E-Book, Spanisch, 272 Seiten
Reihe: Ensayo
Doctorow Radicalizado
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125538-1-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 272 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-125538-1-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Novelista canadiense de ciencia ficción, periodista y activista tecnológico. Colabora con numerosas revistas, sitios web y periódicos. Es asesor especial de la Electronic Frontier Foundation (eff.org), un grupo de libertades civiles sin ánimo de lucro que defiende la libertad en la legislación, la política, las normas y los tratados sobre tecnología. Sus novelas han sido traducidas a decenas de idiomas. Es doctor honoris causa en informática por la Open University (Reino Unido). En 2020 ingresó en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción y la Fantasía de Canadá. Ha ganado los premios Locus, Prometheus, Copper Cylinder, White Pine y Sunburst, y ha sido nominado a los premios Hugo, Nebula y British Science Fiction.
Weitere Infos & Material
El Águila Americana acababa de cruzar la Interestatal 278 cuando oyó el golpe seco de una porra dando toquecitos en la ventanilla de un coche, y luego la voz alta, dominante y llena de rabia de un policía, al norte de la I-278, la frontera que separaba la Staten Island blanca de la Staten Island negra.
—¡Baje la puta ventanilla!
A pesar de su oído sobrehumano, no supo con exactitud de dónde procedía la voz hasta que volvieron a repetirse los golpes: tres golpes de porra y luego el ruido de un parabrisas roto. Comprendió qué era aquel ruido, localizó de dónde procedía el rumor de la disputa e inclinó su cuerpo hacia allí, perdiendo altura y describiendo una curva a través de la llovizna, que se abrió en abanico detrás de él en su estela turbulenta. Con los brazos extendidos hacia delante y la capa restallando a su espalda era un misil azul y rojo que descendía hacia el ruido.
El hombre del suelo era negro, los cuatro polis que había a su alrededor eran blancos. El negro del suelo era delgado, de poco más de treinta años, con el pelo corto y un pulcro bigotito. Su coche era tan pulcro como el bigote, brillaba incluso en medio de ese día húmedo y gris: un coche viejo pero bien cuidado. El hombre estaba en el suelo, y la cara le sangraba por encima del bigotito. Tenía pequeños cubos de cristal templado clavados en ella, pero también una magulladura en el pómulo con la forma de la punta de una porra.
Los cuatro polis que rodeaban al negro del suelo habían sacado las porras. Le estaban golpeando. Le habrían golpeado con más fuerza, pero lo habían sacado a rastras del coche y lo habían dejado en el estrecho hueco que había entre su coche y el de al lado, y se entorpecían unos a otros. Una porra aterrizó en su cabeza con un crujido que el Águila Americana notó en los huesecillos de su oído interno. Torció el gesto y ajustó el ángulo para llegar más directo y deprisa a la escena.
Los coches dificultaban que los policías golpearan con sus porras el cuerpo del negro, pero las piernas le asomaban hacia el aparcamiento, donde dos policías podían golpearle al mismo tiempo. Se dedicaron a ello como si estuviesen clavando el poste de una cerca, con grandes golpes dirigidos a los huesos y las articulaciones.
El hombre del suelo gemía y chillaba, mientras los cuatro policías gritaban. Gritaban: «Deje de resistirse», y cada dos o tres golpes paraban la paliza para girarse y captarse unos a otros con las cámaras corporales gritando «Deje de resistirse» mientras golpeaban y golpeaban.
El Águila Americana los sobrevoló tan de cerca que el viento les descolocó las gorras mientras cogía dos porras con la mano, tirando con tanta fuerza que uno de los policías se cayó de bruces. El otro recobró el equilibrio justo cuando el Águila Americana se posaba en el suelo. Ninguno de los polis siguió golpeando al negro. Todos se quedaron mirándolo, incluso el negro, a quien le salía sangre de la nariz y del cuero cabelludo.
—¿Qué? —dijo el poli que había golpeado al hombre en la cabeza—. Este cabrón llevaba drogas en la consola central, a la vista de todos. No ha querido bajar la ventanilla. Obstrucción a la acción gubernamental.
El Águila Americana miró en el interior del poli, vio su tensión arterial, midió su pulso. El ojo del hombre se movió con una contracción nerviosa, su mirada recorrió al Águila Americana, luego su porra se movió con una contracción nerviosa. Todo fue demasiado rápido para que el ojo humano pudiera percibirlo.
El Águila Americana no dijo una palabra. Observó en silencio. Estaba flotando sobre el suelo, con la suela de sus zapatos a unos pocos centímetros del pavimento húmedo del aparcamiento. Intimidaba tener delante a alguien capaz de flotar sobre el suelo. El poli se acobardó.
—Esposadlo —dijo.
—Eh, oficiales, los grilletes de mis tobillos están demasiado apretados —dijo el negro—. No siento el pie izquierdo. Algo va mal.
