorama, prefieren volver a su casa para sentarse delante del televisor.

Incluso allí donde «realmente se hace algo por las personas» –en los agradables barrios peatonales, en los parques llenos de flores, en los parques infantiles, en las zonas verdes y en las urbanizaciones destinadas a familias–, ¿qué puede encontrarse allí que realmente fuera indicio de una conciencia cada vez mayor por un entorno adecuado para niños y adolescentes? En el mejor de los casos, no sería más que un pequeñísimo comienzo si nuestra generación realmente viera una prioridad en crear entornos adecuados para las personas que se encuentran en período de crecimiento. Hasta que este punto no adquiera un valor muy distinto, no se apreciará que estos débiles intentos, a lo sumo, pueden compararse con el «entorno preparado» de aquellos automóviles que circulaban por Europa hace cincuenta años cuando apenas se tenía una remota idea sobre cómo serían los coches del futuro. En todo caso, eso significa que también alternativas como el Pesta, donde desde hace muchos años se trabaja de forma consciente en un entorno preparado para niños, siguen estando «en pañales», y nosotros, por nuestra parte, no debemos permitir que nuestro limitada capacidad de imaginación represente un obstáculo para crear nuevas posibilidades.

Pero ¿no es injusto el rencor que muestro aquí hacia nuestra civilización? ¿Acaso no he sido testigo del avance prometedor que atañe a la construcción de jardines de infancia y de escuelas? Las ventanas amplias, las paredes de colores, el mobiliario cómodo, las moquetas y los materiales caros dedicados al juego y a la enseñanza. ¿O es que no sé reconocer la buena voluntad de las organizaciones de ayuda internacionales que apoyan la construcción de escuelas incluso en aldeas de la selva virgen o en remotos valles montañosos de países «subdesarrollados»?

¿Realmente tienen que sentirse agradecidos los hijos de los indios de los Andes porque en lugar de acompañar a sus padres al campo, al pastoreo o a realizar trabajos para la comunidad, pueden sentarse en bancos de escuelas hechas de cemento con tejado de amianto (que tienen el mismo aspecto en todo el país) para poder repetir lo que un profesor dice de memoria o leyendo en voz alta de un libro? ¿Se convertirán así en personas perfectamente válidas? ¿No estarán siendo criados para una sociedad en la que se valora más la adaptación que la...



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