De Larra | Ideario español | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 57, 158 Seiten

Reihe: Pensamiento

De Larra Ideario español


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-073-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 57, 158 Seiten

Reihe: Pensamiento

ISBN: 978-84-9897-073-9
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Ideario español, de Mariano José de Larra, es una descarnada disección de la España del siglo XIX, de los fallos de un mundo atrapado en el tradicionalismo, cuyas incipientes reformas no alcanzaban sus cimientos más profundos. Larra atacó las costumbres groseras de la España del siglo XIX en ('El castellano viejo'), la indolencia de los funcionarios ('Vuelva usted mañana') o los espectáculos tradicionales ('Los toros') e introdujo a veces rasgos de humor que no ocultaron su pesimismo.

Mariano José de Larra (Madrid, 1809-Madrid, 1837), España. Hijo de un médico del ejército francés, en 1813 tuvo que huir con su familia a ese país tras la retirada de las fuerzas bonapartistas expulsadas de la península. Como dato sorprendente cabe decir que a su regreso a España apenas hablaba castellano. Estudió en el colegio de los escolapios de Madrid, después con los jesuitas y más tarde derecho en Valladolid. Siendo muy joven se enamoró de una amante de su padre y este incidente marcó su vida. En 1829 se casó con Josefa Wetoret, la unión resultó también un fracaso. Las relaciones adúlteras que mantuvo con Dolores Armijo se reflejan en el drama Macías (1834) y en la novela histórica El doncel de don Enrique el Doliente (1834), inspiradas en la leyenda de un trovador medieval ejecutado por el marido de su amante. Trabajó, además, en los periódicos El Español, El Redactor General y El Mundo y se interesó por la política. Aunque fue diputado, no ocupó su escaño debido a la disolución de las Cortes. Larra se suicidó el 13 de febrero de 1837, tras un encuentro con Dolores Armijo.
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II. Historia y psicología nacionales


España, palenque de ajenas disputas


Nada nos queda nuestro sino el polvo de nuestros antepasados, que hollamos con planta indiferente; segunda Roma en recuerdos antiguos y en nulidad presente, tropezamos en nuestra marcha adondequiera que nos volvamos con rastros de grandeza pasada, con ruinas gloriosas, si puede haber ruinas que hagan honor a un pueblo; pero así tropezamos con ellas como tropieza el imbécil moscardón con el diáfano cristal, que no acierta a distinguir de la atmósfera que le rodea. Es demasiado cierto que sólo el orgullo nacional hace emprender y llevar a cabo cosas grandes a las naciones, y ese orgullo ha debido morir en nuestros pechos. juguete hace años de la intriga extranjera, nuestro suelo, es el campo de batalla de los demás pueblos; aquí vienen los principios encontrados a darse el combate; desde Bonaparte, desde Trafalgar, la España es el Bois de Boulogne de los desafíos europeos. La Inglaterra, el gran cetáceo, el coloso de la mar, necesitó medir sus fuerzas con el grande hombre, con el coloso de la tierra, y uno y otro exclamaron: Nos falta terreno; ¿dónde reñiremos? Y se citaron para España. Ventilada la cuestión, aniquilado el vencido, acudieron los amigos del vencedor y reclamaron la parte en el despojo. El huésped que había prestado su casa para la acerba entrevista reclamó siquiera el premio de su cooperación; y ¿qué le quedó? Lo que puede quedarle al campo de batalla: los cadáveres, el espectáculo de los buitres, y un letrero encima: Aquí fue la riña.

