Bai | Habladurías de mujeres | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 6, 400 Seiten

Reihe: Viajes literarios

Bai Habladurías de mujeres


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17594-54-1
Verlag: La Línea Del Horizonte Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 6, 400 Seiten

Reihe: Viajes literarios

ISBN: 978-84-17594-54-1
Verlag: La Línea Del Horizonte Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Escrita desde el oído, y con un estilo personalísimo, este recuento de habladurías, chismes y conversaciones de mujeres nos lleva al corazón de la China rural, la que ni siquiera es audible para los urbanitas de las grandes ciudades. Con desparpajo y sin pelos en la lengua, su protagonista, Li Muzhen, nos muestra las costumbres de la vida en el campo, sus rituales, creencias y relaciones familiares; pero, sobre todo, nos habla de la vida de sus mujeres. Así nos adentramos en su complejo mundo familiar, la relación con los hijos, el maltrato, el amor y el sexo, la prostitución, el incesto, la locura, sin olvidar el drama de los asesinatos masivos de niñas para cumplir con la imposición conocida como 'la política de hijo único', promovida por sus autoridades en 1979 y vigente hasta 2015. Un relato de indudable valor antropológico tejido como un mosaico de historias breves, en las que prevalece la mirada de estas campesinas sobre un mundo silenciado y oculto. Se trata de una obra maestra, y de gran éxito, que otorga un nuevo significado a las letras chinas del presente, a la vez que conforma la corriente 'Nueva escritura femenina' en China, que la misma Lin Bai y Chen Ran -ver su Vida privada en esta misma editorial- iniciaron en los años noventa del pasado siglo.

LIN BAI. Nacida Lin Baiwei es una escritora originaria de Beiliu, Guangxi, (1958). En la actualidad es una de las grandes narradoras chinas y goza de un merecido reconocimiento por parte del público y la crítica. Se formó en la universidad de Wuhan y comenzó trabajando para el cine como editora y guionista; más tarde lo hizo como periodista y bibliotecaria. Se dio a conocer a finales de los ochenta como una escritora inusual que abordaba la introspección íntima junto a una exploración audaz de la experiencia femenina, en la China posterior a Mao. Combinando una intensa energía emocional y un vívido sentido del lugar, sus historias surgen de la memoria personal y exploran la amistad entre mujeres con connotaciones homoeróticas, o trabaja sobre temas polémicos como el adulterio, el aborto o la masturbación femenina. Autora de varias novelas de éxito, como A War of One's Own (1994) de corte autobiográfico y muy polémica en su día por su tratamiento abierto de la sexualidad femenina, Watching the Empty Years Pass By (1995), Fatal Flight (1995), Speaking, My Room (1997); con Habladurías de Mujeres (The Records of Women's Gossip) se consagró como una autora de verdadero culto en el panorama literario chino de la actualidad.
Bai Habladurías de mujeres jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Mi recuerdo más temprano

No me quedan recuerdos de cuando mamaba de la teta de mi madre. Le llevo dos años a Muling, y cuando ella aún mamaba, yo ya había dejado de hacerlo. Nuestra antigua casa tenía la misma entrada —una bastante grande— y estaba situada entre otras que también tenían una entrada grande, además de un salón central de grandes dimensiones, como en las viviendas de antes. La entrada daba directamente a ese salón. Todas las casas del pueblo tenían una familia que se apellidaba Li, al igual que cada una de esas casas tenían la entrada grande y el patio que usaban para relajarse. Nadie salía de la puerta principal, pues uno se divertía de puertas adentro. Las casas eran como esas residencias antiguas con patio interior de Beijing que llaman siheyuan, pero nosotros, en cambio, teníamos nuestro salón, ahí en medio, donde lo pasábamos bien.

Recuerdo cuando nació mi hermano pequeño. Fue en 1970, Muling y yo dormíamos con mi madre, y mi padre no estaba en casa. Dormíamos a pierna suelta cuando tuvimos que levantarnos a toda prisa. «Levantaos, levantaos, —nos decían los del pueblo—, tu madre va a parir»… Pensé que lo de parir tenía algo de extraño y maravilloso, por eso se justificaba lo del salir de la cama. Muling estaba muy contenta, pero yo no tanto porque no había podido dormir bien.

