E-Book, Spanisch, Band 66, 282 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
Dawson Hacia la comprensión de Europa
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-1339-361-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 66, 282 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
ISBN: 978-84-1339-361-2
Verlag: Ediciones Encuentro
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Christopher Dawson nació en 1889 en Hay Castle, Gales, en el seno de una familia anglo-católica y falleció en 1970 en Budleigh Salterton, Devon. En 1914 se convirtió al catolicismo. Estudió Historia Moderna en Winchester y en el Trinity College de Oxford. Impartió cursos de Filosofía de la Historia y Filosofía de la Cultura en varias universidades de Reino Unido y Estados Unidos, llegando al culmen de su carrera en 1958 al ocupar la cátedra Charles Chauncey Stillman de estudios católico-romanos de la Universidad de Harvard. Es autor de más de una veintena de ensayos en los que se aborda el papel de la religión como la fuerza dinámica y creadora de los procesos históricos. Varios de ellos están dedicados a analizar específicamente el papel del cristianismo como factor esencial en el nacimiento y el desarrollo de la civilización occidental, tales como La religión y el origen de la cultura occidental publicado anteriormente por Ediciones Encuentro. Este es el tercer título del autor que publica esta casa, tras Los dioses de la Revolución (2015).
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I. Hacia la compresión de nuestro pasado
Nadie puede observar la historia de la cultura occidental durante el siglo presente sin sentir desaliento ante el espectáculo de lo que el hombre moderno ha realizado con los inmensos recursos de la nueva ciencia, la nueva riqueza y el nuevo poder. Y si nos remontamos al siglo XIX y leemos las palabras de los científicos, los reformadores sociales y los idealistas liberales, y nos damos cuenta de las ilimitadas esperanzas y del entusiasmo con que se proyectó el movimiento que debía conducir a este cambio mundial, el contraste es todavía más doloroso. Porque, no solamente se han dejado de realizar los ideales del siglo XX, sino que todos somos más o menos conscientes de que se avecinan peligros mayores: guerras más terribles y destructivas que las anteriores, formas de despotismo más violentas, y tajantes supresiones de los derechos humanos. De poco serviría continuar una triste enumeración que todos conocemos demasiado bien. Tampoco es preciso escuchar las predicciones alarmistas de escritores, como George Orwell o Aldous Huxley: basta leer los periódicos para convencerse de que la causa de la cultura no está a salvo, y de que el gran movimiento originado por los occidentales para transformar el mundo se ha extraviado.
Cualquiera que sea la causa última de esta crisis, es cierto que es una crisis espiritual, ya que representa el fracaso del hombre civilizado para dominar las fuerzas por él creadas. Ello se debe sobre todo a la pérdida del objetivo común de la cultura de Occidente, y a la falta de una común inteligencia que venga a orientar las nuevas fuerzas que alteran la vida humana. Sin embargo, este fracaso no se debe, por cierto, al abandono en que la sociedad moderna pudiera tener a la educación. Ninguna cultura de la historia ha dedicado tanto tiempo, dinero y organización como la nuestra para este propósito. Y una de las características más graves de la situación es el hecho de que nuestro fracaso ha sido el fracaso de la primera sociedad que ha sido universalmente educada, de una sociedad que ha estado sujeta a una educación nacional más sistemática y completa que ninguna de las sociedades de los tiempos pasados.
A pesar de esto, no hay duda de que el sistema moderno de educación universal de Europa y América ha padecido graves defectos. En primer lugar, la obtención de la universalidad fue comprada con la sustitución de la calidad por la cantidad. La educación fue aceptada como buena en sí misma y el principal objetivo fue el modo de incrementar su desarrollo: la forma de enseñar cada vez más cosas, durante periodos cada vez más amplios, a un número mayor de gentes. Pero a medida que la educación se universalizaba, descendía su nivel. En vez de ser tenida como un privilegio de pocos se convirtió en una rutina obligatoria para todos. Es difícil imaginarse el estado mental de un hombre como Francis Place que, después de una dura jomada de trabajo, estudiaba hasta avanzadas horas de la noche con el vivo afán de aprender.
En segundo lugar, el establecimiento de un sistema universal de educación pública venía a alterar de un modo inevitable las relaciones de la educación respecto del Estado.
Esto es, sobre todo, lo que ha ocasionado que la mentalidad de la sociedad moderna haya perdido su independencia, puesto que, al extraviarse los políticos, no ha quedado ningún poder independiente de la política para orientar la cultura moderna. Porque en el mismo grado en que la educación viene orientada por el Estado, queda nacionalizada, y, en casos extremos, permanece esclava de un partido político. En Inglaterra, esta última alternativa todavía parece una ofensa; pero en un Estado totalitario no es solo esencial, sino que incluso existe con anterioridad a dicho totalitarismo, ya que, en gran parte, es lo que lo originó, siendo este tipo de educación una tendencia actual de todas las sociedades modernas por muy opuestas al totalitarismo que fueran en apariencia.