La América devolvió a su conquistadora, con creces y con usura, el principio democrático, cuyo germen le había lanzado imprudentemente la Europa de Luis XVI y Carlos IV. El grito resonó desde las columnas de Hércules hasta las orillas del Rin; los pueblos solevantaron sus cabezas e hicieron vacilar los tronos que pesaban sobre ellos; la degradada Italia intentó dar de mano aquí y allí a sus muelles ocupaciones artísticas, y espasmos políticos se hicieron sentir hasta en el Etna, que pareció querer vomitar otra cosa que llamas fatuas y tibias cenizas. El Norte hubo de desenvainar la espada de Waterloo, y lanzó contra el principio democrático el credo de la Santa Alianza. Pero ¿dónde pelearemos?, se dijeron. Nuestras campiñas son fértiles, nuestros pueblos están llenos; ¿dónde hay un palenque vacío para la disputa? Y también se citaron en España. Pero esta vez no hubo necesidad de combate; los buitres, citados por el rumor de la próxima pelea, vinieron, y no pudiendo repartirse los muertos, se repartieron los vivos.

Más tarde, el derecho divino y la legitimidad por la gracia de Dios, han necesitado reunir sus últimas fuerzas para dar combate al derecho del hombre y la legitimidad por la gracia del pueblo, y esta última vez no ha sido necesario ya traer los principios al palenque; ellos han nacido en su terreno: el Norte y los torys, el Mediodía y los whigs han acudido al primer silbido de Watman, del hombre de la noche, y las provincias vírgenes de España han visto su velo desgarrado, y profanado su seno, que habían respetado los romanos y los godos, los hijos de Carlos Martel y los nietos de Omar, por las sangrientas manos de los liberales y de los carlistas. De tradición antigua es la España el palenque de las disputas ajenas: la España no ha visto limpio su suelo de las armas extranjeras, sino cuando ha empuñado el tizón de la discordia y cuando le ha lanzado con la atrevida mano de Carlos I en los demás pueblos, porque antes de ese corto período de conquista, ¿dónde sino en España ventilaron sus cuestiones Roma y Cartago, la cruz y la media Luna, la Europa y el Asia? (III-545)

Principio fatal en la psicología de los pueblos


Es una verdad eterna: las naciones tienen en sí un principio de vida que creciendo en su seno se acumula y necesita desparramarse a lo exterior; las naciones, como los individuos, sujetos a la gran ley del egoísmo, viven más que de su vida propia de la vida ajena que consumen, y ¡ay del pueblo que no desgasta diariamente con su roce superior y violento los pueblos inmediatos, porque será desgastado por ellos! O atraer o ser atraído. Ley implacable de la naturaleza: o devorar o ser devorado. Pueblos e individuos; o víctimas o verdugos. Y hasta en la paz, quimérica utopía no realizada todavía, en la continua lucha de los seres; hasta en la paz devoran los pueblos, como el agua mansa socava su cauce, con más seguridad, si no con tanto estruendo, como el torrente.

El pueblo que no tiene vida sino para sí; el pueblo que no abruma con el excedente de la suya a los pueblos vecinos, está condenado a la oscuridad; y donde no llegan sus armas, no llegarán sus letras; donde su espada no deje un rasgo de sangre, no imprimirá tampoco su pluma ni un carácter sólo, ni una frase, ni una letra.

Volvieran, si posible fuese, nuestras banderas a tremolar sobre la torre de Amberes y las siete colinas de la ciudad espiritual; dominara de nuevo el pabellón español el Golfo de México y las sierras de Arauco, y tornáramos los españoles a dar leyes, a hacer Papas, a componer comedias y a encontrar traductores. Con los Fernández de Córdoba, con los Espínolas, los Albas y los Toledos, tornaran los López, los Ercillas y los Calderones.

