Zuckermann | El jazz en la Ciudad de México, 1960-1969 | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 620, 175 Seiten

Reihe: Breviarios

Zuckermann El jazz en la Ciudad de México, 1960-1969


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7704-4
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Breviarios

ISBN: 978-607-16-7704-4
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El pianista y difusor del jazz Alberto Zuckermann reconstruye, desde sus propios recuerdos y vivencias como joven músico, una cartografía cultural del incipiente mundo sonoro del jazz durante la década de 1960 en la Ciudad de México y nos ofrece una ventana a los compositores e intérpretes más emblemáticos, sus presentaciones más relevantes, los recintos que albergaron su florecimiento y los promotores que impulsaron el desarrollo de una comunidad musical que permitió acercar la esencia del género a un público más amplio y diverso. El jazz en la Ciudad de México, 1960-1969, es también un retrato de la ciudad de aquellos días y de su vida nocturna, así como una reconstrucción de la experiencia cultural y musical desde la cual se conformó y consolidó el jazz en México como un género destacado, distinto de todo lo que lo precedía.

Alberto Zuckermann (Ciudad de México, 1946) es un activo y reconocido pianista de jazz, que desde los años setenta ha participado en recitales, festivales y clubes de jazz de México y Europa. Ha incursionado en la crítica especializada de esta música en diversos diarios nacionales y extranjeros desde 1969, e impartido conferencias alusivas en diversos foros. Tiene tres discos compactos propios: Solo Zuckermann, Dúo-Trío y Zuckermann en vivo. Es autor de cinco novelas publicadas y del libro de investigación El jazz en el Palacio de Bellas Artes (1962-2011), junto con Susana Ostolaza.
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II. MIS RECUERDOS


MI PRIMER DISCO DE JAZZ

Mi descubrimiento del jazz fue un tanto fortuito. Yo ya estudiaba piano desde hacía algún tiempo y tenía una pequeña colección de discos con música clásica, algo de rock de inicios de los sesenta, algo de pianistas populares virtuosos como Carmen Cavallaro o Peter Nero, y música de películas. Un sábado, saliendo de clase de piano en el Centro Histórico, pasé con mi madre a la tienda Mercado de Discos en San Juan de Letrán, hoy eje Lázaro Cárdenas.

Tino Contreras en trío durante una presentación en el Riguz Bar, 1961. Archivo de Tino Contreras.

Al entrar empecé a escuchar una música percusiva de ciertas tonalidades oscuras que me atrajo fuertemente. Pregunté a una empleada de qué disco provenía. Me dijo: “Es jazz mexicano y se llama Jazz en Riguz”. Solicité que me lo mostrara y vi que era de un tal Tino Contreras. Le pedí a mi madre comprarlo y ella me dijo: “No es un disco de piano como los que te gustan”. Sin embargo, insistí y me lo compró. Fue así como descubrí el jazz y entré a ese mundo de las síncopas, de las armonías disonantes y sobre todo de la improvisación.

Exterior del Riguz Bar, 1961. Archivo de Tino Contreras.

A ese disco del famoso baterista le debo haber entrado a la música de mi vida. Yo ignoraba entonces lo que eso iba a significar para mí. A partir de ahí se me abrió un mundo de nuevas sonoridades y me fui metiendo en él con una devoción y voracidad que no tenía hasta entonces.

MAX NAVA

Conocí a Max cuando tocaba en uno de los últimos festivales nacionales de jazz que se hicieron. Luego lo fui a escuchar en una presentación que hizo en el Museo de Historia Natural en Chapultepec, patrocinada por el gobierno de la ciudad, un domingo al mediodía.

