E-Book, Spanisch, 326 Seiten
Reihe: El País del Centro
Zhenyun El pequeño gran salto de Liu
1. Auflage 2017
ISBN: 978-607-03-0873-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 326 Seiten
Reihe: El País del Centro
ISBN: 978-607-03-0873-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Liu Zhenyun (Liu, aquel que sacude las nubes) nació en el dis-trito Yanjin de la provincia de Henan en 1958. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) se alistó en el Ejército de Liberación de China y pasó cinco años en el desierto de Gobi. Al ser desmovilizado, en 1978, participó en los exámenes para entrar a la universidad; fue la segunda generación de alumnos después de haberse restituido el sistema universitario al cabo de la Revolución Cultural. Tras ocupar el primer lugar de provincia fue admitido en la Universidad de Beijing como estudiante de la licenciatura de Chino. Después de graduarse, trabajó como editor en El Diario del Campesino. Además, realizó estudios de posgrado en el instituto Lu Xün de la Universidad Normal de Beijing. Actualmente es profesor del Instituto de Literatura de la Universidad Renmin en Beijing. En 1987 publicó su primera novela, Tapu, en la revista especializada Literatura Popular; sucesivamente, en la misma revista, publicó otras novelas cortas y medianas: Los reclutas, El cacique, Plumas por doquier y muchas más. En 1988, Tapu ganó el más importante premio anual de novela corta y pronto fue adaptada para un largometraje con el mismo nombre. A lo largo de sutrayectoria literaria, Liu Zhenyun ha publicado varias novelas largas, tales como: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), Me llamo Liu Yuejin o El pequeño gran salto de Liu (2007), La palabra que vale por diez mil y Yo no soy una mujerzuela. Siglo XXI ha publicado, en su colección El País del Centro, las obras La palabra que vale por diez mil, Yo no soy una mujerzuela y El pequeño gran salto de Liu.
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CAPÍTULO 1 • YANGZHI, EL MONSTRUO DE CARA VERDE
Yangzhi, el Monstruo de Cara Verde, se topó con Zhang Duanduan en el Palacio de Comida Xinzhou, propiedad del viejo Gan. Con la garganta ronca, Gan hablaba como enojado; le costaba pronunciar las palabras, pero no paraba de charlar. Yangzhi pidió caldo de oveja y lo acompañó con cinco tortillas tatemadas. El patrón llegó a cobrar, se sentó enfrente y comentó que el día anterior al anochecer una persona se había aventado del puente Portal Rojo del quinto periférico; intentó suicidarse, pero sólo se cortó una pierna. Sin embargo, cinco vehículos, uno tras otro, se estrellaron. Un Mercedes Benz dio un volantazo hacia la banqueta y un camión lleno de carbón proveniente de Shanxi lo hizo volar. Con un hombre y una mujer en su interior, el Mercedes Benz aterrizó sobre los postes del puente. Al hombre se le rompió la pelvis y la mujer murió al instante. Eso apenas era el principio, pues aquélla no era su esposa, sino la tercera en discordia. El asuntó no terminó en la carretera: el hospital se volvió un caos.
—No puedes decir que fue adrede. ¡Quién se lo iba a imaginar!
Yangzhi, ocupado en sus pensamientos, no le prestó atención. Tratando de alcanzar el monedero sobre la mesa, preguntó:
—Gan, ¿qué harina usaste en estas tortillas? Me supieron algo rancias.
—Entonces, te diste cuenta... No le eches la culpa a la harina, es por el sésamo. El marchante revolvió el sésamo del año pasado con el de este año. Hasta el sésamo permite conocer a una persona. Por cierto, ¿encontraste al ladrón que te mandé buscar? —preguntó Gan.
