Cabrera | Cuentos negros de Cuba | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 211 Seiten

Cabrera Cuentos negros de Cuba


1. Auflage 2014
ISBN: 978-959-10-1961-5
Verlag: RUTH Casa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 211 Seiten

ISBN: 978-959-10-1961-5
Verlag: RUTH Casa Editorial
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La primera edición cubana de este libro, 'Cuentos negros de Cuba', data de 1940. Como explicara Fernando Ortiz, no se trata de piezas primordialmente religiosas, pues en ellas predomina la recreación de mitos inmemoriales, el relato folklórico y la fábula, tal como las que antaño dieron su fama a Esopo. Algunos cuentos, sin embargo, son de personajes humanos 'en los cuales la mitología entra secundariamente'. Y aunque la mayor parte de los relatos coleccionados por la autora son de origen yoruba, la evidente huella de la civilización de los blancos que aparece en varios, nos hace constatar ese fenómeno que tan magistralmente conceptualizó nuestro 'tercer descubridor' como transculturación. Legando su lenguaje más bien linajudo a la ironía, la perseverancia, la resolución moral, el carácter abierto y el desprecio a los prejuicios de sus personajes; con esta obra, Lydia Cabrera ha concebido un hito de nuestra narrativa breve y un rico aporte a la literatura folklórica de Cuba, pues como dijera don Fernando: '... la verdadera cultura y el positivo progreso están en las afirmaciones de las realidades y no en los reniegos. Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio. Lo dice un proverbio afrocubano: 'Chivo que rompe tambor con su pellejo paga'.'

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La loma de Mambiala

No era secreto en el pueblo que el negro Serapio Trebejos estaba dispuesto a todo, menos a ganarse la vida trabajando.

Para ello le sobraban pretextos, razones de vocación. Y como tenía labia y gracia, y le daba bien a la guitarra, a fin de cuentas, era difícil negarle lo que pedía: sobre todo, porque parecía que no pedía nada. Unas calderillas para la tagarnina y el aguardiente; lo que sobrara de las comidas, y de tarde en tarde alguna ropa vieja, gastada —ya que no era posible andar sencillamente desnudo.

Vivía con su familia, casucho sin dueño ni cobrador, que dudando derrumbarse de una vez para siempre, en soplando fuerte el viento o arreciando un chubasco, se mantenía en suspenso. (Frente a la loma de Mambiala, donde el camino se tuerce al salir del pueblo y baja como un reptil hasta la costa, entre palmeras.)

De limosna, bendito sea Dios, y sin más complicaciones, habían comido con bastante regularidad, él, su mujer y sus hijos, dos negras barrigonas, con las «pasas» revueltas y llenas de piojos, sucias, remolonas, siempre tumbadas en un catre cojo, ya en edad de merecer; y dos negros zancudos, harapientos, mataperros —sin oficio, beneficio ni buena voluntad. En realidad, gente con la cual no podía contarse para nada de provecho. Pero llegó una época muy mala, muy mala —como nunca se pensara—, y la comida se hizo chica para todos.

Al negro Serapio nadie lo socorría.

Nadie se acordaba de haberlo visto cortando caña, guataqueando un pedazo de tierra —¡ni siquiera sembrando un boniato!

En vano se anduvo ahora improvisando décimas, tocando la guitarra, alargando el sombrero agujereado de cucarachas.

—¿Por qué no trabajas, Serapio? ¡Se acabó la sopa boba, la guaracha, negro manganzón!

Y las buenas amas de casa, amantes de la justicia:

—Que le digan al negro —en la cancela, ¡no dejarlo entrar!— que lo que hoy sobró es para las gallinas.

—Perdone, hermano; pase otro día.

Así empezaron a sentir, él y su prole, los dolores del hambre.

La loma de Mambiala, que no lejos se alzaba, de verde claro, felpuda y redonda como una naranja, estaba cubierta en el tope de calabazas. Calabazar sin calabazas. Era sabido; no daba frutos.

