E-Book, Spanisch, Band 391, 252 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
Allen / Barr / Boothby Villanos victorianos
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18436-30-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Una antología
E-Book, Spanisch, Band 391, 252 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
ISBN: 978-84-18436-30-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
MICHAEL SIMS (Crossville, Tennessee, 1958) es el responsable de las compilaciones The Annotated Archy and Mehitable y Arsene Lupin, Gentleman-Thief. Entre sus obras de no ficción, destaca especialmente El ombligo de Adán. Historia natural y cultural del cuerpo humano. Además, ha publicado numerosos artículos en New Statesman, Orion o The Washington Post.
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El episodio de los gemelos de diamantes
—Hagamos un viaje a Suiza —dijo lady Vandrift. Y cualquiera que conozca a Amelia apenas se sorprenderá de que, por tanto, hicimos un viaje a Suiza. Nadie puede imponerse a sir Charles salvo su esposa. Y nadie en absoluto puede imponerse a Amelia.
Al principio, tuvimos algunas dificultades porque no habíamos reservado con antelación y la temporada estaba ya muy avanzada, pero, tras recurrir a la habitual llave maestra, todas las puertas se abrieron y nos encontramos convenientemente alojados en Lucerna, en el más cómodo de los hoteles europeos, el Schweitzerhof.
Éramos un armonioso grupo de cuatro: sir Charles y Amelia, Isabel y yo. Teníamos habitaciones amplias y agradables, en el primer piso, con vistas al lago, y, como ninguno de nosotros estaba poseído por el menor síntoma de esa incipiente manía que se manifiesta en forma de un deseo insano de escalar montañas de fastidiosas escarpaduras y nieves innecesarias, me atrevería a afirmar que todos disfrutamos. Pasábamos la mayor parte del tiempo holgando en el lago, en esos graciosos vaporcitos y, de subir a una montaña, subíamos al monte Rigi o al Pilatus, en los que había una máquina que hacía todo el trabajo muscular por nosotros.
Como de costumbre, en el hotel, multitud de personas de todo tipo mostraban un ferviente interés por ser especialmente amables con nosotros. Si alguien desea ver lo simpática y cordial que es la humanidad, que pruebe a ser un conocido millonario durante una semana y aprenderá un par de cosas. Dondequiera que vaya sir Charles, siempre está rodeado de gente encantadora y desinteresada, todos impacientes por conocer a tan distinguido personaje y todos bien informados de varias inversiones excelentes o de varias obras merecedoras de caridad cristiana. Es mi deber en la vida, como su cuñado y secretario, rechazar con gratitud las magníficas oportunidades de inversión y verter sensatos jarros de agua fría sobre los propósitos benéficos. Yo mismo, incluso, como limosnero del gran hombre, estoy muy solicitado. La gente cuenta por casualidad, delante de mí, historias sin malicia sobre «los pobres coadjutores de Cumberland, ya sabe, señor Wentworth», o las viudas de Cornualles. Son poetas sin un penique con grandes epopeyas guardadas en algún cajón y jóvenes pintores que solo necesitan el aliento de un mecenas para abrirse las puertas de alguna admirable academia. Yo sonrío y pongo cara de entenderlo mientras voy administrando agua fría en pequeñísimas dosis, pero nunca informo de nada de esto a sir Charles salvo en el extraño o casi insólito caso de que crea que hay algo que en verdad merece la pena.
Desde nuestra pequeña aventura con el vidente de Niza, sir Charles, que es cauto por naturaleza, era aún más prudente que de costumbre con los posibles estafadores, y quiso el azar que, justo frente a nosotros en la table d’hôte del Schweitzerhof —es uno de los caprichos de Amelia cenar en la mesa de huéspedes; dice que no soporta estar encerrada todo el día en sus habitaciones «con tanta familia»—, se sentara un hombre de aspecto siniestro con cabello y ojos oscuros, muy llamativo por sus cejas pobladas y prominentes. El primero que me hizo fijarme en las cejas en cuestión fue un simpático pastor protestante sentado a nuestro lado que observó que estaban formadas por cierto tipo de pelos gruesos y erizados que (según nos dijo) Darwin había rastreado hasta nuestros antepasados los monos. Un hombrecillo muy agradable, ese joven párroco de rostro bisoño que estaba de luna de miel con su simpática mujercita, una bella muchacha escocesa con un acento encantador.
Miré aquellas cejas con atención. Entonces me invadió una idea repentina.
—¿Cree que son suyas? —le pregunté al clérigo—. ¿O las lleva pegadas, como un disfraz? La verdad es que casi lo parecen.
—No pensarás... —empezó a decir Charles, pero de pronto se contuvo.
—Sí, así es —repuse—. ¡El vidente!
Entonces me di cuenta de mi desatino y bajé la mirada, avergonzado. Lo cierto es que Vandrift me había ordenado de manera categórica, mucho antes, que no le dijera nada a Amelia sobre nuestro penoso incidente de Niza; temía que, si ella lo oía una vez, él no dejaría de oírlo nunca.
—¿Qué vidente? —preguntó el joven párroco con curiosidad pastoral.
Advertí que el individuo de las cejas prominentes daba una especie de respingo extraño. Charles tenía los ojos clavados en mí. Apenas supe qué responder.
