Wilder | Los Idus de Marzo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 264 Seiten

Wilder Los Idus de Marzo


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4899-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 264 Seiten

ISBN: 978-84-350-4899-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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NUEVA EDICIÓN REVISADA Novela epistolar situada en Roma en el año 45 a.C., un sugestivo acercamiento a la figura de César y su tiempo. Situada en Roma en el año 45 a. C, esta novela traza un rico y sólido retrato de un hombre que cambió el curso del Imperio: Julio César. A través de una imaginativa reconstrucción de diarios, cartas y panfletos políticos, tanto del César como de sus allegados, enemigos y amantes, Wilder retrata el perfil de un hombre ególatra pero bienintencionado, tan cegado por el poder que sus propias debilidades lo llevan a un trágico fin... Inspirada en parte por las cartas contra Mussolini que circularon en Italia bajo la dictadura fascista, el paralelismo entre ambos personajes es evidente, y, así, Los idus de marzo no es sólo la imagen del dictador romano y su tiempo, «una fantasía sobre ciertos sucesos y personas de los últimos días de la República romana», sino también una contundente andanada contra los regímenes totalitarios, conformando en su totalidad una novela de exquisitez casi absoluta. Una novela indispensable para los amantes del género Según Gabriel García Márquez es 'una fuente deslumbrante de la grandeza y las miserias del poder'. 'Los idus de marzo, de Thornton Wilder: un clásico inimitable'. Blog instrucciones de uso 'Estoy convencida de que si creáramos el árbol genealógico del noir, esta novela se encontraría, sin duda, entre sus antepasados'. Revista Revolver 35

THORNTON WILDER Thornton Wilder (1897-1975) fue un novelista y dramaturgo americano, cuyos trabajos exploraban la conexión entre el espacio mundano y las dimensiones cósmicas de la experiencia humana, y que ha sido leído y representado en todo el mundo. Fue galardonado con el Premio Pulitzer en 1928 por su novela El puente de San Luis Rey, y recibió el Precio Pulitzer en Teatro por Our Town en 1938 y otra vez en 1943 por The Skin of Our Teeth. También es recordado por su exitosa obra The Matchmaker, la cual fue adaptada para el musical Hellow, Dolly! Además de su telento como dramaturgo y novelista, Wilder era ensayista, investigador escolar, professor y lector, actor, libretista y guionista. En 1942, trabajó con Alfred Hitchcock en el clásico thriller psicológico, Shadow of a Doubt. Bien versado en cuatro lenguas extranjeras, tradujo y adaptó obras de diversos autores, como Henrick Ibsen, Jean-Paul Sartre y André Obey. Su erudición incluía significativas investigaciones sobre James Joyce y el dramaturgo clásico español, Lope de Vega. Los muchos honores de Wilder incluyen la Medalla de Oro por Ficción de la Academia Americana de Artes y Letras, La Medalla Presidencial de la Libertad, La Medalla en Literatura del Comité Nacional del Libro, La Orden al Mérito (Perú), y la Medalla Goethe (Alemania). Por servicios en la Segunda Guerra Mundial en el Norte de África e Italia con la Inteligencia de la Fuerza Armada de Aviación, Wilder fue galardonado con la Estrella de Bronce de la Legión al Mérito, La Legión de honor y la Orden del Imperio Británico.
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LIBRO SEGUNDO

Se recuerda al lector que los documentos de cada libro comienzan en fecha anterior a los del libro precedente, atraviesan el tiempo de que ya se ha tratado y continúan en fecha posterior.

XXII. carta anónima –escrita por servilia, madre de m. junio bruto– a la mujer de césar.

17 de agosto

Señora, no es probable que el dictador te haya informado hasta ahora de que la reina de Egipto llegará pronto a Roma para una larga visita. Si deseas confirmación de este hecho, no tienes más que visitar vuestra villa en el Janículo. En la más lejana vertiente encontrarás trabajadores construyendo un templo egipcio y erigiendo obeliscos.

Importa llamarte la atención hacia esta visita y sus peligros políticos, porque en el mundo entero es motivo de risa el que seas completamente inadecuada para la alta posición que ocupas y el que tu comprensión de la actual situación política de Roma no sea mejor que la de una chiquilla.

