E-Book, Spanisch, 260 Seiten
G. Entre tú y yo
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-35-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 260 Seiten
ISBN: 978-84-18491-35-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Whitney G. (1988, Tennessee, Estados Unidos) es una optimista de la vida obsesionada con los viajes, el té y el buen café. Es autora de varias novelas best seller incluidas en las listas de The New York Times y de USA Today, y cofundadora de The Indie Tea, página que sirve de inspiración para autoras de indie romántico. Cuando no se encuentra hablando con sus lectores a través de su página de Facebook, la podremos encontrar en su web, en su Instagram, en Twitter... Pero si no la vemos en las redes, es porque está encerrada trabajando en una nueva y loca historia... Entre tú y yo es la nueva novela de Whitney en nuestra colección Phoebe, después del éxito de Una noche y nada más y Turbulencias en 2017, Carter y Arizona en 2018, Mi jefe, Mi jefe otra vez y Dos semanas y una noche en 2019, Sexy, descarado, irresistible, Olvidar a Ethan y El rey de las mentiras en 2020 y Fue un martes en 2021.
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1
Presente
Seattle, Washington
Hayley
«Último aviso para los inquilinos: dejar el local antes del mediodía».
Las palabras que tenía en negrita delante de la cara lo decían todo, pero aun así me costaba aceptar la verdad. Mientras la suave lluvia matutina de Seattle caía sobre mí, pasé los dedos por las palabras «aviso para los inquilinos», tratando de no recordar lo emocionada que había estado cuando firmé el contrato de arrendamiento.
Unos meses atrás, mi cafetería-vinoteca estaba abierta, y había atendido en ella tanto a turistas como a la gente de la ciudad cada vez que se aventuraban a ir al centro. Pero en ese momento, lo único que tenía después de las esperanzas, el sudor y las lágrimas que había vertido en cada taza de café, era solo un aviso de fracaso empapado y de color rosa.
Suspirando, arranqué el papel de la puerta principal y la abrí por última vez. Lo único que quedaba dentro eran las enormes vitrinas de cristal en la pared trasera, unas cuantas sillas de madera y el nombre y el lema de la tienda en tiza en el tablero del menú.
«Wildest Dreams, cafetería-vinoteca.
Donde lo imposible siempre es posible…».
—¡Eh, señorita! —me llamó un oficial de policía, agitando una linterna—. ¿Es usted una de los propietarios?
Asentí.
—Sí, señor.
—Ah, vale. —Miró el reloj—. Tiene unos quince minutos antes de que me vea obligado a cambiar la cerradura de la puerta. —Se acercó a la barra y pasó la mano por la superficie de caoba que había instalado hacía meses—. Esta cafetería tenía la mejor combinación de cupcakes y café que he tomado nunca —comentó—. Venía aquí con algunos de mis colegas al salir de trabajar. Bueno, lo hacíamos hasta que Starbucks abrió al otro lado de la calle. No se puede vencer a Starbucks, en especial en esta ciudad.
Se rio, y le lancé una mirada perdida.
—Muchas gracias, oficial.
—De nada. —Sonrió—. Si mi hija me dijera que quiere abrir un negocio como este, le diría que debería abrirlo en cualquier lugar salvo en esta ciudad.
Puse los ojos en blanco.
—¿Me disculpa unos minutos, por favor?
—Trece minutos, para ser exactos. —Dio un toque a su reloj y examinó los grifos de detrás del mostrador—. Oh, guau. Incluso le ha puesto el nombre de un cupcake a cada uno de los grifos de cerveza…
¡Aggg! Resistí el impulso de gritar «¡Déjeme enterrar mi negocio en paz, por favor!».
Al alejarme, hice unas últimas fotos de los murales pintados a mano en el pasillo. Había uno del puente «M» de Memphis brillando contra la noche; otro de mí y de Kelly, mi mejor «no amiga» y socia de negocios, posando ante la Space Needle de Seattle, y, por supuesto, un tercero del fundador secreto del negocio: el hombre que pensaba que me daba dinero para pagar las clases de la escuela de negocios cada seis meses mientras yo destinaba cada centavo a este sueño; mi hermano mayor, Jonathan.
Cuando me quedaban cinco minutos, me quité una horquilla del pelo y grabé un último mensaje en la pared.
«Gracias por los recuerdos y por el sueño mientras duró…
Wildest Dreams, cafetería-vinoteca, estuvo una vez aquí.
Hayley y Kelly
Que te den, Starbucks.
Que te den».
—¿Está dañando la propiedad, señorita? —El oficial se aclaró la garganta desde el otro extremo de la habitación—. Si es así, son quinientos dólares más.
—No, en absoluto. —Volví a colocarme la horquilla en el pelo—. Solo me estaba despidiendo.
Salí con él pisándome los talones, ignorando cualquier recuerdo final que quisiera compartir. Me puse la capucha de la sudadera y me sumergí bajo la lluvia que caía en la ciudad para ir directamente al mercado de Pike Place.
Me tomé mi tiempo para pasearme por delante de los vendedores y agricultores que exponían sus mercancías y frutas para el nuevo día, y miré la gigantesca y blanca noria que giraba lentamente en la distancia.
Me hubiera gustado absorber cada imagen mundana que había dado por sentado mientras había vivido allí, quería aferrarme a esa última sensación de independencia antes de tener que confesar la verdad en voz alta.