No tenía esposados los tobillos, pero era evidente que el pie izquierdo y el tobillo estaban rotos, doblados en un ángulo espeluznante, por los múltiples golpes de las dos porras.
El poli que había dicho «Esposadlo» llamó por radio a una ambulancia. El negro dijo:
—¿Alguien lo ha grabado? Os voy a meter una demanda que os vais a cagar.
El poli de «esposadlo», un sargento con el nombre «BIANCHI» en la placa, un hombrecillo violento con los bíceps marcados en la camiseta y el cuello demasiado grueso para el cuello del uniforme, dio la impresión de ir a patear al negro en la cabeza. De hecho, movió un poco el pie, aunque habría hecho falta el sistema sensorial extraterrestre del Águila Americana para verlo. No obstante, se contuvo y se subió a la ambulancia cuando llegaron los paramédicos. Se le había clavado un trocito de cristal al romper la ventanilla y se había hecho un corte infinitesimal en la mejilla. Los paramédicos lo examinaron de arriba abajo y le pusieron una venda.
Los otros polis miraron a su alrededor con timidez cuando Bianchi y la ambulancia se marcharon. Ahora tenían que ocuparse de la labor administrativa: recopilar pruebas, hacer fotos, inmovilizar el vehículo. En comparación con la paliza que estaban dando cuando llegó el Águila Americana, era un trabajo árido y burocrático. Hicieron fotos de las salpicaduras de sangre y tomaron notas muy serias sobre las drogas que habían encontrado en la consola central del negro.
—¿Qué es una consola central? —preguntó el Águila Americana, después de oír sus susurros desde siete metros de distancia.
Los dos polis que habían estado charlando parecían incluso más avergonzados.
—Eso, eso de ahí es la consola —dijo uno, y señaló el reposabrazos que separaba el asiento del conductor del acompañante.
—¿Tenía drogas a la vista de todos ahí?
—En una bolsa —dijo el poli mostrando una bolsa grande de hierba.
—Pero la parte de arriba es curva. Cualquier cosa que dejes ahí se caería.
—A lo mejor estaba en el asiento del acompañante.
—No, estaba en la consola central. Yo la vi —repuso su compañero.
El Águila Americana lo miró fijamente. Otra vez estaba flotando en el aire.
—Mira, Águila —dijo el otro poli, el que había llamado a la grúa por teléfono—. Gioff, quiero decir Bianchi, no es un mal tipo, su padre hizo carrera en el Departamento de Policía de Nueva York. Es voluntario en la Liga Menor.
—Fue Águila en los Exploradores —dijo Consola Central—. En serio.
Los dos miraron el emblema del Águila Americana.
—¿A qué hospital lo han llevado? —preguntó el Águila Americana.
Después de una incómoda pausa, se lo dijeron. Él despegó y su superoído oyó a No Es Un Mal Tipo decirle a Consola Central que solo un marica o un pervertido se pasearía por ahí en mallas, era repugnante.
Aterrizó en el aparcamiento de ambulancias y encontró a los paramédicos que habían atendido al negro tomando un café y esperando una nueva llamada. Lo vieron acercarse recelosos. No era lo normal: la mayoría de la gente había crecido viendo al Águila Americana en los tebeos, en los noticiarios, en las dramatizaciones radiofónicas, en los dibujos animados, en los juguetes, en las novelas, en las entrevistas, en las películas educativas, en las adaptaciones teatrales, en los musicales, en las películas, en las precuelas, en las atracciones de los parques temáticos. Hasta los criminales que iban a acabar en la cárcel porque había aparecido el Águila Americana se quedaban un poco deslumbrados aunque maldijeran su mala suerte.
—Hola, amigos —dijo.
—¡Eh! —lo saludó un paramédico que era blanco, cachas, alto, con el pelo corto y unas deportivas muy muy buenas.
—Ese tipo que acabáis de traer, al que le dieron una paliza los polis y que tenía la pierna rota.
—¿Sí?
—Quiero estar seguro de que todo ha ido bien. ¿Podríais decirme si le han ingresado y ha pasado el triaje sin problemas? ¿Sabéis cómo se llama? Le han dado una buena y quiero hablar con él, explicarle que tiene opciones legales.
—¿Eres superhéroe o abogado?
El Águila Americana había testificado literalmente en cientos de juicios criminales, por no hablar de un par de juicios por genocidio en La Haya. Tenía más de un siglo de experiencia legal, sabía más que la mitad de los profesores de Yale. También sabía que ese tipo no sentía curiosidad por sus credenciales profesionales.
—¿Sabes cómo se llama?
El paramédico bebió un poco de café.
—Son las normas del hospital, la Ley de Portabilidad y Responsabilidad de los Seguros Médicos; no podemos darte su...




