Doyle | Estudio en escarlata | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 120 Seiten

Reihe: Ilustrados

Doyle Estudio en escarlata


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16112-48-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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Reihe: Ilustrados

ISBN: 978-84-16112-48-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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Tras la publicación en esta misma colección de El perro de los Baskerville, con ilustraciones de Javier Olivares, seguimos con nuestro propósito de publicar todas las novelas de Conan Doyle que tienen como protagonistas al detective más famoso de todos los tiempos, Sherlock Holmes, y a su inseparable doctor Watson. Publicada en 1887, Estudio en escarlataes la primera entrega de la serie, en la que John H. Watson inicia las memorias de sus aventuras. Todo comienza cuando él y Holmes van a compartir casa en la ya famosa dirección del 221B de Baker Street. Allí, Watson convivirá con las excentricidades de Holmes y será testigo de su asombrosa habilidad para obtener información sobre todo lo que le rodea. Aturdido en ocasiones por la personalidad del detective, Watson se verá, sin embargo, deslumbrado por su genialidad. Fernando Vicente ha recreado este caso y ha dado vida gráfica a estos dos míticos personajes.

Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859 - Crowborough, Reino Unido, 1930). Novelista británico. De familia escocesa, estudió en las universidades de Stonyhurst y de Edimburgo, donde concluyó la carrera de Medicina. Entre 1882 y 1890 ejerció como médico en Southsea (Inglaterra). En 1887 publica Estudio en escarlata, que se convertiría en el primero de los sesenta y ocho relatos en los que aparece uno de los detectives literarios más famosos de todos los tiempos, Sherlock Holmes. En un momento de auténtica inspiración, basándose en el modelo de don Quijote y Sancho que tantos novelistas han utilizado, el autor creó al doctor Watson, un médico leal pero intelectualmente torpe que acompaña a Holmes y escribe sus aventuras. En julio de 1891 empezó a publicar en la revista Strand Magazine las andanzas de su personaje.
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2

LA CIENCIA DE LA DEDUCCIÓN

Nos encontramos al día siguiente, como habíamos acordado, e inspeccionamos las habitaciones del número 221 B de Baker Street, a las que se había referido en nuestra entrevista. Consistían en dos cómodos dormitorios y una única sala de estar, espaciosa, ventilada, amueblada con gusto e iluminada por dos amplias ventanas. Tan satisfactorias eran las habitaciones en todos los aspectos, y tan moderado nos pareció el precio cuando lo dividimos entre dos, que cerramos el trato allí mismo y tomamos inmediatamente posesión de ellas. Aquella misma tarde trasladé mis cosas desde el hotel, y a la mañana siguiente llegó Sherlock Holmes con varias cajas y maletas. Durante un día o dos estuvimos muy ocupados deshaciendo el equipaje y colocando nuestras cosas del mejor modo posible. Hecho esto, empezamos gradualmente a aposentarnos y a adaptarnos a nuestro nuevo entorno.

Ciertamente, Holmes no era una persona con la que resultara difícil vivir. Sus modales eran tranquilos y sus costumbres regulares. Era raro que estuviera fuera de casa después de las diez de la noche, e invariablemente había desayunado y había salido antes de que yo me levantara por la mañana. A veces pasaba el día en el laboratorio, a veces en las salas de disección, y en ocasiones dando largos paseos, que al parecer le llevaban a los barrios más bajos de la ciudad. Nada excedía su energía cuando le daba la fiebre del trabajo, pero de tanto en tanto se producía una reacción violenta, y permanecía días enteros tumbado en el sofá de la sala, sin apenas pronunciar palabra ni mover un músculo desde la mañana hasta la noche. En tales ocasiones, advertía yo en sus ojos una mirada tan absorta y ausente que, si la templanza y la integridad de su vida no me lo hubieran impedido, habría sospechado que era adicto a algún estupefaciente.

Con el transcurrir de las semanas, mi interés por Holmes y mi curiosidad por saber cuáles eran los objetivos de su vida se fueron acrecentando y profundizando. Ya su mero aspecto bastaba para atraer la atención del observador menos atento. Medía más de seis pies ochenta y era tan extremadamente delgado que parecía todavía más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los intervalos de sopor a los que he aludido; y su fina nariz aguileña confería a todo su semblante un aire vivaz y decidido. También su barbilla, prominente y cuadrada, revelaba a un hombre resuelto. Aunque sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y cubiertas de marcas causadas por productos químicos, Holmes poseía una extraordinaria delicadeza de tacto, como tuve ocasión de observar con frecuencia al verle manipular sus frágiles instrumentos de trabajo.

El lector tal vez me tome por un entrometido impertinente si le confieso lo mucho que aquel hombre excitaba mi curiosidad y en cuántas ocasiones intenté romper la reserva que mostraba en cuanto le concernía. Sin embargo, antes de emitir un juicio, debe recordar hasta qué punto estaba mi vida vacía de objetivos y cuán pocas cosas atraían mi atención. Mi salud me impedía aventurarme al exterior, a menos que el tiempo fuera excepcionalmente benigno, y no disponía de amigos que vinieran a visitarme y rompieran la monotonía de mi vida diaria. En tales circunstancias, acogí con avidez el pequeño misterio que envolvía a mi compañero y pasé gran parte de mi tiempo tratando de desvelarlo.

No estudiaba Medicina. Él mismo, respondiendo a una pregunta mía, había confirmado lo que Stamford ya me dijera sobre esta cuestión. Tampoco parecía haber seguido el tipo de lecturas que pudiera llevarle a licenciarse en Ciencias ni en ninguna otra formación académica. Pero era notable el celo que mostraba en determinados estudios, y sus conocimientos, dentro de excéntricos límites, eran tan extraordinariamente amplios y detallados que sus observaciones me asombraban. Sin duda nadie trabajaría con tanto ahínco ni se procuraría una información tan precisa a menos que persiguiera un objetivo concreto. Los lectores poco metódicos se distinguen rara vez por la exactitud de sus conocimientos. Nadie carga su mente de minucias sin tener una buena razón para hacerlo.

