Callahan | A la deriva | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 264 Seiten

Reihe: Ensayo

Callahan A la deriva

Setenta y seis días perdido en el mar
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-120993-9-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Setenta y seis días perdido en el mar

E-Book, Spanisch, 264 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-120993-9-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Antes de 'La tormenta perfecta', antes de 'En el corazón del mar', la dramática historia de supervivencia en el mar de Steven Callahan estuvo en la lista de libros más vendidos del New York Times durante más de treinta y seis semanas. Callahan perdió su bote en una tormenta frente a las Islas Canarias mientras participaba en una carrera en solitario a través del Atlántico en 1981. Afortunadamente, llevaba mucho más que el equipo básico de emergencia requerido, por ejemplo, una balsa para seis personas. Antes de hundirse, pudo recuperar su bolsa de equipo de emergencia y su balsa salvavidas. Lo que hace diferente su historia fue que estaba solo. 'Absolutamente absorbente' (Newsweek), 'A la deriva' es una pieza imprescindible para cualquier biblioteca de aventuras.

Steven Callahan es conocido por conseguir cruzar el Atlántico tras perder su bote en medio del océano en 1982. Durante 76 días, aprendió a vivir en una balsa salvavidas y recorrió 1,800 millas náuticas. 'A la deriva' se convirtió en un bestseller traducido a 15 idiomas. Callahan ha contribuido con escritos, ilustraciones y fotos a más de una docena de otros libros sobre marinería y supervivencia y ha escrito cientos de artículos. Fue editor colaborador de las revistas 'Sailor and Sail' y editor senior de 'Cruising World', para la cual continúa realizando proyectos especiales.
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01


Cuaderno de bitácora

del «Napoleon Solo»

Es de noche, muy tarde. La densa niebla dura ya días. El Napoleon Solo continúa surcando obstinadamente el mar rumbo a la costa de Inglaterra. Debemos de estar ya muy cerca de las islas Sorlingas. Hemos de tener mucho cuidado. Las mareas suben y bajan con fuerza, las corrientes son fuertes y esta es una ruta marítima muy transitada. Tanto Chris como yo ponemos toda nuestra atención. En un momento dado, distinguimos el destello del faro que se levanta sobre las abruptas islas. Su rayo de luz hiende el aire muy por encima de la superficie del mar. De inmediato vemos escollos. Estamos demasiado cerca. Chris echa mano al timón y yo cazo las velas para que el Solo navegue en paralelo a las rocas que ya están muy cerca. Medimos cómo varía el ángulo de marcación con el faro para calcular la distancia que nos separa de él: menos de una milla. La luz del faro tiene un alcance, supuestamente, de treinta. Tenemos suerte, porque la niebla no es tan espesa como en la costa de la que provenimos, en Maine. No es de extrañar, en cualquier caso, que solo en el mes de noviembre de 1893 se fuesen a pique entre estas rocas 298 embarcaciones.

A la mañana siguiente, el Solo se abre camino entre la bruma blanca y las olas, empujado por una leve brisa. Poco a poco, entramos en la bahía en que se enclava el pueblo de Penzance. El mar bate contra los acantilados de granito de Cornualles, en la costa sudoccidental de Gran Bretaña, la cual atesora también una vasta nómina de barcos y vidas devoradas. Las fauces de la bahía esconden muchos peligros, como el escollo que los lugareños llaman the Lizard (el Lagarto).

Es un día luminoso y soleado. El mar está tranquilo. Coronan los acantilados alfombras de verdor. Tras la travesía de dos semanas desde las Azores, en las que no entró en nuestros pulmones más que la sal marina suspendida en la espuma, el aroma de la tierra se nos hace dulcísimo. Al final de cada travesía, siempre me da la impresión de estar leyendo la última página de un cuento de hadas, pero esta vez la sensación es especialmente intensa. Chris, mi único tripulante, despliega el foque, que se agita y, a los pocos instantes, se tensa e hincha. El viento que recoge nos arrastra por delante de Mousehole, un pueblecito encajado entre los acantilados. Al poco, el Solo parece patinar suavemente sobre el agua en dirección al muelle elevado de piedra de Penzance, donde echaremos amarras. Enlazamos limpiamente el cabo al noray y, con ello, damos por concluida la travesía atlántica del Solo. Hemos cumplido el último de los objetivos que yo me había propuesto quince años atrás, cuando el navegante Robert Manry me enseñó no solo a soñar, sino también a hacer los sueños realidad. Manry lo había conseguido en una embarcación diminuta llamada Tinkerbelle. Yo lo acabo de hacer a bordo del Solo.

Chris y yo ascendemos las escalerillas de piedra del muelle en busca de la aduana y del pub más cercano. Vuelvo la vista para mirar una vez más mi barquito y pienso que es un reflejo de mí mismo. Yo lo he diseñado y construido, y he navegado con él. Todas mis pertenencias están bajo su cubierta. Juntos hemos puesto fin a un capítulo de mi vida. Es hora de soñar sueños nuevos.

Chris no tardará en volver a casa y me dejará continuar mi periplo en solitario. Me he inscrito en la regata Mini-Transat, una competición en solitario. Pero aún no tengo que pensar en ello: hay que celebrar nuestra llegada. Nos disponemos a tomar una pinta, la primera cerveza en semanas.

