Blanco | El sentido de la libertad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Reihe: Biblioteca de Filosofía

Blanco El sentido de la libertad

Cómo construir una autonomía responsable
Publicado antes en Editorial Taugenit S.L
ISBN: 978-84-254-5073-0
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Cómo construir una autonomía responsable

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Reihe: Biblioteca de Filosofía

ISBN: 978-84-254-5073-0
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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¿Qué significa ser libre? ¿Podemos siquiera demostrar que lo somos? Y si lo fuéramos, ¿por qué deberíamos subordinar nuestra libertad a una norma ética? Si el universo no manifiesta interés alguno en nosotros, ¿por qué debemos actuar moralmente? Practiquemos o no el bien, la naturaleza seguirá su curso y continuará ciega ante los esfuerzos éticos de la humanidad. Por mucho que nos afanemos en escuchar su voz, su lenguaje resultará siempre ininteligible para nuestras aspiraciones, pues se basa en leyes matemáticas impersonales, fijadas en los inicios del universo y ajenas a cualquier preocupación por nuestra suerte y por el valor de nuestras acciones. En este libro, Blanco intenta responder a estas inquietudes. La libertad emerge como la capacidad de crearnos a nosotros mismos, de construir, de legar algo al mañana y de ampliar los horizontes y las posibilidades de nuestra reflexión.

Carlos Blanco es doctor en Filosofía y Teología y licenciado en química. Actualmente, es profesor de Filosofía en la Universidad Pontificia Comillas, miembro de la Asociación Española de Egiptología, de la World Academy of Art and Science y de la Academia Europea de Ciencias y Artes de Salzburgo. Es cofundador de The Altius Society en Oxford, la que ha reunido a algunas de las mentes más brillantes de la ciencia y de la filosofía para abordar desafíos globales como el transhumanismo, la inteligencia artificial y el futuro de educación. Es autor de más de veinte libros y numerosos artículos de investigación que tratan sobre filosofía, historia y ciencia cognitiva.
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La indiferencia moral del universo


Cuando alzo la mirada al firmamento, tengo ante mí una inmensidad inabarcable y abstracta. Todo me parece frío e impersonal. Intimidado, siento que soy una gota de agua en medio del majestuoso océano, un cuerpo más entre un infinito potencial de cuerpos, una causa entre una concatenación inconmensurable de causas; un objeto insignificante que carece de poder para transformar un universo colosal sobre el que no posee control alguno. Lo externo y lo interno a mí, la implacable realidad y el ardiente deseo, se me antojan entonces irreconciliables.

Bajo la densa nube de la incertidumbre, irrumpe un ocaso espiritual, la eterna noche de un nihilismo que amenaza con imponerse en el pensamiento humano. Siento que ante mí se bifurca el mundo, e ignoro qué camino he de escoger, si el de una razón universal y desapasionada o el de una subjetividad que quiere creerse libre y última, significativa y creadora. Me veo escindido en lo más hondo de mi ser, pues querría trascender la condición de simple objeto natural para elevarme a la categoría suprema de lo incondicionado, al reino de lo verdaderamente libre y creador.

Es inevitable que ante esta percepción de grandeza ajena y de pequeñez propia se avive la pregunta por el sentido de mi existencia individual. Se apodera de mí una desgarradora sensación de contingencia, de falta de peso ontológico. La sombra de lo prescindible se cierne sobre mi subjetividad como un espectro inmisericorde. Soy un elemento más, un exiguo accesorio en el descomunal y mayestático universo que me contiene. En este otoño de la confianza en el ser, donde todo apunta a una nada invernal, ¿puede algo saciar mi sed de sentido, o estoy condenado a la desesperación? ¿Cuál es la auténtica patria de mi existir?

Con el arte ascendemos a lo sublime, y al contemplar las maravillas de la creatividad humana podemos sentir la tentación de considerarnos dioses que han conquistado una verdad, una plenitud y un horizonte de permanencia. Sin embargo, basta con enfrentarse a las enfermedades o a cualquier otro signo de vulnerabilidad física para recordar nuestra humilde condición de criaturas biológicas, evolucionadas a partir de especies menos complejas. Un simple microbio puede acabar con individuos y sociedades. Quizá soñemos con la superación de la naturaleza humana, pero un asteroide que vuelva a impactar contra la Tierra puede desencadenar una extinción masiva de especies, así como el surgimiento de otras nuevas, en un formidable proceso de destrucción creadora.

Atrapados en una terrible indiferencia cósmica ante nuestro destino, somos prisioneros de una realidad que no vela por nuestra suerte. Poco importará qué cumbres estéticas y sapienciales hayamos coronado, porque expuestos a esta tormentosa sensación de desamparo existencial navegamos en el vacío, como olas balanceadas intempestivamente por fuerzas extrínsecas a nuestra libertad. Y si la naturaleza se muestra impasible ante nuestra fortuna, la historia, creación esquiva de la voluntad, la necesidad y el azar, es ambigua en lo que respecta al cumplimiento de nuestros propósitos. Jamás ha conseguido el ser humano que sus intenciones, por buenas (es decir, por razonables para todos) que parecieran, se realizasen sin contrapartida. Nuestros mayores progresos han plantado también la semilla de nuestros mayores riesgos, retos y catástrofes. Hemos ampliado prodigiosamente el conocimiento, y con ello hemos agrandado la fuente de males potenciales, como el desasosiego, la angustia o, peor todavía, la utilización de ese mismo saber para dañar y destruir a la humanidad, o para profundizar en la división y en el dominio de unos sobre otros. Hemos extendido notablemente las redes de comunicación entre individuos y pueblos, lo que ha desatado, desde los orígenes de la civilización, posibilidades inquietantes de transmisión de ideas nocivas, de patógenos, de armas... Admiramos la grandeza y el esplendor de San Petersburgo, pero ¿hemos pensado alguna vez en los miles de campesinos que perecieron para satisfacer el capricho de un zar, ávido de crear una «ventana a Europa» cuya magnificencia aún nos deslumbra? ¿No estremece reparar en la cantidad de sufrimiento oculta bajo el brillo de nuestra empresa civilizatoria? ¿Cuánta ciencia y cuánta belleza necesitaríamos para redimir todos los horrores de la historia?

