Yébenes Escardó | Hechos de tiempo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 280 Seiten

Reihe: Contrapunto

Yébenes Escardó Hechos de tiempo


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-254-5036-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 280 Seiten

Reihe: Contrapunto

ISBN: 978-84-254-5036-5
Verlag: Herder Editorial
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Estamos hechos de tiempo, habitados por tiempos múltiples y heterogéneos que se cruzan, se interfieren, se entremezclan... La política, según Zenia Yébenes, tiene que dar cuenta de ello. La memoria, entendida como la inscripción y transmisión de distintos ritmos de tiempo de vida y de materia, se constituye como un elemento crucial que modifica nuestra relación con el mundo, transformando así nuestro modo de percibirlo. El hilo conductor de estas páginas es, entonces, la articulación del tiempo y el imaginario como aquello que permanece aún impensado en la relación de lo humano con la vida y la Tierra, bios y geos. Zenia Yébenes propone imaginar otro modo de política que contemple las diferentes formas de tiempo de las que estamos hechos. Tiempos que no sean los de la nostalgia del origen perdido ni los de la memoria traumática ni únicamente los de la memoria como ejercicio deliberado y crítico. Necesitamos otra forma de mirar lo que nos constituye: el día a día, lo ordinario, la inquietante intimidad con el tiempo de los animales, el tiempo de los muertos y también el tiempo de los dioses.

Zenia Yébenes Escardó es doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Es docente investigadora en el Departamento de Humanidades de la UAM Unidad Cuajimalpa y de posgrado en Filosofía y Filosofía de la ciencia de la UNAM. Interesada en la articulación entre la filosofía y las ciencias sociales, sus líneas de investigación tienen que ver con los procesos de subjetivación y teorías, políticas y disciplinas de la subjetividad.
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Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Introducción


¿Por qué no ven todos, como los niños, los puertos, los portales,
y las aberturas que hay bajo la tierra y arriba, en el cielo?

Homero en El cielo sobre Berlín
WIM WENDERS, 1987

Escribo desde un país cuyos desiertos son para algunos uno de los observatorios de estrellas más grandes del mundo, y en los que otros, y sobre todo otras, buscan bajo tierra los huesos de sus familiares asesinados. El desierto, en sus múltiples estratos y esferas de tiempo, es necrópolis y puerta de acceso al firmamento. «Estamos viviendo el apocalipsis», se dice. Lo hemos oído antes, lo oímos todo el tiempo. ¿Heredamos el apocalipsis? ¿Heredamos el futuro y no solo el pasado? El Antropoceno, la época geológica caracterizada por el impacto y la transformación acelerada de la Tierra por la actividad humana, ha vuelto a la pregunta más acuciante por el final de nuestros días. En algunas propuestas vinculadas al giro decolonial y ontológico, la reflexión establece binarios Occidente y sus otros,1 Anthropocene/Anthropo-not-seen.2 Es curioso, la purificación es un afán de la modernidad occidental que desea (sin conseguirlo) establecer una separación clara y distinta entre lo Uno y lo Otro.3 A diferencia de ciertos posicionamientos, no creo que exista nada «incontaminado», replegado y completamente idéntico a sí mismo. Estamos hechos de tiempo, habitados por tiempos múltiples y heterogéneos que se cruzan, se interfieren, se entremezclan… Sin duda, la cronología permite a los científicos medir con relativa precisión la edad del universo y las fracciones de segundo de la vida de las partículas subatómicas. Es una herramienta analítica indispensable para construir imágenes globales. Sin embargo, es importante distinguir entre herramientas analíticas y categorías ontológicas.

La construcción de una escala temporal global solo admite relaciones cuantificables y jerárquicas entre las cosas. Se basa en la hipótesis de un tiempo homogéneo que permite contar y comparar todas las duraciones. Para que todo sea conmensurable, todas las trayectorias deben cuantificarse y tratarse como equivalentes. El Antropoceno asume todos estos requisitos, para terminar con una nota de suspenso, ya que pone en primer plano finales como el colapso o la supervivencia. La maraña de procesos cósmicos, físicos, químicos y biológicos en curso que conforman la historia de la Tierra genera, sin embargo, un mapa siempre cambiante de líneas temporales interdependientes. Un paisaje de miles de millones de trayectorias enredadas que componen redes ramificadas. El tiempo unidimensional de la escala ignora la diversidad de ritmos y las complejas interacciones entre ellos. Desde un punto de vista ecológico, ignorar la particularidad de las cosas para construir una imagen global no es lo más atinado. No obstante —y he aquí parte del problema— las políticas de gestión de la biodiversidad o de las emisiones de gases de efecto invernadero exigen descontextualizarlo todo para poder cuantificarlo y conmensurarlo en un gesto afín a la monetización del mundo.4

