E-Book, Spanisch, 385 Seiten
Flaubert Madame Bovary
7. Auflage 2015
ISBN: 978-80-268-3524-0
Verlag: e-artnow
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Clásicos de la literatura
E-Book, Spanisch, 385 Seiten
ISBN: 978-80-268-3524-0
Verlag: e-artnow
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Este ebook presenta 'Madame Bovary' con un sumario dinámico y detallado. Madame Bovary es una novela escrita por Gustave Flaubert y publicada en 1857. Es la historia de Emma Bovary, una mujer infelizmente casada que trata de escapar mediante relaciones prohibidas con otros hombres. La monotonía y las desilusiones de la vida cotidiana (el subtítulo es 'Costumbres provincianas'), el adulterio y el suicidio aparecen como temas de esta novela. Las mujeres todavía no se habían emancipado y se esperaba que obedecieran a sus maridos, que se quedaran en casa mientras ellos iban a trabajar o abandonadas durante meses durante las guerras. Emma Bovary también sirve de voz a Flaubert, quien se declaró identificado con el personaje. Gustave Flaubert (1821 - 1880) fue un escritor francés. Está considerado uno de los mejores novelistas occidentales y es conocido principalmente por su primera novela publicada, Madame Bovary, y por su escrupulosa devoción a su arte y su estilo.
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Capítulo II
Una noche hacia las once los despertó el ruido de un caballo que se paró justo en la misma puerta. La muchacha abrió la claraboya del desván y habló un rato con un hombre que estaba en la calle.
Venía en busca del médico; traía una carta. Anastasia bajó las escaleras tiritando y fue a abrir la cerradura y los cerrojos uno tras otro. El hombre dejó su caballo y entró inmediatamente detrás de ella. Sacó de su gorro de lana con borlas una carta envuelta en un trapo y se la presentó cuidadosamente a Carlos quien se apoyó sobre la almohada para leerla. Anastasia, cerca de la cama, sostenía la luz. La señora, por pudor, permanecía vuelta hacia la pared dando la espalda.
La carta, cerrada con un pequeño sello de cera azul, suplicaba al señor Bovary que fuese inmediatamente a la granja de Les Bertaux para componer una pierna rota. Ahora bien, de Tostes a Les Bertaux hay seis leguas de camino, pasando por Longueville y Saint Victor. La noche estaba oscura. La nueva señora Bovary temía que a su marido le pasara algo. Así que se decidió que el mozo de mulas fuese delante. Carlos se pondría en camino tres horas después, al salir la luna. Enviarían un muchacho a su encuentro para que le enseñase el camino de la granja y le abriese la valla. Hacia las cuatro de la mañana, Carlos, bien enfundado en su abrigo, se puso en camino para Les Bertaux. Todavía medio dormido por el calor del sueño, se dejaba mecer al trote pacífico de su caballo. Cuando éste se paraba instintivamente ante esos hoyos rodeados de espinos que se abren a la orilla de los surcos, Carlos, despertándose sobresaltado, se acordaba de la pierna rota a intentaba refrescar en su memoria todos los tipos de fractura que conocía.
Ya había cesado de llover; comenzaba a apuntar el día y en las ramas de los manzanos sin hojas unos pájaros se mantenían inmóviles, erizando sus plumitas al viento frío de la mañana. El campo llano se extendía hasta perderse de vista y los pequeños grupos de árboles en torno a las granjas formaban, a intervalos alejados, unas manchas de un violeta oscuro sobre aquella gran superficie gris que se perdía en el horizonte en el tono mortecino del cielo. Carlos abría los ojos de vez en cuando; después, cansada su mente y volviendo a coger el sueño, entraba en una especie de modorra en la que, confundiéndose sus sensaciones recientes con los recuerdos, se percibía a sí mismo con doble personalidad, a la vez estudiante y casado, acostado en su cama como hacía un momento, atravesando una sala de operaciones como hacía tiempo.
El olor caliente de las cataplasmas se mezclaba en su cabeza con el verde olor del rocío; escuchaba correr sobre la barra los anillos de hierro de las camas y oía dormir a su mujer. Al pasar por Vassonville distinguió, a la orilla de una cuneta, a un muchacho joven sentado sobre la hierba. —¿Es usted el médico? —preguntó el chico. Y a la respuesta de Carlos, cogió los zuecos en la mano y echó a correr delante. El médico durante el camino comprendió, por lo que decía su guía, que el señor Rouault debía de ser un agricultor acomodado. Se había roto la pierna la víspera, de noche, cuando regresaba de celebrar la fiesta de los Reyes de casa de un vecino. Su mujer había fallecido hacía dos años.
No tenía consigo más que a su «señorita», que le ayudaba a llevar la casa. Las rodadas se fueron haciendo más profundas. Se acercaban a Les Bertaux. El jovencito, colándose por un boquete de un seto, desapareció, luego reapareció al fondo de un corral para abrir la barrera. El caballo resbalaba sobre la hierba mojada; Carlos se bajaba para pasar bajo las ramas. Los perros guardianes en la perrera ladraban tirando de las cadenas. Cuando entró en Les Bertaux su caballo se espantó y reculó.
