E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Clift Cantos de sirena
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-124869-6-4
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
ISBN: 978-84-124869-6-4
Verlag: Gatopardo ediciones
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(New South Wales, 1923-1969) fue una periodista y escritora australiana. Después de la Segunda Guerra Mundial se incorporó al periódico Melbourne Argus. En 1947 se casó con el novelista y curtido reportero de guerra George Johnston, con quien se mudaría a las islas griegas en 1954. Allí, Clift escribió dos libros autobiográficos, Cantos de sirena y Los buscadores de loto, y dos novelas, Honour's Mimic y Walk to the Paradise Gardens. Tras su regreso a Australia en 1964, Clift se convirtió en una firma muy leída y querida gracias a sus columnas semanales en la prensa australiana.
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1
Llegamos a la isla de Kálimnos en el Angellico, un pequeño caique gris, rodeando punta Cali con un siroco que arreciaba desde el suroeste, un triángulo de vela negra y remendada flameando sobre nuestras cabezas, y un cargamento de pavos, mandarinas, vasijas de barro cocido y cestos del mercado, y las inevitables viejas con chal negro que forman parte del mobiliario de todos los caiques del Egeo.
Parecía una manera estupenda y valiente de llegar a un sitio.
—¡Madre de Dios! —jadeó una señora anciana entre vómito y vómito—. ¡Esos pequeñines! ¡Mírenlos, no entienden nada!
—¡Qué va, vieja abuela! —dijo el marinero de cubierta de pelo rizado arrojando el contenido de un cubo a la enorme montaña de aguas verdes y encabritadas que se alzaba sobre nosotros—. Esos niños son navegantes. ¡Marineros! Cualquiera puede verlo.
La ola nos cayó encima. Los bancos salieron despedidos y se estamparon con estrépito contra el otro lado de la cubierta.
—¡Arrg! —soltó la anciana con un extraño grito ahogado y tratando de aferrar el aire.
El marinero de pelo rizado se sujetó con gesto despreocupado al marco astillado de la puerta y, muy servicial, tiró del cubo que había al final de su cuerda. Los «pequeñines», que son míos, emergieron chorreando de un convulso montón de pavos, bancos, maletas de cartón, cerámica rota, cestos del mercado y señoras viejas cabeza abajo, con las manitas llenas de mandarinas y los pequeños rostros teñidos de carmesí de puro éxtasis.
Era evidente que aquello le ganaba de calle al festival en los jardines de Battersea.
—¡Mamá! ¿Cómo es que le sale eso tan amarillo y lleno de grumos? —(Martin tiene siete años e inclinaciones científicas.)
—Porque no ha masticado ni ha tragado bien el desayuno. —(Shane tiene catorce meses menos y es niña.)
El marinero de cubierta arrastró a la anciana hasta la puerta como si fuera un lío de harapos mojados y le metió la cabeza en el cubo.
—¿Has visto, abuela? —preguntó con desdén mientras le sujetaba la cabeza empapada a la pobre mujer—. ¡Son marineros!
Nuestro flacucho amigo y autoproclamado guía, Manolis, que se había visto lanzado al otro extremo de la cubierta a cuatro patas, se incorporó con una dignidad que me pareció muy admirable y, volviéndose hacia mí y hacia George, dijo con el aire de un patriarca que hubiera conducido a su tribu hasta la tierra prometida:
—Hermano, hermana: ya llegamos a Kálimnos.
Y así era, en efecto.
Pues ahí mismo, surgiendo pesadamente sobre las altas crestas de las olas, se veían unas montañas descarnadas y grises, surcadas por sulfurosas fisuras, como cicatrices, y envueltas en jirones de nubes. Y al pie de esas montañas había una ciudad, una urbe improbable que desde el proceloso mar parecía formada por cajas de cerillas de colores cuidadosamente dispuestas: una ciudad de muñecas con la que una niña pudiera distraerse una tarde de lluvia. Más allá de los pequeños cubos en blanco, azul y amarillo ocre, una colina se elevaba de un valle con una muralla en ruinas y tres torres redondas; y por debajo de las casas, un bosque de mástiles como cerillas se agitaba en lo que, sin duda, acabaría siendo un plato de bebé lleno de agua del grifo del lavabo.
El Angellico avanzó dando bandazos y cabeceando y dio una última y mareante sacudida en las aguas embravecidas. Y entonces, por increíble que parezca, rodeó el rompeolas y fluyó suavemente hasta recobrar la estabilidad, y las ancianas empapadas se santiguaron y empezaron a poner orden en sus fardos con afable serenidad. Nos deslizamos hasta un muelle pequeño junto a un feo edificio de aduanas y tres casas que parecían robadas de una pintura de Christopher Wood.