Más vale renunciar entonces a las grandes narraciones en favor de lo pequeño, lo habitualmente ninguneado. Lo pequeño aquí son las historias del cuerpo, los sentidos y las formas de aparición de las cosas y de nosotros mismos. ¿Puede esta experiencia pequeña decirnos algo sobre nuestra relación con el tiempo de la vida y con el tiempo de la Tierra? Quizá sí, si advertimos que nosotros, nuestra percepción y memoria, estamos hechos de lo que nos constituye y sobrepasa. Escribo desde un país que contempla, aún, en el petróleo la cifra de su emancipación y en el que las mareas rojas tienen el tinte de los malos presagios. Sin embargo, el carbono, el malo del Antropoceno —responsable del combustible fósil y del calentamiento global—, no solo invita a pensar en sus ritmos de tiempo, sino también a considerar su ensamblaje. El carbono se refiere típicamente al ciclo de tiempo iniciado por los seres vivos. A este se suma el controlado por la temperatura, así como un tercer ciclo, el geológico. Lo que la escala lineal de edades sucesivas borra es que estos ciclos temporales no son solo una secuencia de fases, sino que, como cada uno sigue su propio ritmo y tempo, tienen efectos antagónicos y no lineales en el sistema terrestre. Pero además, todo es carbonoso: primero la vida, luego los humanos, los animales, las plantas, la biodiversidad… y lo es en parte gracias al dióxido de carbono. ¿A qué nos referimos entonces con la descarbonización del planeta? El carbono se ensambla espontáneamente, y admite modos de existencia radicalmente diferentes en la materialización de distintos ritmos de tiempo.

Pensemos ahora en los microbios. Los microbios, en general, sacuden nuestra ontología y nos obligan a revisar la jerarquía que nos sitúa en la cúspide. Existen desde mucho antes que nosotros. Las bacterias han sido actores clave en la formación de las rocas, del oxígeno. Gérmenes han hundido imperios y civilizaciones. Los microbios ocupan todos los entornos; colonizadores del espacio, mezclan todas las escalas temporales que nos esforzamos en distinguir. Indiferentes a nuestras categorías taxonómicas, pasan de una especie a otra. A través de sus comportamientos simbióticos o parasitarios inician una cohabitación de temporalidades muy diferentes, como la corta vida de las bacterias que componen la microbiota intestinal y la vida más larga de los mamíferos. Los fenómenos de simbiosis en general sugieren que la evolución incorpora el sistema genético de los microbios en las células vegetales y animales, en lugar de reinventar desde cero. En este proceso, la memoria —inscripción y transmisión de los tiempos— deviene crucial.

La crisis sanitaria mundial debida al SARS-CoV-2 ejemplifica la necesidad de tener en cuenta múltiples regímenes de temporalidad. A lo largo del siglo XX la lucha contra los microbios con antibióticos ha sido el típico ejemplo a favor de la flecha del progreso. La invención de los antibióticos como prueba de la emancipación de los seres humanos de la naturaleza instanciaba el progreso a través de la disociación. Pero con la creciente resistencia a los antibióticos y la experiencia de una contaminación global de miles de millones de humanos, descubrimos una figura del tiempo bastante diferente: el contagio adelanta un tiempo de contingencia que no conduce a ninguna parte, ni a un futuro radiante ni a un colapso global. El coronavirus nos obliga a experimentar la alteridad. Este virus indeseable y «nocivo» tiene su propio tiempo, su propia trayectoria que utiliza al humano como huésped.5 Lo pequeño no implica suavizar la textura para revelar una verdad oculta. La dificultad reside más bien en el hecho de que aquello que nos resulta más cercano, aquello de lo que estamos hechos, necesita a veces un camino arduo para llegar a hacerse visible. Me propongo ir de lo cercano a lo cósmico, de lo actual a lo virtual y viceversa. En la abisalidad y heterogeneidad del tiempo, las distinciones vida/no vida, orgánico/inorgánico, humano/no humano y la certeza sobre el ciclo nacimiento, reproducción, muerte, se verán severamente comprometidas. A este respecto, he de añadir lo siguiente.

El propósito de dar a la ciencia parte explícita en la conversación no es invocar el empirismo para formular juicios sobre la noción correcta del tiempo o de la realidad, sino hacer estallar la temporalidad de la concepción moderna de la ciencia, entendida como un proceso progresivo de acumulación de conocimientos, abrazado no solo como el epítome del progreso, sino como su propio ideal. Se trata de hacer saltar por los aires la noción de que la ciencia es un campo independiente de pensamiento impulsado únicamente por hallazgos empíricos desprovistos de cualquier compromiso político o metafísico (particularmente notorio al hablar de tiempo). En este sentido, la ciencia no es el metadiscurso, ni el baremo único de todas las cosas; forma parte de la conversación al igual que la vida del día a día. Se trata también de entender cómo —de manera fascinante— la ciencia deconstruye su propia autoridad: cómo sus propios hallazgos socavan las propias concepciones modernas sobre las que descansa esta narrativa progresista, por ejemplo la creencia científica en la inmutabilidad de la materia, la concepción newtoniana del tiempo como un parámetro externo que avanza sin interrupción, el determinismo, el dualismo naturaleza/cultura y el excepcionalismo humano (la deconstrucción del excepcionalismo humano, cabe señalar, no consiste en no preocuparse por los humanos, sino más bien en incluir en el análisis una comprensión de cómo está constituido lo «humano» y en contra de qué exterior constitutivo).

La politización de las prácticas científicas es un hilo conductor de cierta praxis feminista de la epistemología. Me interesa el planteamiento de autoras que, desde la física, la química y la biología, transitan estos caminos en la misma medida en que a) no estoy interesada en el feminismo que comprende la diferencia como identidad que orbita sobre sí misma y que coagula, a su vez, en diferencias cada vez más particulares y b) no estoy interesada en el feminismo que, al reducirse a una demanda de derechos valida el derecho y su lenguaje (parte del problema) como...



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