Wilson | El sentido de la existencia humana | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 160 Seiten

Wilson El sentido de la existencia humana


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-9784-973-9
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 160 Seiten

ISBN: 978-84-9784-973-9
Verlag: Gedisa Editorial
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¿Cuál es el origen de la humanidad? ¿Por qué existe una especie como la nuestra en el planeta Tierra? ¿Gozamos de una posición privilegiada, cuál es nuestro destino en el universo? ¿Adónde nos dirigimos? Y quizás la pregunta más difícil de todas: ¿Por qué? En 'El sentido de la existencia humana', su obra más filosófica hasta la fecha, el biólogo Edward O. Wilson se lleva a sus lectores de viaje para disfrutar qué es lo que nos hace tan especiales del resto de especies, pero también nos invita a un ejercicio de humildad que nos capacite para apreciar la fascinación que ocultan el resto de especies y el mundo natural. Autor de inmenso prestigio -es ganador de dos premios Pulitzer y ha acuñado conceptos como 'biodiversidad'-, a la par que polémico expone en este último libro sus teorías más acabadas sobre nuestra existencia, y tiende un valioso puente entre las ciencias y las humanidades para crear un tratado sobre la existencia humana propio del siglo XXI, desde nuestros orígenes más lejanos hasta una mirada sugestiva sobre lo que nos depara el futuro.

Edward O. Wilson (1929, Birmingham) está ampliamente considerado como uno de los biólogos y naturalistas más preeminentes del mundo. Es autor de más de una veintena de libros, entre ellos, clásicos como La creación, La conquista social de la Tierra y Cartas a un joven científico. Es profesor emérito en la Universidad de Harvard. Ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer, también ha sido galardonado con el Premio Crafoord (homólogo al Premio Nobel en su rama).
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Resolver el acertijo de la especie humana

Para poder comprender la condición humana actual es necesario sumar la evolución biológica de una especie y las circunstancias que condujeron hacia su prehistoria. Este objetivo, el querer entender la humanidad, es tan importante y abrumador que no podemos dejárselo sólo a las humanidades. Sus diversas ramas, desde la filosofía y el derecho hasta la historia y las artes creativas, han descrito el ir y venir de las particularidades de la naturaleza humana en su infinidad de transformaciones, de una forma genial y entrando en mucho detalle. Pero no nos han explicado por qué poseemos esta naturaleza especial en vez de cualquier otra, de entre un amplio número de naturalezas concebibles. En este sentido, las humanidades no han podido alcanzar —ni nunca podrán— una comprensión absoluta de nuestra existencia.

Así pues, ¿qué es lo que somos? ¿Cuál puede ser nuestra mejor respuesta a esa pregunta? Encontramos la clave del gran acertijo en las circunstancias y procesos que crearon a nuestra especie. La condición humana es un fruto de la historia, no sólo de los seis milenios de civilización sino también de los centenares de milenios que los preceden. Todo ello, la evolución biológica y la cultural, debe investigarse al unísono, en conjunto, si queremos resolver el misterio en su integridad. La historia de la humanidad, si la observamos a lo largo de todo su recorrido, también se convierte en la clave para entender cómo y por qué nuestra especie surgió y sobrevivió.

La mayoría de gente prefiere ver la historia como el desarrollo de un proyecto divino cuyo creador debemos reverenciar. Pero esa interpretación tan reconfortante cada vez nos resulta menos defendible a medida que vamos ampliando nuestro conocimiento del mundo real. El saber científico en concreto, compuesto por una serie de científicos y revistas científicas, ha ido doblándose cada diez o veinte años a lo largo del último siglo. En las explicaciones tradicionales de antaño, los mitos de creación religiosos se mezclaban con las humanidades para asignarle un sentido a la existencia de nuestra especie. Ha llegado el momento de considerar qué es lo que puede aportarle la ciencia a las humanidades y qué pueden aportarle las humanidades a la ciencia en esta búsqueda común de una respuesta al gran enigma de nuestra existencia que esté fundamentada con mayor solidez que cualquier otra que la haya precedido.

En primer lugar, los biólogos han descubierto que el origen biológico del comportamiento social avanzado de los humanos no fue muy distinto a lo que estaba ocurriendo en otras áreas del reino animal. A partir de estudios comparativos entre miles de especies animales, que han abarcado desde insectos hasta mamíferos, hemos llegado a la conclusión de que las sociedades más complejas han surgido a partir de la eusocialidad, es decir, más o menos, la «verdadera» condición social. Por definición, varias generaciones de los miembros de un grupo eusocial cooperan en la crianza de los jóvenes. También se reparten los alumbramientos; algunos miembros renuncian a su reproducción personal —o al menos parte de ella— y así se incrementa el «éxito reproductivo» (reproducción vital) de otros miembros.