Desembarcaron a los niños en volandas como si fueran héroes, en medio de una gran admiración. Menos mal, debo decir, que ni George ni yo sabíamos suficiente griego para explicar que los habíamos atiborrado de biodramina antes de salir de Cos. Tengo la teoría de que nadie nace marinero, sino que se aprende a serlo, y de que los productos de los laboratorios de bioquímica siempre son mejores medidas preventivas que un puñado de hierbas o las pieles de mandarina, o incluso, sospecho, las súplicas desesperadas a san Nicolás que constituyen el acompañamiento de fondo de las travesías por el Egeo. Hasta varios días después no me enteraría de que aquella mañana dos pasajeros del caique procedente de Vathy habían caído por la borda ni de que se había perdido toda la carga de cubierta, aunque en su momento sí me sorprendió un poco que Manolis se santiguara con tanto fervor en el preciso instante en que sus pies se hallaron de nuevo en tierra.
—¡Bravo! —exclamó con tono de admiración dirigiéndose a los niños, y luego a nosotros—. ¡Este maldito Angellico! En la próxima travesía volcará, ¡ya lo veréis!
Apenas dos horas antes, en Cos, con un mar turbulento y picado ya desde fuera del puerto hasta la mismísima Turquía y las barcas de pesca deslizándose raudas hacia tierra bajo tirantes velas naranjas, había sido el mismo Manolis quien nos había animado a subir a bordo del Angellico, que ya se bamboleaba y cabeceaba incluso al abrigo de los muros del castillo.
—Po po pó! ¡Nada, nada! —había exclamado señalando el mar, los jirones de nubes en el cielo, el abanico de motas naranjas de las velas que se alejaban con urgencia de Bodrum—. Vais a Kálimnos ahora. Muy buena isla, muy buena gente.
Y nos había ayudado a subir a bordo del Angellico como si se tratara del Semíramis a punto de zarpar hacia el Pireo en un crucero veraniego.
—Ya veréis —añadió mientras desplazaba hábilmente a dos ancianas de sus asientos para hacernos sitio—. Hoy en Kálimnos os encontraré una buena casa. Ya no tendréis que volver a Cos.
Supongo que el hecho de que un griego te diga siempre lo que quieres creer no hace sino indicar el alcance de su gentileza. Lo cierto es que Manolis había cruzado de Cos a Kálimnos un centenar de veces y era perfectamente consciente del peligro que había ese día, que sin duda no era el adecuado para hacerse a la mar con dos niños pequeños. Sabía que deseábamos llegar a Kálimnos desesperadamente y que confiábamos en tener una travesía tranquila: eso había puesto en marcha su despreocupada actitud de bajar la guardia ante cualquier riesgo. Estoy segura de que se habría ofendido profundamente si alguien le hubiese sugerido que debería haberse preocupado más por nuestro bienestar y aconsejarnos no hacer la travesía: «¡Pero si ellos querían cruzar justo ese día!».
Su conducta ha seguido siendo consecuente. Manolis es acomodaticio. Nos hemos encontrado haciendo pícnic bajo una granizada tras su insistencia en que iba a hacer un día precioso. Hemos perdido muchas horas esperando, expectantes, acontecimientos y personas o información que nunca se materializaron. El autobús ha salido de la estación. El barco, ay, levó anclas hace dos horas. La fiesta no es esta noche, se celebró la semana pasada. Si alguno de nosotros expresa un deseo (de hecho, muchas veces ni nos hace falta expresarlo: Manolis sencillamente da por sentado que lo haremos), nos garantiza al instante su inmediata gratificación, lo cual no es fruto de convicción alguna sino del deseo sincero de que las cosas salgan como esperamos. No ve nada ilógico en todo eso: es su manifestación de la amistad.
Ahora, mirando atrás, me parece que simplemente fue buena suerte que encontráramos una casa en Kálimnos, y solo en menos de media hora desde nuestra llegada, además, exactamente como había pronosticado Manolis en Cos.
Era una casa amarilla y estrecha frente al mar, con un pequeño balcón de hierro forjado que daba sobre la platía y cuatro ventanas que miraban hacia el amplio paseo marítimo con sus hileras de cafeterías bajo las desgreñadas casuarinas y hacia los pequeños cubos de colores que se amontonaban sin orden ni concierto en la base de la montaña. La inspeccionamos junto con la propietaria, una mujer corpulenta y efusiva con un traje azul de chaqueta y falda y las gafas de sol que aquí son símbolo de clase y distinción social y por tanto se llevan también de noche o cuando está muy nublado.
Nuestro séquito para la inspección consistía en Manolis, dos jovencitos flacos y tímidos con atuendos de trabajo a quienes presentó como sus sobrinos, un ingeniero con cara de mono llamado Mike que había trabajado en Estados Unidos y hablaba inglés, la mujer del propietario de la cafetería adyacente y unos veinte críos harapientos y mocosos, parte de la estridente horda de varios centenares que nos habían seguido desde la orilla, abarrotaban ahora la habitación, se apretujaban en las escaleras o esperaban abajo en la platía a ver qué pasaba.
Había cuatro habitaciones desnudas con paredes encaladas, pálidas y veteadas, y un número improbable de puertas de doble hoja con delicados grabados romboidales y pintadas de blanco. Había una gran cocina blanca con suelo de piedra roja y dos diminutos hornillos de ladrillo encalado tras la cortina floreada que cubría la enorme chimenea. No había cuarto de baño, como ya me habían advertido, y el excusado era tan fétido como había esperado,...