Ambos eran de Shanxi. Gan era de Xinzhou y Yangzhi, de Jincheng. Aunque uno era del norte y el otro del sur, al fin y al cabo eran paisanos. Yangzhi seguido iba a la fonda de Gan a comer, no porque fueran compatriotas, sino por el rico caldo de oveja. Gan lo preparaba muy bien. Al igual que todos los demás, compraba los huesos en el mercado municipal; los huesos eran los mismos, pero el caldo de Gan era más espeso, más oloroso y sabroso que los otros. Se esmeraba haciéndolo. Las tortillas y el resto de los platillos fríos y calientes no eran nada especial y no le gustaban a Yangzhi. Se decía que ese caldo era sabroso porque Gan le agregaba un poco de cáscara de amapola, así que lo tomabas y te hacías adicto.
En la noche del vigesimoquinto día del mes anterior, mientras la familia dormía, habían entrado en la casa de Gan a robar. Era evidente que el ladrón estaba de paso, que nunca había pisado ese lugar ni conocía al patrón. En la parte delantera del restaurante sólo había un par de mesas con sus bancos de madera, y detrás, un par de ollas y sartenes; simplemente, no había nada que valiera la pena robar. El ladrón abrió la puerta con gran dificultad, esperando encontrar algo de dinero. Seguramente pensó que éste se hallaría en el dormitorio, pero Gan, sumamente precavido, después de hacer las cuentas guardaba el dinero envuelto en una bolsa de plástico dentro de un tarro de sésamo, debajo de las semillas.
Gan lo escondía en la cocina por miedo a que su esposa e hijos lo agarrasen. ¡Quién iba a pensar que ese método también era antiladrones!... El ladrón revisó el dormitorio, las cajas, los armarios, la ropa del suelo, incluso buscó en la almohada de Gan, pero sólo encontró poco más de tres yuanes. Sorprendido y aturdido, arrodillado a un costado de la cama, jamás imaginó que Gan ya estaría de pie. Al principio, éste se quedó quieto, pero al ver al ladrón angustiado y arrodillado, finalmente no pudo resistir:
—¡Ja, ja...! —soltó unas carcajadas y gritó—: ¡Atrapen al ladrón!
Éste, acostumbrado a esas cosas, no se amedrentó, pero al oír las carcajadas de una garganta desgarrada, lleno de coraje, se le pusieron los pelos de punta y, mientras salía corriendo por la puerta, gritó:
—¡Ladrón!
No obstante, el delincuente no salió con las manos vacías: al pasar por el salón agarró una chamarra de cuero de Gan que estaba colgada en la pared y se la llevó. En el bolsillo no había dinero y la chamarra tampoco era de piel verdadera, sino de imitación, al igual que la fonda de dos por dos que, sin embargo, ostentaba el rimbombante nombre de Palacio de Comida Xinzhou. Pero en un bolsillo estaba una libreta de cálculo. A un costado del restaurante había un mercado y una obra en construcción, así que muchos marchantes y albañiles iban a comer al Palacio. Los clientes no iban a degustar, sino a llenar la panza; Gan se aprovechaba de eso y hacía malabares con los platillos. Esas personas siempre tenían el dinero contado: comían y comían y pedían prestado si no tenían para pagar. Gan les fiaba y apuntaba. Cuando llegaba un cliente sin compañía, siempre pagaba, pues medía su gasto, pero cuando llegaban varios y uno solo invitaba, era fácil que quedara a deber alguna cantidad.
Cuando era invitada, la gente se relajaba y comía y tomaba a sus anchas. Si se acababan los platillos, pedían más; si se terminaba el licor, pedían más. A la hora de pagar la cuenta, si el dinero no alcanzaba, la deuda se apuntaba para ser abonada en la próxima visita. Todas esas deudas estaban registradas en la libreta que iba en el bolsillo de la chamarra. Pero no siempre había estado ahí. Gan solía colgarla al lado de la chamarra. Pero un día Ta, el marchante de huesos de cordero, originario de Mongolia interior, llegó al restaurante y, mientras esperaba la comida, por no tener nada mejor que hacer, agarró la libreta y leyó los nombres de los deudores y sus respectivas cuentas pendientes a todo lo que daba su garganta. Mientras Ta leía con gran entusiasmo, Gan, preocupado por el prestigio de su fonda, pensó que los deudores se enojarían al saber lo ocurrido, así que se la arrebató y la ocultó en su bolsillo.
