Zorrilla | El caballo del rey don Sancho | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 454, 150 Seiten

Reihe: Teatro

Zorrilla El caballo del rey don Sancho


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-193-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 454, 150 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-193-4
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En El caballo del rey don Sancho José Zorrilla relata escenas de la vida de Sancho Garcés III apodado el Mayor o el Grande fue rey de Navarra, entre 1000-1035, de Sobrarbe y Ribagorza (1018-1035) y de Castilla (1029-1035). Sancho III contrajo matrimonio con Muniadona de Castilla con quien tuvo cuatro hijos. Sancho III se opuso a la expansión leonesa y pactó el matrimonio entre su cuñado, García de Castilla, y Sancha de León con el fin de establecer la paz. Sin embargo, cuando García de Castilla se dirigía a León para desposarse, fue asesinado. Sancho III terminó rigiendo en Castilla y Álava, y fue enterrado en el monasterio de San Salvador de Oña (Burgos) bajo el título 'Sancius, Gratia Dei, Hispaniarum Rex'.

José Zorrilla y Moral (Valladolid, 1817-Madrid, 1893). España. Tras estudiar en el Seminario de Nobles de Madrid, fue a las universidades de Toledo y Valladolid a estudiar leyes y poco después abandonó los estudios y se fue a Madrid. Las penurias económicas le hicieron a vender a perpetuidad los derechos de Don Juan Tenorio (1844), la más célebre de sus obras. En 1846, viajó a París y conoció a Alejandro Dumas, padre, George Sand y Teophile Gautier que influyeron en su obra. Tras una breve estancia en Madrid, regresó a Francia y de ahí, en 1855, marchó a México donde el emperador Maximiliano lo nombró director del teatro Nacional. Publicó un libro de memorias a su regreso a España.
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Acto I


Año 1030 de N. S. J. C.

Interior de un aposento de casa rústica, que ocupa la mitad del escenario, cuyos adornos consisten en utensilios de caza. Este aposento tiene una puerta a la derecha y dos en el fondo; de estas dos la una es una alcoba, la otra es la salida y entrada. A la izquierda una ventana con reja de madera. La parte exterior del teatro figura la ladera de un montecillo, cuyo horizonte se cierra con montañas en que se abren varios senderos.

Escena I


Gisberga en el aposento. Juan bajando por la montaña.

GisbergaYa va avanzando la noche,

y fría y lóbrega cierra,

¡y aun no vuelven!...; pero siento

pasos. ¿Quién es?

(Asomando a la ventana.)

Juan (Desde fuera.) Yo.

Gisberga Ya llegan.

(Abre Gisberga, y entra Juan con caza y perros.)

¿Y tu amo?

Juan Pues ¿no ha venido?

Gisberga.No.

Juan Habrá alzado alguna pieza.

GisbergaMas ¿dónde está?

Juan Tras mí viene.

Le dejó junto a la peña

del puente, donde los perros

se nos plantaron de muestra.

Gisberga.¿Tan de noche y sigue rastro?

Juan¡Qué queréis! Si no le deja

la afición. Díjome al irse

que a espacio a casa volviera,

que de cerca me seguía;

mas al pie de aquella cuesta

le he esperado largo rato,

y ya creí que me hubiera

adelantado, tomando

por el atajo.

Gisberga Pues, ea,

que te ayude el africano

a descargar, y Teresa

que apronte una buena lumbre.

JuanSí, ¡por Dios! que ahora comienza

una lluvia tan menuda,

que cala.

Gisberga Pues date priesa.

JuanAllá voy. ¡Bien lo hemos hecho!

Molidas traigo las piernas.

Escena II


Gisberga

(Don García baja por las montañas, acercándose a la casa y dando instrucciones a los que lo acompañan para lo que pasa en las escenas posteriores. Don García se adelanta solo.)

Gisberga¿Tan tarde y solo en el monte,

y ahora que anda tan revuelta

Navarra, y el Rey ausente

haciendo a los moros guerra?

Mas... sí..., estoy sintiendo pasos;

él es..., sin duda

(Mira por la ventana.) se acerca:

¿eres tú?

García Yo soy.

Gisberga Aguarda,

que voy a abrirte la puerta.

(Lo hace)

Entra, amor mío... Mas ¡cielos,

no es él!