Hacía algunos días que el negro y los suyos se acostaban sin probar bocado, y aquella mañana, que fue la de un Domingo de Ramos, Serapio despertó soñando que estaba metido dentro de una calabaza, de la misma suerte que una criatura nonato, en el seno de la madre; y con todos sus dientes intactos, mordía en la pulpa, y la calabaza saltaba y corría rebotando y gritando: «¡Socorro! ¡Guardia!», que le hacían cosquillas; que se iba a volver loca...

«¿Será un aviso del cielo?», se preguntó el negro persignándose. «¡Si encontraré hoy en Mambiala tan señora calabaza!»

Y después de contarle —muy confortado— el sueño a la familia, subió a lo alto de la loma y estuvo mucho rato buscando con gran ahínco. ¡Hojas y tallos, y más hojas! En todo el tupido, peludo, trenzado calabazar, no había una sola, menguada, calabaza: y no quedó sitio por registrar. Busca y busca, le dieron las doce del día; la hora en que otros hombres se estaban sentando a almorzar.

Lloró Serapio, implorando a Dios y a Mambiala.

Volvió pacientemente a explorar, mata por mata, de punta a punta, el calabazar.

Estaba ya rendido, pero antes de abandonar una última esperanza, se hincó de rodillas y alzó los brazos al cielo. Se acordó de una estampa que contaba un milagro, y se puso a declamarle al cielo.

Dámela, Mambiala, Mambiala.

¡Ay, Dio, Mambiala!

Yo pobre, Mambiala,

¡Ay, Dio, Mambiala!

¡Yo se muere de hambre!

¡Mambiala, Mambiala!

El cielo no le hizo el menor caso. No llovió sobre su cabeza ninguna calabaza. En el colmo de la aflicción, se dejó caer de bruces. Cuando, después de haber llorado contra el suelo todas las lágrimas de sus ojos, se incorporó para marcharse, vio a su lado una cazuelita de barro roja, en cuyos bordes el sol rebrillaba como un oro húmedo. La más graciosa y juvenil que ha debido salir nunca de manos de alfarero. Tan simpática, que sintió alegría y un deseo de acariciarla. Le habló como si fuese muy natural que ella le comprendiese, y aún más natural que pudiese consolarlo.

—¡Ay, qué bonita eres, y qué redondita y nuevecita! ¿Quién te ha traído aquí? ¿Algún desgraciado como yo, buscando una calabaza? —y le preguntó, suspirando—: ¿Cómo te llamas, negrita gorda?

La cazuelita, moviéndose sobre sus caderas, con mucha coquetería le contestó:

—Yo se ñama Cazuelita Cocina Bueno.

—El hambre me hace oír disparates —pensó Serapio—. ¿Cómo te llamas? ¿Eres tú quien hablas, o soy yo mismo que soy dos, uno cuerdo y otro loco, y los dos hambrientos?

—Cazuelita Cocina Bueno.

—Pues cocina para mí...

Se hizo un rehilete en el aire la cazuela. Tendióse sobre la yerba un blanquísimo mantel, y en vajilla fina —de plata cuchillos y tenedores— le sirvió un almuerzo exquisito al pobre, quien no sabía emplear otros trinchantes que sus dedos; pero que comió hasta decir no puedo más, y bebió hasta sentir que la loma de Mambiala se bamboleaba.

Y fue que esta se desprendió de la tierra; era un globo que se elevaba a suaves tumbos, por el hondo azul, y cada vez más alto, cuando el negro, asido a la hojarasca para no caerse, se quedó dormido.

Perdiendo el sol las fuerzas, con la cazuelita bajo el brazo, volvió a su casa.