Estoy convencido de que en el cómputo general ha merecido la pena el progreso intelectual, moral y material de la especie humana, concebido como el aumento de nuestras posibilidades de pensamiento y de acción. Por arduos que sean los sacrificios exigidos por la vida, considero que la recompensa de conocer y de crear supera con creces todo el dolor, toda la desdicha y toda la incertidumbre. Sin embargo, es preciso subrayar que todo avance se halla impregnado de una insoslayable ambivalencia interpretativa, inmersos como estamos en una realidad cuyo acontecer no deja de desafiarnos con cosas que ni siquiera podíamos imaginar, o que sólo unos pocos se habían planteado. Así, al mirar a la historia en busca de respuestas la mente se encontrará también sola, abandonada y desconcertada; defraudada ya no por un universo ciego e ininteligible desde categorías antropológicas, sino por el fruto agridulce de nuestras propias creaciones, por la contundente distancia entre el ideal y la realidad, por el abismo insalvable que separa el mundo genuinamente humano, tejido de conceptos y aspiraciones, de la realidad histórica en la que ha de asentarse.

Aunque frecuentemente olvidemos nuestra estrecha dependencia del azar, vivimos suspendidos en la incertidumbre. De hecho, una de las principales virtudes filosóficas de la teoría de Darwin reside en haber puesto de relieve nuestra finitud intrínseca, nuestro carácter de entidades puramente biológicas. Se trata de una naturalización de lo humano, que diluye radicalmente el ámbito de lo sobrenatural, la dimensión de un espíritu que, desde una perspectiva dualista, habitaría en nuestro interior y pertenecería a un mundo inmaterial, morada del absoluto. Nuestras habilidades cognitivas más sobresalientes nos han permitido desarrollar el lenguaje articulado y la conciencia de nosotros mismos, sellos de la singularidad humana, pero con arreglo a unas leyes naturales, no a un privilegio divino.

Somos seres materiales, productos de la evolución, no dioses descendidos a la tierra. Por mucho que con la razón y la sensibilidad podamos acariciar tímidamente el cielo y atisbar un copioso número de mundos posibles, nacemos de lo impersonal y retornamos a lo impersonal. Lo personal se asemeja a un extraño paréntesis en el desarrollo de la materia. Aparecemos y desaparecemos; surgimos de lo inconsciente y regresamos a lo inconsciente, sin que nada ni nadie vele por nuestro destino. Hijos de la necesidad, o de un azar que disfraza una necesidad aún más profunda, despertamos a este mundo para luego reincorporarnos al eterno sueño de la materia. Qué extraña, qué desconcertante, qué fascinante y temible al unísono es la existencia humana, el vivir de unos seres que emergen de súbito sobre la faz de la tierra y cuyo don intelectual, bello y subyugante, de poco o nada les vale para sobreponerse a la misma fatalidad que afecta al más humilde de los organismos. Incluso después de la irrupción de la cultura y del progreso tecnológico, estamos sometidos a idénticas leyes físicas, químicas y biológicas que otras criaturas. Además, pese a sus sorprendentes avances, ni el arte ni la ciencia ni la técnica pueden saciar todos nuestros anhelos. Ayudan a liberarnos de las servidumbres naturales, pero no nos emancipan por completo de ellas. Tras una estela de esfuerzos y ensueños, la inmortalidad nos sigue vedada. Únicamente ciertos descubrimientos lógicos y matemáticos apuntan a lo perdurable, a lo imperecedero, aunque nadie querría convertirse en una fórmula, abstracta e inconmovible, inmutable y desprovista de vida y de autoposesión.

Por mucho que queramos vivir, continuamos abocados al amargo destino de la muerte, al destino de lo incomprensible, al crepúsculo soberano que nos atrae teleológicamente, como si nos reclamara desde un futuro del que siempre es dueño. No pretendo menospreciar el progreso científico, ni la exuberancia de nuestras creaciones artísticas, que tantos y tan provechosos puentes pueden establecer entre individuos y culturas. Sólo deseo señalar sus límites en una historia que rezuma sinsentido, ante la experiencia de un mundo oscuro y deshumanizado.

Sin embargo, al meditar acerca de mi papel en el universo quizás me invada también una percepción de necesidad, capaz de devolverme la fe en mi importancia, en mi grandeza, en mi destino. Sin mí, el mundo no sería como es. Pertenezco indisolublemente a la biografía del universo. Insertado en la irreversibilidad de un tiempo que no puede deshacer lo ya hecho, el universo no sería lo que hoy es sin mi pequeña pero valiosa e inextricable aportación, que parece registrada definitivamente en una especie de archivo cósmico. Cambia una sola coma en el libro del universo y quizás la historia cósmica siga derroteros completamente distintos, como si se tratara de un sistema caótico, aunque determinista en el cómputo global.

Puede, por el contrario, que esta idea tampoco me consuele. Dado que mi subjetividad representa un mero conjunto mecánico armado por una cifra incalculable de partículas materiales, carente de verdadera individualidad en los fundamentos que lo constituyen, llegaré a pensar que, fuera yo o cualquier otro ente dotado de las mismas propiedades físicas lo que ocupara mi lugar, habríamos cumplido el mismo rol en el orden promulgado por las leyes impersonales de la naturaleza....



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