E-Book, Spanisch, Band 5, 380 Seiten
Reihe: Viajes literarios
Ran Vida privada
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17594-30-5
Verlag: La Línea Del Horizonte Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 5, 380 Seiten
Reihe: Viajes literarios
ISBN: 978-84-17594-30-5
Verlag: La Línea Del Horizonte Ediciones
Format: EPUB
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CHEN RAN (Beijing, China, 1962) Aunque comenzó estudiando música, sus intereses pronto derivaron a la literatura. Cursó Lengua y Literatura china en la Universidad Normal de Beijing y más tarde fue profesora en ella durante cuatro años y medio. También ejerció la docencia en universidades de Melbourne, Berlín y Oxford. Desde muy temprano comenzó a publicar poesía en revistas como Literature of the People o Journal of Poetry y desde 1987 abordó una serie de relatos y novelas breves de contenido surrealista, con reflexiones de índole filosófica y con un estilo propio y original. Ya en su primera novela corta The Sickness of the Century (1986), aparecen algunos de los temas recurrentes que desarrollará en otras: la exploración de la introspección y la identidad femenina, la enfermedad o la confluencia de contrarios como la realidad y la fantasía. También ha cultivado el ensayo con títulos como Who plundered the face? (2007) o Human language, Dog language (2009). Vida privada apareció en 1996 y es su obra más conocida. Su originalidad de estilo y el tratamiento abierto de la sexualidad y la subjetividad femeninas causaron un gran revuelo en China e inmediatamente fue publicada en Hong Kong y Taiwán. Hoy se la considera una novela clave en el movimiento feminista chino de estas décadas y es objeto de ensayos y análisis literarios por ser una de las escritoras más vanguardistas de su generación.
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EL TIEMPO PASA Y YO SIGO AQUÍ COMO SIEMPRE
Para protegernos de los gritos de los histéricos, lo decimos todo a corazón abierto y, encima, lo tarareamos para llamar la atención.
Y para escapar de las sombras que proyecta el tiempo, cerramos, simplemente, nuestros ojos.
El tiempo y los recuerdos son ahora fragmentos que se han acumulado uno encima de otro con el paso de los días y parecen estar flotando en el aire, indecisos, sin asentarse en ningún sitio, pero cuando lo hacen se reposan como losas pesadas sobre mi cuerpo, oprimiéndolo y excitando mi sistema nervioso, despertando así, dicho sea de paso, mis arraigados demonios íntimos. Esos fragmentos hechos de tiempo y recuerdos son, en realidad, innumerables ratas de crueldad insólita que acosan mi cuerpo en todo momento conduciéndolo a su ruina. El tiempo, mientras tanto, pasa, y soy incapaz de pararlo, como soy incapaz de parar esas ratas que me devoran. Ya no sé cuanta es la gente que se calza la armadura de la hipocresía para hacer frente a esos fragmentos. Por mi parte me sirvo de los muros que me rodean, entre los que acabo siempre aprisionándome. Cierro luego herméticamente la puerta y las ventanas dejando de lado toda actitud que se pudiera identificar como ardor guerrero. A decir verdad, no sirve de nada. Salvo la muerte y el consecuente entierro bajo una estela de piedra bien pesada, nada, repito, absolutamente nada, va a hacer desaparecer esos fragmentos; esa es la conclusión a la que he llegado en mi vida.
Años atrás, mi madre tomó ese mismo camino sin salida
—la muerte—, no pudiendo huir así del paso devastador del tiempo —el tiempo que todo lo destruye—. A día de hoy, la recuerdo aún con su dificultad al respirar, sus sollozos y lamentos interminables, como si estuviese aquí a mi lado. De la misma manera recuerdo su aire taciturno y el miedo que se reflejaba en cada arruga de su cara poco antes de su fin; pero si algo no podré quitarme de encima en mi vida son esos gritos trágicos que lanzaba inesperadamente en la casa. Esos gritos cargados de significado eran como afilados cebos de pesca clavándose en mi cabeza, donde todavía resuenan hoy en mis oídos como eterna música que me acompañará toda la vida; música punzante que no me abandonará.