Porque la gran amplitud del panorama educativo, y sus ramificaciones en un centenar de especialidades y disciplinas técnicas, ha obligado a que el Estado sea el único elemento unificador de todo el sistema. En el pasado, el sistema tradicional de educación clásica proporcionaba un fondo intelectual común y una escala común de valores que desbordaba las fronteras nacionales y políticas y constituía una república de las letras europea u occidental de la que todo hombre de estudio se sentía ciudadano.
Todos los viejos sistemas de educación primaria y secundaria presuponían la existencia de esta comunidad intelectual a la que servían y de la cual recibían guía e inspiración. En la escuela primaria los niños aprendían sus primeras letras, y en la secundaria se les enseñaba latín y griego, de forma que toda persona instruida, fuese de la nación que fuese, poseía un lenguaje común y el conocimiento de una o dos literaturas comunes.
Ahora bien: desde el punto de vista moderno, esta educación tradicional resultaba sorprendentemente estrecha y pedante. Por otra parte, parecía inútil, ya que no tenía relación directa con la vida moderna, el trabajo y la técnica de la nueva cultura. Por consiguiente, los reformadores del siglo XIX insistieron, en primer término, en que la educación tenía que ampliarse a fin de que abarcara todo el reino de los conocimientos modernos, debiendo además hacerse práctica y utilitaria para producir técnicos eficaces y especialistas e investigadores competentes.
Estas dos grandes reformas se aplicaron generalmente, y no sin éxito, en todo el mundo durante los últimos cincuenta o cien años. ¿Cuál ha sido el resultado? El conocimiento universal es demasiado vasto para que pueda ser abarcado por una sola inteligencia, y la especialización del técnico y el investigador se ha hecho tan minuciosa que no permite que exista un vínculo intelectual común entre las diferentes ramas del saber.
Un investigador ruso dedicado a la biología vegetal, un literato francés que estudie la historia de la lírica romance, un científico inglés que trabaje en estudios atómicos y un norteamericano especialista en psicología social, no pertenecen a ninguna clase de comunidad espiritual del tipo de la república de las letras humanista. Son tan solo individuos dedicados a empleos especiales, de tal forma que existe mayor unión entre todos los rusos y todos los franceses, que entre los científicos y los técnicos como tales entre sí. Sin duda, la disciplina de la investigación científica produce un tipo común de inteligencia e incluso de carácter; pero ello también existía en las antiguas disciplinas profesionales; de modo que hay una semejanza considerable entre los oficiales de Estado Mayor o los sargentos instructores de los ejércitos de los distintos grandes poderes. Pero esta clase de semejanza, de carácter técnico, no equivale necesariamente a una semejanza cultural. Y lo mismo ocurre respecto del especialista científico. En realidad, bajo las presentes circunstancias, estos dos tipos se van fundiendo progresivamente hasta el punto que tanto el científico como el militar se convertirán en instrumentos del poder organizado y unificado del Estado moderno.
Hasta aquí el fenómeno es inevitable, dada la compleja naturaleza del orden científico y técnico de nuestro tiempo; pero, si se le permite desarrollarse sin oposición, ello será fatal para los antiguos ideales de la cultura occidental considerada como una libre comunidad del espíritu. Esta tendencia desemboca en el Estado totalitario y aún, quizá, en la sociedad de masas, completamente mecanizada, en los «bravos mundos nuevos»14 y en las pesadillas de las utopías científicas vueltas del revés.
¿Cómo es posible preservar la inteligencia orientadora de la cultura y salvar las tradiciones espirituales de Europa?
El filósofo, el orientador religioso, el político y el educador participan todos de esta responsabilidad, todos tienen un papel que desempeñar. Pero la responsabilidad del educador quizá es la más inmediata y la más pesada de todas, porque es en la esfera de la educación donde se deben tomar las decisiones inmediatas que determinarán el punto de vista de la nueva generación.
Antiguamente, como hemos visto, la educación intentaba desempeñar esta función superior mediante la disciplina tradicional clásica de las letras humanas: dicho en otras palabras, el estudio del latín y del griego. Pero hay que tener cuidado en distinguir entre esta forma particular de educación superior y la educación superior en general, y en no reducir el ineludible problema central a la vieja controversia entre el clasicismo conservador y el modernismo radical. Es posible que la forma tradicional de la educación clásica sea completamente anticuada y que ya no pueda proporcionar el elemento universal unificador que nuestra cultura requiere. Pero el hecho de que la educación clásica ya no cumpla su propósito no significa que la cultura pueda prescindir por completo de tal elemento unificador, o de que este pueda encontrarse en un terreno puramente técnico.
Al contrario, lo precisamos más que nunca; y cuanto más extendamos el campo de la educación, más necesario resultará disponer de algún principio de cohesión que contrarreste las tendencias centrífugas de la especialización y el utilitarismo.
Todo sistema de educación que la humanidad haya conocido, desde la tribu salvaje hasta las formas superiores de cultura, ha contenido siempre dos elementos: el técnico y el tradicional; y hasta aquí, siempre ha sido este el más importante. En primer lugar, la educación enseña a los niños a hacer cosas: a leer, a...