—Oh, un hombre que estuvo en Niza cuando nosotros el año pasado —tartamudeé mientras intentaba con todas mis fuerzas aparentar indiferencia—. Un tipo del que hablaban allí, nada más. —Y cambié de tema.
Pero el pastor, como los burros, no me dejó desviarme mucho.
—¿También tenía las cejas así? —insistió en voz baja.
Yo estaba muy enfadado. Si aquel era el coronel Clay, el párroco, sin duda, lo estaba poniendo sobre aviso y debido a ello nos iba a ser mucho más difícil atraparlo ahora que tal vez se nos presentaba la ocasión de hacerlo.
—No, en absoluto —contesté de mal humor—. Ha sido una impresión momentánea. Pero no es el mismo hombre. Me he confundido, sin duda. —Y le di un discreto golpecito con el codo.
Pero el joven pastor era demasiado inocente.
—Ah, comprendo —repuso asintiendo con un exagerado ademán de la cabeza como dándose por enterado.
Luego se giró hacia su esposa y le hizo un gesto muy poco sutil, gesto este en el que el hombre de las cejas no pudo dejar de reparar.
Por suerte, una discusión política que había empezado a pocas sillas de distancia se extendió hasta nosotros y desvió la atención. El mágico nombre de Gladstone nos salvó. Sir Charles pronto se exaltó y yo me alegré mucho al ver que, a esas alturas, Amelia escuchaba rebosante de curiosidad.
Después de la cena, sin embargo, en la sala de billar, el hombre de las cejas enormes se me acercó con disimulo y empezó a hablar conmigo. Si era el coronel Clay, resultaba evidente que no nos guardaba ningún rencor por las cinco mil libras que nos había limpiado. Al contrario, parecía muy dispuesto a birlarnos cinco mil más si tenía oportunidad, pues enseguida se presentó como el doctor Hector Macpherson, único cesionario de vastos derechos de explotación —por parte del Gobierno brasileño— en el Alto Amazonas. Casi de inmediato empezó a hablarme de los espléndidos recursos minerales de sus tierras de Brasil: plata, platino, auténticos rubíes, tal vez diamantes. Yo escuchaba y sonreía; sabía lo que vendría después. Lo único que necesitaba para explotar esa magnífica concesión era un poco más de capital. Era triste ver miles de libras en platino y cargamentos de rubíes erosionándose en el suelo o arrastrados por el río por falta de apenas unos cientos de libras más necesarios para extraerlos de forma apropiada. Si conociera a alguien con dinero para invertir, le recomendaría... No, le brindaría una oportunidad excepcional para ganar, digamos, el cuarenta por ciento sobre el capital con absoluta certeza.
—No lo haría por cualquiera —recalcó el doctor Hector Macpherson irguiéndose—, pero, si llegase a tomar aprecio a un socio con liquidez, podría ponerlo en disposición de hacer su agosto con una celeridad sin precedentes.
—Sumamente desinteresado por su parte —repuse con ironía al tiempo que clavaba la mirada en sus cejas.
El joven pastor, entretanto, estaba jugando al billar con sir Charles. Sus ojos siguieron a los míos mientras se posaban por un instante en aquellos pelos simiescos.
«Postizas; sin duda postizas», vocalizó con los labios; y tengo que confesar que jamás vi a un hombre hablar tan claro solo con el movimiento de la boca: podías distinguir cada palabra, aunque de la boca no saliera ni el más mínimo sonido.
El doctor Hector Macpherson se pegó a mí toda la noche como una cataplasma de mostaza. Y era casi igual de irritante que esta. Acabé más que harto del Alto Amazonas. Ciertamente, en la vida he tenido que abrirme paso por tantas minas de rubíes (sobre el papel, me refiero) que el mero hecho de ver uno me pone enfermo. Cuando Charles, en un insólito arranque de generosidad, le dio en cierta ocasión a su hermana Isabel (con la que tengo el honor de estar casado) un collar de rubíes (gemas de poca calidad), hice que lo cambiase por zafiros y amatistas so pretexto de que le sentaban mejor al cutis de mi mujer. (Y me apunté un tanto, por cierto, por haber pensado en el cutis de Isabel). Para cuando me fui a acostar, estaba dispuesto a hundir el Alto Amazonas en el mar y a apuñalar, disparar, envenenar o herir de cualquier otra forma al hombre de las concesiones y las cejas postizas.
Tres días seguidos estuvo, cada cierto tiempo, volviendo a la carga. Me mataba de aburrimiento con su platino y sus rubíes. No quería un socio capitalista que explotase aquellos recursos en persona; prefería hacerlo por su cuenta y dar al inversor obligaciones preferentes de su empresa fantasma y un derecho sobre la concesión. Yo escuchaba y sonreía; escuchaba y bostezaba; escuchaba y era maleducado; dejaba de escuchar por completo..., pero él seguía y seguía con la matraca. Un día, me quedé dormido en el vapor y cuando me desperté, diez minutos después, oí que seguía diciendo, de forma machacona: «Y el rendimiento por cada tonelada de platino está asegurado en...» (ya no recuerdo cuántas libras u onzas o masas de penique). Los detalles del aquilatamiento habían dejado de interesarme: como...




