E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Didion Dunne Río revuelto
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17109-29-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-17109-29-5
Verlag: Gatopardo ediciones
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(Sacramento, California, 1934). Periodista y escritora. Se graduó en Literatura Inglesa por la Universidad de Berkeley y su primer trabajo fue en la revista Vogue, donde acabó siendo editora. En 1964 se casó con el escritor John Gregory Dunne, con quien colaboró en la redacción de guiones cinematográficos. Ha sido colaboradora habitual de The New York Review of Books. Como escritora, debemos destacar: Según venga el juego (1971), Democracy (1984), Una liturgia común (2007), su obra autobiográfica El año del pensamiento mágico (2006), con la que obtuvo el National Book Award y fue finalista del Premio Pulitzer, y Noches azules (2011), un texto sobre la muerte de su hija. Su obra ensayística es muy extensa; de ella cabe señalar The White Album (1979), Salvador (1983), Miami (1987), After Henry (1992) o Political Fictions (2001). En España se ha publicado una recopilación de sus ensayos, con el título Los que sueñan el sueño dorado (2012).
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Capítulo 2
Everett se sentó en el embarcadero quince minutos antes de que Lily llegara. La oyó bastante rato antes de verla, porque, ahora, a la una en punto, la luna ya se había ocultado. Pese a que río abajo las luces de las casas titilaban en el agua, a lo largo de la milla y media de ribera de los McClellan solamente se vislumbraba el parpadeo regular de las balizas señalizadoras de la Guardia Costera; el embarcadero estaba a oscuras, la lámpara se había fundido sin que él supiera cuándo. «Recuérdaselo a Liggett», pensó, repentinamente alarmado por la falta de luz del embarcadero. (Primero la luz del embarcadero, después una valla rota, luego quizá la bomba se averiara y perdiera succión: pronto todo aquel lugar se vendría abajo, desaparecería ante sus ojos, volvería a ser lo que fuera que había sido cuando su tatarabuelo llegó al Valle.) A través de las arboledas de robles y álamos, Everett vio una sola luz encendida en la tercera planta de la casa; las plantas inferiores se las tapaba el dique.
Durante aquellos quince minutos, Everett sólo pensó en la luz del embarcadero (Liggett tendría que vigilar estas cosas) y en los lúpulos. Aunque todavía tenía el revólver del calibre 38 de su padre en una mano, no pensó en aquello, igual que tampoco pensó en la linterna de Ryder Channing, aún encendida, ni en su luz tenue filtrándose a través de casi un palmo de agua cenagosa, atrapada en la maraña de raíces, visible allí donde la corriente había socavado los márgenes. La semana siguiente recolectarían los lúpulos, separando los tallos de los alambres por los que trepaban. Cada mes de agosto, justo antes de la cosecha, a Everett lo asaltaba el mismo temor, una aprensión concreta, de la misma manera en que son concretas las pesadillas: la firme convicción de que le iba a explotar el horno mientras estaba secando los lúpulos. La semana en que se secaban los lúpulos, Everett nunca podía dormir. A veces bajaba las escaleras y se pasaba la noche sentado en la cocina, porque desde la ventana de la cocina se podía ver el horno. No es que perder la cosecha supusiera su ruina, ni aquel año ni ningún otro: de hecho, aquel año tenía menos acres de lúpulos que nunca desde que muriera su padre, quince años atrás. Los lúpulos ya no daban dinero: en la región del río todo el mundo los estaba abandonando. «Es una combinación de factores», les había intentado explicar él, repitiendo de memoria lo que le habían dicho los compradores, a su hermana Sarah y al tercer marido de ésta cuando lo habían visitado en junio de camino de Filadelfia a Hawái. («No vamos a Honolulu, Everett —lo había corregido Sarah—. Vamos a Maui. Oahu lleva años echado a perder.») «Tu participación ya no da el dinero que daba porque ya no sacamos lo que sacábamos antes. Para empezar, la gente ya no bebe tanta cerveza como antaño. Y, además, las cerveceras ahora fabrican lo que ellas llaman una cerveza más ligera, que emplea menos lúpulo.»
A Sarah no le importaba perder los lúpulos. A Sarah nunca le había importado nada que tuviera que ver con el rancho. Pero a lo largo de toda la semana, Everett apenas había visto otra cosa que no fuera aquella imagen familiar: su horno de secar ardiendo, las llamas recortándose contra el cielo nocturno, y, aun así (cosa imposible, como en una pesadilla), sin iluminar la oscuridad. «Va a pasar este año seguro», pensó ahora.
Cuando oyó a Lily se quedó completamente quieto, siendo consciente de improviso del revólver del 38 que tenía en la mano, con sangre en la manga del traje de dacrón que Lily le había comprado en el Brooks Brothers de San Francisco. Oyó los tacones altos sobre los escalones de madera del lado del río del dique («Dios bendito —pensó con vaga ternura—, tacones altos para que se la follen en la playa»), la oyó apartar con la mano las ramas de los robles y la oyó llamarlo por su nombre.