Entretanto (si tal vuelta pudiese estarnos reservada en el porvenir y si un pueblo estuviese destinado a tener dos épocas viriles en una sola vida), renunciemos a crear, despojémonos de las glorias literarias como de la preponderancia política y militar nos ha desnudado la sucesión de los tiempos. (III-546)

Nobleza antigua y nobleza nueva


La revolución francesa derribó la antigua nobleza y mató el prestigio hereditario; el hombre del siglo necesitó rodearse de una nobleza por dos razones: primera, porque habiendo dado en el capricho de descender y de trocar su corona de laurel por la de oro, le era necesario adaptarse a la pequeñez humana, creándose un palacio, y, por consiguiente, hubo de alhajarle con todo el ornato y mueblaje de tal; es decir, con palaciegos. Segunda, porque si el prestigio hereditario puede ser un absurdo, las diferencias de clases no lo son; están en la naturaleza, donde no existen dos pueblos, dos ríos, dos árboles, dos hojas de un árbol iguales; ni se concibe de otra manera un orden de cosas cualquiera: monarquías y repúblicas, todas las formas de gobierno sucumben en este particular a la gran ley de la desigualdad establecida en la naturaleza, por la cual un terreno da dos cosechas cuando otro no da ninguna; por la cual un hombre da ideas mientras otro no da sino sandeces; por la cual unos son fuertes mientras son débiles otros; ley preciosa, única garantía de alguna especie de orden con que selló la Providencia su obra, ley por la cual, ahora como antes, después como ahora, la superioridad, la fuerza, el mérito o la virtud se sobrepondrán siempre en la sociedad a la multitud para sujetarla y presidirla.

Y esta fue, precisamente, la única aristocracia que el hombre del siglo admitió, suplantando la antigua nobleza hereditaria con la nobleza de sus compañeros de armas, cuyos pergaminos había ido hallando, cada cual en los campos de batalla. (III-539 y 540)

El clima y los hombres


Razón han tenido hoy los que han atribuido al clima influencia directa en las acciones de los hombres. Duros guerreros ha producido siempre el Norte; tiernos amadores el Mediodía; hombres crueles, fanáticos y holgazanes el Asia; héroes la Grecia, esclavos el África; seres alegres e imaginativos el risueño cielo de Francia; meditabundos aburridos el nebuloso Albión. Cada país tiene sus producciones particulares; he aquí por qué son famosos los melocotones de Aragón, la fresa de Aranjuez, los pimientos de Valencia y los facciosos de Roa y de Vizcaya. (III-300)

Los facciosos, producción española


Hay en España muchos terrenos que producen ricos facciosos con maravillosa fecundidad; país hay que da en un solo año dos o tres cosechas; puntos conocemos donde basta dar una patada en el suelo y a un volver de cabeza nace un faccioso. Nada debe admirar, por otra parte, esta rara fertilidad, si se tiene presente que el faccioso es fruto que se cría sin cultivo, que nace solo y silvestre entre matorrales, y que así se aclimata en los llanos como en los altos: que se trasplanta con facilidad y que es tanto más robusto y rozagante cuanto más lejos está de población. Esto no es decir que no sea también en ocasiones planta doméstica: en muchas casas los hemos visto y los vemos diariamente, como los tiestos en los balcones, y aún sirven para dar olor fuerte en cafés y paseos. El hecho es que en todas partes se crían; sólo el orden y el esmero perjudican mucho a la cría del faccioso, y la limpieza y el olor de la pólvora, sobre todo, le matan. El faccioso participa de las propiedades de muchas plantas; huye, por ejemplo, como la sensitiva al irle a echar mano; se encierra y esconde como la capuchina a la luz del Sol, y se desparrama de noche; carcome y destruye como la ingrata hiedra el árbol a que se arrima; tiende sus brazos como toda planta parásita para buscar puntos de apoyo; gústanle, sobre todo, las tapias de los conventos, y se mantiene, como esos frutos, de lo que coge a los demás; produce lluvia de sangre como el polvo germinante de muchas plantas, cuando lo mezclan las auras, a una leve lluvia de otoño; tiene el olor de la asafétida, y es vano como la caña; nace como el cedro en la tempestad, y suele criarse escondido en la tierra como la patata; pelecha en las ruinas como el jaramago; pica como la cebolla, y tiene más dientes que el ajo, pero sin tener cabeza; cría, en fin, mucho pelo como el coco, cuyas veces hace en...



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