Ahí, al terminar su presentación, lo abordé y empezamos a tratarnos. Me gustaba su grupo de aquel entonces, con Paul Smith López en el contrabajo, Tony Alemán en el piano y Martin Fierro en el sax tenor. Tenían un repertorio que incluía temas habituales del jazz. El grupo sonaba como si fuera gringo, tenía esa hechura. Max era asunto aparte; tocaba la batería de manera diferente a otros músicos que aquí eran famosos. No había en él un toque recio ni demasiado punch; parecía etéreo. Ahí estaba el ritmo, pero no era pesado. El grupo, en ocasiones, realmente volaba.

Toqué un par de ocasiones con Max, ya a mediados de los setenta, en un lugar de la Zona Rosa. Me sentí honrado de hacerlo y —no sé si para sorprenderme o si era algo que estaba aplicando últimamente— a media pieza en la improvisación, dobló el tiempo y, claro, me puso a parir. A tirones, pero me fui acomodando. Fue toda una experiencia.

A Max, cuando le preguntaban qué había que hacer para tocar jazz, decía: “Primero, hay que escuchar mucho a Art Blakey, y segundo, fumar buena mota”. No en balde, en el medio algunos colegas le decían Max Quemaba, haciendo también referencia al tema brasileño “Más que nada”, que a veces tocaba.

Tan era fan de Blakey que cuando éste vino a tocar en la Ciudad de México, ahí estuvo en las dos presentaciones, primero en Bellas Artes y luego en el Auditorio Nacional. En este último sitio me tocó ser testigo de que en los camerinos departió con él. Cuando llamaron a Blakey para entrar a escena, palmeándole la espalda le dijo, por fortuna en español: “Órale mi changuito, a sonarle”. Blakey sonrió y le dio un gran sorbo a su whisky antes de salir.

FÉLIX DE LA MORA
Y AL ZÚÑIGA

Una mañana, en el otoño de 1963, saliendo de haber desayunado en el Woolworth de Insurgentes y Coahuila con un compañero de la prepa, nos aventuramos por esta última calle, ya que teníamos tiempo todavía antes de regresar a clases. Como a tres cuadras vi un lugar que decía “La Fusa. Cafetería de Jazz”. Tomé nota de ello y ese fin de semana fui a conocerlo. Al llegar ya estaba tocando un cuarteto que encabezaba un trompetista —más tarde supe que era Manolo Gómez— y de inmediato puse atención al pianista. Era un joven unos cinco años mayor que yo, como de 21 o 22 años. Tocaba con una armonía muy interesante y tenía una capacidad especial para transmitir sus emociones; no sólo contagiaba al resto del grupo, sino a la mayoría de quienes lo escuchábamos. Quise conocerlo y al final de la segunda tanda hubo oportunidad de platicar con él. Le dije que estudiaba piano, pero que quería meterme al jazz, que me recomendara algunos métodos y algunos pianistas. Me recomendó un método llamado Chords and progressions y me dijo que escuchara a los pianistas Les McCann y Bill Evans.

Seguí frecuentando La Fusa casi cada fin de semana y lo saludaba cada vez que se podía. Veía a Félix con admiración y con cierta envidia, dado lo avanzado que estaba. Pensé que él iba a hacer una gran carrera en la música y que iba a ser famoso. Un día, allá en La Fusa, supe que ya no estaba con el grupo de Manolo Gómez, que se había incorporado al grupo de un famoso baterista. Le perdí la pista por un tiempo hasta que supe que estaba en tratamiento por narcodependencia. Pasado un tiempo volvió a la circulación, allá por 1966, tocando con un grupo llamado Los Bossa Estéreos en La Concha. No tuve oportunidad de verlo, pues era un lugar nocturno que no era nada barato. Le volví a perder la pista hasta que un día supe, por uno de los hermanos Agüero, que Félix había recaído en su problema y que había muerto en casa de su mamá. De él quedaron unas contadas grabaciones en los discos colectivos de algunos de los festivales nacionales de jazz y nada más, que yo sepa.

