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E-Book, Spanisch, 468 Seiten
Reihe: El País del Centro
Zhenyun La palabra que vale por diez mil
1. Auflage 2017
ISBN: 978-607-03-0872-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 468 Seiten
Reihe: El País del Centro
ISBN: 978-607-03-0872-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Liu Zhenyun (Liu, aquel que sacude las nubes) nació en el dis-trito Yanjin de la provincia de Henan en 1958. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) se alistó en el Ejército de Liberación de China y pasó cinco años en el desierto de Gobi. Al ser desmovilizado, en 1978, participó en los exámenes para entrar a la universidad; fue la segunda generación de alumnos después de haberse restituido el sistema universitario al cabo de la Revolución Cultural. Tras ocupar el primer lugar de provincia fue admitido en la Universidad de Beijing como estudiante de la licenciatura de Chino. Después de graduarse, trabajó como editor en El Diario del Campesino. Además, realizó estudios de posgrado en el instituto Lu Xün de la Universidad Normal de Beijing. Actualmente es profesor del Instituto de Literatura de la Universidad Renmin en Beijing. En 1987 publicó su primera novela, Tapu, en la revista especializada Literatura Popular; sucesivamente, en la misma revista, publicó otras novelas cortas y medianas: Los reclutas, El cacique, Plumas por doquier y muchas más. En 1988, Tapu ganó el más importante premio anual de novela corta y pronto fue adaptada para un largometraje con el mismo nombre. A lo largo de sutrayectoria literaria, Liu Zhenyun ha publicado varias novelas largas, tales como: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), Me llamo Liu Yuejin o El pequeño gran salto de Liu (2007), La palabra que vale por diez mil y Yo no soy una mujerzuela. Siglo XXI ha publicado, en su colección El País del Centro, las obras La palabra que vale por diez mil, Yo no soy una mujerzuela y El pequeño gran salto de Liu.
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1
El padre de Yang Baishun vendía tofu; le decían “Yang el vendedor de tofu”. En los veranos también vendía jalea. Yang era amigo de Ma, el cochero de la aldea Ma. Ellos no deberían ser amigos, puesto que Ma siempre abusaba de Yang. No era que lo golpeara o insultara, tampoco le veía la cara cuando se trataba de dinero, simplemente lo despreciaba desde el fondo de su corazón. Cuando desprecias a alguien, lo evitas y ya, pero a la hora de los chistes Ma simplemente no podía prescindir de Yang. Al presumir de amigos, Yang al primero que mencionaba era a Ma, de la aldea Ma. Cuando éste hablaba de amigos, jamás mencionaba a Yang, el vendedor de tofu y jalea. Pero la gente no conocía los pormenores y pensaba que eran muy buenos amigos.
Cuando Yang Baishun tenía once años, Li, el herrero del pueblo, festejó el cumpleaños de su madre. Su herrería se llamaba Prosperidad. La mayoría de los herreros suelen ser ágiles y rápidos, pero Li era lento; hacer un clavo le tomaba dos horas, y ese clavo, casi perfecto, presentaba las esquinas muy filosas. A las cucharas, los cuchillos, las hachas, los azadones, las hoces y las cabezas de pala que hacía les incrustaba el sello “Prosperidad” antes de templar. No había otros herreros en kilómetros, no porque no conocieran el negocio, sino porque no estaban dispuestos a perder el tiempo. Los lentos suelen ser muy quisquillosos, los quisquillosos suelen ser rencorosos.
