E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Bemelmans Hotel Splendide
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-127403-5-6
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 224 Seiten
ISBN: 978-84-127403-5-6
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nació en 1898 en Merano, una ciudad de Austria-Hungría que actualmente pertenece a Italia. Pasó toda su infancia en hoteles, lo que él mismo definió como una vida muy solitaria. En 1914 emigró a Nueva York, donde trabajo? quince años en el sector hotelero antes de convertirse en ilustrador y escritor a tiempo completo. Fue guionista de la Metro Goldwyn Mayer, y son conocidas las numerosas portadas que dibujó para el New Yorker y Town and Country. Hoy en día se lo recuerda principalmente por la serie de libros infantiles protagonizados por la niña Madeline, que publicó entre 1939 y 1961. Murió en Nueva York en 1962.
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Era uno de aquellos contados días en los que Mespoulets y yo teníamos algún cliente en nuestras mesas. Yo pasaba casi todo el tiempo haciendo muecas en un gran espejo que había detrás de mí. A mi lado, Mespoulets negaba con la cabeza. Mespoulets era camarero y yo era su mozo de comedor. Nuestro puesto estaba en la balconada trasera que había en la planta baja del salón comedor principal de un hotel al que llamaré el Splendide, un edificio inmenso y lujoso con muchos espejos que renunció a su desequilibrada pugna con la economía poco después de la época del boom para, con toda probabilidad, acabar más tarde reconvertido en un bloque de oficinas o demolido.
Antes de establecerme en Estados Unidos, había trabajado una temporadita en un hotel del Tirol, propiedad de mi tío. El alemán era mi lengua materna, y sabía suficiente inglés como para arreglármelas en la ciudad de Nueva York, aunque, eso sí, mi francés era pésimo. Mespoulets era un apasionado de la lengua francesa en todos sus aspectos y contaba con tiempo de sobra para enseñármela.
—Si digo «Le chien est utile», tenemos una proposición. Si digo «Je crois que le chien est utile», tenemos dos. Si digo «Je crois que le chien est utile quand il garde la maison», ¿cuántas proposiciones tenemos?
—Tres.
—Muy bien.
Mespoulets asintió muy serio en señal de aprobación. En ese momento Monsieur Victor, el maître d’hôtel, cruzó nuestra sección de mesas y los demás camareros que había por allí dejaron de hablar entre ellos, unos para alisar un mantel por aquí o mover una silla por allá, y otros para recolocarse con delicadeza la servilleta sobre el brazo o estirarse la chaqueta y la pajarita. Mespoulets fue el único que siguió como si nada. Me agarró del brazo y se dirigió lentamente hacia el office, pasando por delante de Monsieur Victor. Mientras yo caminaba a su lado, él prosiguió con la lección.
—«L’abeille fait du miel.» En esta oración el verbo «fait» es por sí solo insuficiente. No dice lo que hace la abeja, así que completamos la idea añadiendo las palabras «du miel». Estas palabras se denominan «un complément». Entonces, ¿qué contiene la oración «L’abeille fait du miel»?
—Contiene un verbo, un sujeto y un complemento.
—Muy bien, estupendo. Ahora corre y tráeme el Camembert, la salade escarole, las galletitas saladas duras y la tacita de café para el señor Frank Munsey de la mesa ochenta y seis.
Nuestras mesas, la 81, la 82 y la 86, estaban situadas en un rincón ruidoso de la balconada en el que además había corriente. Miraban a las escaleras del salón comedor y estaban en medio de dos puertas. Una de ellas conducía al office, y sus bisagras chirriaban quejumbrosas. Los días húmedos sonaban como un gato enfadado, y no paraban de recibir los puntapiés de las botas de los camareros que entraban y salían, raudos, cargados de bandejas. La otra puerta daba a un armario donde se guardaba la mantelería.
Los camareros y mozos de comedor pasaban entre nuestras mesas, apretujados, con las bandejas. Los que las llevaban repletas de comida las sostenían en lo alto, por encima de la cabeza; los que iban con platos sucios, por abajo. Solían tropezar unos con otros y, cuando eso sucedía, se producían estrepitosos choques de cubertería, cristalería y vajilla de porcelana, y la nata goteaba en finos chorritos por el borde de las bandejas. Cada vez que eso ocurría, Monsieur Victor venía corriendo hasta nuestra sección, seguido de sus jefes de comedor, para dirigir la limpieza del desaguisado y apaciguar a los clientes. En nuestra sección, era común ver a personas de pie quejándose, servilleta en mano, sacudiéndose la ropa y gesticulando enfadados con los brazos en el aire.
Monsieur Victor utilizaba nuestras mesas como una suerte de colonia penitenciaria a la que enviaba a los clientes con fama de pejigueros, a quienes llevaban mucho tiempo olvidándose de dejar propina y necesitaban un recordatorio, a los indeseables que parecían fuera de lugar en otras secciones mejores del salón comedor, y a los clientes que solían remolonear durante horas habiendo pedido unos meros entremeses y un vaso de leche mientras que los clientes que pagaban bien tenían que quedarse de pie en la puerta esperando una mesa.
