E-Book, Spanisch, 256 Seiten
Lykke No y mil veces no
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-124199-7-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 256 Seiten
ISBN: 978-84-124199-7-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nina Lykke (Trondheim, 1965) es una de las escritoras noruegas más destacadas de la actualidad. Su debut literario tuvo lugar en 2010, con el libro de relatos Orgien, og andre fortellinger (Orgía y otras historias). Gatopardo ha publicado sus novelas No y mil veces no (2021), que obtuvo el Premio de la Crítica Joven de Noruega, y Estado del malestar (2020), que le valió el Premio Brage, el galardón literario más importante de su país. Sus libros se han traducido a diecinueve idiomas.
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Capítulo 1
—¿Qué gracia tiene matarse a estudiar en el cole para acabar teniendo un trabajo y una casa y unos hijos y después seguir matándose hasta que al final te mueres? —preguntó Jonas a los trece años—. ¿Por qué no vivir en una caravana cobrando un subsidio? —prosiguió, e Ingrid no fue capaz de encontrar una respuesta.
Sí, por qué no vivir en una caravana, pensó, por qué no vivir de los subsidios, por qué no tumbarse, por qué no rendirse. Esta era su herencia genética, esta era la enfermedad que llevaba consigo, no era especialmente poderosa y tal vez había conseguido derrotarla y que no le afectara, pero mira, ahora la ha contraído Jonas y pronto la contraerá también Martin y se deprimirán y tendrán sobrepeso y se pasarán día y noche jugando a videojuegos.
Por suerte no hubo más episodios parecidos, pero más o menos un año más tarde los dos hijos dejaron de hablar. De un día para otro pasaron de piar como pajaritos a quedarse mirando, mudos, cada uno su plato, y cuando sus padres intentaban hablar con ellos a la hora de la cena, lo máximo que conseguían era que profiriesen algún que otro gruñido. Mientras tanto, Ingrid y Jan intentaban mantener una conversación, pero les resultaba difícil en presencia de esas caras silenciosas que masticaban, y, además, era como si hubieran perdido la capacidad de hablar el uno con el otro después de tantos años de interrupciones.
De vez en cuando uno de sus dos hijos emitía un ruido, pero nunca era como cuando eran pequeños. Y de haber sido así también habría resultado extraño y anormal, pensó Ingrid. A pesar de todo estaba satisfecha. Podría ser peor. Desde que tenía memoria había fantaseado con catástrofes o, mejor dicho, con cómo evitarlas. Cuando Ingrid tenía tres años, su madre se suicidó. En aquella época, Ingrid ya sabía andar y hablar y fue consciente de ello cuando, cuatro años más tarde, su padre murió de una intoxicación etílica. Cuando murió su madre, Ingrid tenía la altura suficiente para poder abrir la puerta de la calle, aporrear la puerta de los vecinos y pedirles que llamaran a una ambulancia, igual que aquella vez, a los siete años, podría haber cogido el tranvía hasta Frognerparken y haberle dado la vuelta a su padre para sacarle la cabeza del charco en el que se ahogó.
En lugar de eso, se había quedado durmiendo en la cama. Solo a la mañana siguiente, mucho después de que las treinta y pico pastillas para dormir hubieran recorrido el cuerpo de su madre y hubieran destrozado a su paso todos los órganos y cesado todas las funciones vitales, los vecinos oyeron gritar a Ingrid. La llevaron a vivir a casa de sus abuelos, en Hovseter, y de vez en cuando recibía la visita de su padre, que se acostaba en el cuarto de invitados para pasar la borrachera. Allí estaba gritando sobre unos hombrecitos grises que iban a arrastrarlo al infierno y asarlo ensartado en un palo. Después volvía a marcharse. Regresaba, desaparecía de nuevo y una mañana lo encontraron en Frognerparken con la cara en un charco. Los pocos días que siguió vivo antes de morir por neumonitis química tras inhalar agua encharcada, Ingrid y sus abuelos lo visitaron en el hospital. Cuando lo vio allí tumbado, enchufado a cables de diverso grosor, Ingrid se dio cuenta de que podría haberlo salvado. Ese pensamiento peregrino se instaló en su interior en el hospital de Ullevål en otoño de 1972, mientras su cerebro de siete años se encontraba en un estadio del desarrollo en el que debía de estar especialmente preparado para recibir información nueva, porque esa idea creció y se desarrolló. Ingrid se dio cuenta enseguida de que también podía haber salvado a su madre, y a lo largo de los años esa noción se alargó en el tiempo y en el espacio y la hizo sentirse vagamente responsable de algo que había ocurrido en el otro lado del mundo o, ya puestos, de lo que pasó durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, es decir, mucho antes de que ella naciera, cuando enviaron a su abuelo materno a Sachsenhausen. Si una conversación tocaba el tema de la Segunda Guerra Mundial o algo que pudiera conducir a que se hablara de la Segunda Guerra Mundial, su abuelo materno se levantaba y se iba. Que el abuelo se levantara y se fuera en mitad de una conversación era algo tan natural para Ingrid como que cuando llueve te mojas. Nadie hacía preguntas acerca de ese comportamiento, pero el resto de la familia creía que había una línea recta entre el silencio del abuelo y el suicidio de la madre. La Segunda Guerra Mundial continuó en el seno de las familias, pasó de una generación a otra e Ingrid debería haber advertido al abuelo antes de que lo arrestara la Gestapo, así su madre no se habría suicidado y su padre no se habría dado a la bebida.