Li era comerciante y a diario desfilaba mucha gente por su negocio. De vez en cuando solían gritarle, pero él no guardaba rencor. El único rencor que tenía era hacia su madre. Ella era acelerada y él, lento. Las prisas de ella lo aplastaron. Cuando tenía ocho años, comió a escondidas un pastelillo de azufaifas.1 Su madre le abrió la cabeza al golpearlo, brotaron ríos de sangre. Por lo general, la gente olvida al sanar, pero Li guardó aquel rencor desde sus ocho años. Y no era por el hoyo en la cabeza ni por la sangre, sino porque su madre, después de abrirle la cabeza, se fue, risueña y feliz, a escuchar ópera china al condado. Tal vez su rencor tampoco se debía a la ópera. Cuando ya era un hombre —él lento y la madre ansiosa—, nunca se ponían de acuerdo. Su madre tenía la vista débil. Li quedó huérfano de padre cuando tenía cuarenta; a los cuarenta y cinco, su madre perdió la vista y él se quedó a cargo de la herrería. Una vez que se convirtió en patrón, no es que tratara mal a su madre, pues la cuidaba y le daba de comer igual que antes, sólo que cuando ella decía algo, él no le hacía caso. Un forjador de hierro suele comer cualquier cosa, pero su madre ciega seguido le gritaba:
—Todo es tan desabrido, prepara carne de res para enjuagarme la boca.
—Espere…
Esperaba horas y nada pasaba:
—Estoy muy aburrida, prepara el burro y llévame al condado a divertirme.
—Espere…
Esperaba horas y otra vez nada. No es que quisiera hacerla enojar a propósito, simplemente quería forjar su ansiedad. Media vida al lado de su madre la pasó entre prisas y ansias, ya era hora de bajar la velocidad. Tenía miedo de descarrilarse y entrar en caos. Pero cuando ella cumplió setenta años, Li decidió festejarla.
—A alguien casi muerto no hay que festejarlo —dijo su madre—. Sólo trátame mejor a diario —añadió golpeando el suelo con su bastón—. ¿Harás una fiesta para mi cumpleaños? ¿No será que me preparas algo nefasto?
—Madre, no sea mal pensada —contestó Li.
La fiesta, en efecto, no era para festejar a su madre. El mes pasado se había instalado en la aldea otro herrero, que venía desde la provincia de Anhui. Se apellidaba Duan y era regordete. A su negocio le puso el nombre La Herrería del Gordo Duan. Li no temía ante la posibilidad de que Duan fuese ágil y rápido, pero para su desgracia, éste también resultó ser lento. Forjar un solo clavo le tomaba dos horas. Desconcertado, Li decidió organizar la fiesta para intimidar a su competencia. El cumpleaños de su madre era un pretexto para enseñarle a Duan que “dragones foráneos no pueden aplastar serpientes locales”. Los vecinos no intuían el trasfondo, ellos sabían que Li no era muy bueno con su madre y pensaron que, arrepentido al fin, había decidido festejarla. Por cortesía, todos fueron al banquete. Yang y Ma eran amigos de Li, por lo que también fueron invitados. Yang, por ir a vender tofu, llegó un poco tarde a la fiesta. Ma, quien vivía cerca, llegó a tiempo. Li, pensando que Yang y Ma eran amigos, reservó el asiento al lado de Ma para Yang sin imaginar jamás que Ma le reviraría:
—Rápido, cámbialo de lugar.
— Pero si a ustedes les gusta contar chistes y lo pasan muy bien juntos.
—¿Habrá de beber? —preguntó Ma.
—Tres botellas por mesa, no habrá copas sueltas.
—Es por eso. Sólo contar chistes está bien, pero cuando él toma, se pone insoportable y se sincera conmigo sin parar, y eso me molesta. Y no sería ni la primera ni la segunda vez —añadió.
Li entonces supo que su amistad era muy hueca o tal vez unilateral. Según Yang, Ma era su gran amigo, pero Ma no sentía lo mismo. Entonces cambiaron el lugar de Yang a la mesa del revendedor de ganado Du. Ese día el padre envió a Yang Baishun a casa de Li para ayudarles a acarrear agua y el niño oyó toda la conversación. El día después de la fiesta, Yang se quejó de lo mal que se lo había pasado. Hasta se arrepintió de haber llevado regalo. No era porque el banquete hubiera sido pobre, lo malo fue que tuvo que sentarse al lado del revendedor Du, con quien jamás tuvo plática. Du era calvo, el cráneo le apestaba y tenía los hombros llenos de caspa. Yang pensó que por haber llegado tarde le tocó esa suerte. Cuando su hijo Yang Baishun le contó el chisme, el padre le soltó una cachetada:
—Ma seguro que no piensa así. ¿Por qué mientes?