Lo esperaba la familia, famélica. Apenas lo divisaron, empezaron a gritarle: «¡La calabaza! ¡La calabaza!», pero él les hizo un gesto extraño, un gesto que ninguno le conocía —por lo tanto difícil de interpretar—, y que resultó negativo cuando el negro estuvo junto a ellos. La consternación se pintó en la cara de aquellos sin ventura, quienes habían pasado un día más a agua con azúcar, confiados en el milagro de Mambiala; y se revolvieron contra Serapio, acusándole de habérsela comido él solo ¡Allá arriba, aprovechando que ellos no lo veían!

Solo la madre, la vieja larga y enjuta, para quien todo era indiferente, no se movió ni alborotó, clavada en su taburete. El hambre la había vuelto de palo, o era de palo duro la Mama Tecla. No hablaba nunca; si acaso confusamente, se gruñía a sí misma o daba contestaciones bruscas e ininteligibles a algún ser que no era visible más que para ella, y que parecía molestarla con preguntas inútiles. Debían estar, sin embargo, tan de acuerdo, que probablemente lo que Mama Tecla farfullaba, mirándolo de reojo, impaciente, y moviendo apenas el labio inferior que le colgaba con un cabo de tabaco apagado, era:

—No necesitas decirme nada: lo sé muy bien.

La mayor parte del tiempo, la vieja, en su rincón de miseria, tan muda y tan rígida, estaba solo presente como un objeto que expresaba, en su abstracción, intensamente..., nada.

Y ninguno reparaba en ella; ya era mucho que se acordaran de pasarle —si algo quedaba— las sobras del comistrajo. Los dedos largos y secos de Ma Tecla enrollaban los desperdicios, les daban la forma de una bola, y se los tragaba maquinalmente, sin tomarse el trabajo de gustarlos ni masticarlos, con una indiferencia que entonces alcanzaba la perfección del desprecio...

—Vayan a invitar a los vecinos, ¡sí, señor, a hartarse con nosotros esta noche! —ordenó el negro, mostrando la cazuela con orgullo: pero una de las hijas, la que tenía paperas, replicó:

—¿Hartarse con qué? ¿Con ratones? ¡Esto solo nos faltaba! ¿Han oído? ¡Mi padre se ha vuelto loco!

Y no obedeció ninguno de sus hijos. Tuvo que ir Serapio a convidar la negrada del pueblo a procurarse, como pudo y donde pudo, unas tablas y dos burros.

Unos para reír, otros por curiosidad, no se hicieron esperar los invitados: en fin, muchos que vieron la mesa armada, a lo largo del camino, y en mitad de la mesa, limpia de todo comestible, una cazuela pequeñita y vacía —gente de buena fe—, se declararon agraviados y querían marcharse sin aceptar explicaciones.

Trabajo le dio a Serapio reunirlos a todos en torno.

—Banquete de camaleón —dijo Cesáreo Bonachea, el cojo que fue pailero, siempre de humor jaranero—. ¡A abrir la boca, que entre mucho aire!

Cuando Serapio se dirigió a la cazuelita, con voz dulcísima y haciéndole maforivale11.

—¿Cómo te llamas?

—Cazuelita Cocina Bueno.

—Pues cocínale a esta gente como tú sabes, linda.

Y no se habían repuesto de su asombro, que la cazuela había cubierto la mesa de platos, a cual más suculento y apetitoso. ¡Qué pollos, qué guanajos rellenos, qué chilindrón!; jamones, embutidos, lechones tostados, viandas, frutas y dulces de todas clases. Todo excelente y sin medida. Y comió el pueblo entero y no hubo quien no se emborrachara con el vino delicioso, que fluía incesantemente de una fuentecilla que había en el fondo de cada vaso.

Y fue inevitable bailar toda la noche, todo el día siguiente con su noche.

Las comilonas se sucedían con la misma esplendidez, a toda hora, y así Serapio, de pordiosero, se convirtió en amado benefactor de la comarca. Llamáronle don Serapio: aun sus más allegados, sin darse cuenta. Y con el...



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