GarcíaNo, no es el que esperas

tan afanosa y amante,

pero es otro cuyas huellas

sólo traen rastro seguro

cuando hacia ti se enderezan.

GisbergaSeñor caballero, basta,

basta de vanas protestas

de un amor que simpatía

en mi corazón no encuentra.

Dos veces me habéis buscado,

y dos veces por sorpresa

habéis llegado hasta mí

aprovechando la ausencia

de las gentes de mi casa.

GarcíaAparta, serrana bella,

el ceño adusto, que entolda

tus miradas hechiceras.

¿Qué haces entre los peñascos

de estas montañas desiertas,

donde el Sol de tu hermosura

tan breve horizonte encuentra?

Ven, abandona conmigo

estas paredes de tierra,

para habitar un palacio

y ver a tus plantas puesta

toda una corte ostentosa,

toda la Navarra entera.

GisbergaSi no me enojaran tanto

vuestras lisonjas molestas,

a fe que reír me harían

tan colosales promesas,

porque tan grandes no fuesen

si fuesen más verdaderas.

Toda Navarra: ¡ahí va poco!

¿Y a quién? ¡A una lugareña!

García¡Ay, serrana, que es tan falso

tu pecho como tu lengua,

y para enviar en palabras

tus pensamientos a ella,

lo que crees y lo que dices

tu astuto corazón trueca!

¿Serrana tú? ¿Tú villana?

Aunque ese sayal que llevas

y esa toca te disfraza,

en vano engañarme intentas;

que no hay serrana que arome

con tal cuidado las trenzas

que en agujas de oro prendes,

y acaso con nácar peinas.

Villana que en los arroyos

se lava y al Sol expuesta

y al aire libre ha pasado

diecinueve primaveras,

no tiene tan transparentes

las manos a torno hechas.

GisbergaTened las torpes palabras

que me indignan y avergüenzan,

o alguno tal vez que puede,

a la garganta os las vuelva.

García¿Quién, el jayán que allá dentro

enciende la chimenea?

¿Con qué? ¿Tal vez con el látigo

con que a los galgos encierra?

GisbergaCaballero!

García ¿O es el otro

que de misterios se cerca,

y aquí entre misterios pasa

su misteriosa existencia,

dando al necio vulgo pábulo

para harto absurdas consejas?

Gisberga¿Qué decís?

García Lo cierto digo.

Toda la comarca entera

ya de vosotros murmura

y de vosotros se aleja.

La misma corte, Pamplona,

ya en vosotros tiene puesta

su atención, y aseguraros

a mí me encarga la Reina.

Gisberga¡Cielos!

García Ahora bien, hermosa,

mi valor y mi nobleza

me han colocado en Navarra

de la Real familia cerca.

Yo te amo, y yo solo puedo,

si no esquivas tal oferta,

librarte de los peligros

que sobre ti se aglomeran.

GisbergaIdos, señor caballero,

y no os fatiguéis la lengua

en promesas ni amenazas

que quien las oye desprecia.

Decís que los que habitamos

esta marañada selva

damos al vulgo que hablar

y que temer a la Reina;

pues bien, la Reina y el vulgo

cuando les plazca que vengan,

y verán desvanecidas

tan injuriosas sospechas.

GarcíaMucho de tu causa fías;

mas ¿sabes que malas lenguas

por espías os delatan

de los moros?

Gisberga ¡Tal afrenta!

¡Espías!

García Tal lo murmuran;

y las nocturnas escenas

que dicen que en este valle

pasan (que serán quimeras),

mas que ante el vulgo ignorante,

que todo mal lo interpreta...

Gisberga¿Qué?

García De magos os acusan,

de quirománticas ciencias

profesores o secuaces...

¡Qué sé yo!

Gisberga Dios nos proteja.

¡Espías y nigromantes!

GarcíaQue son crímenes que llevan

a los unos a la horca,

a los otros a la hoguera.

Gisberga¡Por Dios, señor caballero,

que patrañas tan groseras

los nobles y cortesanos

es imposible que crean!

GarcíaQue aquí un espíritu habite

que impalpable se aparezca

bajo mil formas distintas,

ya en el llano, ya en la vega;

que aquí, con otros espíritus,

nocturnas rondas emprendan,

y otras semejantes fábulas

que cuenta la chusma crédula,

no puede creerlo nadie

que cinco sentidos...



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