En un instante, oí decir que ya tenía un hermano, un didi. Y pensé: hay quienes ya tienen un hermano pequeño y ahora nos ha tocado a nosotros. De hecho, también cuidábamos a Muling. Éramos tres y la mayoría de las veces cerrábamos con llave la puerta de nuestra casa, ya que esa puerta servía también de dique de contención del agua y ninguno de nosotros quería morirse ahogado.

Aún recuerdo que, al principio, cuando mi hermano pequeño no existía todavía, mi madre usaba una cuerda para a atarme a mí y a Muling. Nos ataba a la puerta de la entrada para que no nos moviéramos y no pereciésemos ahogadas. Muling permanecía con cara de tonta a un lado y yo quieta algo más lejos. Delante de la puerta, podíamos movernos un poco.

Sentíamos admiración por la manera de divertirse de la gente. ¡Qué libres eran y nosotras atadas a una cuerda! En ese momento ya teníamos al hermano pequeño y la vieja casa había sido demolida. La entrada estaba totalmente al descubierto. El didi no sabía a menudo ni dónde estaba, por lo que la puerta debía estar cerrada con llave herméticamente. Entonces, desataba el nudo que ataba a Muling —yo podía hacerlo y ella no—, aunque teníamos las muñecas atadas, pero lo desanudaba, y así podíamos fugarnos y divertirnos con alguien de la familia, de modo que cuando mi madre regresaba a casa, no nos encontraba. A mediodía, a la hora de comer, mi madre nos increpaba en la mesa y amenazaba con zurrarnos. Por la tarde volvía a atarnos, pero esta vez por la espalda y con los pantalones. A Muling le ataba las manos con las dos muñecas juntas y le decía: «¡No te dejes soltar por ella! Si te suelta, te zurraré a ti también»…

Yo me entretenía junto a la puerta: con el dedo pulgar me dedicaba a aplastar los granos de mi piel, me los reventaba y me salía sangre. En ese momento me brillaban los pies y Muling, al verme sangrar, se puso a llorar. Yo también me puse a llorar y gritar, de modo que me dejó entonces desatar la cuerda que la sujetaba. Mi madre se había ido a los arrozales para avivar la cosecha y fuimos a buscarla, pero al vernos libres, sin las cuerdas, se enfadó de nuevo. Llorando, le repliqué que mis pies sangraban, pero mi madre me respondió: «Solo se te ha levantado la piel un poco. ¡No pasa nada!»... y nos llevó de nuevo a casa donde nos ató a la puerta. Aprenderíamos de esa experiencia a lo largo de nuestras vidas.

La primera vez que vi un muerto

Recuerdo cuando murió mi segundo padre. El segundo padre no era otro que el segundo hermano de mi padre, su hermano mayor. Desconozco qué edad tendría yo en esa época, pero fue la primera vez que vi un muerto. Al difunto lo pusieron en el interior del gran salón. Los presentes se colocaron, como es habitual, en el lado norte, y había uno, solo uno, que estaba tras la puerta.

El día que me dijeron que mi tío había muerto era, probablemente, primavera y creo que llovió. Él y su segunda laopo vivían en una casa muy modesta con una cocina y una habitación. Muchos fueron los que se enteraron de que el segundo padre había muerto y fueron a verlo. Yo también. Se formó cierto alboroto entre la gente, pero mi madre intentó controlar la situación. Adujo que temía que yo no pudiera dormir bien por la noche, pero ¿miedo de qué?... No comprendía nada de nada. Lo único que sabía era que había alguien tumbado en una cama y detrás de la puerta una jaula con un mochuelo en su interior del tamaño de un pato con plumas blancas y negras —muchas familias criaban esos mochuelos en sus casas— y había dejado un huevo en su nido. Los había que llegaban a dejar veintidós, otros veinte. Muchos ni siquiera dejaban huevos. Ese ganso estaba incubando a sus futuros mochuelos.

Me puse, por lo tanto, a observar a ese mochuelo alimentando a sus crías y tenían miedo, pero yo no tenía absolutamente nada de miedo. Ni siquiera comprendía por qué la segunda esposa lloraba como una desesperada. ¿Lo hacía porque había muerto alguien?