Al Camellito, como le decían en el medio al pianista Al Zúñiga, lo escuché por primera vez en el Festival Nacional de Jazz de septiembre de 1963, tocando a dúo con Víctor Ruiz Pazos. Recuerdo con emoción la hermosa versión que hicieron esa vez del tema Laura. En un momento dado, Al estiró su pierna izquierda y vi cómo cerró los ojos en éxtasis. Desde entonces se volvió uno de mis dos pianistas mexicanos favoritos. Luego lo escuché con Tino Contreras en un quinteto y aprecié a plenitud su buen sentido rítmico y su fluidez melódica. Era ya un músico maduro, cercano a los 40 años. Alguien me dijo que le metía duro al trago, pero no lo creí. Yo lo había visto bien en escena. Sin embargo, luego supe que ya casi nadie lo empleaba, que fallaba en los trabajos o llegaba en mal estado.

Al poco tiempo me enteré de que estaba tocando piano solo en un bar de la calle de Gante, llamado entonces La Cucaracha. Fui a verlo. El lugar no era grato ni muy estimulante, la gente iba a platicar y a beber. Al poco rato lo vi aparecer y sentarse al frente del desafinado piano. Lucía mal, avejentado y con un color grisáceo. Tocó algunos boleros y por ahí metió algún estándar de jazz. Parecía no estar ya del todo metido en la música, ya no era el pianista que yo había conocido. No me atreví a hablarle. Salí deprimido del lugar; aún había luz del día, pero se anunciaba una tormenta. Unos cuantos meses después supe que sufrió delirium tremens, lo internaron en un hospital y luego murió. Al está en algunos números de discos de los festivales nacionales de jazz y en algunas grabaciones de Tino Contreras. Como líder, hasta donde sé, no hay nada de él.

JUAN JOSÉ CALATAYUD

Fue a mediados de 1964 cuando conocí a Juan José. Estaba tocando con su trío 3.1416 en un pequeño café de la avenida Oaxaca llamado Schiafarello. Por aquel entonces yo ya había escuchado a Dave Brubeck y estaba atraído por su música, así que al escucharlo sentí que él andaba por el mismo rumbo. Al poco tiempo supe que todos los martes tocaba en la Casa de la Paz y fui a verlo varias veces.

Así conocí casi todo su repertorio, que incluía, desde luego, algunos temas que Brubeck popularizó por ese tiempo como “Blue Rondó a la Turca” y el siempre obligado “Take Five”, canciones del musical West Side Story de Bernstein, o versiones de algunos de los primeros temas de los Beatles. Lo que tocaban en aquella pequeña y abarrotada sala los tres jóvenes músicos lograba, por lo general, una muy buena acogida y el trío empezó a hacerse conocido.

En septiembre de ese año, recuerdo que los invitó José Luis Durán al Festival Nacional de Jazz. La respuesta del público les fue muy favorable, a tal punto que molestó a algunos de los músicos participantes y los acusaron, en comentarios de pasillo, de académicos y fríos, y de que Juan José no tenía swing, pero el grupo poseía algo que no tenían la mayoría de los otros participantes: una frescura y una integración únicas.

Al año siguiente siguieron tocando en aquel pequeño teatro, siempre lleno, y un mal día, mejor dicho, una mala noche viajaron con algunos de sus familiares a un evento musical en Córdoba. En el trayecto tuvieron un terrible accidente y Freddy Marichal y Juan José sufrieron graves daños a sus extremidades inferiores. A consecuencia de ello, el primero sufrió una amputación en una de sus piernas y Juan José ya no pudo tocar más los pedales del piano y tuvo que usar muletas o silla de ruedas. Después de un tiempo, Juan José volvió a tocar y su grupo fue cambiando de integrantes.

Una noche fui a escucharlo al salón Rubí del restaurante Tampico Club, allá por Balderas, y hablamos de varios pianistas, entre ellos Clare Fischer, así que cuando empezó a tocar con su trío me sorprendió interpretando una rica versión del tema “Nigerian Walk”, incluido en uno de los primeros álbumes de Clare. Era un terreno por el que Juan José raramente había...



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