Su ignorancia era tan notable como sus conocimientos. De literatura contemporánea, de filosofía y de política no parecía saber apenas nada. En cierta ocasión cité a Thomas Carlyle, y me preguntó con toda ingenuidad quién era el tal Carlyle y qué había hecho. Pero mi sorpresa alcanzó su punto culminante cuando descubrí casualmente que ignoraba la teoría copernicana y la composición del sistema solar. Que a principios del siglo xix, un hombre civilizado pudiera no saber que la Tierra gira alrededor del sol me parecía un hecho tan insólito que apenas podía darle crédito.

—Parece usted estupefacto —me dijo, sonriendo ante mi expresión de asombro—. Pues bien, ahora que lo sé, haré lo posible por olvidarlo.

—¡Olvidarlo!

—Mire —me explicó—, considero que el cerebro del hombre es originalmente un pequeño desván vacío, que uno debe ir llenando con los enseres que prefiera. El necio mete en él todos los trastos que encuentra, de modo que los conocimientos que podrían serle útiles no disponen de lugar o, en el mejor de los casos, están mezclados con tantas otras cosas que es difícil dar con ellos. Ahora bien, el artesano habilidoso pone mucho cuidado con lo que introduce en su cerebro-desván. Solo tendrá las herramientas que puedan ayudarle en su trabajo, pero de éstas tendrá un buen surtido, y todas dispuestas en un orden perfecto. Es un error creer que el cuartito tiene paredes elásticas y puede dilatarse sin límite. Créame, llega un momento en que todo conocimiento añadido supone el olvido de algo que antes sabías. Es, por tanto, de máxima importancia no permitir que datos inútiles desalojen a los útiles.

—Pero el sistema solar... —protesté.

—¿Qué diablos me importa a mí? —me interrumpió impaciente—. Usted dice que giramos alrededor del sol. Si girásemos alrededor de la luna, ello no supondría la más insignificante diferencia para mí o para mi trabajo.

Estuve a punto de preguntarle en qué consistía el tal trabajo, pero algo en su actitud me indicó que la pregunta no sería bien recibida. Sin embargo, reflexioné sobre nuestra breve conversación, y me esforcé en sacar mis propias deducciones. Él había dicho que no adquiriría ningún conocimiento que no sirviera a su objetivo. Por lo tanto, todo el saber que poseía le era útil. Enumeré mentalmente las variadas cuestiones sobre las que me había demostrado estar excepcionalmente bien informado. Incluso cogí un lápiz y las puse por escrito. Cuando concluí el documento, no pude evitar una sonrisa. Decía lo siguiente:

SHERLOCK HOLMES. SUS CONOCIMIENTOS.

1. De literatura: ningunos.

2. De filosofía: ningunos.

3. De astronomía: ningunos.

4. De política: escasos.

5. De botánica: desiguales.

Conoce bien la belladona, el opio y los venenos en general. No sabe nada de jardinería...

6. De geología: prácticos pero limitados. Distingue de un vistazo los diferentes tipos de suelos. Después de sus paseos, me ha mostrado las salpicaduras de sus pantalones y me ha explicado, a partir de su color y consistencia, de qué parte de Londres procedían.

7. De química: profundos.

8. De anatomía: precisos, pero poco sistemáticos.

9. De literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer todos los detalles de todos los horrores perpetrados en este siglo.

10. Toca bien el violín.

11. Es experto en el criquet, el boxeo y la esgrima.

12. Posee buenos conocimientos prácticos de la ley inglesa.

Al llegar a ese punto de mi lista, la tiré, desesperado, al fuego. «Si conciliar todos estos conocimientos y discurrir una profesión en la que se precisen es el único modo de averiguar los objetivos de ese individuo», me dije, «ya puedo darme por vencido».

Veo que antes he aludido a sus facultades para el violín. Eran realmente notables, pero tan excéntricas como el resto. Yo sabía bien que era capaz de ejecutar piezas musicales, y piezas difíciles, porque, a petición mía, había tocado lieders de Mendelssohn y otras de mis obras favoritas. Pero, si se le dejaba a su aire, rara vez ejecutaba verdadera música o intentaba tocar piezas reconocibles. Recostado toda una velada en su sillón, solía cerrar los ojos y pasaba descuidadamente el arco por las cuerdas de su violín, cruzado sobre las rodillas. A veces los acordes eran sonoros y melancólicos. Otras, fantásticos y alegres. Evidentemente reflejaban los pensamientos que le ocupaban, pero no me atrevería a determinar si la música le ayudaba a pensar o si lo que tocaba era solo el resultado de un capricho o fantasía. Aquellos solos exasperantes hubieran podido sublevarme, a no ser por que solía rematarlos tocando, en rápida sucesión, toda una serie de mis piezas preferidas, como leve compensación por haber puesto a prueba mi paciencia.

Durante la primera semana no recibimos ninguna visita, y empecé a pensar que mi compañero andaba tan falto de amigos como yo mismo. Pero pronto descubrí que tenía muchas relaciones, y en las más distintas capas de la sociedad. Una de ellas era un tipo cetrino, de cara de rata y ojos oscuros, que me fue presentado como el señor Lestrade y que vino a casa tres o cuatro veces la misma semana. Cierta mañana llegó una jovencita, elegantemente vestida, y se quedó media hora o más. Aquella misma tarde vino un visitante raído, de pelo canoso, con apariencia de buhonero judío, que me pareció muy...



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