En un principio, además, vivía conmigo el frustrado de mi padre, ese hombre arrogante que se sentía siempre infravalorado en este mundo, y que, con inteligencia sutil, llevaba una vida separada de la de mi madre —una vida aparte—, y hacía que me sintiese un cuerpo dañado, un ser insignificante, pues conseguía que desapareciese de este mundo como persona —por decirlo en pocas palabras— y lo mismo en cuanto a su manera de pensar: lograba la absoluta desintegración de mi ser. Adoptaba esa actitud ante la vida y ante mí para rechazar el paso del tiempo y sobrevivir al daño irreparable que este pudiese provocar en él. Sí, el tiempo, siempre el paso del tiempo y sus heridas en mis padres. Mi padre me hacía pensar siempre en una comparación que ya había oído antes y que se refería a un tipo de hombres: hay quienes dejan caer su semilla y luego la olvidan. Cuando la ven de nuevo, descubren que se ha convertido en una planta ya desarrollada de bellas flores con verdes y exuberantes hojas; una planta con capullos bien formados que muestran al mundo su capacidad de dar vida por sí misma. Simplemente, la semilla era así y por eso la planta también crecía de esa manera. «¡Y vaya flores y vaya capullos!», se dice ahora ese tipo de hombre olvidadizo. Luego mira atrás, a lo que ha sido su vida, y no reconoce esa semilla.
El tiempo, ahora lo sé, está formado por la cadena de mis pensamientos —son su sustancia—; el tiempo se forma con mis pensamientos y mis pensamientos se forman con el tiempo.
Ahora estoy sola en el mundo y eso está francamente bien: ya no necesito hablar más sobre ello. Estoy cansada del ruido de la gran ciudad y de su zumbido, que parece provenir de una nube de moscas que nadie puede ver y que no cesa de revolotear y mascullar sobre tus pensamientos, como si, al parecer, ese murmullo fuese el único camino y el único alimento. La gente intenta de mil maneras poseerlo para pertenecer a su futuro, pero a mí no me ofrece ninguna confianza el lenguaje de las moscas. La fuerza individual es, sin embargo, algo sin importancia en estos casos, ya que soy incapaz de aplastar con las palmas de mis manos todas esas moscas; solo puedo distanciarme de ellas.
En el apartamento de la antigua ciudad de P3 en el que vivía mi madre y que me dejó para mí, reina, en su interior, la paz y la tranquilidad. En ese apartamento las ventanas están cubiertas con cortinas y el pasillo es largo y silencioso.
Una vida solitaria que todavía no me ha aportado ninguna paz. Cuando vivía con mis padres, tampoco había nada de particularmente caluroso en ese hogar. Ahora todo ha mejorado. El tiempo parece haber recorrido ya, en su cauce, muchos años. Parece haberse cansado, congelado incluso. Se ha congelado en mi habitación y en mi rostro, porque el tiempo parece haber enfermado de cansancio y se ha detenido en él, dejándolo como era años atrás.