Esa acción desesperada se tornó un hábito: Gan apuntaba las deudas e inmediatamente después deslizaba la libreta en el bolsillo de su chamarra. Jamás pensó que un ladrón se la llevaría. La suma de todas las deudas, grandes y pequeñas, rozaba los mil yuanes. Aunque Gan sabía claramente quiénes y cuánto le debían, en los negocios es necesario tenerlo todo por escrito, pues de lo contrario, los morosos pueden desconocer la deuda. Por ello, Gan decidió recuperar su libreta. Su paisano Yangzhi a menudo frecuentaba el Palacio de Comida Xinzhou. Por sus conversaciones, parecía que conocía bien a las personas de ese negocio, pero a qué se dedicaba realmente Yangzhi, Gan jamás preguntó y él jamás lo dijo, aunque su conducta lo delataba un poco. Por ello, Gan le pidió ayuda para encontrar al ladrón.
—La chamarra de cuero ni la quiero. Si el ladrón me devuelve la libreta, le daré veinte yuanes —sentenció Gan.
Al escuchar este cuento, Yangzhi escupió un enorme gargajo al piso:
—Me mandas a buscar al ladrón y me cobras la comida. Un simple caldo de cordero delató tu carácter —contestó mientras arrojaba el dinero del caldo.
Gan tomó el dinero y, enojado, respondió:
—Mírate..., si así lo quieres, ¡pues te lo devuelvo!
Yangzhi no le prestó atención a Gan, tomo el dinero y se dirigió a la puerta. Al salir, tomó una servilleta y mientras se limpiaba la boca vio a una joven delgada sentada en la mesa a un costado de la puerta, con un caldo de cordero delante de ella. Pero la joven no comía; aburrida, veía pasar a la gente. Las luces de la calle se habían encendido y los transeúntes andaban con cierta prisa. Yangzhi caminó un largo rato y al revisar su bolsillo se dio cuenta de que había olvidado su caja de cigarrillos en el restaurante. Pensó regresar por ella, pero decidió que no valía la pena. Compró una nueva en el camino, desgarró la cinta plástica, sacó un cigarrillo, lo encendió y continuó andando. De pronto, la joven del restaurante, que lo había seguido, lo empujo y le preguntó:
—Hermano, ¿jugamos?
Yangzhi se dio cuenta de que la chica del restaurante era una prostituta. La miró detenidamente: menuda, de cara pequeña, de apenas diecisiete o dieciocho años. Observándola de nuevo, se percató de que no era una simple prostituta de la calle. Éstas no se inmutan; cual gatos cazando ratones, tienen una mirada particular, pero esta chica parecía un ratón mirando al gato. Al hablarle, la chica se sonrojó. Entonces, Yangzhi de pronto decidió que sí quería jugar. No porque la chica fuera puta, sino por lo sonrojado de su cara, y tampoco por lo sonrojado de sus mejillas, sino por ver a una mujer de ese tipo apenada, algo muy raro en esos tiempos. Asintió y la siguió mientras le preguntaba:
—¿De dónde eres?
—De la provincia de Gan Su.
—¿Cuánto tiempo tienes en el negocio?
La joven lo miró y agachó cabeza:
—Si te digo que empecé ayer, no vas a creerme. Vine a Pekín en busca de mi hermano. No sabía que se mudó y además no contesta el teléfono. Hago esto para completar el dinero de mi pasaje. Pero seguramente piensas que miento.
Yangzhi soltó una carcajada:
—En esta vida tal vez sólo nos veremos el día de hoy. Si tienes años en el negocio, yo no pierdo nada, y si empezaste ayer, tampoco gano nada.
Mientras caminaban, Yangzhi preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Yangzhi dudó. Las chicas de este negocio por lo general se quitan años, pero ésta, al parecer de diecisiete o dieciocho años, decía tener veintitrés… ¡Qué honesta!
—¿Cómo te llamas?
—Me apellido Zhang, pero sólo llámame Duanduan.
Yangzhi sabía que ése no era su nombre real. Pero si alguien te contesta cuando lo llamas de determinada manera, ya es real. ¿Falso o verdadero, acaso es...




