E-Book, Spanisch, 270 Seiten
Reihe: El País del Centro
Zhenyun Yo no soy una mujerzuela
1. Auflage 2019
ISBN: 978-607-03-0997-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 270 Seiten
Reihe: El País del Centro
ISBN: 978-607-03-0997-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
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Liu Zhenyun (Liu, aquel que sacude las nubes) nació en el dis-trito Yanjin de la provincia de Henan en 1958. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) se alistó en el Ejército de Liberación de China y pasó cinco años en el desierto de Gobi. Al ser desmovilizado, en 1978, participó en los exámenes para entrar a la universidad; fue la segunda generación de alumnos después de haberse restituido el sistema universitario al cabo de la Revolución Cultural. Tras ocupar el primer lugar de provincia fue admitido en la Universidad de Beijing como estudiante de la licenciatura de Chino. Después de graduarse, trabajó como editor en El Diario del Campesino. Además, realizó estudios de posgrado en el instituto Lu Xün de la Universidad Normal de Beijing. Actualmente es profesor del Instituto de Literatura de la Universidad Renmin en Beijing. En 1987 publicó su primera novela, Tapu, en la revista especializada Literatura Popular; sucesivamente, en la misma revista, publicó otras novelas cortas y medianas: Los reclutas, El cacique, Plumas por doquier y muchas más. En 1988, Tapu ganó el más importante premio anual de novela corta y pronto fue adaptada para un largometraje con el mismo nombre. A lo largo de sutrayectoria literaria, Liu Zhenyun ha publicado varias novelas largas, tales como: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), Me llamo Liu Yuejin o El pequeño gran salto de Liu (2007), La palabra que vale por diez mil y Yo no soy una mujerzuela. Siglo XXI ha publicado, en su colección El País del Centro, las obras La palabra que vale por diez mil, Yo no soy una mujerzuela y El pequeño gran salto de Liu.
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El componente cultural en la traducción de Yo no soy una mujerzuela de Liu Zhenyun
Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre el tratamiento de las diferencias culturales en la traducción, y abunda la bibliografía sobre esto entre las lenguas indoeuropeas que, además de tener en común una misma raíz lingüística, comparten sellos culturales cercanos, evidenciados en sus dichos, metáforas, alegorías y otras expresiones del lenguaje. Aunque menos en comparación, también hay bibliografía sobre el tratamiento del componente cultural (entiéndase histórico, social…) en el proceso de traducción entre lenguas lejanas, como es el caso del chino al español. En otros trabajos he escrito sobre el tratamiento particular de palabras aisladas y frases compuestas del chino al español.
Durante el último año me dediqué a la traducción de la novela Yo no soy Pan Jinlian, de Liu Zhenyun, para la cual propongo el título en español Yo no soy una mujerzuela.
La traducción de esta obra maestra del gran escritor chino representó para mí innumerables retos en muchos niveles, tales como el léxico y la gramática, y en un mayor grado el desafío de la diferencia cultural.
El nivel léxico (tipos de comida, denominación de puestos y servidores públicos, nombres propios, metáforas, alegorías, expresiones lingüísticas fijas, etc.) y el gramatical los resolví preponderando la fluidez de la lectura, lo cual me obligó a sacrificar algunos elementos propios de la cultura cotidiana relacionados con la comida, la vestimenta, etcétera.
Al terminar la traducción y pedirles a algunos amigos leerla, recibí comentarios favorables sobre la historia narrada, sobre el personaje central, destacando su fuerza y su valentía, e incluso sobre la lectura fluida y amena en español. Lo extraño para mí fue que todos los lectores de una u otra manera cuestionaron: “¿Cómo es que el divorcio de una simple campesina incide en todas las estructuras: local, estatal y central del gobierno de la República Popular China?”
Entonces me di cuenta de algo que antes no consideraba. Debido al hecho de haber trabajado por casi treinta años con la lengua china y sus diferentes expresiones culturales, como es el caso de la literatura, me familiaricé con las diferencias culturales en el chino, incluso al grado de perderlas de vista. Decidí entonces realizar una nueva lectura de mi traducción, pero esta vez con ojos de un lector ajeno a la lengua y la cultura chinas. Aunque no con mucha facilidad, esa lectura se puede lograr por medio de un rígido escrutinio de palabras, frases y párrafos enteros.
Entonces me percaté de que las diferencias culturales no sólo eran de forma sino de mucho fondo. A continuación, una breve reseña de la obra. Li Xuelian, una mujer provinciana, casada y con un hijo, a raíz de las estrictas políticas de planificación familiar de un solo hijo impuestas en la República Popular China desde 1989 y vigentes hasta el 2015, embarazada por segunda vez, convence a su marido para firmar un acta de divorcio falsa. El plan era casi perfecto: ellos se divorciarían, el marido se quedaría con el hijo mientras que ella viviría sola durante el embarazo y el parto. Después del nacimiento ella, ya con su segundo hijo, se casaría de nuevo con su mismo marido. Y así ellos no violarían la ley que permitía a dos divorciados con hijos casarse. El marido no perdería el trabajo ni la pareja pagaría la multa que el Estado imponía a todos los segundos embarazos que no se sometían al aborto. Li Xuelian estaba a punto de lograr su sueño de una familia ideal con dos hijos, un varón y una niña, cuando a los tres meses del divorcio el marido embaraza y desposa a una joven peluquera. Y de pronto el telón se levanta y la tragicomedia de Li Xuelian comienza. Ella dedica su vida entera a exigir justicia. A su paso ve caer a jefes de aldeas, jueces, comisionados de la corte, alcaldes, comisarios del partido e incluso gobernadores. Esta simple campesina cimbra el sistema político y judicial de China, y hace temblar a funcionarios de todos los niveles de gobierno mientras busca una sola cosa: rehacer su vida hecha pedazos.