Pero, al contrario, mi estado mental ha envejecido prematuramente, convirtiéndose ya, lentamente, en el de una anciana. Como ejemplo, ya no puedo discutir más con la gente porque hay algo que he podido comprender: en toda disputa, la verdad acaba brillando por su ausencia. Se trata de localizar en qué lado está y en ese momento comienzan a aparecer los problemas. Además, alguien pierde y alguien sale ganando. Pero ¿quién en realidad sale ganando y quién sale perdiendo? El resultado ya no tiene ninguna importancia. Lo cierto es que ya no creo que la tierra que hay bajo nuestros pies sea un camino bien trazado. Más bien creo que esa tierra es un enorme y enloquecido tablero de ajedrez. En este mundo, la mayoría de la gente piensa con los pies el mundo en el que viven y con sus dedos escogen el camino a tomar. Si hay quienes utilizan sus cerebros para escoger ese camino, deberán asumir el precio a pagar: la soledad. Se convertirán en algo parecido a uno de esos viejos quejicas que andan encorvados haciéndose preguntas que nadie responde. Su humanidad quedará apartada a un lado y así, escéptico, el anciano observará el mundo. Soy vegetariana, y de las que respetan esa filosofía religiosamente. Casi me he convertido en una filósofa del veganismo, pero tengo que reconocer que hay en ello mucho de obsesión personal por lo que debe ser lo mejor para mi salud, unido a unas cuantas obsesiones sobre los supuestos beneficios del mundo vegetal que me han acompañado toda la vida. Si solo hubiese vegetales en nuestra dieta, ya no podríamos identificar el vigor físico con el cuerpo de los seres humanos; todos veríamos con más claridad porque tendríamos mejor vista y todos seríamos, sin duda alguna, más guapos. Me encanta ese pequeño jardín que hay en el balcón mi piso. Sobre todo, me gustan las plantas de los tiestos donde crecen los ficus con sus gruesos tallos y sus exuberantes hojas verdes, o esa que llaman «costilla de Adán», con sus hojas enormes como garras, y que lleva creciendo años en la misma maceta, imperturbable, cada vez más bella. No tengo ninguna necesidad de precipitarme al vocerío de la gente —ni al de los parques públicos—. ¿Acaso hay algo que me produzca más placer que el color verdísimo de esas plantas?
Días atrás, Qi Luo, un amigo mío que es además un buen médico, me propuso que le visitase en su consulta. Me preguntó por teléfono y con un tono de voz inquisitivo cómo iba yo de ánimos y en qué circunstancias me encontraba en ese momento. Imagino que se refería con esto último a mi vida social. Le respondí simplemente que no veía a nadie; es decir, que no veía a «otra gente», maticé.
Fuera de nosotros, las palabras son como la luz de la luna: hay en ellas una pretensión de luz verdadera —la que todo lo ilumina—, pero sin ninguna intención particular. Existe siempre el consuelo, y no creo que haya mejor palabra para expresar lo que quiero decir, de confiar en lo que decimos en una conversación; algo así como creer que el pan puede por sí solo saciar el hambre de las personas.
Mi cuerpo no necesita pastillas. Respecto al vigor de mi alma, tampoco necesita hacerse creyente de ninguna religión.
Le dije a mi amigo el doctor: «Si lo necesito, iré a verte».
Qi Luo me replicó: «Tu agorafobia4 es incurable».
Lo sé, es el primer síntoma de eso que llamamos cultura o civilización. Posteriormente, debemos nombrar las mil rarezas de nuestra condición en tanto que seres humanos. Dar un nombre a las cosas, eso es todo, como si nuestros nombres fuesen el origen de todo, o como si solo ellos hiciesen posible que las cosas tuviesen una forma determinada, y hacerlo con la obstinación inocente de un niño que quiere saber cómo se llama todo. ¿La obstinación inocente de un niño, digo? No veo ahora ninguna diferencia entre llamar a algo «niño» o «perro», u otra cosa… ¿Para qué sirve al fin y al cabo esa manía tan humana de darle un nombre a todas las cosas?
En estos momentos me encuentro tendida en una cama mullida y enorme, y esa cama es... pues es el arca de Noé flotando sobre el diluvio universal y también es un castillo en un mundo que se ha vuelto loco donde viven mis hombres y mujeres.
Y la luz5 del amanecer en el verano como hilos hechos de fuego que se confunden en el vacío con la algarabía del exterior y que entran a través de la ventana para limpiar mis ojos cansados a medio cerrar. Esa luz turbia ha anegado tantos años mis párpados…
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