La Mini-Transat discurre entre Penzance y las islas Canarias, y desde las Canarias hasta Antigua. Quiero visitar el Caribe y planeo encontrar trabajo allí durante el invierno. El Solo es una embarcación veloz y me interesa ver cómo rinde frente a competidores profesionales. Creo que tengo opciones de ganar, porque mi barco está muy bien preparado. Algunos de mis adversarios parecen muy agitados y hay un batiburrillo de regatistas colocando mamparos y trazando números en las velas con rotulador grueso. Yo, mientras tanto, me doy un festín de fish and chips y dulces típicos de Cornualles. Mis tareas de última hora consisten en lamer sellos y probar la cerveza artesanal del pueblo.

No todo es diversión y juegos. Es el equinoccio de otoño, cuando las tempestades arrecian. En el plazo de una semana, dos duras galernas azotan el canal de la Mancha. Muchos participantes en la Mini-Transat llegan con retraso a la salida y a más de una embarcación se le parte el casco. Además, un barco francés al parecer ha volcado y su tripulación es incapaz de enderezarlo. Echaron al agua la balsa de salvamento y lograron por suerte desembarcar en una cala solitaria, al pie de los traicioneros acantilados de la costa francesa de Bretaña. Otro francés tiene menos suerte: su cuerpo y el espejo de su barco aparecen en el infame Lagarto. Sobre la flota pende un lóbrego presagio.

Hago una visita a un comercio de efectos navales de Penzance para los últimos preparativos. El local está en un callejón musgoso y no tiene cartel. Todo el mundo sabe dónde se encuentra el comercio del viejo Willoughby. Me advirtieron de que es un tipo correoso, pero tras unas pocas visitas me hago a su cinismo. Willoughby es un tipo rechoncho y tiene las piernas zambas como las duelas de un tonel, lo que le obliga a caminar casi apoyando el lateral de los zapatos. El tipo se desplaza lentamente de un rincón a otro de la tienda, bamboleándose como un barco con las velas arriadas en mitad del oleaje. Los ojos entrecerrados le chispean bajo una mata de alborotado pelo gris; lleva una pipa mordida entre los dientes.

Willoughby se vuelve hacia uno de sus empleados y con un gesto señala en dirección al puerto.

—Todos esos chalados con sus barquitos traen solo trabajo y dolores de cabeza, te lo digo. —Y, volviéndose hacia mí, masculla—: ¡Cómo les gusta quitarme de las manos cositas para sus cascaritas de nuez! ¡Me hacen trabajar como un chino, yo ya estoy viejo para esto!

—Así es, ¡no habrá paz para los malvados! —respondo yo.

Willoughby enarca una ceja y dibuja el sutil indicio de una torva sonrisa, que trata de ocultar tras la boquilla de la pipa. En cuestión de segundos está hilando lana como para tejer un jersey del tamaño del océano Atlántico. Se hizo a la mar con quince años y trabajó en veleros que transportaban lana desde Australia a Inglaterra. Ha doblado el cabo de Hornos tantas veces que perdió la cuenta.

—Me he enterado de lo del francés. No puedo entender que naveguéis por placer. En mis tiempos lo pasábamos bien de vez en cuando, desde luego que sí. Mucho. Pero el trabajo era trabajo. Mira que hacerse a la mar por placer… Eso es como ir al infierno a pasar el rato.

Se nota que el viejo tiene hueco de sobra en el corazón para todos los locos del mar, especialmente los más jóvenes.

—Al menos tendría quien le hiciese compañía, señor Willoughby. En el infierno, digo.

—Es mal negocio ese, déjeme decirle. Mal negocio —insiste, en tono más serio—. Terrible, lo del francés. ¿Qué te dan si ganas la regata de marras? ¿Es un premio gordo?

El Napoleon Solo

—En realidad no lo sé. Quizá una copa de plástico o algo así.

—¡Ja! ¡Qué maravilla! Sales ahí a jugártela con Neptuno, con muchas papeletas para terminar matarile, con las llaves en el fondo. Y todo por una copa. Tiene bemoles la cosa.

Sí que los tiene. La historia del francés ha afectado al anciano, que añade despreocupadamente algunos efectos. Insiste en que me los lleve de balde, aunque su tono es lúgubre.

—Y ahora, largo, no venga usted más a dar por saco.

—Puede usted apostar a que la próxima vez que recale en este puerto pasaré por aquí. Soy como la peste negra, o como el fisco. ¡Que tenga usted un buen día!

La campanita suena alegre al cerrarse la puerta a mi espalda. Oigo el suelo de madera de la tienda crujir bajo los pasos de Willoughby, que sigue dando vueltas de un lado al otro. «Mal negocio, déjeme decirle. Mal negocio».

La mañana del inicio de la carrera, me abro paso entre la muchedumbre que se agolpa en el puerto para acudir a la reunión de los patrones. Desde hace días los organizadores debaten si se dará la salida en hora o no. Las dos últimas tormentas tropicales que se han dado en el Atlántico han llegado a la categoría de huracán.

—Habrá vientos fuertes al principio —nos dice un meteorólogo—. A la caída de la noche alcanzarán casi fuerza ocho.

Entre en el gentío, alguien murmura:

—Maldita sea… Vamos a empezar con una puñetera tempestad.

—Chitón, que no ha terminado —le manda callar otro...



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