¿Por qué mis lectores coincidieron en hacer la misma pregunta? ¿Por qué les pareció extraño que un simple divorcio tuviera tantas consecuencias y tan inesperados desenlaces?
Efectivamente, en Occidente, donde la línea entre lo público y lo privado se delimitó hace ya varios siglos, el divorcio es estrictamente del segundo dominio. Pasa por los tribunales de derecho civil para su registro y cuando se complica la custodia y la crianza de los hijos interviene el derecho familiar y, por lo general, todo termina allí.
Pero ¿qué pasa en China? Durante siglos e incluso milenios la familia era el núcleo en el que se desenvolvía un individuo poco consciente de su individualidad. La célula básica de la sociedad china era la familia extendida, compuesta de muchas generaciones de hombres y mujeres cuyas relaciones interpersonales se regían por el estricto código del gran maestro Confucio y sus múltiples discípulos a lo largo de la historia. Los criterios fundamentales de la jerarquía confuciana eran el sexo y la edad. Las familias extendidas, además de los miembros de un mismo linaje sanguíneo, en el caso de las clases alta y media, las conformaban también el séquito de la servidumbre doméstica. En la cúspide de la pirámide estaba el hombre mayor, responsable de la vida y la muerte de todos los miembros de su clan y de la relación con el mundo externo a su familia. En la casa mandaba la mujer mayor, “la madre” de todos bajo el mismo techo. En ese núcleo se tejían todo tipo de relaciones humanas, desde el nacimiento hasta la muerte. Mucho más importante que el nombre propio era la denominación, consecuencia del orden que el individuo ocupaba dentro de la familia.
La complicada urdimbre de relaciones interpersonales que partía del orden cronológico natural arrojaba infinitas posibilidades, como hermano mayor, el segundo hermano, el quinto hermano, la tercera hermana, la séptima cuñada, la tercera tía paterna, el doceavo tío materno, el quinto primo de la tercera hermana, el segundo tío, esposo de la segunda hermana, etc. Estas denominaciones, tan ajenas a nosotros los occidentales e incluso a los chinos del siglo XXI, al traductor y, sobre todo, al lector les generan grandes confusiones. ¿Por qué simplemente no les pusieron nombres: Liljana, Pedro, Roberto, Juan, María…?
Porque Liljana, Pedro, Roberto, Juan, María no dicen nada ni tampoco regulan las relaciones entre estas personas. Las denominaciones en la familia tradicional china, no obstante, reglamentan con mucha rigidez los vínculos entre los miembros de la familia. Ellas determinan, en el caso de los varones, el orden de desposar, de sentarse a la mesa del comedor y la jerarquía del poder en el seno familiar. En el caso de las mujeres era lo mismo; la hermana mayor después de obedecer a todos los varones de su clan, podía ejercer un gran poder sobre el resto de las mujeres de su familia. Debía someterse ante los hombres y su madre, pero podía desquitarse con todas las mujeres menores de edad, con las cuñadas, a veces compradas y otras regaladas, y con todas las sobrinas y sirvientas. Podía tramar, generar intrigas, conspirar en contra de alguien y también beneficiar a sus allegados.
En la sociedad tradicional china todos de una u otra manera sometían y estaban sometidos. Los patriarcas sometían a los miembros de su familia y estaban sometidos por el emperador. El emperador sometía al pueblo y estaba sometido por el mandato del cielo. Las matriarcas estaban sometidas por sus maridos y sus suegras, y a la vez sometían a sus hijas y al resto de las mujeres en su hogar: hijas, nueras, nietas y sirvientas. Y la cadena seguía sin fin, reproduciéndose de generación en generación. Las cadenas de favores y rencores transcendían a las generaciones y se heredaban a hijos, nietos y discípulos hasta el infinito. En esta rueda casi perfecta, el individuo era el hijo de alguien, el padre de alguien, el tío de alguien, el marido de alguien, el empleado de alguien, y si era de cierta clase social, podía gozar de un nombre propio, como el Baoyu de la familia Jia de la obra maestra El sueño del pabellón rojo. La mujer era la hija de alguien, la madre de alguien, la esposa de alguien, la tía de alguien, la patrona de alguien o la sirvienta de alguien. A veces podía ser Daiyu la hija de los Ling, como la Ling Daiyu de la misma obra cumbre de la literatura china, y otras veces sólo era la sexta hermana o la sirvienta de la sexta hermana o la mujer de Chen o simplemente “ésa” que ni a nombre propio llegaba. Aunque visto desde nuestra perspectiva ese orden parece algo cruel y despiadado, esas familias extendidas se preocupaban por sus miembros. En ese entorno y en tiempos de estabilidad el individuo tenía comida, casa, empleo y, llegado el momento, una esposa o un marido. El individuo no tenía que despertar y pensar en qué comer, qué vestir, en qué trabajar para tener dinero, con quién, cuándo y cómo casarse, pues todo estaba arreglado, a veces incluso con mucha anticipación. El individuo, como eslabón de esa perfecta cadena confuciana, sólo tenía que cumplir con los designios de su destino predeterminado por el sexo, la edad y la clase social de su familia.
Si nuestra Li Xuelian hubiese vivido en aquellos tiempos, si hubiera nacido antes del siglo XIX, tendría a todos los hijos que el cielo le hubiera mandado; si su marido se hubiese metido con la peluquera (aunque nada probable, puesto que los peluqueros solían ser hombres), su madre, su padre, todo su clan, sus conocidos y los vecinos lo hubiesen reprimido, regañado y puesto en su lugar. Si...