Cleopatra, señora, es madre de un hijo de tu marido. El muchacho se llama Cesarión. La reina le ha tenido escondido a los ojos de su corte, pero continuamente esparce el rumor de que posee inteligencia divina y gran hermosura. La verdad, basada en muy autorizadas fuentes, es, sin embargo, que es idiota y que aunque ya ha cumplido tres años no sabe hablar y apenas puede andar.

El único propósito de la reina al venir a Roma es legitimar a su hijo y hacer valer sus derechos a su sucesión en el dominio del mundo. El proyecto es absurdo, pero la ambición de Cleopatra no tiene límites. Su arte para la intriga y su crueldad, que no se detuvo ni ante el asesinato de su tío y de su hermano-marido, y su ascendiente sobre la lujuria de tu marido son suficientes para trastornar al mundo entero aunque no llegue a dominarlo.

No es ésta la primera vez en que los adulterios ostentosos de tu marido te han agraviado. El que su exasperada sensualidad llegue a cegarle ante los peligros que esta mujer trae para el orden público no es sino una evidencia más de la senilidad que ha empezado a ser aparente en su administración.

Poco puedes hacer, señora, ni para salvaguardar al Estado ni para defender la dignidad de tu posición. Sin embargo, era preciso informarte de que las mujeres de la aristocracia de Roma se negarán a que se les presente a esa egipcia criminal, y no aparecerán en su corte. Si muestras firmeza semejante, darás los primeros pasos para recobrar el respeto de la ciudad que has perdido con tu selección de amigos y con la imprudencia de tu conversación..., imprudencia para la que ni siquiera tu extremada juventud puede servir de disculpa.

XXIII. diario-carta de césar a lucio mamilio turrino, en la isla de capri.

Hacia el 18 de agosto

942. Acerca de Cleopatra y su visita a Roma.

El año pasado, la reina de Egipto empezó a pedir permiso para hacer una visita a Roma. Finalmente, se lo otorgué y le he ofrecido para su residencia mi villa al otro lado del río. Estará en Italia por lo menos un año. Todo el asunto es aún un secreto y no se le anunciará a la ciudad hasta la misma víspera de su llegada. Ahora está ya acercándose a Cartago y debiera llegar aquí dentro de un mes aproximadamente.

Confieso que anticipo esta visita muy complacido y no sólo por la razón que salta primero a las mientes. Era una chiquilla notable. Ya a los veinte años sabía la capacidad de carga de cada uno de los muelles más importantes del Nilo; era capaz de recibir a una delegación de Etiopía y negarles todas sus peticiones, logrando que las negativas pareciesen beneficios. La he oído gritar ante la estupidez de sus ministros durante una discusión sobre la tasa real sobre el marfil, y no sólo tenía razón, sino razón con riqueza de información detallada y ordenada. Verdaderamente es una de las pocas personas que he conocido que tengan genio para la administración. Habrá llegado a ser una mujer aún más notable. La conversación volverá a ser de nuevo un placer. Me lisonjearán, me comprenderán y adularán, en una región donde pocos son capaces de comprender lo que he realizado. ¡Qué preguntas hace! Hay pocos placeres iguales al de comunicar a alguien que vorazmente quiere aprender el conocimiento que uno ha adquirido envejeciendo y cansándose para lograrlo.

¡Ay, ay, ay!, he estado sentado, teniendo en mi regazo ese bulto semejante a un gato, he tamborileado con los dedos de mis manos los morenos dedos de sus pies, y he oído una voz suave que desde mi hombro me preguntaba cómo impedir que las casas de banca desanimasen a la industria del pueblo y cuál era el sueldo justo para un jefe de policía en relación con el del gobernador de una ciudad. En nuestro mundo, mi querido Lucio, todos son perezosos de la mente excepto tú, Cleopatra, ese poeta Catulo y yo.