Al ver el llanto de su hijo, Yang se escondió en el cuarto de tofu sin hablar durante largo rato. Por quince días no le habló a Ma ni lo mencionó en casa. Pero después, como si nada, la relación entre ellos se recompuso y Yang lo buscaba para todo, incluso para contar chistes.
Para vender cosas hay que saber pregonar, hacer alharaca, pero Yang no solía gritar a la hora de vender tofu. Hay alharacas moderadas y exageradas. Las moderadas son simplemente llamar a las cosas por su nombre y ya: “¡Llegó el tofu! ¡Llegó el tofu de la aldea Yang!” Las exageradas son aquellas en las que, gritando y cantando, presumes de tu tofu diciendo que es el mejor del mundo: “¿Esto les parece tofu? Es y no es”. Y si no era tofu, ¿qué era? ¿acaso jade blanco o ágata? Yang ni tenía buena labia ni sabía cantar. Apenas soltaba una que otra frase moderada: “¡Tofu recién hecho!” Y ya, no había más que decir.
Lo que sí sabía era tocar el tambor. Golpeándolo por todos lados, podía sacarle sonidos muy diferentes, así que a la hora de vender, en lugar de la alharaca común y corriente, tocaba el tambor. Al principio era interesante. Al oír los tamborazos, todos sabían que Yang el del tofu había llegado. Además de vender en el pueblo, también vendía tofu y jalea en un puesto en el mercado del condado. Con un rastrillo cortaba la jalea en tiras, las ponía en un tazón y les agregaba puerro, nepenta y salsa de sésamo. Vendía un tazón y comenzaba a preparar otro. En el mercado, a su lado derecho estaba el puesto de Kong, el vendedor de tortillas rellenas de carne de burro. A la izquierda estaba el puesto de Dou, el vendedor de sopa picante y tiras de tabaco. Yang tocaba el tambor a la hora de vender tofu también en el mercado, el tambor jamás dejaba de sonar en su puesto. Al principio todos lo toleraban, pero al cabo de un mes sus vecinos Kong y Dou estaban muy enfadados.
—¡Ding, ding, dong, dong…! Yang, mis sesos se parecen ya a tu jalea. Para una vendimia de ese tamaño no es necesario hacer tanto escándalo… —le recriminó Kong.
En cambio, Dou, nervioso de carácter y malo en las palabras, pisó su tambor y lo rompió.
Cuarenta años después, Yang tuvo una embolia. Quedó paralítico y atado a la cama. Su primogénito, Yang Baiye, se quedó con el negocio del tofu. A otros con embolia se les paraliza el cerebro y la boca, pero a Yang, exceptuando el cuerpo, todo le funcionaba de maravilla. Cuando estaba sano no tenía labia, muchas veces decía una cosa por otra o mezclaba todo. Con la embolia se le aclaró el cerebro y se le pulió la lengua, y todo lo decía con calma y en orden. Atado a la cama, dependía de los demás. A diferencia de antes, en ese momento estaba en gran desventaja. Si alguien entraba al cuarto, Yang lo acariciaba con la mirada tratando de agradarle; le preguntaban algo y él contestaba. Cuando estaba sano mentía con frecuencia, pero ahora siempre decía la verdad. Si tomaba mucha agua, en la noche orinaba muchas veces, así que decidió no tomar agua después del mediodía.
Cuarenta años después, de sus amigos de antaño, unos ya se habían muerto y otros se ocupaban en sus asuntos, así que nadie lo visitaba. Un día, Duan, quien antes vendía puerros en el mercado, lo visitó y le llevó unos dulces. Después de tanto tiempo de no ver amigos ni conocidos, Yang se puso a llorar; cuando sus familiares entraban al cuarto, se limpiaba las lágrimas con las mangas.
—¿Sabes cuántos éramos los que en aquel entonces vendíamos en el mercado? —preguntó Duan.
Aunque su cerebro no había sufrido ningún daño, muchos años habían pasado ya, así que Yang no recordaba muy bien. Nombró los cinco de su alrededor y ya. Recordaba muy bien a Kong, el vendedor de tortillas de burro, y a Dou, el de sopa picante y tiras de tabaco.
—Kong tenía la voz muy suave,...