Era una granja de buena apariencia. En las cuadras, por encima de las puertas abiertas, se veían grandes caballos de labranza comiendo tranquilamente en pesebres nuevos. A lo largo de las instalaciones se extendía un estercolero, de donde ascendía un vaho, y en el que entre las gallinas y los pavos picoteaban cinco o seis pavos reales, lujo de los corrales del País de Caux. El corral era largo, el granero era alto, de paredes lisas como la mano. Debajo del cobertizo había dos grandes carros y cuatro arados, con sus látigos, sus colleras, sus aparejos completos cuyos vellones de lana azul se ensuciaban con el fino polvo que caía de los graneros.
El corral iba ascendiendo, plantado de árboles simétricamente espaciados, y cerca de la charca se oía el alegre graznido de un rebaño de gansos. Una mujer joven, en bata de merino azul adornada con tres volantes, vino a la puerta a recibir al señor Bovary y le llevó a la cocina, donde ardía un buen fuego, a cuyo alrededor, en ollitas de tamaño desigual, hervía el almuerzo de los jornaleros.
En el interior de la chimenea había ropas húmedas puestas a secar. La paleta, las tenazas y el tubo del fuelle, todo ello de proporciones colosales, brillaban corno acero pulido, mientras que a lo largo de las paredes se reflejaba de manera desigual la clara llama del hogar junto con los primeros resplandores del sol que entraba por los cristales. Carlos subió al primer piso a ver al enfermo. Lo encontró en cama, sudando bajo las mantas y sin su gorro de algodón, que había arrojado muy lejos. Era un hombre pequeño y gordo, de unos cincuenta años, de tez blanca, ojos azules, calvo por delante de la cabeza y que llevaba pendientes.
A su lado, sobre una silla, había una gran botella de aguardiente, de la que se servía de vez en cuando para darse ánimos; pero en cuanto vio al médico cesó de exaltarse, y, en vez de jurar como estaba haciendo desde hacía doce horas, empezó a quejarse débilmente. La fractura era sencilla, sin ninguna complicación.
Carlos no se hubiera atrevido a desearla más fácil. Y entonces, recordando las actitudes de sus maestros junto a la cama de los heridos, reconfortó al paciente con toda clase de buenas palabras, caricias quirúrgicas, que son como el aceite con que se engrasan los bisturíes. Para preparar unas tablillas, fueron a buscar en la cochera un montón de listones. Carlos escogió uno, lo partió en pedazos y lo pulió con un vidrio, mientras que la criada rasgaba una sábana para hacer vendas y la señorita Emma trataba de coser unas almohadillas.
Como tardó mucho en encontrar su costurero, su padre se impacientó; ella no dijo nada; pero al coser se pinchaba los dedos, que se llevaba enseguida a la boca para chuparlos. Carlos se sorprendió de la blancura de sus uñas. Eran brillantes, finas en la punta, más limpias que los marfiles de Dieppe y recortadas en forma de almendra. Su mano, sin embargo, no era bonita, quizá no bastante pálida y un poco seca en las falanges; era también demasiado larga y sin suaves inflexiones de líneas en los contornos. Lo que tenía más hermoso eran los ojos; aunque eran castaños, parecían negros a causa de las pestañas, y su mirada franca atraía con una audacia cándida. Una vez hecha la cura, el propio señor Rouault invitó al médico a tomar un bocado antes de marcharse. Carlos bajó a la sala, en la planta baja.
En una mesita situada al pie de una gran cama con dosel cubierto de tela estampada con personajes que representaban a turcos, había dos cubiertos con vasos de plata. Se percibía un olor a lirio y a sábanas húmedas que salía del alto armario de madera de roble situado frente a la ventana. En el suelo, en los rincones, alineados de pie, había unos sacos de trigo. Era el que no cabía en el granero próximo, al que se subía por tres escalones de piedra.
Decorando la estancia, en el centro de la pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un clavo una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que llevaba abajo, escrito en letras góticas: «A mi querido papá.» Primero hablaron del enfermo, luego del tiempo que hacía, de los grandes fríos, de los lobos que merodeaban por el campo de noche. La señorita Rouault no se divertía nada en el campo, sobre todo ahora que tenía a su cargo ella sola los trabajos de la granja.
Como la sala estaba fresca, tiritaba mientras comía, lo cual descubría un poco sus labios carnosos, que tenía la costumbre de morderse en sus momentos de silencio. Llevaba un cuello vuelto blanco. Sus cabellos, cuyos bandós negros parecían cada uno de una sola pieza de lisos que estaban, se separaban por una raya fina que se hundía ligeramente siguiendo la curva del cráneo, y dejando ver apenas el lóbulo de la oreja, iban a recogerse por detrás en un moño abundante, con un movimiento ondulado hacia las sienes que el médico rural observó entonces por primera vez en su vida. Sus pómulos eran rosados. Llevaba, como un hombre, sujetos entre los dos botones de su corpiño, unos lentes de concha. Cuando Carlos, después de haber subido a despedirse del señor Rouault, volvió a la sala antes de marcharse, encontró a la señorita de pie, la frente apoyada en la ventana y mirando al jardín donde el viento había tirado los rodrigones de las judías.
Se volvió. —¿Busca algo? —preguntó. —Mi fusta, por favor —repuso el médico. Y se puso a buscar sobre la cama, detrás de las puertas, debajo de las sillas; se había caído al suelo entre los sacos y la pared. La señorita Emma la vio; se inclinó sobre los sacos de trigo. Carlos, por galantería, se precipitó hacia ella y, al alargar también el brazo en el mismo movimiento, sintió que su pecho rozaba la espalda de la joven, inclinada debajo de él. Emma se incorporó toda colorada y le miró por encima del hombro mientras le alargaba el...