Y, sin embargo, es embustera, intrigante, destemplada, indiferente al bienestar esencial de su pueblo, y homicida a sangre fría. Estoy recibiendo una serie de anónimos que me ponen en guardia contra su propensión al asesinato. No me cabe duda de que esa dama nunca tiene muy lejos un armarito delicadamente tallado, de venenos; pero sé también que en su mesa no necesito que nadie pruebe de antemano los manjares. El primer objeto de cada uno de sus pensamientos es Egipto, y yo soy su principal seguridad. Si yo muriese, su país caería, presa de mis sucesores –patriotas sin sentido práctico o administradores sin imaginación–. Egipto nunca recobrará su grandeza y eso lo sabe bien. Pero tal como es, Egipto vive gracias a mí. Soy mejor gobernante de Egipto que Cleopatra; pero aprenderá mucho. Durante su estancia en Roma, le abriré los ojos a cosas que nunca se le han ocurrido a un gobernante egipcio.

946. Una vez más acerca de Cleopatra y su visita a Roma.

Cleopatra nunca puede hacer nada sin pompa. Me pidió que le permitiese traer una corte de doscientas personas y una servidumbre de mil, incluso una guardia real abundante. He reducido tales números a un séquito de treinta y a una servidumbre de doscientos, y le he dicho que la República toma sobre sí la responsabilidad de guardar su persona y a sus acompañantes. He ordenado también que fuera de los terrenos de su palacio –mi villa ha cambiado de nombre y se llama palacio de Amenhotep– no puede usar la insignia real excepto en las dos ocasiones de su recibimiento oficial en la Colina Capitolina y de su despedida oficial.

Me informó de que debía nombrar a veinte señoras del más alto nacimiento, presididas por mi mujer y mi tía, para constituirle una compañía de honor que diese lustre a su corte. Le respondí que las mujeres de Roma eran libres de tomar compromisos de esta clase si así lo deseaban, y le envié una fórmula de invitación para que pudiera enviársela directamente.

Esto no le agradó. Replicó que la extensión de sus dominios, más de seis veces más grandes que Italia, y su estirpe divina –que ahora atribuye con el mayor detalle al Sol, a través de dos mil años– la capacitan para tener semejante corte y que es indigno de ella tener que rogar a las damas de Roma que atiendan a sus fiestas y recepciones. La cuestión está así.

Yo he tenido mi parte de culpa en la formación de tan desmedidas pretensiones. Cuando nos encontramos por primera vez, tenía orgullo en afirmar que no había en sus venas ni una gota de sangre egipcia. Lo cual era claramente incierto; la descendencia en la casa real a la cual pertenece siempre había sido confusa gracias a sustituciones y adopciones; los efectos de los matrimonios consanguíneos se habían mitigado afortunadamente con la impotencia por parte de los reyes y la galantería por parte de las reinas, y por el hecho de que la belleza de las mujeres egipcias era muy superior a la de las descendientes de los bandidos de las montañas macedónicas. Además, Cleopatra, en aquel momento, fuera de la participación en limitado número de fiestas tradicionales, no se había dignado interesarse por las costumbres del antiguo país sobre el cual reinaba. Nunca había visto las pirámides, ni los templos del Nilo que estaban apenas separados de su palacio de Alejandría por un viaje de unas cuantas horas.

Yo le aconsejé que hiciese público el hecho de que la madre de su madre no sólo fue egipcia, sino la verdadera heredera de los faraones. La decidí a llevar el traje egipcio por lo menos la mitad del tiempo, y la llevé a hacer un viaje para visitar los monumentos de una civilización que achicaban, ¡por Hércules!, las cabañas tejidas con ramaje de sus antepasados macedonios. Mis instrucciones tuvieron éxito, que fue mucho más allá de mis cálculos. Ahora es ella el verdadero faraón y la encarnación viva de la diosa Isis. Todos los documentos de su corte están en jeroglíficos, a los cuales agrega, por condescendencia, una traducción griega o latina.

Todo esto es como debe ser. La adhesión de un pueblo no se adquiere meramente gobernándolo de acuerdo con sus mejores intereses. Nosotros, los gobernantes, debemos emplear gran parte de nuestro tiempo en captar su imaginación. En la mente del pueblo, el destino es una fuerza siempre vigilante, que obra por magia y que es siempre malévola. Para contrarrestar su acción, los gobernantes debemos ser no...



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