A menos que se me ocurra un plan B…
Cuando llegué al apartamento, situado en un estrecho edificio en medio un callejón, noté que la puerta ya estaba abierta.
¿Qué coño…?
Empujé la puerta y vi a un hombre con el pelo canoso metiendo útiles de la cocina en una bolsa. Cogí un paraguas para poder darle en la cabeza, pero cuando se dio la vuelta, me di cuenta de que era mi casero.
—¿Señor Everett? —Solté el paraguas y crucé los brazos—. ¿Qué demonios está haciendo?
—Lo que debía haber hecho hace seis meses. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Echarte. A ti y a tu compañera de piso, Kelsey.
—Se llama Kelly.
—Eso es irrelevante, porque está tan arruinada y es tan incompetente como tú.
—¿Esto es porque siempre nos retrasamos unas semanas con el alquiler? —Saqué mi talonario del bolso, sabiendo de sobra que devolverían cualquier cheque que tuviera un importe superior a veinte dólares—. Puedo pagarle ahora mismo.
—Lo dudo. —Levantó una mano—. Llamé al banco cuando me vino devuelto el último cheque. Me dijeron que el saldo rara vez está por encima de ochenta y cinco dólares, así que las posibilidades de que recupere el dinero de los últimos meses y de este son escasas o nulas. ¿O me mintieron?
—Están violando la ley —repliqué—. No pueden revelar mi información de esa manera. Pero, para que conste, trato de mantener el saldo medio en noventa y cinco dólares, no en ochenta y cinco.
—Eso pensaba. —Se encogió de hombros y metió mis libros románticos favoritos en la bolsa—. Os doy cuarenta y ocho horas para sacar de aquí toda vuestra mierda, y no os pondré una demanda por el alquiler atrasado.
—Señor Everett, por favor denos una última oportunidad para pagar lo que debemos. Hace tres meses tuvimos algunos gastos inesperados en el negocio, así que…
—Cuarenta y ocho horas —me interrumpió—. Punto. —Sacó un sobre de su bolsillo y me lo entregó—. Tu novio ha dejado esto para ti hace una hora. He estado a punto de abrirlo, pero como no parece un fajo de dinero, me he contenido.
—Gracias.
—De nada. —Sonrió y señaló un montón de cajas de cartón sin montar que había en el rincón—. Ponte a empaquetar todo, jovencita. Yo volveré enseguida con un poco de cinta de embalar.
Esperé a que se fuera para sentarme ante la barra de desayuno. Contaba con que era el último día del negocio, pero no estaba preparada para que me desalojaran tan repentinamente del apartamento.
Saqué el teléfono y me desplacé hasta el nombre de Kelly para llamarla.
Por favor, contesta. Por favor, contesta. Por favor, contesta.
—¡Hola, Hales! —Su voz era tan alegre como siempre—. ¿Has tenido oportunidad de hacer unas cuantas fotos más de la cafetería?
—Sí. ¿Y tú has tenido oportunidad de hablar con la compañía de préstamos?
—Sí.
—¿Sí? ¿Qué te han dicho?
—Nada bueno —suspiró—. Al parecer prefieren antes prestar dinero a un indigente que darnos otra oportunidad.
—Bueno, pues viendo que estamos a punto de quedarnos sin hogar en cuarenta y ocho horas, ¿puedes preguntarles si eso significa que ahora ya nos lo darán?
—¿Qué?
Reprimí mis emociones y le repetí los cinco últimos minutos con el señor Everett, lo que hizo que ella casi hiperventilara.
—Creo que ha llegado el momento de que llames a tu hermano, Hales —dijo después de varios instantes en silencio—. Siempre me has dicho que te irías a San Francisco con él para empezar de nuevo si el negocio no funcionaba.
¿Yo he dicho eso?
—Kelly, tenemos cuarenta y ocho horas para esbozar un plan. Si llamo a Jonathan, querrá decir que me he rendido sin conseguir salir adelante en Seattle. Tú no has llamado a tu hermano mayor todavía, ¿verdad?
Hubo un silencio.
—Gracias por habérmelo dicho antes de hacerlo —escupí—. ¿Sabes?, una amiga de verdad me habría avisado.
—Por eso decimos que somos «no amigas». —Se rio—. Vendrá a casa dentro de un par de horas y me ayudará a recoger. Luego pensaremos qué hacer a partir de ahora. Todavía somos jóvenes, Hales. La vida no se ha acabado por tener un fracaso.
—A veces odio que seas tan optimista. —No pude evitar sonreír—. ¿Tanto te costaría permitirme tener lástima por mí misma durante cinco minutos?
—Pues lo cierto es que sí. —Se rio otra vez—. Ven pronto a casa.
Cuando puse fin a la llamada, busqué el nombre bajo el que guardaba en ese momento el nombre de mi hermano: «Señor Sobreprotector». Rocé el icono de llamada con el dedo, pero no me atrevía a confesarlo todo. Si él supiera dónde estaba en realidad y lo que había estado haciendo durante los dos últimos años, fletaría su avión privado y se presentaría aquí en solo unas horas para ponerme de vuelta y media.
Y eso será antes de que se cabree de verdad y empiece a largarme solo frases hechas…
Para todos los demás, mi hermano era...