El telar

Los días de lluvia nos divertíamos en el salón. Saltábamos a la cuerda, jugábamos a la rayuela o al escondite… Todo lo hacíamos ahí, a un lado de esa habitación central de la casa, donde estaba el telar de la abuela. Cuando ella no estaba, que era a menudo, ni lo utilizaba, lo dejaba ahí, así que ese telar era para mí como un juguete y lo encontraba la mar de divertido. Siempre que lo veía me ponía a hacerlo funcionar, aunque en esa época lo encontraba demasiado grande para mi tamaño y tenía que subirme en él. En eso consistía mi diversión. Posteriormente, cuando crecí, el telar me parecía que había encogido.

Hay quienes tejen ropas con un telar, como la tercera madre, la cuñada de la segunda laopo. Nosotros la hemos visto utilizar el telar —poseía uno propio—, y en esa época debía de tener unos cuarenta años, llevaba el pelo corto y tenía una barbilla que era más bien un punto negro, una marca de nacimiento. Toda la barbilla era en realidad negra, grande y plana, y se reducía a esa mancha negra de grandes dimensiones.

Al verla hilando y tejiendo con el telar, le preguntaba a mi madre: «Y tú, ¿por qué no tejes?»... Pensaba que tejer era una habilidad importante para una mujer, pero mi madre no sabía utilizarlo. Tampoco sabía hilar y nosotras no aprendimos a hacerlo. Mi madre dejaba a medias su trabajo con el telar y luego se iba a preparar la comida, mientras nos quedábamos contemplando como tontas la rueda del aparato, incapaces de acabar el trabajo; solo mi hermano Xi era capaz de salvaguardar la dignidad y hacer algo con el telar.

La ropa que se hacía con el instrumento era de color blanco y sin flores. Se le llamaba «tela de algodón blanco» y «ropa casera». Cuando la tercera madre hilaba, todavía en su colectividad, —debían correr los años setenta u ochenta—, la segunda esposa la acompañaba en esas labores. Querían hacerlo en mi casa, pero la tercera madre sufría lo suyo para dominar el telar. Ese arte del manejo del huso y la máquina de tejer ya le resultaba muy difícil, por no decir imposible, a las mujeres de su generación. Nunca encontraban el tiempo necesario para acabar la tarea y el que empleaban acababa desperdiciado. Si finalmente se conseguía hilar algunos vestidos u otro tipo de ropa, entonces me los ofrecían a mí. La mayoría de ropas que me daban estaban hechas a mano y eran para ir tirando. Ropas muy baratas.

Pues bien, no me avergüenza contar ahora que siempre llevaba puestas prendas hechas a mano y de muy baja calidad. Sobre todo, llevaba encima… ¡unos bombachos! Cuando los lavaba, perdían el color rápidamente y se ponían negros y azules. Nunca quedaban bien. Por suerte, en verano me ponía la ropa blanca, la de algodón, que quedaba siempre igual por muchos lavados que llevasen encima. La ropa que se compraba en la calle venía del extranjero o llevaba nombres extranjeros, pero era falsa. En verano, sin embargo, esas prendas extranjeras, debido a su grosor, daban siempre demasiado calor. En mi infancia llevaba ropa hecha en casa, incluso para ir al colegio. Nos regalaban ropa y pasaba de hermana mayor a hermana pequeña. Cuando nacía una niña, y alcanzaba cierta altura, se le daba un par de pantalones ya usados por alguien de la familia. Crecer era para nosotras llevar las ropas de nuestras hermanas y primas.

Ah, también se daban los edredones que se hacían con el telar. Unos edredones que eran de seda blanca.

Estirar del cordel de una lámpara para que se haga la luz

También recuerdo la primera vez que encendí un aparato que funcionaba con electricidad. Todo el mundo estaba tan contento… Debía de tener siete u ocho años, tal vez nueve. Cuando no teníamos electricidad, iba con mi madre a casa de mi abuela materna y aparentábamos no ser de pueblo. ¡La abuela sí que tenía en su casa luz eléctrica!... y a mí me asustaba mucho y me quejaba: «Ay, ay… qué brillante es esa luz»… La cuñada decía que ya no utilizaba las cerillas para encender la lámpara, ahora solo había que tirar para abajo de una cuerdecita y la luz aparecía por sí sola. Me parecía tan inexplicable como la vida misma. Le pregunté: «Pero, esa luz ¿no se extingue nunca?»... La cuñada me respondió: «Solo necesitas...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.