Consideramos que la eusocialidad es una rareza por dos razones. Una es su extrema singularidad. De entre los centenares de miles de líneas evolutivas de animales que la Tierra ha presenciado estos últimos cuatrocientos millones de años, esta condición, por lo que sabemos, se ha dado sólo diecinueve veces, dispersa entre insectos, crustáceos marinos y roedores subterráneos. Serían veinte si incluimos a los seres humanos. Probablemente sea una estimación demasiado baja, quizás bruta, debido a un error de muestreo. No obstante, de lo que sí estamos seguros es que el número de brotes de eusocialidad fue relativamente muy pequeño.

Es más, sabemos que las especies eusociales aparecieron en una etapa muy tardía de la historia de la vida. Por lo visto, está claro que no ocurrió durante la gran diversificación paleozoica de los insectos, hace unos 350-250 millones de años, durante la cual la variedad de insectos era similar a la de hoy en día. Ni tampoco tenemos ninguna prueba que demuestre que las especies eusociales existieron durante la época mesozoica hasta que no aparecieron las primeras termitas y hormigas, hace unos 200-150 millones de años. Los humanos de nivel Homo no aparecieron hasta hace muy poco, después de que evolucionaran, durante decenas de millones de años, entre los primates del Viejo Mundo.

La conducta social avanzada propia de un nivel eusocial, una vez alcanzada, halló un gran éxito ecológico. De las diecinueve líneas independientes que se conocen entre los animales, dos de entre los insectos —las hormigas y las termitas— dominan globalmente al resto de invertebrados de la tierra. Aunque sólo representan apenas veinte mil de entre el millón de especies de insectos que conocemos, las hormigas y las termitas suman más de la mitad de la totalidad de insectos del planeta.

La historia de la eusocialidad nos plantea una pregunta: teniendo en cuenta la enorme ventaja que confiere, ¿por qué ha escaseado tanto como forma de conducta social, y por qué le costó tanto aparecer? La respuesta, por lo visto, la encontramos en la secuencia especial de cambios evolutivos preliminares que deben acontecer antes de que pueda darse el último paso hacia la eusocialidad. En todas las especies eusociales analizadas hasta el momento, el último paso antes de la eusocialidad es la construcción de un nido protegido, desde el cual se envían expediciones en busca de comida y donde los jóvenes pueden criarse hasta convertirse en adultos. Los constructores originales del nido pueden ser una hembra sola, dos individuos apareados, o un pequeño grupo débilmente organizado. Cuando se alcanza este último paso preliminar, lo único que se necesita para crear una colonia eusocial es que los padres y sus retoños permanezcan en el nido y colaboren en la crianza de generaciones adicionales de jóvenes. Estos grupos primitivos, a continuación, se dividen fácilmente entre exploradores, proclives al riesgo, y padres y cuidadores, reacios al riesgo.

¿Qué llevó a una única línea de primates al nivel excepcional de la eusocialidad? Los paleontólogos han descubierto que las circunstancias fueron humildes. Hace aproximadamente dos millones de años, en África, una especie de los australopitecinos —que eran fundamentalmente vegetarianos— empezó a modificar su dieta, evidentemente, y a depender mucho más de la carne. Considerando que esa fuente de comida era mucho más enérgica y estaba más desperdigada, no les salía a cuenta deambular en grupos poco organizados de adultos y jóvenes, como todavía hacen los chimpancés y bonobos a día de hoy. Resultaba mucho más efectivo instalarse en un campamento (es decir, en un nido) y enviar cazadores-recolectores que pudieran traer carne a casa, cazada o recogida, para compartirla con los otros. A cambio, esos cazadores recibían la protección del campamento y de sus propios retoños, que permanecían dentro.

Los psicólogos sociales, basándose en estudios sobre los humanos modernos, entre ellos los cazadores-recolectores, cuyas vidas tanto nos enseñan sobre los orígenes humanos, han logrado deducir el crecimiento mental que se inició con la caza y los campamentos. Las relaciones personales se primaban, con tal de alentar tanto la competencia como la cooperación entre los miembros. Era un proceso incesantemente dinámico, exigente y muchísimo más intenso que lo experimentado por los grupos errantes y poco organizados de la mayoría de sociedades animales. Requería una memoria lo suficientemente buena como para poder evaluar las intenciones de los otros miembros, así también como para predecir sus respuestas de un momento a otro, y, lo más importante, exigía la capacidad de inventar y ensayar —para los adentros— diferentes posibilidades de futuras interacciones.

La inteligencia social de los prehumanos radicados en los campamentos se desarrolló como una especie de partida constante de ajedrez. Hoy en día, al final de este recorrido evolutivo, nuestros inmensos bancos de memoria se activan sin problema para juntar pasado, presente y futuro. Nos permiten evaluar las posibilidades y consecuencias de las alianzas, los vínculos emocionales, el contacto sexual, las rivalidades, el dominio, el engaño, la lealtad y la traición. Nos deleitamos, por instinto, contando innumerables historias sobre los otros, que seleccionamos como actores y colocamos en el escenario de nuestro propio teatro interior. Lo mejor de estos procesos queda expresado en las artes creativas, la teoría política, y otras actividades de nivel más elevado que hemos acabado llamando humanidades.

La parte definitiva del largo mito de creación empezó evidentemente con el Homo habilis primitivo (o una especie muy...



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