«Había que prepararse para lo peor.» Esta frase se le había quedado clavada en un lugar que no era accesible a la lógica ni a la razón, y tampoco a la hipnosis o la psicoterapia, que también había probado. E igual que sus padres habían muerto mientras ella estaba en la cama, la gente seguía muriendo mientras ella estaba en la cama, y todas las mañanas leía noticias sobre catástrofes y accidentes que habían ocurrido durante la noche, y ella no había levantado ni un dedo para evitarlos.
Si pasaba por delante de una galería o de un restaurante vacíos, Ingrid tenía que luchar contra el impulso de entrar en la primera y fingir interés por lo que colgaba de las paredes o cruzar la puerta del segundo y sentarse a una mesa. Empleaba mucha energía en luchar contra esos impulsos, que se esforzaban por parecer otra cosa. Si pasaba por delante de una cafetería vacía en la que un camarero solitario miraba hacia la calle, encontraba todo tipo de razones por las que debía tomarse un café, a pesar de que acabara de tomarse uno, solo para permitirse entrar en esa cafetería, ponerlo todo en su sitio, arreglarlo. Nada mejoraba por que ella entrara en un sitio y mirase unos cuadros o pidiera un café, lo sabía, y si alguien insistía en abrir galerías o cafeterías en barrios desiertos no era problema suyo. Pero quienes pronunciaban estas palabras eran la lógica y la razón, y sus vocecitas parlanchinas no podían competir contra los fuertes impulsos que la incitaban a hacerlo de todos modos, como si con esas acciones inintencionadas alimentara a una especie de ser que todo lo ocupa que le dijera: hazlo y te prometo que aliviaré un poco tu enorme culpa. El ser nunca cumplía su promesa y aun así ella se dejaba tentar una y otra vez.
Si les pasara algo a sus hijos, se moriría. Sería su fin, el fin de todas las cosas. Pero no quería pasar más tiempo del necesario con ellos. Si uno de ellos entraba en la habitación, se le aceleraba el pulso, como si fuera una empleada tímida de una empresa en la que Jonas, de veinte años, y Martin, de dieciocho, fueran los responsables. Ingrid siempre sabía cuándo querían dinero. Ahora su gesto era amable y receptivo, casi como antes. Al principio le entristecía. Como una relación de amor que ha terminado, pensaba cuando deambulaban por la casa y sonreían y la miraban a los ojos solo cuando querían dinero.
«¿Vienes a cenar hoy?», podía preguntarles en un mensaje de texto, y cuando la respuesta, si es que llegaba, era «no», sin mayúscula ni explicaciones ni disculpas, ella les contestaba: «Vale. Entonces te guardo una ración :-)». Por mí que no sea, pensaba Ingrid cuando pulsaba enviar. Un año después de terminar el instituto, Jonas aún vivía en casa, y mientras decidía qué quería estudiar o si quería estudiar en realidad, trabajaba en una cadena de panaderías de Holtet e invertía todo su sueldo en comprar acciones.
—¿No debería aportar algo para sus propios gastos? —le dijo Ingrid a Jan.
—Sí…, pero no necesitamos el dinero —le respondió Jan—. Así que sería solo por principios. Y no tiene sentido.
—Puede —contestó Ingrid—. Pero si tuviera que pagarnos algo, no le haría tanta gracia vivir aquí.
—Ya se irá. A mí me gusta que siga viviendo con nosotros, que podamos sentarnos juntos a ver la tele y a comer sushi. Es increíble que quiera sentarse a cenar sushi y beber vino blanco con nosotros los viernes por la noche. No creo que muchos chavales de veinte años hagan ese tipo de planes.
—El caso es que sí. En el trabajo se habla de este nuevo fenómeno, que los hijos adultos se pasan los fines de semana viendo la tele con sus padres en vez de salir de fiesta. Pero es caro pedir sushi y vino para cuatro y no para dos. Los adultos cuestan más dinero que los niños. Es como vivir en un piso compartido, solo que pagando por todos. Y recogiendo y lavando sus cosas, además.
Ingrid sabía que la única razón por la que sus hijos se quedaban en casa los viernes por la noche era que así podían comer sushi y beber vino gratis; eso y que Ingrid y Jan se sentían tan honrados por que ellos quisieran estar allí que les dejaban poner lo que quisieran en la tele, y así esas noches de viernes acababan con series y películas que llevaban a Ingrid a sentarse en la cocina a leer las noticias en el móvil, mientras los tiros y los gritos retumbaban por toda la casa.
—Ya se irán —decía Jan.
Ingrid se arrepentía a menudo de haber tenido hijos. Todo lo que les podía pasar, todos los riesgos. El día que nació Jonas se abrió ante ella un nuevo abismo que no volvería a cerrarse hasta el día que ella faltara. El cuerpecillo de lactante de Jonas había insuflado nuevas fuerzas a las viejas fantasías de catástrofes y, por tanto, Ingrid sabía que ni...