«Everett», lo llamó ella, mucho antes de que pudiera haberlo visto en el embarcadero. Lily lo estaba llamando a él, no a Channing, contestando así la pregunta que él no había llegado a formularse: ¿acaso ella oiría el disparo y acudiría a él, o bien acudiría como de costumbre a su encuentro con Channing? ¿Acudiría a él, consciente de lo sucedido, o bien acudiría a Channing, limpia y desprevenida tras la ducha que se había dado unos veinte minutos antes, con la intención de conducir la barca media milla río abajo para acostarse allí con Channing en la franja de playa donde Knight y Julie hacían sus fiestas? (Everett había oído la ducha cuando había entrado en la casa para coger la pistola. Plantado en el dormitorio después de sacar la pistola del cajón, había contemplado el vapor que salía por la puerta abierta del cuarto de baño y la había oído tararear una canción de cuya letra ella nunca se acordaba: «We will thrive on keep alive on / just nothing but kisses».) 3 Y bueno, Lily había oído el disparo y había acudido a él: había pronunciado el nombre de «Everett».
Sin dejar de empuñar el revólver, se puso en pie. Lily se quedó en el claro junto al embarcadero, mirándolo primero a él y después el cuerpo de Channing, tumbado encima de un tronco podrido. En aquel momento, antes de que ninguno de los dos hablara, Everett reparó en que Lily no era tan guapa como antaño. Nadie había dicho nunca que lo fuera, pero sí que había tenido una fragilidad que resultaba atractiva, una ilusión causada no sólo por sus huesos sino también por sus ojos. No era que sus ojos fuesen de un color memorable (castaños, indicaba su permiso de conducir), ni que tuvieran ninguna forma fuera de lo común. Era simplemente que parecían más grandes que ninguna otra parte de ella y que constituían su presencia misma, una presencia parecida a la de alguien en huelga de hambre, una especie de reivindicación emocional. Ahora a él lo agotó mirarla: tenía los ojos demasiado grandes.
—Supongo que ha venido a encontrarse contigo —dijo Everett, apartando de un manotazo un mosquito con la mano que tenía libre. Y sin mirar el cuerpo de Channing.
Ella no dijo nada.
Incapaz de pensar, Everett deseó que pudieran volver a la casa y a la cama; quería preparar una copa a Lily, bourbon con hielo picado tal como le gustaba, sentarse con ella en la apacible oscuridad, bajo la tela mosquitera.
—No hacía falta —dijo Lily por fin, con una voz apenas audible—. No hacía falta.
Y rompió a llorar. Everett se la quedó mirando hasta que sus sollozos alcanzaron ese nivel impotente y maquinal que ponía de manifiesto que estaba perdiendo el control, cruzando la frontera invisible que la separaba de algún terror inexplorado. La muerte repentina o esperada, la imagen de un desconocido plantando bulbos de narciso, o el recuerdo de cualquier tarde olvidada (por ejemplo, el día en que se habían llevado a los niños a ver los caballitos de mar al Golden Gate Park y los caballitos no estaban) podían abrir la reserva de histeria de Lily. («Así debería vivir la gente», había dicho ella del hombre que plantaba narcisos; él le había sugerido que repartiera algunos narcisos alrededor de la casa.) Ahora Everett se preguntó sin interés si Channing habría visto llorar alguna vez a Lily. Supuso que sí. Supuso que hasta el último cabrón que vivía cerca del río la habría visto llorar.
Dejó el revólver en el embarcadero y se dirigió hasta donde estaba ella. A Lily se le había caído el jersey de los hombros y él se agachó para recogérselo del suelo. Era un jersey rosa de cachemir, propiedad de Julie; tenía cosida al cuello una de las cintas con su nombre, que Lily le había comprado cuando la había enviado a estudiar al Dominican. «Julia Knight McClellan.» Ahora Julie era tan guapa como lo había sido Lily. Aunque a Everett su cabello rubio fino y casi blanco le había recordado siempre a sus hermanas («puede que se parezca a Sarah, pero no tiene nada de Martha —había dicho Lily aquel verano, casi gritando—. No entiendo cómo puedes decir algo así»), en general Julie se parecía cada día más a Lily. Se movía igual que Lily y hasta tenía aquella sonrisa tímida y dubitativa que a estas alturas ya era una particularidad de Lily. (Hacía prácticamente una hora, en la fiesta de los Templeton, ¿acaso él mismo no había visto desde el otro lado de la sala cómo Julie se apartaba un mechón de pelo de la cara con el mismo gesto rápido y vacilante con que lo hacía Lily? «Lily», se dijo, con el rostro repentinamente frío de alivio y de vergüenza, entre el instante de ver el gesto y el de reparar que aquélla no era Lily sino Julie. Hasta aquel momento en que él había creído saberlo, se había negado a preguntarse dónde estaba Lily. Sólo entonces se dio cuenta de que llevaba media hora sin moverse de la sala; se había quedado allí de forma deliberada, a fin de poder creer que Lily estaba en la terraza, o bien abajo, en la habitación del piano. «We will thrive on keep alive on / just nothing but kisses.»Julie llevaba un vestido blanco muy escotado por detrás, y él se le quedó mirando la espalda quemada como si fuera la primera vez que la veía. En lo que no había reparado nunca es que la suya era idéntica a la de Lily. Se le marcaban todos los huesecillos. Tanto Lily como Julie andaban siempre muy erguidas y echaban los hombros estrechos hacia atrás como si quisieran ocultar los huesos. Por un instante, él se había quedado mirando la espalda de Julie como si estuviera en trance, preguntándose con gran irritación por qué no llevaba un vestido que le cubriera los huesos, cuando notó que alguien le ponía la mano en el hombro. Estaba tan furioso que...