Mespoulets era el hombre idóneo para lo que Monsieur Victor buscaba, el complemento perfecto para su plan de castigo. Era probablemente el peor camarero del mundo, y yo había pasado a ser su ayudante después de rodar por las escaleras con ocho faisanes à la Souvaroff hasta la zona principal del comedor. Cuando me mandaron con él para que asumiera mis funciones como ayudante suyo, se presentó con estas palabras: «Mi apellido es fácil de recordar. Solo tienes que pensar en “mis pollos”, “mes poulets”, Mespoulets».
Era raro que alguno de los clientes que se sentaba a una de nuestras mesas se marchara del hotel con ganas de volver. Si alguna vez había cristales rotos en alguna parte del salón comedor, era siempre en nuestras espinacas. Mientras esperaban su comida, los comensales de las mesas 81, 82 y 86 se removían inquietos en el asiento, miraban fijamente hacia la puerta del office, echaban ojeadas a su alrededor y hacían señales de desasosiego a otros camareros y jefes de sala. Cuando por fin llegaba su comida, estaba fría, y a menudo era algo distinto a lo que habían pedido. Mientras les explicaba a los clientes en qué consistía el plato que no habían pedido, describiendo en detalle sus ingredientes y elaboración, y les presentaba vanas excusas, Mespoulets les derramaba encima la mayonesa, la sopa o la salsa de menta, los salpicaba con el café y a veces incluso se las apañaba para romper un par de platos. Yo lo ayudaba como buenamente podía.
Al final de la comida, Mespoulets solía entregarle al cliente la cuenta de otra mesa, o bien se había olvidado de calcular la diferencia de precio entre lo que el cliente había pedido y lo que se le había servido. A esas alturas, el comensal se limitaba a levantar la mano y gritar: «¡Da igual, da igual, démela, deme la cuenta y acabemos con esto! ¡Pagaré con tal de salir de aquí! ¡Démela, por el amor de Dios!». Y así, el cliente pagaba y se iba. Antes de marcharse, se detenía en el mostrador del maître d’hôtel y les mostraba a Monsieur Victor y a sus jefes de comedor los lamparones en la ropa, daba un puñetazo en el mostrador y juraba no volver nunca más. Monsieur Victor y sus jefes de comedor lo escuchaban, ponían cara de compasión, exclamaban sus «¡Oh!» y sus «¡Ah!» y, lanzándonos miradas siniestras desde el otro lado del salón, prometían despedirnos ese mismo día. Sin embargo, al día siguiente seguíamos allí.
Durante las horas entre las comidas, mientras los demás camareros estaban ocupados en rellenar saleros y pimenteros, aceiteras, vinagreras y mostaceras, y en contabilizar la mantelería sucia y sacudir las sillas, Mespoulets se dirigía hasta una mesa cerca de la entrada, justo al lado del mostrador personal de Monsieur Victor, desde la que se dominaba todo el salón del hotel. Una vez allí, ajustaba una lámpara de lectura especial que había pedido a la dirección, extendía un tapete de mesa de billar y colocaba encima un cartapacio grande y otro pequeño, una escribanía y media docena de portaplumas. Luego acercaba una silla y se sentaba. Contaba con un gran surtido de plumillas de distintos tamaños y las afilaba con un trozo de papel de lija. Seleccionaba la plumilla y el portaplumas que quería y empezaba a hacer círculos en el aire. Luego, tras colocarse delante una tarjeta de comensal, de bordes dorados o con emblema, que era donde se escribían los menús, se ponía manos a la obra. Cuando acababa, distribuía las tarjetas por toda la mesa para que se secaran, y se quedaba allí sentado cómodamente, a pocos pasos del mostrador de Monsieur Victor, en un territorio que otros camareros solo pisaban cuando se les llamaba la atención o estaban a punto de despedirlos, camareros que llegaban con manos temblorosas y ojos asustados para enfrentarse a Monsieur Victor. Aquel talento especial de Mespoulets le aseguraba el trabajo y lo distinguía de los camareros del montón. También lo diferenciaba el hecho de que tenía permitido llevar gafas, un privilegio que se les negaba a todos los demás camareros, por muy miopes o astigmáticos que fueran.
Dependiendo de la versión, Mespoulets era el padre, el tío o el hermano de Monsieur Victor. También se decía que antes había sido director de un liceo en París. La verdad era que jamás había conocido a Monsieur Victor más allá del comedor, y no creo que hubiera entre ellos ningún secreto, tan solo un acuerdo, una suerte de entendimiento tácito. Me enteré de que antes había trabajado como profesor particular para una familia cuya hija era muy guapa y que aquello era algo de lo que a él no le gustaba hablar. Era un gran amante de los animales, casi tanto como de la lengua francesa. Había decidido por su cuenta encargarse de vigilar a los peces del acuario que había en el vestíbulo exterior del hotel, daba de comer a las palomas del patio y su interés abarcaba también las aves, las reses y los crustáceos que llegaban vivos a la cocina. Rogaba a los cocineros que despacharan con rapidez, y de la forma menos dolorosa posible, a langostas y galápagos. Si un cliente traía un perro a nuestra zona del comedor,...




